Nuevos corredores para un futuro colaborativo del bienestar

(Artículo publicado el 5 de Noviembre)

Se cumplen 10 años del proyecto BRI (Beijing’s Road), concebido como mucho más que un corredor transcontinental, transcendiendo de una vía de comunicación, como motor de desarrollo e integración pluri regional entre Beijing y el Atlántico-Mediterráneo, zonas próximas intermedias y su posterior traslación a lo largo de América y África, interconectando corredores “parciales” por desarrollar en dichos continentes, China ha impulsado un amplio proyecto asociado, vinculado a su política exterior, como estrategia de colaboración “dominante a la vez que aliada” a lo largo del mundo, facilitando financiación, intercambio comercial y tecnológico y, supuestamente, promotor del desarrollo. Una nueva “Ruta de la Seda”, motor de transformación económica, fuente tractora de la internacionalización china y base de su renovada “diplomacia económica y geoestratégica”.

La amplísima extensión de este proyecto entendible si se supera la óptica de un “simple objetivo de infraestructura tractora” cuya rentabilidad parecería escasamente alcanzable, China ha logrado convertirse en un “socio preferente” en los países implicados. Costos ocultos del beneficio compartido pasarían por el excesivo incremento de la deuda externa (en especial con el Estado chino y sus empresas), la dependencia generada con la “entrega” de materias primas e inputs a larguísimo plazo, una determinada co-gobernanza no suficientemente explicitada y un claro nuevo escenario geoestratégico y geopolítico presente y, sobre todo, futuro.

Sin género de duda, la apuesta por dotarse de infraestructuras tractoras del desarrollo regional resultan no solo deseables, sino imprescindibles para unas economías y sociedades con vocación y necesidad de apertura hacia terceros, una conectividad física e inteligente exigible para transitar hacia el futuro y, por supuesto, aceleradores de unos tiempos que el desarrollo y bienestar inmediatos exigen. Un territorio debidamente conectado transforma la vida de sus habitantes y empresas, favorece sus ambiciones de futuro y transforma su propia sociología interna. Si adicionalmente conlleva, durante su ejecución, algún tipo de aprendizaje, transferencia de conocimiento y tecnología, participación real de las empresas, talento, mano de obra locales, con bases sólidas de empleabilidad para ganar ventajas competitivas diferenciadas, y responden a una aspiración estratégica real del territorio y área base, supondría una clara y valiosísima aportación. Cabe asumir, también, el enorme beneficio que recibirán todos los nodos, regiones y espacios interconectados a lo largo del trayecto de este ambicioso cinturón, además verde, al servicio del mundo y su desarrollo.

Comprada la idea inicial, cabe preguntarse si estamos asistiendo a un verdadero proyecto de co-creación de valor compartido o, tan solo, se trata de un proyecto beneficiario de parte.

Al hilo de estas consideraciones, merece la pena recordar otros muchos corredores y ejes de desarrollo que se han venido generando en el mundo a lo largo del tiempo, de la mano de infraestructura que, las más de las veces, fueron desechadas en sus  múltiples proyectos alternativos ante una aparente falta de rentabilidad económica, financiera y/o social cuando la óptica se limitaba en fijar el ojo en su carácter de infraestructura aislada (una carretera, un puente, un puerto, un ferrocarril de trazado X…, un museo o centro de exposiciones por ejemplo). Canalizadas de manera aislada, fuera de contexto estratégico, no generaban ni generan apoyo suficiente para su implementación. Situadas en un marco de coherencia estratégica, el análisis y evaluación son otra cosa. Así, más de 300 años de conflicto entre las regiones suecas de Malmö y danesas del gran Copenhague con idas y venidas para construir un macro puente que los uniera, solo pudo vencer las resistencias cuando saltó del puente físico a un espacio de innovación y futuro. Øresund es hoy mucho más que un puente para la comunicación por carretera y ferrocarril. Hoy, Øresund es un gran espacio innovador y compartido, base de ecosistemas y clústers biotecnológicos y de salud, distrito universitario único, “mercado” laboral integrado, base de cientos de empresas y generación de riqueza, empleo y bienestar, compartiendo culturas distintas, a la vez que manteniendo su propia identidad, sus propias instituciones diferenciadas y fuentes de futuro. Suecia-Dinamarca más y mejor comunicadas, aliadas e “integradas” desde su propio espacio único.

Otros muchos “corredores” explican sus propias sinergias y pretenden el logro de nuevas iniciativas con objetivos de elevado valor multi beneficio. Así, recientemente, México se prepara para poner en marcha su ferrocarril del Tehuantepec que aspira a unir los océanos Atlántico y Pacífico, conectando los puertos de Salina Cruz en Oaxaca y Coatzacoalcos en Veracruz. Recuperar un viejo trazado obsoleto y de muy mala calidad, reconstruir puertos marítimos y sus correspondientes puertos secos a lo largo del trazado, crear nuevos parques industriales y logísticos, y generando en su entorno un tejido económico-empresarial de desarrollo en una de las zonas más deprimidas del país, como alternativa competidora del Canal de Panamá, parecería una idea no solo compleja, sino irreal. Si contemplamos la potencial de una peligrosa saturación en el Canal de Panamá, agravado en estos días por la persistente sequía que inutiliza la mayor parte de su superficie, limita su capacidad de comunicación interoceánica y la relevante previsión de futuribles incrementos del comercio internacional, la imperiosa necesidad de contener las masas migratorias de la región (básicamente hacia Estados Unidos de América) con los enormes problemas y consecuencias sociales, económicas y políticas que supone, podrían cambiar el panorama. Es verdad que ya hace muchos años, el Plan Puebla Panamá pretendió tejer grandes acuerdos interregionales con todos los países de Latam, especialmente desde Caribe-Centro América hasta Estados Unidos con el objetivo último de ofrecer riqueza y empleo “en casa” para evitar la voluntad y deseo emigrante. ¿Es recuperable un macroproyecto y apuesta de estas características?

Y, a la vez, surgen a lo largo del mundo nuevos espacios y conceptos de corredor que persiguen la configuración de distritos en torno a ecosistemas y cadenas de valor en territorio concreto para abordar multiproyectos que exigen diversidad de disciplinas, actores y gobernanza coopetitivas a la búsqueda de un desarrollo futuro.

Nuevas consideraciones bajo nuevas ópticas.

El gobierno Biden, por ejemplo, ha solicitado al Congreso ingentes fondos especiales para financiar la atención a los principales desafíos mundiales que ponen en peligro la estabilidad de los “americanos”: 120.000 millones de dólares más para atender los gastos derivados del conflicto bélico en Oriente Medio, la invasión de Ucrania, potenciales ataques a Taiwán y, finalmente, la inmigración que colapsa la frontera sur de los Estados Unidos. Recursos extraordinarios recomponiendo espacios y nuevos mapas geoestratégicos.

¿Cabría pensar en un plan migratorio de máxima incidencia para actuar en las fronteras binacionales MÉXICO-USA desde la intervención real en el desarrollo económico fiscal de los países origen de esos movimientos migratorios? Si uno de los ataques al corredor chino es la “generación excesiva de deuda para los países aliados”¿Qué tal facilitar un programa internacional compartido de quita de la pesada deuda externa de los países en desarrollo a cambio de su aplicación a las “determinantes sociales y económicos de la salud” en sus propios territorios origen, dirigidos e implementadas por sus propios gobiernos democráticos, unos verdaderos programas de cooperación compartida, co-creando valor, favoreciendo la co-gobernanza democrática, transfiriendo tecnologías, favoreciendo la innovación y transformación económica y migrando claramente el nivel de salud, bienestar y desarrollo inclusivo en el conjunto (en este caso) de LATAM?

Un discurso dominante hoy en el mundo de la salud y de los diferentes gobiernos para el diseño de políticas públicas asociadas pasa por el acento en los “determinantes sociales y económicos de la salud” que para muchos se resumen en la frase mágica: “el distrito postal del individuo explica mejor su salud que su código genético”, apelando a todo aquello ex sanidad que influye en la salud e la población. Invertir en desarrollo económico, en empleo formal y sostenible de máxima calidad, en infraestructuras (físicas, inteligentes, sociales), vivienda, alimentación, bio-tecnología… es, también, hacer SALUD. Llevar estas políticas esenciales al derecho subjetivo y obligatorio en el ámbito de las responsabilidades de gobiernos (sobre todo en países en desarrollo) exige esfuerzos fiscales, de ordenamiento y de asignación prioritaria en planes de desarrollo regional, no es algo al alcance de todos, demanda planes viables de largo plazo y, sin duda, fondos externos que permitan su implementación. A la vez, en la medida que los movimientos migratorios respondan a la búsqueda de oportunidades para un proyecto de vida inalcanzable en los países de origen, generando flujos incontrolables hacia las fronteras de los países desarrollados (en este caso desde Latam hacia USA), aconsejaría una estrategia de grandes dimensiones e impacto en beneficio compartible.

En definitiva, corredores e infraestructura de conectividad y asentamiento poblacional, generador de riqueza y bienestar para sus poblaciones a la vez que, para su empresa y principales actores económicos, exige repensar verdaderos espacios de actividad económica, adecuados a los tejidos económicos-tecnológico-industriales que posibilitan un desarrollo diferencial. Los procesos de transformación de las diferentes economías (por ejemplo, hacia la economía verde), generarán el declive y/o resurgir de diferentes zonas, ciudades y distritos a lo largo del mundo. Nuevos corredores y espacios habrán de reconstruirse.

¿Buscando corredores, cinturones de conectividad y desarrollo? ¿Reinventar distritos industriales y zonas de oportunidad anticipando un nuevo futuro? ¿Quizás sea un buen momento para poner el ojo en un pensamiento disruptivo?

Construyendo puentes para un mundo mejor…

(Artículo publicado el 22 de Octubre)

Desánimo y desolación nos acompañan a lo largo de la semana en todo el mundo (salvo en aquellos que provocan desenlaces catastróficos a la búsqueda de objetivos propios ilimitados, antidemocráticos y deshumanizados), haciendo casi imposible dar paso a la esperanza, a la visión para construir un futuro mejor y a pensar y ocuparse en la búsqueda de soluciones posibles.

Con muy diferentes grados de impacto, relevancia (hoy y mañana), y niveles de complejidad resolutiva, la semana me ofrece, también, inputs de interés cara a encontrar señales de luz y optimismo “ilustrado” para acometer lo que podría ser el esfuerzo en responder a una pregunta que ha estado presente en diferentes asuntos profesionales que me ocupan: ¿Cuáles son las posibles (mejores) líneas de solución de conflictos que conllevan, a la vez, la recuperación de un territorio y espacio de bienestar afrontando un futuro plagado de transiciones tecnológicas, económicas, sociales y políticas interrelacionadas, desde la institucionalización democrática, humanitaria y respetuosa de la libre decisión de las partes implicadas?

Este pasado 13 de octubre, la Fundación Eisenhower cumplía su 70 Aniversario, celebrando una Conferencia Global en la Ciudad de San Francisco, Estados Unidos: “Building Bridges for a better world” – “Construyendo puentes para un mundo mejor”. Terminada la segunda guerra mundial, con 50 millones de muertos como resultado de su fatídica y destructiva herencia, se creaba esta institución independiente no partidaria, no gubernamental, sin ánimo de lucro, generando el “Eisenhower Fellowship Program” dirigido a facilitar el encuentro entre aquellos “ fellows más deseados del mundo”, con aparentes capacidades para liderar y generar impacto en el mundo, dando lugar, con el paso del tiempo, a una de las mayores organizaciones y redes mundiales internacionalizadas, de personas de diferentes ideologías, razas, credos y áreas de actividad. Desde su sede en Philadelphia, presente en todo el mundo, interactuando en el intento de logro y resolución de todo tipo de iniciativas relevantes para a hacer de nuestro mundo un espacio habitable, de convivencia, inclusivo, en el que desarrollar nuestros proyectos personales y profesionales pensando en los demás. Quien más tarde fuera presidente de los Estados Unidos, Eisenhower, formó parte activa en la Gran Guerra, vivió la catástrofe, entendió la aparición de los primeros “ejercicios” nucleares con sus inminentes riesgos y peligros futuros para la humanidad y comprendió que las guerras solamente se ganan anticipando la creación de la paz y convivencia previas. Tejió una vía para facilitar este camino y promover el conocimiento, interacción y colaboración entre diferentes, confiando en que, en momentos complicados y conflictivos, pudieran tejer soluciones en torno a un bien común.

Esta semana, también, se publica el Informe “The future Competitiveness of Ukraine” (La Competitividad futura de Ucrania), bajo la coordinación de Christian Ketels (Harvard Business School y la MIM-Kyiv Business School). Fruto del esfuerzo y proyecto que, en plena guerra, nuestros amigos y profesores ucranianos han venido impulsando en el proyecto bajo el propósito “Doble Victoria. Ganar la guerra y ganar el futuro” que inspiran la resistencia, reconstrucción, pacificación y normalización del pueblo y sociedad ucraniana. Ya en otros artículos he hecho mención a este ingente trabajo, destacando la fortaleza y entrega de una serie de personas que, desde la tragedia y sufrimiento sin igual, afrontan, a la vez, una lucha permanente por la supervivencia, así como explorar el camino del “Día Después” para, con una visión de largo plazo, abordar la reconstrucción de su país y afrontar un nuevo espacio de futuro que será, sin duda, muy distinto al previo a la invasión. ¿Cómo superar la complejidad de hoy confiando en su capacidad de trabajar en un mañana desafiante, incierto, complejo, exigente? Todo un titánico recorrido al servicio de un nuevo espacio de bienestar, progreso, desarrollo social y económico, sostenible, reconstruyendo un territorio (no solamente devastado en lo físico) dotándole de las instituciones y gobernanza necesarias.

Y el mundo no se detiene y nos confronta con todo tipo de retos, plagados de entornos conflictivos. Grandes problemas geoestratégicos, políticos, globales y locales. Todos, de una u otra forma conocidos, acumulando barreras y dificultades a soluciones posibles.

Hace unos días, también, acudía a la cita del profesor Alex Jadad en el marco de un seminario en la E-Health University en Toronto, cuyo laboratorio de innovación dirige, en relación con el CAMBIO y la resiliencia. Presentaba las claves e hipótesis de su último libro: “Resilience in a changing world” (La resiliencia en un mundo cambiante) en el que se pregunta, ¿por qué no funcionan las cosas tal y como esperamos que sucedan? y da paso a una larga serie de “preguntas esenciales” que habríamos de formularnos y que le llevan a identificar lo que llama “La fuerza resultante de nuestra auto destrucción”. Se preguntaba, como ejemplo, el por qué el 72% de la población dice hacer con su salud lo que ha aprendido que no debe hacer, acelerando nuestra propia destrucción. Recorre todo tipo de “grandes desafíos y planes comprometidos para su solución que, paso a paso, empeoran”, desde la lucha contra el cambio climático y la descarbonización, la desaparición de civilizaciones, o la confrontación con las nuevas tecnologías y en especial la temida, a la vez que esperable, Inteligencia Artificial. Repasa múltiples “agentes malignos”, generados las más de las veces, por nosotros mismos y que terminan llevándonos a esa “fuerza de la autodestrucción” y busca (propone) elementos para protegernos, en caso de que en verdad asumamos y deseemos el cambio. Resalta que las personas contamos con un poderoso elemento clave: LA COMUNIDAD (“con los demás”), esencial en la generación de redes de confianza, base de relaciones y emociones positivas entre sus miembros, fuente de amistad-compromiso cuando valoramos y pretendemos entender a aquellos con quienes nos relacionamos, la habilidad por querer, buscar, comprometerse en la búsqueda del bien común y la sabia capacidad y esfuerzo solidario  para vivir BIEN y, sobre todo, conseguirlo, para todos.

Hoy mismo, otro “pequeño problema o conflicto sin resolver” ocupa un espacio político próximo, relacionado, entre otras muchas cosas subyacentes, con la configuración institucional y gobernanza en respuesta tanto a las aspiraciones de las personas y sociedades como a su capacidad de conformar espacios de desarrollo económico, social y de bienestar. Modelos y espacios estructurados que faciliten apuestas y estrategias de futuros deseados. Mientras nadie en Europa y Occidente ve dificultades en recomendar y diseñar caminos para supuestas soluciones incuestionables para propiciar un cambio hacia territorios y espacios compartibles entre diferentes Estados que cobijan naciones o pueblos con aspiraciones diferentes e historias propias, ejercicios de mínima traslación a otras demandas próximas en su entorno inmediato y que pudieran afectar directamente a quien ha de tomar las decisiones necesarias, parecerían imposibles  adoptar-aplicar, cegando o paralizando pasos críticos que posibilitaran anticipar conflictos irresolubles a futuro. Parecería que la “fuerza catastrófica” exige tragedias previas y conflictos extremos, y no liderazgos resolutivos cuando las condiciones existentes facilitarían tránsitos gestionables.

¿No somos capaces de anticipar conflictos y acelerar soluciones buscando beneficios compartibles para todas las partes en juego? Sin duda, convicción, pensamiento, compromiso y trabajo colaborativo, con visión de largo plazo resultan imprescindibles. No son tiempos para limitarse a mitigar el impacto inmediato de la parálisis resolutiva, ni mucho menos de dejar que “el tiempo lo resuelva” o que “ya vendrán otros” a ocuparse de ellos, o, simplemente, la actitud ilusa de que “si siempre ha pasado esto, ya aparecerá alguna solución inimaginable y seguiremos (seguirán) igual”.

Termino la semana con una lectura “de avión” en “Mckinsey Talks”: “mejorar las soluciones/respuestas que pedimos a la Inteligencia Artificial generativa, pasa por perfeccionar el diseño de los inputs y preguntas con que alimentamos la búsqueda de resultados óptimos”. Vivimos momentos convulsos y con una concatenación de múltiples retos y desafíos hacia un mundo y futuro muy exigido por innumerables transiciones que hemos de acometer hasta llegar el objetivo deseado. Animamos a todos los actores implicados a comprometerse en un cambio de extraordinaria magnitud. Asumimos que el futuro deseable conlleva solucionar demandas urgentes e inmediatas, aspiraciones personales, colectivas y salvar el planeta. Exigimos de todos conjugar objetivos económicos sociales, medio ambientales a la vez. Queremos redefinir los modelos de desarrollo económico, de crecimiento, generando empleo y riqueza para todos. Queremos un mundo plenamente inclusivo. Queremos una vida verdaderamente saludable y exigimos hacerlo disfrutando de libertad, respeto a los derechos humanos y con la máxima seguridad. Todo este esquema de futuro ha de ser posible y es absolutamente justo que lo busquemos y logremos.

Hoy, más que nunca, nos corresponde dar paso a la esperanza y a la ilusión para trabajar en la superación de aquellas fuerzas autodestructivas que impiden lograr nuestros objetivos y aspiraciones. Tenemos por delante todo un mundo de soluciones a explorar y compartir, construyendo “un mundo mejor”.

¿Soluciones simplistas o estrategias complejas de alto alcance?

(Artículo publicado el 8 de Octubre)

Un joven doctorando prepara los últimos pasos para la presentación de su tesis. A sus 33 años, ha recorrido prestigiosas Universidades en diferentes países. Accedió a la Universidad poco antes de cumplir los 18 años. Un doble grado (STEAM), un MBA presencial y otro mayoritariamente online en Economía e Internacionalización, combinando sus estudios doctorales con experiencia en docencia colaborando con un par de profesores titulares. Hoy, 15 años después de su inicio universitario, no ha salido de las aulas y no ha desarrollado ninguna otra actividad profesional. Sus ritmos en las tomas de decisión en su proceso preparatorio y posicionamiento ante problemas y propuestas a emitir desde su posicionamiento riguroso y conocimiento acumulado  difieren, de manera considerable, de quienes han de enfrentarse a la toma de decisiones desde la “información perfecta”, disponible en cada momento, llena de incertidumbre y, las más de las veces, incompleta, llevando a asumir riesgos en ocasiones sobre pilares endebles o aparentemente alejados del rigor académico o determinista. Él, se ha acostumbrado a apostar por una determinada línea dominante en el conocimiento publicado y aceptado por la mayoría de su entorno, incorporando algunas píldoras complementarias que, difícilmente, provoquen transformaciones, disruptivas o no, más allá de la información básica utilizada. Consciente de esta realidad, me comentaba su preocupación por la escasa capacidad de comprender e incorporar el contexto en que se produjeron, en cada momento, las decisiones que él analiza y evalúa en su trabajo. Adicionalmente, señala “su tiempo” que le permite seguir, paso a paso, trabajos inacabados a la espera de la siempre esperanzada “nueva información” que permita concluir o retocar sus conclusiones. Su trayectoria se corresponde con la de muchos de sus colegas de máximo éxito en el ámbito académico de prestigio internacional.

En paralelo, populismos de cualquier ideología, activistas del fracaso y la descalificación de todo aquello que hagan los demás, auto exculpándose así de su personal e individual desapego con el compromiso y la responsabilidad, se instalan en la simpleza de las decisiones fáciles que suponen resolverán cualquier problema o dificultad. Desprecian el rigor, huyen del análisis objetivo, juegan con la demagógica comunicación a impulsos y recurren a la etiqueta facilitadora de espacios mediáticos con envoltorio de soluciones mágicas para todo a la vez.

Hace unos días el Lehendakari (presidente del Gobierno Vasco), Iñigo Urkullu, ofrecía una conferencia en el Forum Europa en Bilbao. Iniciaba su intervención con una advertencia sobre lo que, en su opinión, viene dominando el estado de ánimo de nuestra sociedad: soluciones simplistas para afrontar situaciones complejas. Tiempos que, ante la enorme complejidad e interconexión exigibles para abordar los problemas y demandas sociales, requieren estrategias completas con mirada larga y consecución en el largo plazo, en una cadena de interconexiones y complejidad dominante.

Populismos, pesimistas profesionales, “las siete noticias críticas y catastrofistas que anuncian el final del mundo y de los sistemas en curso”, una anunciada renuncia a un futuro desconocido animando a vivir tan solo el presente, desde la ausencia de COMUNIDAD al servicio del bien común. Instalados en una creciente ola de desafección con las democracias, rodeados de un sinnúmero de “Estados fallidos”, inmersos en un clima de reclamo y reivindicación individualista de nuestras demandas a ser cumplidas por terceros sin la contrapartida de cualquier compromiso o aportación al valor compartido requerible… La realidad, sin embargo, no es otra que la inevitabilidad de encontrar, explorar, diseñar, compartir, estrategias de alto contenido, de largo recorrido, tras una mirada larga y compartida. Estrategias de alto contenido y valor social, económico, político, viables y sostenibles, por supuesto éticas y democráticas, al servicio del bien común.

¿Son contradictorias o excluyentes las actuaciones de urgencia y de corto plazo o inmediatez exigibles con estrategias, necesariamente complejas de largo plazo?

Un debate histórico nos ha acompañado a lo largo del tiempo. Si con excesiva y simplista facilidad se descalifica la estrategia, asociándola con sueños inalcanzables, lejanos y difíciles de evaluar en su momento, en favor de “soluciones inmediatas”, operativas las más de las veces y sin las cuales “nunca se llegaría al destino final”, el mundo VUCA (volátil, incierto, complejo, ambiguo), que, por simplificar, podríamos utilizar como descriptivo de nuestros tiempos, parecería poner el acento en actuaciones inmediatas, individuales, según vayan apareciendo (sean oportunidades o amenazas), a lo que se añade la velocidad que se supone obligaría a cambios constantes, ausencia de planes, objetivos y horizontes distantes y, en consecuencia, actuar hoy… “ya vendrán otros en un mañana lejano al encuentro de lo que sea que seremos, y en el mejor de los casos, ya no nos pillará”. Así, se añade a la estrategia atacable el descrédito asociado al falso uso del término y sus contenidos para calificar de estratega bien al iluso soñador, o al “oportunista” que algunos creen viste de profundas decisiones basadas en rigurosos análisis, en la capacidad de observación y el anticipo al mundo que nos rodea, sus instintos, deseos particulares o posiciones específicas e interesadas.

¿Mundos incompatibles? En absoluto. La manera más sencilla de afrontar con éxito, y con elevado grado de acierto un problema o decisión (por complejos que sean), en un momento concreto, es su encaje en una verdadera estrategia de largo plazo. Sea una empresa, gobierno, país o persona, si cuenta con la clara identificación de su para qué, el porqué de lo que hace, el valor que está dispuesto a aportar y compartir con los demás, a sus sueños y puntos finales de llegada, y es consciente de los compromisos y esfuerzos que ha de asumir, ante cualquier “oportunidad-opción, problema” sobre el que deba tomar una decisión, resultará muchísimo más sencillo ya que podrá preguntarse si la decisión concreta le  desvía o acerca en su apuesta final. Coherencia estratégica. Y es precisamente este atributo y su ejercicio lo que exigimos de todo líder, dirigente, responsable en todos los niveles y espacios de la vida. Las exigencias, en especial a aquellos que han asumido el compromiso de guiarnos hacia algún sitio sustentado en un contrato, que obligan a todas las partes. Es decir, los individuos, personas, aliados, compañeros de viaje, somos parte activa y comprometida con el camino de dicha coherencia estratégica.

La realidad actual se mueve en un contexto contradictorio. No existe problema o demanda alguna, sea en el ámbito privado, profesional, político, de país, para cuyo reclamo de solución no se esgrima “la falta de planificación y estrategia” de los interpelados a quienes se acusa de carecer de una estrategia clara, anticipatoria y del largo plazo que se pretende hubiera adelantado la demanda que hoy se reclama como inusitada exigencia inmediata. A la vez, cuando se avanzan proyecciones y previsiones de futuro alertando sobre potenciales consecuencias y la necesidad de contemplar la sostenibilidad de las medidas a tomar, se recriminan dichos esfuerzos y se esperan soluciones “para hoy y para mí”. Así las cosas, el carácter poliédrico de necesidades, preocupaciones, prioridades y ambiciones de todos y cada uno de nosotros, termina por premiar el individualismo concreto y monetario, en un “de lo mío qué”, condicionante de cualquier decisión esperable. Si a esta actitud generalizada añadimos una creciente desafección y decepción por la autoridad (sea del nivel y ámbito que sea), los modelos de gobernanza (cuando dirigen y gobiernan ellos), el liderazgo (cuando siempre nos parece inadecuado o insuficiente), y “compramos” los mensajes exclusivos y excluyente de nuestro entorno, no puede extrañar que vivamos tiempos convulsos y, en apariencia, desilusionantes. Una generalizada auto invitación a vivir nuestro presente y obviar un potencial futuro común o compartido. ¡Malos tiempos para la lírica!

En medio de este panorama, un clamor personal invitando al siempre difícil espacio para la estrategia: no hay nada peor que movernos sin propósito, sin saber hacia dónde quisiéramos ir y esforzarnos en ir y no en que nos lleven. Sin duda, el futuro es incierto, pero será lo más parecido a lo que hayamos querido construir y paso a paso, de forma colaborativa y compartida. No llegará sin más. Lo habremos traído con nuestra intervención activa o pasiva en un largo e intenso proceso en el que cada actor habrá ido aportando valor y enriqueciendo el resultado final.

Esta misma semana, el reconocido artista vasco José Mari Lazkano presentaba su última obra: Non, Noiz, Nora, Nola… (Dónde, Cuándo, a Dónde, Cómo…). Un magnífico e impresionante mural para imprimir carácter al último Parque Tecnológico inaugurado en nuestro país. Reflejo e inspiración para la intensa estrategia innovadora que como foco de una transición energética-verde está en curso y que dará cobijo a miles de investigadores, innovadores, profesionales a la búsqueda de un futuro alternativo sirviendo a la sociedad. Así, como en todo proyecto de futuro y de vida, hemos de partir de la realidad y punto de salida (NON), para proyectarnos hacia donde queremos ir (NORA), en cada momento (“la línea del tiempo”) (NOIZ) y cómo hemos de hacerlo (NOLA), desde el rol correspondiente a cada uno, a la búsqueda de un resultado final, inevitablemente cambiante, fruto de la contribución colaborativa múltiple en un marco que le aporte sentido y coherencia.

Un mural que integra el arte y la industria, el hoy, el mañana, el conocimiento soñador y las herramientas que permiten su plasmación en una convergente apuesta de futuro. Diferentes almas, mismo propósito compartible. Sin duda, la creatividad del ser humano más allá de los medios y herramientas facilitadoras.

Propósito, propuesta de valor, estrategia y acciones colaborativas múltiples en “la línea del tiempo”.

¿Hacia dónde y cómo encaminamos nuestros sueños del mañana?

(Artículo publicado el 24 de septiembre)

En el marco general de la Asamblea Anual de Naciones Unidas que concentra a dirigentes y altos representantes de la inmensa mayoría de países y Estados del mundo, en la Ciudad de Nueva York, septiembre a septiembre, el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, ha inaugurado las jornadas destinadas al análisis e impulso de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible), en base al Informe Anual de Progreso.

El compromiso adquirido en 2015 (Agenda 2030), tras antecedentes de avances previos iniciados en 1992 con la conocida Agenda 21, suscrita por 178 países, establece una ambiciosa guía en torno a 17 objetivos, que, más allá de algo más que declaraciones voluntaristas, recomendaciones de buenas intenciones y miles de medidas a implementar, pretende poner fin a la pobreza, alcanzar “Hambre cero” y reducir las desigualdades. Según su intervención oficial, los resultados no solo quedan muy lejos de los logros previstos (menos del 15% de lo estimado), sino que califica la estrategia global de fracaso, si bien destaca que se ha visto condicionada por el parón provocado por los casi cuatro años de COVID, la guerra de Ucrania, múltiples conflictos bélicos y un importante deterioro de la economía mundial y sus nefastas consecuencias en todas las órdenes (salud, calidad de vida, servicios y sistemas  sociales, económicos, políticos…), apela a la reinvención, en profundidad, no ya de los desafíos, sino de las Agendas establecidas, llama al compromiso y esfuerzo colectivo y sobre todo realiza un “ruego-grito de advertencia”: “No esperen que, desde aquí, en Nueva York, resolvamos sus problemas. Actúen con firmeza en todas y cada una de sus pequeñas comunidades. Es allí y en su conjunto donde se logrará el éxito deseado”. Añade una autocrítica más que destacable: “se han convertido en un cuestionario de check-point que parecería uniformizar las políticas de todos, prescindiendo de estrategias propias y decisiones de verdadera transformación”.

Mientras este clamor se propaga por el mundo, en nuestro microentorno, el largo e intenso “proceso mediático” respecto a una en apariencia congelada y más que posible fracasada investidura del futuro presidente del gobierno español, ha puesto de manifiesto mensajes de dirigentes de los partidos políticos que habrían de hacer posible la elección de uno de los candidatos, que ni se habla, ni se negocia en serio, ni se propone proyecto alguno de futuro. Al parecer discursos y mensajes ponen el acento en un simplista “vótame a mí que viene el diablo”. Ni una sola palabra de futuro, ningún proyecto (si lo hay más allá del personal no se conoce) y ninguna explicación de lo que cabría esperar a lo largo de su deseado mandato en los próximos cuatro años.

Un tercer elemento, presente en esta semana incierta, aparece de la mano de la adquisición de un significativo paquete accionarial (hasta el 9,9%) de las acciones de telefónica por parte del fondo soberano saudí a través de su empresa pública de telecomunicaciones. La otrora monopolística y palanca empresarial pública del Estado español, veía trastocada su estrategia asociable a la supuesta estrategia (desconocida) de defensa del gobierno español. Operación Corporativa que enfrenta a los socios de gobierno y provoca (como no puede ser de otra manera) un importante debate en relación con la inversión extranjera en activos “estratégicos” y el control y gobernanza por países más o menos aliados y el rol que el propio gobierno español ha de jugar en la economía.

En los tres casos, distintos y a primera vista distantes, podemos resaltar la importancia de focalizar la atención en las apuestas estratégicas, en los proyectos y propuestas de largo plazo, en la imprescindible necesidad de pensar en el futuro, en fijar el camino a recorrer y sus tiempos, los instrumentos y activos para lograrlo, los compañeros de viaje necesarios y su comunicación a todos aquellos que han de contribuir a hacerlo posible.

Al hilo de estos acontecimientos, siempre de máxima actualidad, más interrelacionados de lo que pudiera parecer a primera vista, encontramos otra noticia que parece pequeña y ajena a esto. En un “rutinario informe de avance de resultados del Fondo Global de Pensiones del gobierno de Noruega (Norges Bank Investment), adscrito al Banco Central de Noruega, se comunica su extraordinario ejercicio en el primer semestre de 2023 con un beneficio de 131.000 millones de euros. El Banco invierte en el exterior los ingresos generados por el gas y el petróleo noruego, por un valor de 15.000 billones de coronas (1,3 billones de euros) y, como pequeña curiosidad, baste recordar que tiene más de 10.000 millones en participaciones en las principales empresas del IBEX.

Este dato no solo es muy relevante a efectos de la Bolsa y sus empresas, de la inversión extranjera y, por supuesto, del papel de los Fondos Soberanos (de extraordinario valor en su función), sino en las estrategias de transformación de los países. Noruega, líder en los principales indicadores de bienestar, innovación y desarrollo social y económico en el mundo, rico en energía, decidió ya hace muchos años repensar su futuro, entender, aceptar y asumir la apuesta global para la descarbonización, el abandono de su fuente principal de ingresos y acometer todo un ingente proceso innovador para “ganar su futuro”.

Precisamente, en estos días, se cumplen nueve años de un significativo discurso de la entonces presidenta de la agencia noruega de innovación, Anita Krohn Traaseth, presentando un informe de transformación del país (Dreaming Norway – Soñando Noruega) que tras un intenso proceso diagnóstico y prospectivo apostó por repensar un nuevo futuro, exigente, posible, con capacidad de ilusionar a la población a la vez que comprometerles en un largo e intenso camino de trabajo, disciplina, esfuerzo, prioridades y transición hacia una exitosa sociedad inteligente, de bienestar e inclusiva. Y están en ello. Desde entonces, se recuerdan las palabras del presidente noruego, en el lanzamiento de este proyecto, que movilizó a su país hacia un nuevo rumbo, “soñando un futuro” de prosperidad, tras un previo compromiso y esfuerzo reorientador.

Así, cuando Gunn Ovesen introducía la apuesta innovadora que se proponía, no inventaba un sueño “optimista” exento de la realidad exigente que les esperaba. Dedicó una parte relevante de su intervención a describir la realidad de partida, incómoda para muchísima gente que disfrutaba, ya entonces, de un elevado nivel de bienestar y suficiente confortabilidad. Destacó cómo el país tenía que abordar el tránsito de una situación suficientemente satisfactoria en términos comparables con terceros, hacia una profunda y “costosa reestructuración”. “Necesitamos ser mejores creando un nuevo futuro”. Estamos ante una extraordinaria oportunidad pero que nos obliga a entrar en un nuevo escenario de cambio de velocidad. Nuestra comodidad financiera se verá deteriorada por el cambio climático, las decisiones globales para lograr salvar el planeta a la vez que cada una de nuestras industrias y empleos, nos llevará a ser una sociedad más verde y limpia, más saludable, pero hemos de ser capaces de liderar la generación de soluciones a los nuevos y viejos problemas y sus nuevos desafíos”. Insistía, “hemos de saber que somos muy vulnerables a esos cambios y que necesitamos combinar la coexistencia con aquello que hemos hecho bien, hasta hoy, y aquello nuevo que debemos explorar, descubrir y dominar para ese nuevo futuro. Hemos recorrido décadas de prosperidad y debemos mantenerlo y superarlo en los nuevos escenarios. Necesitamos más pilares sobre los que fortalecer nuestro desarrollo, hemos de reformar nuestros esquemas y coste de bienestar y sostenibilidad, necesitamos reinventar nuestros servicios públicos, la productividad y diversificación de nuestras empresas, las tecnologías y sus aplicaciones a nuestra forma de vida, nuestra empleabilidad y educación-formación, nuestra función pública y gobernanza. Si lo asumimos y actuamos en consecuencia, el resultado será la suma exitosa del esfuerzo individual y colectivo, habremos aprendido a priorizar y a elegir a qué y cómo asignamos recursos. Somos un país pequeño con limitadas cabezas y mercado. Hemos pensado que somos los mejores de la clase, y que somos capaces de competir en todo el mundo y creemos que los demás nos necesitan. Sabemos que tenemos capacidades, talento, fortalezas para ir a cualquier parte, pero necesitamos convencer a los demás que lo somos, de verdad, que podemos hacerlo, y que nos beneficia a todos (también a los demás) cocrear ese nuevo futuro compartible y deseable…” Así, año tras año, el sueño se evalúa, constata su avance, los permanentes nuevos desafíos y su claro liderazgo mundial, cooperando con socios y nuevos compañeros de viaje, generando riqueza individual y colectiva, transformando sus sistemas e industrias  (público-privada), sus esquemas de financiación, sus políticas industriales y de innovación (sus clústers prioritarios), redefiniendo sus cadenas regionales y globales de valor, sus apuestas energéticas de futuro y su internacionalización creciente, reformulando sus espacios y roles públicos, sus administraciones públicas y su organización municipal-comunitaria.

De la misma forma que el llamamiento a su gente para conquistar un sueño deseable, si los demás entendemos nuestras verdaderas realidades y exigencias, podremos elegir los principales elementos a incorporar a nuestro sueño y viaje hacia el futuro, innovando hacia una nueva sociedad inteligente e inclusiva al servicio de su comunidad.

Sin duda, no hay lugar para la improvisación. Son tiempos de elegir y tomar decisiones. Tiempos de reformular y recuperar la confianza y motivar recorridos comprometidos tras sueños creíbles y posibles. Ya sea para invertir en una empresa, para crear un fondo de inversión, diseñar una política pública, gobernar o, “exigir una determinada plataforma reivindicativa”. Como dijera Antonio Guterres en la ONU: “No vengáis a Nueva York, a la ONU, a por la solución a vuestras necesidades y sueños, hacerlos posibles en vuestras propias comunidades”.

Cocreación de Valor transformando industrias del futuro

(Artículo publicado el 10 de Septiembre)

Acercarnos a la apuesta asumida de salvar el planeta, a la vez que se genera una economía verde sostenible, soportada en energías renovables, nuevos “materiales”, baterías singulares, vehículos eléctricos… suele acompañarse del olvido o menor atención a una importantísima serie de eslabones que, a lo largo de una larga y compleja cadena de valor, nos lleva, por lo general, a lugares remotos, zonas aisladas (en gran medida infra desarrolladas y muchas de ellas en países sumidos en situaciones de conflicto o guerras), desconocidos para la inmensa mayoría de quienes planifican las transiciones “verdes, tecnológicas, sociales” que resultarán necesarias, y se viaja en el tiempo, sin estaciones  intermedias, hacia el final del trayecto.

Una  reciente publicación del IFC (International Finance Corporation) del Banco Mundial, ofreciendo sus servicios de asesoramiento al desarrollo de la industria minera y los gobiernos implicables para un desarrollo sostenible, destaca, como no podía ser de otra forma, la enorme interacción que el mundo de los minerales y metales juegan y jugarán en equipos, vehículos, infraestructuras que habrán de conectar el mundo, facilitar el tránsito digital, permitir la descarbonización y, sobre todo (añado yo), mitigar la inequidad, promover el desarrollo inclusivo, impulsar el crecimiento sostenible de regiones desfavorecidas y aisladas, la creación de empleo (digno, formal y de calidad).  Su necesidad y geolocalización supone la oportunidad única, a largo plazo, de transformar gobiernos, democratizar instituciones y mejorar las condiciones de vida de la gente. Un vistazo rápido a un Mapa de la Industria Minera mundial permite una inmediata aproximación a los países de ese “gran sur” llamado a jugar un rol muy relevante en el próximo futuro. Las minas, las fuentes de esa potencial solución a la que habrá que inyectar talento, I+D, capital, niveles de bienestar, democratización y gobernanza homologables, financiación especial, desarrollar tejidos productivos asociados y mucha diplomacia económica inteligente, además del compromiso, ética y transparencia imprescindibles, requieren muchísimo más que una vieja interrelación cliente-proveedor, desde posiciones de poder y mando tradicional. Sin duda, las transformaciones geoeconómicas, geopolíticas y de la propia industria o ecosistema minero-energético-territorial, habrán de jugar un nuevo y claramente diferenciado papel de futuro.

La industria minera no es lo que era, ni mucho menos lo que será.

Hace ya mucho tiempo, cuando iniciaba mis estudios de ingeniería, visité por primera vez una mina de plata. No era una mina cualquiera, sino la de Fresnillo en el estado mexicano de Zacatecas, situado a 650 kilómetros de la Ciudad de México. Mina subterránea en explotación desde el siglo XVI (en diferentes estadios, obviamente), una de las mayores y más rentables del mundo, situada en una población y economía esencialmente minera, rodeada por un desierto pleno de ausencias. La experiencia de entonces combinaba una triple impresión complementaria y/o contradictoria. Desde el paraje y paisaje de la zona, aislada, en desarrollo, alejada de los niveles medios esperables de bienestar, escaso desarrollo comunitario y confort, con un choque considerable al bajar a la mina, escuchando todo tipo de sirenas y alertas de seguridad industrial para adentrarnos en los montacargas y elevadores que nos bajarían a la profundidad de la mina (700 metros) leyendo todo tipo de carteles que contaban, en horas, la distancia temporal con el último accidente en la explotación. Recorrido con la deshidratación correspondiente, según bajabas, aquel invisible mundo industrial de subsuelo en el que ibas descubriendo todo un distrito industrial complejo a la vez que maravilloso, repleto de enormes grúas, camiones, ferrocarriles, etc., con un elevado número, también, de mineros, con sus cascos y lámparas, en condiciones laborales duras, entonces exigentes y de tremendo esfuerzo físico. El camino de salida, para el regreso, rehidratándote, a medida que subías marcaba lo observado. Hoy, la mina lidera la producción y afino de plata en el mundo, y se inserta en un extenso y rico Parque Ecológico (lagos, centenares de especies mamíferas, pájaros, reptiles), senderos, juegos, espacios de ocio, tren turístico reutilizando antiguos trazados de trabajo, túneles y galerías mineras, con fuentes de energías renovables (al servicio de la comunidad), ocupando aquellos espacios desérticos que rodeaban la boca de la mina y las instalaciones fabriles básicas. Paraje con Centros Comunitarios alineados con prestación de servicios de salud y educativos imprescindibles para la atención y desarrollo tanto de los trabajadores y sus familias, como de la población próxima. Hoy Zacatecas, es una de las ciudades Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Hace unos días, se publicaban una serie de informes relativos a la industria minera y se aludía al resultado de una encuesta en la que se recogía la “escasa capacidad de atracción de talento” de esta industria. Se comparaba el grado de rechazo que, entre estudiantes de grado en último curso, se daba ante diferentes industrias (el 70% rechazaría un empleo en esta industria situada como la menos apetecible, contra “tan solo” el 33% en salud, ocupando el puesto mejor situado). A la vez, se destaca, de una u otra forma, el enorme “mercado esperable” de esta industria, la relevante importancia de su contribución a ese futuro que parece presente en toda estrategia de gobierno o empresa, identifica las enormes inversiones que se vienen realizando en el mundo, el acceso acelerado e intensivo de gobiernos en el capital y control de las empresas líderes, apetito imparable de los fondos soberanos y fondos de inversión, para jugar un papel cada vez más relevante en esta industria que invierte y se transforma a pasos acelerados. Nuevos materiales y minerales, nuevas tecnologías, nuevos modelos de negocio, exploración y explotación inteligente, nuevas infraestructuras y modelos organizativos “invaden” una industria en plena transformación que, además, interacciona a enorme velocidad con otras industrias generando auténticos ecosistemas industriales, territoriales, energético-sociales. Panorama, en principio prometedor, pero para el que la propia industria advierte como una de sus principales barreras la falta de competencias locales para la adopción de la tecnología requerida.

Todo un mundo en el que países (regiones, sobre todo), gobiernos y poblaciones desfavorecidas contemplan una extraordinaria esperanza de futuro. Países fundamentalmente explotadores o extractores, con menor o reducida capacidad manufacturera, comercial, investigadora y generadora de valor añadido, que se saben en el centro del protagonismo, aspiran a potenciar capacidades de liderazgo y sueñan en mejorar el bienestar de sus poblaciones y territorios. Toda una oportunidad para ellos… y, también, para todo ese mundo desarrollado que hasta hoy los ha visto con cierta o enorme distancia. En el fondo, nuevo signo de esperanza para mitigar la inequidad.

Quizás sea momento de repensar una relación, basada en una diplomacia democrática, económica e inteligente que posibilite la interacción entre diferentes modos y actores, capaces de arbitrar la financiación requerida (y seguramente quita compensada de la deuda externa que se les traslada, a cambio de desarrollo social, comunitario y bienestar), financiando empleo formal y de calidad, capacidades de desarrollo personal y profesional, ordenar/evitar una emigración masiva no deseada, y apoyar la institucionalización democrática real en estos países origen de una preciada materia prima que el planeta necesita.

En un reciente debate preparatorio de un curso ejecutivo, sobre la base del Caso de Beers (Harvard. ISC), inicialmente previsto para centrar el análisis en la coopetencia público-privada, en la “desconcentración geográfica” de las diferentes tareas de la cadena de valor y en la intervención del progreso social y la competitividad regional, se derivó una relativa “actualización” en torno a la industria minera, planteando opciones para abordar una solución integrada. Surgía, como base de referencia, el mundo complejo del Shared Value o Valor Compartido: la cocreación de valor empresa-sociedad. Generar riqueza a partir de demandas sociales, repensando modelos de negocio, reconociendo las cadenas de valor asociables y generando el valor compartido en todos los actores y eslabones de la cadena. De una u otra forma, los actores de la industria (aquellos que mejor lo han hecho) transmiten estos campos del pensamiento práctico más allá de la minería y responsabilidad social corporativa tradicionales. Sin duda, parecería razonable repensar una apuesta estratégica de futuro: al servicio de las comunidades y sociedades en que habrá de desarrollarse, generando riqueza para todos los implicados y logrando alcanzar ese futuro que conlleve, también, salvar el planeta, ganar el futuro, evitando hipotecar el presente, atendiendo a las poblaciones de hoy y mañana, democratizando un mundo inclusivo.

¡Nadie dijo que esto era sencillo! Sin duda es mucho lo que se ha hecho, enorme lo que está en marcha, pero mayor aun lo que está por hacerse.

Numerosas oportunidades para empresas que han de continuar su permanente reinvención, para gobiernos que pueden y deben redefinir sus políticas públicas favorecedoras de esta transformación para las regiones y poblaciones en las que operan, en nuevos espacios de innovación, tecnología y desarrollo social.

Hoy la industria minera. Ilimitado camino no exento de múltiples riesgos. Sin duda, se trata de ganar el futuro.

¿Colaborar con el enemigo?

(Artículo publicado el 27 de Agosto)

Y finalmente, la India ha llegado a la luna.

El gigante subcontinente, generalmente identificado por su enorme  potencial de futuro, minimizado y obscurecido por sombras de incertidumbre, lejanía y conflictiva desigualdad y cohesión territorial y poblacional, limitado por la existencia de “mil Indias”, en apelación similar a “las mil Chinas” que habrían de definir su descreído liderazgo, improbable desarrollo y progreso social armónico, conflictiva desigualdad de una enorme población condenada a la base de la pirámide, sumida en una compleja negociación permanente entre jugadores confrontados, en una economía y sociedad dual demandante de nuevas y mejores posibilidades de vida, alejados de planes, proyectos y aspiraciones difícilmente compartibles. Esta aproximación referencial le acompaña en toda apuesta aspiracional de progreso y liderazgo futuro, pese a su enormes fortalezas y poderío demográfico insustituible.

Ser la cuarta potencia mundial capaz de alunizar con proyectos propios y diferenciados (Estados Unidos, Rusia, China y ahora ellos) valida una singular apuesta estratégica, su larga capacidad propia y de alianzas y procesos colaborativos con terceros, una tenacidad ingente, extraordinaria inversión al alcance de pocos, capacidades educativas, tecnológicas, investigadoras, y de gestión y gobernanza con  referentes largo-placistas y gobiernos comprometidos en un despliegue coopetitivo público-privado de máximo nivel. Llegar a la luna hoy, tras un lanzamiento no exento de problemas que obligó a cambiar el rumbo, trayectoria y tiempos de operaciones para evitar repetir el primer intento fallido de 2019, no deja de añadir valor a la toma de decisiones en pleno vuelo, para “hacer cumbre”, pese a no seguir el camino directo prefijado. ¡Éxito y admiración!

Este evento destacado, coincide con la reciente publicación, esta misma semana, del Informe que, bajo la coordinación de Chris Ketels y en colaboración con el Instituto de Competitividad de la India y el ISC de Harvard dirigido por Michael Porter, con la participación del US-Asia Technology Management Centre Stanford, se ha presentado al Consejo Económico Asesor del Primer Ministro de la India (Narendra Modi): “How can India realize its potential?” (¿Cómo puede India realizar su Potencial?). Basado en un amplísimo trabajo realizado en los últimos años sobre una estrategia para la competitividad y el valor compartido e inclusivo para la India, siguiendo la metodología sobre competitividad y valor compartido de Porter, el Informe plantea una serie de recomendaciones de gran interés en torno al desarrollo económico, a la transformación estratégica, a las diferenciadas políticas (públicas y privadas) y los tempos en que han de llevarse a cabo señala como, a los procesos convergentes requeridos para su logro, y a los diferentes “trade offs” o intercambios que deben producirse desde la formulación aspiracional y punto final de llegada, ha de pasarse por diferentes logros-cesiones intermedias hasta llegar a ellos, atendiendo a las posiciones dispares de partida, a las diferentes posibilidades o voluntades de logro, a los verdaderos deseos y objetivos de los distintos actores integrables (generalmente comprometidos en apariencia con un fin común si bien, en realidad y en la práctica, no asumen, y posiblemente no parecen dispuestos a asumir).

Tras su minucioso diagnóstico del efecto real de las políticas aplicadas, de la diferente composición de la economía del País, de su compleja realidad  de articulación territorial, la dualidad entre una población mayoritariamente de renta baja, elevado desempleo, escasa cualificación y condiciones de empleabilidad, limitadísimos recursos de los múltiples gobiernos  o niveles institucionales y la enorme disparidad de necesidades, demandas y capacidad de aprovechar los beneficios de las leyes, iniciativa y opciones que se ofrecen para todos y que son desaprovechadas, insisten en políticas distintas y específicas, dirigidas a cada uno según sus verdaderas posibilidades, a sus necesidades inmediatas y potencial real, etapa por etapa, evitando un salto en el vació que parecería llevar a todos al punto final, a la vez, haciendo imposible el punto de llegada y una voluntariosa meta final. Esta aproximación sugiere nuevos principios, nuevas prioridades, nuevos jugadores y nueva arquitectura institucional y de gobernanza, respondiendo, siempre y, en todo caso, a cuatro elementos cohesionados que posibiliten un claro crecimiento próspero inspirado en el progreso social, qué sea en verdad, base y soporte de una empleabilidad competitiva para todas las partes (en todo ámbito regional y comunitario), medioambientalmente sostenible y debidamente alineado con una ruta de futuro. Entender y diferenciar potencial y logro aspiracional final con diferentes políticas y acuerdos parciales, coherentes, configurando un verdadero proceso de transformación y desarrollo.

Estos hechos referidos coinciden en el tiempo con el acuerdo final de la última Cumbre de los países BRICS (Brasil, Rusia, China, India, Sudáfrica) celebrada en Johannesburgo y la aprobación de “principios de ampliación”, abriendo la posible incorporación de entre 20 a 40 países según sus capacidades y voluntad de integración en esta “Asociación para el crecimiento mutuamente acelerado, el desarrollo sustentable y el multilateralismo inclusivo”, que desde su creación ha sido vista con reticencia por terceros (primer mundo), con preocupación por lo que lo han considerado como el protagonismo articulado de un SUR GLOBAL, como foco desestabilizador del orden instaurado en la post guerra. Sin duda, compartir un espacio de este tipo conlleva una cierta comprensión, objetivos compartibles, posibilidades diferenciadas internas, y un complejo equilibrio entre los diferentes roles a desempeñar por cada uno. Años de lucha individual por espacios similares pero confrontados, conflictos propios y con terceros, potencialidad y demandas dispares, grados y niveles de democracia-autocracia o gobernanza, etc. y nuevas aspiraciones (sobre el papel compartibles, seguramente distantes entre ellos más o menos declaradas) y un sin número de desavenencias, conflictos e intereses dispares entre muchos de ellos. En todo caso, una interesante y positiva oportunidad de avance en este momento de debate y búsqueda de nuevos caminos a explorar ante la complejidad de reclamos que enfrentamos, a lo largo del mundo. Tiempos en que, con más fuerza, si cabe, hemos de encontrar respuestas a la inequidad, al concepto real de desarrollo, a su extensión inclusiva, a la realista interpretación y alcance del bien común y a la puesta de la economía al servicio del bienestar de la Sociedad. Momentos en que toda iniciativa repensando el futuro choca con lo que Jason Hickel reflejaba hace ya años en su libro “Divide-La División”, cuestionando lo que consideraba un pensamiento equivocado en torno al concepto de “desarrollo económico”, resaltando la división como un creciente motor de desigualdad que excedía de, modelos económicos o el papel de diferentes jugadores a lo largo de la historia poniendo el acento en la generalización de sistemas de pensamiento único en períodos prolongados, admirados y deseados por quienes se sentían fuera de ellos y con la inevitabilidad de la confrontación permanente fruto tanto de los intereses particulares según el rol social-económico a desempeñar en cada momento, los gobiernos según su ideología y capacidad de poder, los entes y actores del sistema en función de posiciones temporales o específicas a ocupar. División fragmentadora que termina generando, a su vez, microesferas en las que terminamos recluyéndonos, casi todos, interactuando en exclusiva con nuestros próximos, alejándonos dé otras líneas de pensamiento, de interés, objetivos, necesidades, etc. Sostiene que esta realidad termina con “el bien natural de las personas y sociedades, llevados a la voluntad de colaboración y diálogo que nos anima a compartir esfuerzos para el bien común en un afán de trabajar en equipo junto con los demás”.

Adam Kahane, en “Collaborating with the Enemy”- “Colaborando con el enemigo”, se pregunta, sin embargo, ¿Cómo trabajar con la gente que no me gusta, con la que no confío, con la que no estoy de acuerdo, aquella con quien creo no tener aspiraciones y objetivos finales compartibles? ¿Es posible construir un acuerdo o compromiso común y último, generar la confianza mutua necesaria para transitar un camino incierto, lleno de dificultades, superar conflictos imprevistos, asumir discrepancias y desencuentras y superar un camino hasta aquellos puntos parciales o totales comprometidos, sabiendo que en determinadas etapas seguiremos nuevas y distintas o distantes trayectorias?

La complejidad e incertidumbre propias de este mundo que vivimos, demanda afrontar la polarización y división fragmentaria y salir de nuestras esferas de confortabilidad y similitud, sobre todo, romper las barreras de nuestros únicos intereses particulares. La colaboración está en boca de todos, pero, pese a lo proclamado no es ni natural ni sencilla. Exige esfuerzo, generosidad y un largo trabajo de aprendizaje y experimentación con terceros. Con Kahane, el pensamiento colaborativo no es lineal, sino que supone un proceso que exige facilitar actitudes y espacios sucesivos por recorrer desde el inicial trabajo compartido con aquellos que nos gustan, con aquellos en los que creemos, con aquellos que nos aportan valor con “poco intercambio exigente”. Es la línea menos comprometida y fácil. Pero, tarde o temprano, el verdadero espacio de transformación, desarrollo y bien compartido al servicio de la sociedad pasa por la etapa “más desagradable”: colaborar con el enemigo.

La historia es tozuda. Grandes problemas, grandes soluciones, diferentes líneas de pensamiento. ¿Nuevos procesos colaborativos?

¿Por qué el talento y los grandes empleados o seguidores abandonan las grandes organizaciones y culturas?

(Artículo publicado el 13 de Agosto)

Hace unos días, conversaba con un viejo y respetado profesor, amigo y compañero en iniciativas de ya largo recorrido e impacto en nuestra sociedad, en torno a un proyecto que está impulsando, relacionando con el amplio, complejo e indispensable mundo de los principios y valores, esencia de los aspectos más intangibles de nuestra cultura.

Nuestra preocupación o sensibilidad compartida por el futuro de nuestra comunidad (extensible en gran manera a lo largo del mundo) parecería exigir un paso previo que pasa por el intangible de la cultura organizativa, de las aspiraciones sociales y de las respuestas (conceptual, práctica, motivacional, actitudinal…) a los grandes desafíos, “puntos de dolor” y soluciones exigibles. Los, entonces recientes, resultados electorales con las opciones de la sociedad reflejadas en su libre elección y votación, parecían cuestionar, entre otras cosas, la percepción de unos y otros de “los valores” de una sociedad, de unos afiliados, militantes, simpatizantes o electores, a la vez que al ciudadano en sus diversos (y en muchas ocasiones antitéticos) comportamientos según su trabajo, condiciones socio-económicas, carácter de administrado, contribuyente o responsables en sus vidas profesionales, personales y adhesiones políticas). A su vez, en el caso vasco que nos ocupaba como primer punto de análisis y referencia, constatábamos una larga serie de indicadores objetivos (con fuentes internacionales de reconocido prestigio) que proyectan la imagen de una comunidad exitosa, en cierta medida “privilegiada” en su comparativa (estatal, europea, mundial) en el liderazgo en desarrollo humano sostenible, en progreso social, en inversión, competitividad, educación, salud, esperanza de vida no incapacitante, calidad democrática e institucional. No obstante, nuestras calles acogen diariamente sucesivas concentraciones, manifestaciones, reivindicaciones, situando al país a la cabeza (en número, horas no trabajadas, virulencia verbal…) mostrando una imagen que para cualquier observador (en especial foráneo), le lleva a la incredulidad con los datos comparados, y en general, para quien ha de tomar decisiones de futuro, a un elevado desconcierto sobre las apuestas estratégicas realizadas, las prioridades a impulsar y, por supuesto, a la interpretación de los valores inspiradores y motores de la Sociedad a la que se representa o sirve.  A la vez, han llegado los meses de verano y las estadísticas viajeras, préstamos al consumo para financiar vacaciones, récords turísticos, incremento de gastos-ingresos hosteleros, etc., que, además de reflejar la realidad de una sociedad dual, lleva a preguntarse por las raíces asociables con las pautas culturales, los principios, valores y motivaciones individuales y colectivas.

En este contexto, las lecturas veraniegas, entre novela y novela, permiten repasar algunos papeles de interés al respecto. Un reciente artículo en la Harvard Business Review, de la profesora y experta en desarrollo humano y cultura organizativa, con amplio recorrido al frente de los activos humanos en reconocidas empresas, Melissa Daimler, resume una serie de elementos clave de su reciente libro “Manage Your Talent Pipeline Like a Supply Chain” y sugiere la pregunta con la que inicio este artículo. Su trabajo, llevado al mundo de la empresa, de gran valor específico en dicho ámbito, da pie, también, a su extrapolación cautelosa al mundo y sociedad en general, permitiendo reflexiones de interés en el seno de toda organización.

Cuando hoy no podemos iniciar análisis alguno sin hacer una referencia al COVID-19, al efecto en la gente de las cuarentenas asociadas, a sus consecuencias sociales, económicas, sociolaborales, de ocio-entretenimiento y de gobernanza (en todos los niveles), o en la dinámica empleo- trabajo , así como en el espacio físico o virtual en que habrían de desarrollarse, con las diferentes implicaciones en la sociabilidad de las personas y, en su sentido de pertenencia a un grupo, su vinculación con la empresa, partido político, administración, Universidad, etc.  y, sobre todo, su adscripción o no a una cultura de la que habría de formar parte activa y determinante. Condicionantes que llevan a repensar, también, el consiguiente proceso transformador de las ciudades con el espectacular abandono del “inner city” (con especial incidencia ya manifiesta en las megaciudades). Sea como sea, la información disponible muestra como son miles las   personas que han modificado sus hábitos, prioridades, intereses, sentido del propio concepto trabajo-empleo-ingresos-ocio, como anticipo de reflexiones en torno a las aspiraciones, adhesión, compromiso, individual-colectivo-social, provocando una significativa sacudida en toda entidad-organización qué, de forma inevitable, habrá de   afrontar un cambio. El grado e intensidad del cambio observable, su duración, la profundidad transformadora y, en especial generacional, si bien difícil de predecir, parecería llevar a escenarios diferentes a los conocidos y sobre los que venimos prediciendo nuestras transiciones con proyecciones al horizonte, ya inmediato, del 2030. Un horizonte para el que, en el mejor de los casos, venían proyectando quienes, si planificaban, un determinado futuro. El ajuste a este nuevo escenario y horizonte nos lleva a una verdadera reconsideración de la coexistencia de lo inmediato con el verdadero largo plazo, espacio temporal imprescindible para el logro de las importantes transformaciones a las que el mundo se enfrenta. Las diferentes transiciones, “revoluciones radicales”, nuevos escenarios de todo tipo, no se improvisan y exigen la   convivencia entre aquello que habremos de dejar para afrontar run futuro distinto, deseado y la multitud, compleja, de objetivos que perseguimos. Empresas, gobiernos y, por tanto, actores ciudadanos implicados, hemos de reajustar nuestras estimaciones y apuestas.

Siguiendo a Melissa Daimler y entendiendo con ella  la cultura como “la manera en que se hacen las cosas a nuestro alrededor” y asumiendo como propone en su pregunta que nos llevaría a pensar en la inevitable alineación de los comportamientos de todos (y sobre todo de los líderes), los sistemas reales implantados -todo sistema, todo trabajo y proceso en curso, todo organigrama-estructura y posición-persona asignada- y las prácticas seguidas, guiadas por una serie clara de valores consistentes y perceptibles, favorecen o deterioran la cultura existente.. Este trilema estaría presente, en menor o mayor medida, en todo tipo de organizaciones o núcleos humanos. La adhesión a una serie de objetivos compartibles, a una “cultura” (empresarial, social, política, etc.) conllevaría acentuar la “verdadera generación de una cultura deseable” ¿Cómo lograr no solo generarla en todo el colectivo, o en sus núcleos de liderazgo como paso previo para su permeabilidad total o, sobre todo, en una sociedad abierta, cada vez más diversa, más interrelacionada con terceros, con “cultura y valores esenciales” cada vez más diferenciados, construyendo un espacio propio-común, tractor de ese futuro deseable?

Hoy, cuando afrontamos todo un conjunto de desafíos multipropósito, inalcanzables en solitario y exigente de pluri actores, en todo tipo de espacios, conviviendo en una esquizofrenia “colaborativa/coopetitiva” que permita la convergencia de lo que buscamos en nuestras propias estrategias (únicas y diferenciadas) con las de otros que, en ocasiones, compiten con los nuestros, pero sabedores que hemos de encontrar puntos de encuentro y satisfacción mutua para un logro superior, el ejercicio y esfuerzo demandado resulta imprescindible. Sin duda, todo un reto. ¿Cómo convencer, mantener, adherir, comprometer, motivar, enriquecer a las “nuevas sociedades cambiantes del futuro”, a los “nuevos actores empresariales (todos)”, a nuestras administraciones públicas, gobiernos y entidades de iniciativa social?

Hemos de entender e interiorizar, además, que no se puede construir “un futuro para ellos” sino “para todos”, con especial influencia de quienes han de llevarnos a ese futuro del que posiblemente no formemos parte. El compromiso intergeneracional no puede excluir a quienes han de construir, también y de forma relevante, el nuevo escenario y conducir las transiciones necesarias.

Una reciente encuesta de clima laboral que ha hecho pública la empresa Price Waterhouse Coopers, en Strategy&, da cuenta de cómo en a la industria de la tecnología, el espacio de mayor actividad y movilidad atractiva del momento, la máxima satisfacción por el empleo y el trabajo realizado no está asociada con la retención del talento ni con el apego a una determinada cultura empresarial. El 32% de quienes se muestran muy satisfechos con su trabajo esperan dejarlo e ir a nuevos empleos dentro de los próximos 12 meses. Un alto porcentaje dicen estar plenamente contentos con su contenido, responsabilidad, sienten disfrutar de suficiente autonomía, se consideran bien recompensados y con capacidad de promoción interna. Se trata de uno de los sectores más demandados en la actualidad y con profesionales altamente valorados. Personas claves para transitar al futuro.

¿Qué valores-principios pueden ser el motor-amalgama generador de “n” culturas compatibles hacia esos objetivos comunes y el bien social perseguible? Más allá de la frase-reclamo que mueve hoy nuestras apuestas a lo largo del mundo, en la supuesta búsqueda y competencia por “generar, atraer y retener talento”, la búsqueda de raíces culturales y compromisos más allá de nuestros “pequeños ámbitos personales e individuales”, parece imprescindible. Definitivamente, “un talento con propósito compartible”.

Cuando los nuevos espacios territoriales son la verdadera fuente y propósito de bienestar, desarrollo y gobernanza

(Artículo publicado el 30 de Julio)

En una semana en la que un cierto “shock post electoral” provoca una confusa confrontación de la aritmética objetiva electoral con las perspectivas previas y expectativas generales a través de un activismo militante, demoscópico, mediático, consecuencia de deseos y tácticas de unos y otros, la realidad entre lo que en verdad se elegía (representantes provincia a provincia a un Congreso y Senado y no un presidente del gobierno español), la sociedad está inmersa en el debate y calendarios de los partidos políticos y medios de comunicación, a partir de un ganador del voto y un perdedor con aparente mayor posibilidad de presidir un gobierno multi partido (o única, según quien etiquete a los grupos entre “progresistas” o “conservadores”). Esta situación supone, como no podría ser de otra manera, reconsideraciones, exigencias para frenar o impedir alternativas, para apoyar o acompañar a un favorito concreto, o para exigir cambios y transformaciones acordes con las legítimas reivindicaciones y pretensiones de cada uno de los actores del sistema.

En este contexto, la realidad “plurinacional” del Estado español, la vocación y aspiraciones de autodeterminación, soberanía, cogobernanza, sentido de pertenencia, vocación de espacios y modelos distintos al existente, por imperativo político-administrativo, reclama su atención y prioridad. Exige ocupar un lugar prioritario en el debate actual. ¿Para qué se ha de generar un tipo de gobierno concreto? ¿Con quién?

Como en todo momento crítico, las crisis, los riesgos y las oportunidades convergen y son tiempos que demandan “inteligencia y coraje de Estado”. El mapa global observado, muestra con claridad “islas” no resueltas. Euskadi-Catalunya juegan un papel esencial, claramente diferencial en el resto del Estado. Se puede jugar a ocultar su realidad diferencial o se puede asumir, de una vez por todas, la necesidad de construir espacios compartibles y compatibles no ya con la historia, que también, sino con el futuro. ¿Por qué y para qué se apuesta por un determinado gobierno? ¿Qué debe hacer y cómo lograrlo? En ese orden.

Sin duda, el cortoplacismo táctico invita a concentrarse en el “cómo” práctico y quizás en algún “qué” de baja intensidad. Lo relevante, sin embargo, está en el propósito (y su inevitable concreción final en el largo plazo). Así las cosas, parecería que términos políticos de calado como autodeterminación, autogobierno pleno, modelo territorial, cogobernanza, espacio plurinacional, suenan con excesiva fuerza y “hoy no tocan”, que dirían quienes, instalados en el confortable veto de su opción unitaria, apelan a diferenciar lo que llevaría a venderse como “aquello que de verdad importa a la gente”.

Si, por el contrario, hiciéramos el ejercicio de prescindir de la elocuencia de los términos y lleváramos su contenido real a la configuración de los “nuevos espacios de futuro” ,que habrán de posibilitar una nueva territorialización interconectada de regiones, ciudades y naciones, de polos o centros de innovación (no solo tecnológicos, industriales, sino sociales), de áreas geopolíticas compartibles, de ecosistemas (todas aquellas redes de redes que han de coexistir, de forma sinérgica y coopetitiva para explicar el logro de nuevas sociedades de bienestar, riqueza y empleo), de estrategias convergentes e inclusivas para “ganar el futuro”, podríamos visualizar el valor, interés y oportunidad de anticipar su uso para facilitar la respuesta a los desafíos del futuro.

Más allá de elecciones, la Unión Europea moviliza estos días a sus gobiernos de los 27 Estados Miembro y a cientos (o miles) de autoridades y representantes de las 239 regiones que la componen, en múltiples foros, consejos informales, Consejos de Gobierno, para abordar los asuntos críticos que han de incorporarse a la estrategia para una Europa autónoma, con peso y relevancia mundial, a la búsqueda de un lugar y coliderazgo en el concierto internacional, en las principales áreas de transición (demográfica y migratoria, verde-energética-sostenible, azul o del agua, de la digitalización, de las tecnologías exponenciales, del bienestar y de un futuro del trabajo-empleo, además de la cultura y de valores democráticos y sociales). Búsqueda de soluciones que, a la vez, integren no ya a una sociedad dual, de género, intergeneracional y plural, sino comprometida, resiliente, solidaria. Debate sobre modelos de pensamiento, reflexión sobre el binomio crecimiento-desarrollo, con el foco en la cocreación de valor (empresa, sociedad, personas, gobiernos, naciones, territorios…). En este marco, “Reconcebir nuevos espacios, nuevos territorios base, interconectados con las vanguardias del conocimiento, resilientes a las contingencias e imprevistas, obliga a decisiones imaginativas y valientes”. Nos encontramos a la búsqueda de nuevos paradigmas. Y, además, estas ideas que hubieran podido parecer ejercicios teóricos o filosóficos de laboratorio, cobran especial relevancia cuando un CRASH PANDÉMICO ha sacudido un deteriorado camino y manera de hacer las cosas, coincidiendo, además, con una guerra en el corazón europeo.

En este marco, en este tipo de reflexiones y debates, surge, con especial fuerza un “nuevo espacio”, que, si bien ha estado siempre allí, que hoy cobra especial relevancia y que nos sirve de ejemplo para abordar conceptos de “territorialización a incorporar a la agenda prioritaria”: “El espacio Báltico”.

Hace ya más de 30 años, publiqué algunos papeles en relación con el “Espacio Báltico”, su importancia con área base a lo que entonces entendía habría sido su relevante rol en la Europa del pasado y creía sería, aún más, en la del futuro, colaboré en proyectos estratégicos para la “clusterización de la actividad económica en el territorio del Báltico” y destaqué su papel ejemplo de lo que llamaba “los nuevos jugadores en una economía y estrategia glokal” que he sostenido, a lo largo del tiempo, respondía a la realidad por encima de una quimérica, insuficiente y excluyente globalización, dada por buena por la mayoría de académicos, pensadores, gobernantes y empresarios o directivos “globales” ensoñados con el mundo dominante del expatriado del alto nivel. Muchos años más tarde, en plena cuarentena de la COVID, en mi libro, “Bizkaia 2050: Bilbao, Bizkaia, Basque Country”, incluía la larga interacción objetivo para entender el futuro Bizkaia-Báltico en el nuevo espacio “territorial” de nuestro futuro en el 2050. Numerosos foros, centros de debate y entretenimiento (también profesional y académico) me han llevado a explicar el porqué de esta conexión y apuesta estratégica y, por supuesto, de sus connotaciones con la guerra en Ucrania (y el papel de ésta en el futuro europeo), cuando en el momento de mi trabajo, aún no se había producido la invasión rusa.

Hoy, los medios de comunicación, de una forma u otra, miran al Báltico y, con todo tipo de menciones, recogen lo que “The Economist”, en su último número, señalaba como “El Báltico: El nuevo y futuro lago de Europa”. Esta referencia ha provocado la reacción de amigos, colegas, empresarios, gobernantes que me han interpelado sobre aquello que, hace un par de años, entendían era un dislate o salida de tiesto en mis “sueños estratégicos”.

Doce países comparten un mar (el Báltico), sus enormes recursos (energía, biotecnología, economía azul, logística, transporte, espacio y distrito laboral, universitario compatible, infraestructuras, defensa, seguridad), sin duda, cogobernanza. Casi todos, miembros ahora de la OTAN, si bien, por historia, proximidad, pertenencia real (territorial y marítima) enfrentaban y contenían al “enemigo ruso”. Son, a la vez, puerta hacia el Reino Chino e Islandia, hacia el Arco Atlántico y la Bahía de Bizkaia. A la vez, punto de interacción crítica con los corredores conductores de Asia-Europa. Este nuevo “Lago de la OTAN”, es una joya estratégica de máxima consideración.

Su influencia en nuestras vidas, en nuestras economías, en nuestro futuro parece presente en casi cualquier área de trabajo que abordemos. Si analizamos un último informe sobre las 239 regiones europeas de alta innovación, situamos a la cabeza a Suecia, Dinamarca, Alemania, Países Bajos en sus regiones lindantes con dicho espacio. Si buscamos un ejemplo piloto de naciones liderando la digitalización, identidad digital y ciberseguridad, miramos a Estonia en el Báltico, si miramos la apuesta energética en el mundo off shore, dirigimos el análisis a su eólica y parques marinos de máxima escalabilidad, y si pensamos en rutas naturales de óptima conectividad en las principales cadenas regionales, globales de valor, extendemos los corredores de “su mar originario” a las aguas complementarias. Y, por supuesto, cualquier potencial solución a la guerra en Ucrania requiere contemplar el “Lago Báltico de la OTAN”. ¿Y el corredor Atlántico? La fachada Atlántica que posibiliten una adecuada y equilibrada interconexión en el Norte de Portugal-España, la conexión europea vía la Nueva Aquitania francesa y máxima interacción directa, también, con el Nuevo Reino Unido por reinventar, exige la mirada esencial hacia este espacio que hace unos años parecía tan distante para muchos.

Es decir, la importancia de la nueva reconfiguración de los territorios y espacios de futuro, no solamente hacen pertinente, sino imprescindible, que quien aspira a gobernar en el Estado español, asuma el riesgo de ir más allá de la confortabilidad de Madrid y de su estatus quo, para asomarse al futuro y comprender la realidad y oportunidad de naciones y territorios que no demandan un “capricho egoísta y aldeano”, sino un salto cualitativo hacia un futuro democráticamente soñado.

Poner en la Agenda del nuevo gobierno, “el territorio” que sugieren algunos es mucho más que palabras. La experiencia resulta negativa. A la falta de verdadera voluntad por afrontar el desafío, se une el grave incumplimiento no ya de lo pactado con sucesivos gobiernos, sino la propia base de un Estatuto de Autonomía (la única oportunidad que hemos tenido de una consulta global de la sociedad vasca y en la catalana, en su caso, “corregida”, a posteriori por tribunales y gobiernos “de Estado”). ¿Caben garantías? En todo caso, lo de menos es la elección de un gobierno para salir del paso. Lo relevante es elegir-apoyar un gobierno con mayúsculas con visión, propósito y apuesta de futuro.