Economía, política y… sociedad

(Artículo publicado el 19 de Julio)

En la Tribuna del Fondo Monetario Internacional (“Finanzas y Desarrollo”), el profesor de la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard, Jeffry Frieden, publica un artículo, “La Economía Política de la Política Económica”, sugiriendo que “deberíamos prestar más atención a la interacción entre la política, la economía y otros ámbitos…”

El citado artículo sirve como entrada a una serie de autores y artículos que parecerían situarnos en un “punto de inflexión” para replantearnos un nuevo orden social y económico en el enésimo anuncio de una reinvención y construcción de un mundo mejor post crisis pandémica, en palabras de la directora del FMI, Kristalina Georgieva (quien, por cierto, en su blog de esta semana, insiste en la desigual respuesta a la pandemia en curso, como consecuencia, también, no de buenas o malas decisiones de gobiernos o responsables de salud o malos o buenos comportamientos sociales por libre elección, sino por sus condicionantes sociales y económicos, la geografía de la crisis o las necesidades urgentes de la población afectada).

Sin duda, resultan innumerables los estudios, debates, análisis y ejercicios de prospectiva tratando de anticipar escenarios futuros, suponiendo, como no podría ser de otra manera, el desarrollo de la economía, el rol de las diferentes instituciones, el comportamiento social y las consecuencias cambiantes que la actual crisis, inicialmente de salud, han de conjugarse para conformar un espacio distinto. Demasiadas variables inciertas cuya convergencia determinará un mundo distinto al actual.

Desgraciadamente, observamos una confrontación teórica y limitante, entre lo que al parecer serían decisiones y recomendaciones “objetivas, racionales, científicas, tecnócratas y progresistas no condicionadas por ideología alguna” que ofrecerían “recetas científicas” (ya sea para aplicar políticas económicas, sanitaras, financieras…) y aquellas supuestamente interesadas, al servicio de lobbies, grandes corporaciones o grupos de interés, “nacionalistas y populistas” de “cortedad de miras” que condicionan políticas contrarias no seguidoras al 100% de lo exigible por los primeros, basadas en intereses electorales en beneficio propio. Así, “científicos y tecnócratas”, infalibles, se ven investidos de auto legitimidad (generalmente otorgada por sus pares), mientras los actores políticos conformarían grupos descalificables por definición. En este esquema bipolar, resultaría imprescindible incorporar un tercer jugador, esencial: la sociedad.

Si bien se supone que tanto quienes proponen “la buena economía”, como quienes “aplican políticas equivocadas”, no olvidan a la sociedad como destinatario de sus posiciones y decisiones, la realidad del análisis publicado parecería prescindir del hecho de que las personas, los individuos, queremos, apoyamos y exigimos decisiones diferentes según el lugar y rol que desempeñamos en cada momento. Somos, como individuos y colectivos, a la vez, “grupos de interés” y jugamos un rol determinante, según la economía dominante en el resultado final. Detrás de cada gobierno o agente político, desde el voto y representación (esperemos que democrático) y en el día a día de nuestra actividad, condicionamos, en menor o mayor medida, esa “deficiente acción política” que no dejaría al funcionariado internacional de éxito diseñar programas y políticas públicas a aplicar como mantra en cada país, en cada momento, para diferentes contextos, necesidades sociales, vocaciones de autogobierno o apuestas personales y colectivas por tipos, modos y estilos de vida propios. Sin embargo, parecería dominar la sensación de que la tecnocracia, la academia pura o funcionarial (en especial internacionalizada y global) estarían investidas de la autoridad suficiente para decidir entre políticas A o B, sin el necesario control democrático, ni el contexto cambiante al que han de atender. Si en 2008 imponían austeridad y recortes sociales, ahora endeudamiento perpetuo, ayer globalización ilimitada y hoy mundialización próxima, multilateral y regionalizada, la responsabilidad de sus consecuencias sería siempre de la “mala política”. Bandera impecable como salvoconducto liberador de todos y cada uno de los individuos que así podemos auto excluirnos del compromiso y responsabilidad respecto de nuestro propio futuro y, sobre todo, de nuestro hacer o no hacer del pasado. Siempre queda culpabilizar a terceros. El soporte y lenguaje mediático sería el amplificador de la asignación de papeles entre buenos y malos y, en consecuencia, sus buenas o malas políticas económicas.

Hace tan solo una semana, los vascos acudimos a las urnas para elegir nuestro Parlamento. La sociedad vasca ha tenido la oportunidad de manifestar su “interés” en unos determinados representantes, en un modo de vida y estrategia de futuro. Se ha manifestado según su propio sentimiento de pertenencia e identidad según su apuesta de futuro, atendiendo a su grado de confianza en quienes han de gestionar ese tránsito hacia un espacio diferentes o no según las expectativas y deseos de cada uno. La sociedad vasca ha elegido con claridad en donde prefiere depositar su confianza (aunque algunos parecerían creerse sus falsos discursos de triunfadores “ganando las encuestas y no los votos”). La sociedad vasca ha optado por determinadas políticas económicas y no por otras, por liderazgos y gestores diferenciados. Ha afirmado sobre qué valores quiere construir su próximo futuro y no sobre aquellos que prescindieron de la democracia y los derechos humanos, que impedían el desarrollo económico y social y pretendían sumirnos en el sufrimiento y en el pesimismo permanente, ausente de opciones de futuro, que hoy parecen haber olvidado su pasado y responsabilidad, proclamándose líderes de las vanguardias de la inclusión, la reforma y reconstrucción económica y árbitros de los “momentos y ritmos” que ha de seguir la sociedad. La realidad es que, discursos aparte, hoy es tiempo de dar otro paso más, adelante, en la construcción de una sociedad inclusiva para lo que las políticas (“económicas y de otros ámbitos”) se apliquen desde instituciones próximas, controlables de forma democrática, al servicio de la “sociedad compleja y multi grupo de interés” para transitar hacia otro escenario futuro.

En este contexto, la economía y, sobre todo, las “buenas políticas económicas”, resultan esenciales, pero son las políticas, con mayúsculas, (políticas de gobierno, políticas de empresa, políticas comunitarias e individuales) las que deben (debemos) marcar las opciones, asumiendo nuestra cuota de responsabilidad y compromiso en las directrices que han de regir nuestro camino.

Economía, política y sociedad son piezas inseparables, convergentes en una estrategia compartible que viabilice el verdadero propósito y aspiración, en contextos concretos, de la población a la que sirven. Euskadi ha elegido la interacción que desea apoyar. En consecuencia, una vez pasada la resaca electoral, merecería la pena que los diferentes actores (económicos, políticos y sociales) nos empeñemos en encontrar dicha convergencia y trabajar en su dirección. Son muchas las luces y alertas que los resultados observados nos ofrecen para entender la foto (y, sobre todo, película en movimiento) que la sociedad proyecta. El camino parece suficientemente indicado. Su ejecución… es otra cosa.

Hoy, parece que somos conscientes de la enorme incertidumbre y complejidad que atravesamos. Sabemos que son muchos los elementos cuestionables y que no resulta obvia la práctica ni de recetas mágicas, ni de pensamientos únicos y que, sobre todo, más allá del lenguaje que pretenden ocultar diferentes opciones y modelos bajo falsas declaraciones simplistas y simplificadoras de unidad, acción global u objetivos auto imputables en términos de buenos y malos, que obligarían a un seguidismo ciego a quien lo proclama, existen y perviven las aspiraciones legítimas de una sociedad concreta en un momento específico. Es esta realidad la que recomienda explorar soluciones diferenciadas bajo una convergencia esencial: política económica, economía política y sociedad bajo un propósito de bienestar, riqueza y equidad generando un desarrollo inclusivo, necesariamente cambiante, ante un mundo que ya vive, hoy, el impacto de múltiples novedades determinantes de una transformación radical.

Un buen banco de pruebas lo tenemos delante. A la ansiada espera de los acuerdos necesarios que la Unión Europea llegue para instrumentar su proclamada intervención de rescate y reorientación de políticas económicas y sociales imprescindibles en su ya tardía transformación real, coherente con sus valores constitutivos y fundacionales y las aspiraciones de futuro de sus sociedades miembro, en Madrid, el Congreso de los Diputados ha emitido su “dictamen y resoluciones” para la “reconstrucción social, sanitaria y económica” como respuesta a la crisis del COVID, incorporando, como su costumbre histórica en cualquier momento de emergencia o crisis, la totalidad de esferas de insuficiencia o debilidad que arrastra por generaciones. Genera una “nueva caja de intenciones, propuestas, y declaraciones variopintas” cuya aplicación real exigiría toda una larga serie de procedimientos, instrumentos, tiempos, actores, recursos, acuerdos que brillan por su ausencia. Surgen, al menos, dos vías para su hipotética viabilidad: la primera, dejar en vía muerte la inmensa mayoría de puntos recogidos de forma solemne en su resolución y limitarse a aquellas acciones previamente decididas por el ejecutivo, dirigidas a una clara recentralización de la sanidad resucitando las viejas estructuras del pasado refugiadas durante años en sus despachos funcionariales, centros, escuelas, institutos corporativos vestidos de supuesta excelencia y soportados en cuotas de reparto de ex altos cargos de confianza en organismos internacionales, aprovechando el sentir generalizado del valor e importancia de la salud, acompañados de enmiendas parciales a normativa, proyectos y programas económicos y presupuestarios en curso, con etiquetas de futuro y transformación con escasa apuesta de futuro, o una segunda, compleja, impulsando procesos organizados y compartidos entre los diferentes actores implicables, pensando en el largo plazo, abordando, de forma rigurosa, los desafíos sociales, sanitarios y económicos, desde la política (con mayúsculas) que haga posible responder a las aspiraciones y demandas de una sociedad de futuro, a la luz de los tiempos. Agenda compleja, con visión emprendedora y de futuro, conjugando, en verdad, economía, política y sociedad, en una imprescindible convergencia insustituible por atajos hacia escasas e insatisfactorias soluciones.

Tiempos de estrategia comprometida, ante un escenario impredecible que resultará del tránsito progresivo de una sociedad que aspire a un espacio desde realidades y voluntades cambiantes, que ha de construirse día a día.

Innovación política. Estrategia inteligente

(Artículo publicado el 5 de Julio)

Ya en diciembre de 2016 tuve la oportunidad de conversar con Michael E. Porter, con ocasión del workshop anual de la Red MOC en Harvard, acerca de sus primeros borradores de lo que sería su libro publicado en estos días: The Politics Industry (La Industria de la Política).

En aquel momento, su aproximación al tema venía provocada por un interesantísimo proyecto que codirigía con el profesor Jan W. Rivki (“The US Competitiveness Project”), que, por encargo de la propia Universidad de Harvard, pretendía implicar a la extraordinaria, amplia y variada red de exalumnos que, a lo largo del mundo, lideraban las principales empresas e instituciones con alguna (o toda) relación con los Estados Unidos y su competitividad. Preocupaba el declive de la economía y prosperidad estadounidense, su sucesivo descenso en la escala de competitividad mundial y la sensación de retroceso y parálisis relativa que vivía su tejido económico y social. Desde un análisis comprehensivo de los determinantes de la competitividad, un hallazgo relevante desvió su atención hacia la que, más tarde, calificaría como “Industria de la Política”. El estudio destacaba no ya un cansino desapego del mundo empresarial y sus principales agentes económicos, sociales o del tercer sector respecto de la política estadounidense o de la confrontación permanente y paralizante observada, sino un sistema que sentaba su centro de operaciones en un “Washington” especial, con sus propias reglas, cultura y relaciones, que se había dado como natural durante siglos y que, en el diagnóstico, se manifestaba como el principal factor limitante de la competitividad de “América” a juicio de los más de 22.000 graduados encuestados. Si bien Porter había trabajado con cientos de líderes y gobiernos del mundo en el diseño de estrategias y políticas en favor (o limitadores) de la competitividad, y en su época presidiera el Consejo Asesor para la Competitividad promovido por el presidente Ronald Reagan, y  asesorando múltiples proyectos estatales e internacionales que, de una u otra forma, pasaban por diferentes jugadores (Organismos Internacionales, Think Tanks, Observatorios de Prospectiva…) que componían el paisaje del Washington político, esta vez, no lo observaba como una simple sede de toma de decisiones que pudieran condicionar una buena o mala política pública, sino “un mar en sí mismo” que todos daban como normal, factor fijo y, por definición, natural, eterno, ajeno a cualquier transformación.

Al año siguiente, en nuestra cita anual decembrina, dedicó una sesión especial a este asunto presentando un Informe: “¿Por qué el tipo de competencia en la industria de la política está haciendo fracasar a América?”, que publicó en la HBR. Esta publicación generó un enorme impacto no ya en el ámbito académico, que también, sino en el propio mundo político y de gobierno y ha sido precursor de múltiples iniciativas de todo tipo a lo largo y ancho de los Estados Unidos, así como una cadena de “adaptaciones del modelo de análisis” a la realidad de otros sistemas y países a lo largo del mundo. Ese informe fue otro paso más en su largo recorrido. Así, junto con Katherine M. Gehl, reconocida y prestigiosa líder empresarial y fundadora del Instituto para la Innovación Política, ha culminado el trayecto hasta este libro, fiel a su rigurosa metodología, solidez conceptual e intenso proceso investigador. El enfoque pretendía preguntarse si existía una “Industria de la Política” y, en ese caso, si sería aplicable su ya conocido y extendido Modelo de las CINCO FUERZAS, indispensable a lo largo de estos últimos 30 años en todo análisis de cualquier industria a lo largo del mundo. Gehl fue quien sugirió explorar tal posibilidad y juntos han llegado hasta aquí.

El libro llega en un momento crítico para la política estadounidense, no solo por tratarse en año electoral de relevante y especial transcendencia, o por vivir un momento de enorme incertidumbre global (y, desgraciadamente, de grave impacto en los Estados Unidos) por una pandemia de consecuencias aún desconocidas pero que, en todo caso, exige de un compromiso y participación protagonista de los gobiernos y la política, no solo de Washington, sino de todos y cada uno de los Estados americanos, o por el creciente desacople de Estados Unidos y China, ya pre COVID, y de Estados Unidos con el resto del mundo en una clara pérdida de referencia como líder mundial, o de una convulsa sociedad estadounidense que percibe un deterioro tanto en su nivel de vida y bienestar, como en su convicción de relevancia global en un buen número de aspectos clave.

El reclamo del libro lleva una enorme carga de profundidad, “¿cómo puede la innovación política desbloquear o romper el candado partidista y salvar la democracia americana?” Vector conductor de su trabajo, pretendiendo no la crítica descalificadora, sino provocar un verdadero movimiento de transformación, optimista, hacia nuevas vías de solución. Su diagnóstico y descripción meticulosa de una industria que se ha dotado de sus propias reglas del juego, que se ha protegido tras una farragosa y tupida red de barreras de entrada a terceros, generando un sistema dúopolístico bipartidista que no ha fallado, como pudiera parecer desde fuera (y, en general, visto desde aquellos a los que se supone ha de servir), sino que ha resultado extraordinariamente exitoso: se creó para esto y se ha dotado de sus propias reglas y cultura protectora. Si en verdad se esperaba de este sistema un instrumento eficiente para un servicio democrático al servicio del bien común y de las necesidades y demandas de la sociedad en momentos críticos, el instrumento diseñado nació (o se reconvirtió en el tiempo) en un espacio equivocado. En consecuencia, la nula sintonía entre el sistema vigente y los objetivos democráticos exigibles, divergen día a día, demandando una verdadera transformación.

Con esta crudeza, el libro va más allá del estudio académico y de diagnóstico y se atreve con múltiples recomendaciones desde la raíz del sistema y leyes electorales, el proceso normativo y de control diseñado, en el tiempo, por las prácticas legislativas, el diseño, elaboración, ejecución y control presupuestario, la financiación del propio sistema y sus actores y todos y cada uno de los elementos que estructuran esta industria tan especial.

Obviamente, si bien la metodología y el marco de trabajo seguido puede resultar consecuente y válido para intentar réplicas más o menos validables en otros países, su enfoque y aplicación directa, recomendaciones, son esencialmente estadounidenses para un muy particular sistema político y una “exitosa industria”. Sus recomendaciones no quedan en el libro, sino que se adentran en “provocar procesos innovadores” para animar a la sociedad, a los propios agentes políticos y de gobierno, a promover y protagonizar lo que consideran una imprescindible transformación para generar esa COMPETITIVIDAD y PROGRESO SOCIAL a la que aspira (o debe aspirar) la sociedad y pueblo americano. Su apuesta final actúa sobre esa industria de la política estadounidense, peculiar en sus procesos electorales y sus procedimientos normativos, reservados para una determinada “burbuja de jugadores” lo que, sin lugar a dudas, resultará polémico, si bien revulsivo y provocador.

Como Mike se encarga de recordar en su presentación en el libro, en especial para aquellos que no conocen su trayectoria, sus veinte libros publicados, sus aportaciones originales al mundo de la estrategia, la competitividad, la clusterización de la actividad económica, la ventaja competitiva de las naciones, el progreso social y el valor compartido empresa-sociedad forman parte de este largo viaje recorrido hasta este momento y, aunque para muchos pudiera parecer que se aleja de su “espacio natural”, la “Industria de la Política”, la salud de la democracia y los gobiernos son esenciales en la competitividad, en la generación de riqueza y bienestar sostenible, en la calidad de vida de los ciudadanos y en la construcción de un futuro mejor. En este caso, para los Estados Unidos, para sus empresas, para sus gobiernos de todos los niveles, para los estadounidenses y para todo un mundo interconectado que tanta interdependencia requiere, con y respecto de unos Estados Unidos, saludables, colaborativos.

Un mundo en el que la innovación parece acompañar cualquier apuesta transformadora parecería demandar, a gritos, una profunda innovación política tal y como propone este trabajo. Innovación real que no “propaganda del cambio” limitada a palabrería y descalificación. “Búsqueda de mejores soluciones a nuestros mayores problemas, buena economía para tiempos difíciles” que dirían los premios nobeles Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo.

Inteligencia estratégica, soluciones sistémicas, capacidad para navegar la incertidumbre, compromiso activo y actitud innovadora son características exigibles para un liderazgo transformador en momentos de desafíos globales, sensación de crisis con la percepción de un futuro más incierto que lo habitual. Un buen compendio de elementos esenciales que, como en el caso que nos ocupa, requiere superar un estadio previo: “el mal endémico de las sociedades y los sistemas establecidos que rara vez creen estar en el precipicio y para quienes el declive es invisible”. (“Decline is invisible from the inside” – “El declive es invisible desde dentro”. Charles King)

El valor de la solidaridad social

(Artículo publicado el 21 de junio)

Euskadi ha levantado el “Estado de Alarma” y recupera todas las competencias que le fueron “suspendidas y retiradas” de forma unilateral, “porque no había otra solución para gestionar la respuesta a la pandemia” en palabras del Gobierno español. Hoy, por fin, retomamos el camino ya conocido de la corresponsabilidad y la autogestión, imprescindibles para construir un proyecto propio de futuro, desde la inevitabilidad de un periodo incierto de convivencia: COVID-NO COVID y su impacto en la salud, comportamientos sociales, reapertura económica y avance progresivo a nuestra habitual (o diferente) forma de vida.

Mañana se regularizará la vuelta ordinaria a lo largo del Estado y, de una u otra forma, más o menos, en toda Europa. Desgraciadamente, otras geografías tienen por delante otro periodo incierto y preocupante, pero, también, habrán de incorporarse a este nuevo escenario, retomando sus vidas con mayor o menor apoyo, oportunidades y restricciones.

Si bien no podemos predecir un escenario cierto, ni definir los tiempos y forma de salida, (desconocemos la letra de la recuperación económica V, L, U, etc.), ni el grado de las fortalezas y actitudes mentales y disposición personal y colectiva para una respuesta social, sanitaria, económica y política, sí podemos apreciar un buen número de factores positivos que, emergiendo de la urgencia fatídica, nos permiten abrigar con optimismo el complejo e incierto camino por recorrer.

Por delante, enfrentamos una realidad que obliga a concentrarse en el futuro, en las opciones de empleo, de reapertura social, económica y de proyectos que han estado suspendidos y aplazados en estos cien días de confinamiento general. Es, afortunadamente, una prórroga, en la mayoría de los casos, con el oxígeno de medidas temporales que posibilitan mitigar la angustia y dificultades existentes. Mecanismos de rescate financiero, supresión de plazos administrativos que hoy se reactivan, medidas laborales como los ERTES que han facilitado un colchón amortiguador del enorme golpe sufrido, transferencias financieras y subvenciones, minimizan las penas y dificultades y, por supuesto, la aprobación y entrada en vigor del Ingreso Mínimo Vital (que esperemos sea bien implementado) aportando una red mínima de dignidad y bienestar a los más desfavorecidos.

Este Ingreso Mínimo Vital supone una piedra angular sobre la que esforzarnos en un ingente trabajo a realizar, no solo para consolidarlo y convertirlo en un derecho subjetivo real, independiente de la empleabilidad o trabajo alguno compensatorio, hacia aquel modelo de renta básica universal que hagamos sostenible en el ansiado objetivo de lograr un verdadero estado social de bienestar al servicio de un desarrollo inclusivo pleno.

En Euskadi, la aprobación de este instrumento no va a cambiar demasiado, de momento, en lo que a derechohabientes supone, dada la existencia de la RGI, que se ha venido perfeccionando a lo largo del tiempo desde aquel primer “salario social” implantado, en un marco de contestación y preocupación externa, a primeros del ya algo lejano 1987.

La lectura estos días de “Buena Economía para tiempos difíciles” de los premio nobel, Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo , recuerda uno de los viejos debates de aquel año de 1986 en el que, en el seno de una sociedad como la vasca, occidental, avanzada, vanguardista y de renta media superior a las economías de su entorno y considerada privilegiada e incluso “rica” en el contexto próximo analizado, pudiera hablarse de pobreza (en términos, siempre, de relatividad) y fuera, precisamente desde su Gobierno, desde donde se tomara la iniciativa de su estudio, su publicación y difusión, así como de liderar políticas e iniciativas mitigadoras.

En una Euskadi castigada por la dura crisis económica mundial y sus particulares crisis propias, necesitada de reconvertir su tejido industrial, superar su desempleo (26%), de “reimaginar su futuro” rumbo a una Europa de esperanza, garantía democrática, de libertad y de cohesión social, y en lucha desolada por la paz y la convivencia en un entorno complejo y capaz de desanimar a cualquiera (desde luego a todo potencial inversor), el extraordinario esfuerzo y trabajo realizado desde la viceconsejería de empleo y bienestar social con el objetivo de conocer la realidad en los diferentes hogares vascos, determinar sus carencias y necesidades y, sobre todo, aportar la vía mínima necesaria para diseñar e implantar estrategias para un nuevo modelo de política social para Euskadi, movilizando a la población “no pobre” en favor de los más desfavorecidos, dio paso a un inusitado esfuerzo generador de políticas de vanguardia. El desconocimiento entonces de la evidencia, unido a la siempre compleja definición y determinación de los conceptos al uso, no solo no impidió el desarrollo de este trabajo, sino que posibilitó una rigurosa aportación, también conceptual, a este campo, hoy tan en “boga” a lo largo de Europa y del mundo.

Euskadi, pionera en un “salario social” en tiempos en los que no se podía articular la normativa adecuada dadas las limitaciones competenciales, presupuestarias y políticas, fue “convenciendo” y explorando nuevos espacios y seguridad jurídica y financiera para abrirse camino al servicio de los objetivos buscados. Hoy, recibimos con satisfacción la iniciativa del Congreso y gobiernos españoles implicados en esta nueva “renta”, a la vez que animamos a transitar un largo recorrido por cursar: revisar la farragosa e insuficiente legislación limitante de la seguridad social, su simplificación administrativa, la reforma y cualificación de su gestión (acelerando, además, el desarrollo competencial correspondiente en el caso vasco de la transferencia vía comercio bilateral de su régimen económico) y repensar el marco e instrumentos imprescindibles para profundizar en un estado social de bienestar, en una intensa labor pedagógica.

La grave e imprevista coyuntura que vivimos provoca nuevas actitudes y mentalidades y pone en valor nuevos caminos por asumir. Es un buen momento para esforzarnos en estas transformaciones si bien complejas y que no deben responder ni al atajo simplista y demagógico, ni a la irresponsable improvisación, pero que pueden y deben emprenderse. Nuevos instrumentos que van mucho más allá de transferencias económicas y que aconsejan desmontar un buen número de obstáculos y herencias administrativas que pueden superarse, desde la responsabilidad, el balance de derechos, prestaciones y aportaciones solidarias.

Es momento de pensar en el largo plazo y soñar en un mundo mejor. El Ingreso Mínimo Vital debe demostrar ser una pieza esencial para ese proceso y no perderse en un “despilfarro” como, desgraciadamente, creen muchos. Hagamos de las políticas sociales y económicas necesarias en estos momentos, “la práctica de la buena economía para tiempos difíciles” y no una mala imitación o anécdota para volver a un pasado por superar.

Este nuevo impulso no debería enmarcarse en una pieza mitigadora de la pobreza (sea percibida o real, de mantenimiento, acumulación o entorno), o relativa, en exclusiva, a “situaciones sociales desfavorecidas” como se fijó en los objetivos iniciales de análisis en el año 1986, sino con una mirada mucho más amplia, compleja y transformadora, acorde con las demandas y necesidades de una nueva sociedad del futuro.

Sin olvidar el enfoque y respuesta inicial, el futuro del trabajo, la empleabilidad tal y como la conocemos hoy, habrán de transformarse en los próximos años fruto de los cambios económicos y sociales, de la introducción de las tecnologías (que en muchos casos exigirán reaprendizaje, formación y capacitación exnovo, desaparición o sustitución de tareas, cambios sustanciales en la relaciones laborales y contractuales, complejas deslocalizaciones), la digitalización de la industria, la economía, la administración pública, la educación, movilidad, servicios sociales… “obligando” a redefinir el binomio trabajo-ingreso (renta) y, en consecuencia, un nuevo contrato social. El Ingreso Mínimo Vital de hoy exige un progresivo tránsito, solidario, hacia un espacio desconocido que posibilite percibir ingresos con carácter universal, al margen de la formalidad del empleo. Revisar y reorganizar todo tipo de soporte existente, definir beneficios, compromisos, responsabilidades, obligaciones y, por supuesto, nuevos instrumentos (modernos y eficientes) de gestión, resultarán imprescindibles. Y, por supuesto, sostenibles con un irrenunciable marco claro de financiación (por cierto, hoy, inexistente en el ingreso recientemente aprobado). En definitiva, toda una transformación. No se trata, tan solo, de una transferencia financiera coyuntural.

Hoy, sin duda, estamos necesitados de una fuerte inyección de imaginación y de trabajo a la búsqueda de un nuevo sistema de prevención, protección, prestación y seguridad social.

Ahora, en tiempos de “vuelta al cole”, no es mal momento para meter este compromiso en nuestras mochilas. Al parecer, hemos generalizado una nueva actitud y recuperado el valor de la solidaridad social. Hagámosla permanente.

Pesadilla en Estados Unidos

(Artículo publicado el 7 de junio)

El asesinato de George Floyd en Minneapolis, televisado de forma masiva a lo largo del mundo, ha desatado una ola de protestas y movilizaciones bajo el reclamo y denuncia de la “importancia de la vida de los afroamericanos estadounidenses” (Black lives matters) con la solidaridad universal en la denuncia de la discriminación, la violencia, la criminalización del diferente y la impunidad de los dominantes abusando de las atribuciones y poderes cometidos por una sociedad democrática.

Arden más de 80 ciudades sometidas a toques de queda, intervención policial y militar, y, también, actos vandálicos y saqueos minoritarios. Observamos, a distancia, no solamente un reflejo de las desigualdades existentes en los Estados Unidos (“descubrimos barrios con menos producto interior que la mejor zona de Botsuana”, diría la profesora de Harvard, Rebecca M. Henderson) y recordamos, impactados, que el 56% de los estadounidenses creen que el sistema en que viven les margina y que el 70% precisa que su democracia es de “baja intensidad, desigual y no les ayuda a resolver sus problemas”.

Angela Glover Blackwell, activista de reconocido compromiso (y resultados eficaces), desde la dirección de Founder in Residence en el Instituto de investigación y acción positiva en favor de las poblaciones vulnerables afroamericanas a lo largo de los Estados Unidos, PolicyLink, recordaba hace unos días que Estados Unidos no es una isla y que, “hoy más que nunca, las poblaciones marginadas y vulnerables de América, necesitamos de la presión política democrática global”. Esta mañana, Angela Merkel, desde Alemania, se dirigía al presidente Trump, “desde el recuerdo de la desoladora experiencia de mi pueblo”, pidiéndole afrontar y canalizar el movimiento en las calles hacia el diálogo en busca de soluciones a los profundos problemas observables, más allá de la insoportable actuación policial cuyas penas son solicitadas por la fiscalía general y, en principio, sentenciadas, con elevadas penas, como no cabía esperar de otra manera. Black lives matter, Democracy matter, international support matter, people’s pacific demonstrations matter (la vida de los “negros” importa, la democracia importa, el apoyo y presión internacional importan, las manifestaciones pacíficas importan…), acompañan las numerosas concentraciones (diversas, multi raciales, multi ideológicas, multi generacionales) en torno a memoriales y honras fúnebres extendidas a lo largo de los Estados Unidos, bajo el  símbolo involuntario que ya hoy representa George Floyd.

El ya célebre mensaje que dio título a su discurso en la singular concentración del no tan lejano 28 de agosto de 1963 en Washington ,“Yo tengo un sueño…I have a dream” , de Martin Luther King, no ha conseguido su plena materialización y estos días pudiera verse como una pesadilla. Ni los avances progresivos y generalizados en la sociedad norteamericana, ni el amplio recorrido de la tecnología al servicio de necesidades sociales, ni la creciente consecuencia y mitigación de las mayores discriminaciones raciales de entonces, ni el relevante acceso a oportunidades favorecedoras del lento elevador social intergeneracional, ni las mejores políticas redistributivas de riqueza, ni el mayoritario acceso a una educación (paso a paso de mayor calidad) con medidas especiales facilitadoras de su oferta abierta a todos con especial preferencia a minorías de todo tipo, ni significativos servicios sociales y comunitarios que se abren camino paso a paso, son aún suficientes para el logro de este sueño, “también americano” . Sueño vivo, “de color”, que ni la relevancia de “los suyos” en primera fila del éxito económico, político, deportivo, artístico, académico…, ni el esfuerzo de generaciones se traduce en la necesaria percepción de igualdad.

Volviendo a Angela Glover y a su trabajo, podemos utilizar sus principales líneas de pensamiento y acción, que parecerían estar en la base de ese puente que hiciera posible el tránsito del sueño a la realidad. PolicyLink entiende que las soluciones a los desafíos de las naciones y sus pueblos se dan cuando el conocimiento, la sabiduría, la voz y la experiencia de quienes, tradicionalmente, están ausentes de los procesos de diseño, compromiso y aplicación de las políticas y procesos de transformación, son escuchados, se ven implicados, protagonistas de su propia transformación, atendidos y corresponsables de sus actos y resultados.

“Lifting Up What Works” (Escalando lo que funciona, juntos) es el combustible en la innovación local, en un esfuerzo por construir una “economía de la equidad, comunidades saludables y de oportunidades, y una sociedad justa”. Constituye la esencia de su proyecto, extendido a lo largo de todo el país, en alianza con todo tipo de iniciativas, instituciones, empresas comprometidas con el valor compartido generable   en su desarrollo social.

La “América” real está cambiando. Su población es cada vez más diversa y la “gente de color” avanza hacia ocupar la mayoría. Ya hoy, algo más de la mitad de los niños menores de cinco años son de color y las proyecciones a 2044 serán la mayoría de la población estadounidense. El Atlas de Equidad Nacional en Estados Unidos, aporta todo tipo de información desagregada para las 100 mayores ciudades del país, las 150 regiones más extensas y los 50 Estados. Un nuevo mundo multi racial y multicultural está emergiendo. En 1980 el 80% de su población era “blanca”. La composición racial-étnica compuesta por blancos, negros, latinos, asiáticos, nativos americanos y mixtos u otros, van conformando un escenario cambiante hacia la nueva sociedad futura en la que lo “políticamente correcto”, afroamericanos, latinos y asiáticos ya hoy suponen el 38% de su población. ¿Cómo revertir la desigualdad existente incorporando la nueva realidad en una emergente inclusión y prosperidad esenciales para construir esta nueva nación por venir?

Hoy, los ojos del mundo fijan su mirada en los incidentes violentos observados, en las masivas manifestaciones (mayoritariamente pacíficas), en la “intencionalidad electoral partidaria” del presidente Trump y la “oportunidad opositora” ante el próximo noviembre, o en la variada complejidad de “razones del malestar y reivindicaciones particulares” de cada grupo, localidad o persona en la calle. De manera adicional, el impacto del COVID-19, los fallecidos, el confinamiento, el debatido proceso desigual de reapertura de la economía, el impacto destructor en el empleo sumado a la pérdida del seguro en salud, el propio sistema sanitario… y los determinantes sociales y económicos de la salud que impactan de mayor manera que el propio sistema sanitario en sí mismo en las poblaciones más vulnerables, no hacen sino reforzar la dureza de la visión particular atribuible a la percepción global. La complejidad multivariable hace que la raíz del diagnóstico trascienda del acto criminal presenciado, denunciable, evitable, condenable. Triste y excesiva alerta para revisar el foco de la desigualdad, la vulnerabilidad y la necesaria propuesta de nuevas estrategias para el desarrollo y bienestar inclusivos.

Este y no otro es el reto americano. Un desafío de valores y prosperidad compartidos, de generación de impacto real en la comunidad escalando aquellas iniciativas y soluciones sistémicas que transformen la base de partida, minorando la angustia financiera de las familias, movilizando inversión pública y privada en apoyo a la sociedad, sobre todo en sus capas más vulnerables, y, por supuesto, reforzando y reorientando la democracia y justicia social interviniendo en el sistema existente.

No parece que dispongamos de recetas mágicas, ni de caminos novedosos o de reinvenciones de ruedas, sino de la capacidad y voluntad de comprometer actitudes y comportamientos coherentes y comprehensivos, con objetivos pensando más en el 2040 mencionado que en el estatus quo. Este y no otro es el desafío y el sueño americano. Hoy, Estados Unidos atrae nuestra atención y exige nuestro apoyo desde la denuncia de la injusticia observada a la vez que con la esperanza en las capacidades de su sociedad para superarlo. Pero, más allá de la particularidad diferenciada de cada país, asumamos que ni ellos son una isla, ni los demás tampoco. La pesadilla en contraste con aquel “tengo un sueño…”, movilizador e ilusionante, no es solamente americano. Ojalá, los demás también lo tengamos y nos empreñemos en hacerlo realidad.

En tiempos de reconstrucción… intensidad innovativa y emprendedora

(Articulo publicado el 24 de Mayo)

Hace diez años, el 18 de mayo de 2010, el jurado del premio Lee Kuan Yew World City Prize a la mejor ciudad del mundo, se reunía en Singapur y comunicaba su elección de Bilbao “en reconocimiento a su aproximación integrada a la transformación de su ciudad-región”. El jurado destacaba “un liderazgo visionario, un compromiso obviado a una estrategia y planificación de largo plazo, procesos sólidos y alineados para su implementación, dotación de infraestructuras de apoyo, persiguiendo el logro convergente de un impacto social, económico y medio ambiental positivo, estimulando plataformas y actitudes innovadoras en torno a un desarrollo inclusivo desde clusters e iniciativas de excelencia, en un marco presupuestario y financiero garante de su ejecución, mejorando la calidad de vida de sus ciudadanos, fortaleciendo su cohesión social y acentuando su competitividad económica”. Así, entre 78 candidaturas internacionales, Bilbao iniciaba la lista no solo de otras ciudades que han merecido un reconocimiento por sus logros, sino que reforzaba su papel referente en los modelos de transformación y regeneración que alumbran cambios exitosos en la “exploración” mundial de ciudades y regiones a la búsqueda de un futuro mejor. Lee Kuan Yew destacaba la capacidad singular de aunar los objetivos y visión estratégica entre las partes implicadas (Gobiernos, empresas, sectores de la Comunidad), en procesos colaborativos entre las partes interesadas, fruto de instrumentos asociativos público-privados tras un valor compartido. Un mes más tarde, nuestro alcalde, Iñaki Azkuna, recogía el galardón, representando la sucesiva cadena creativa de múltiples actores clave en este logro e icono de transformación. Singapur, ponía en marcha una creciente red de Hubs y “laboratorios urbanos” con los que aprender para el logro de su visión-nación, haciendo de la “innovación urbana” uno de los pilares esenciales para su desarrollo económico e internacionalización a la búsqueda de un claro liderazgo en ASEAN (Comunidad Económica integradora de los diez estados Miembro del sudeste asiático), su efecto tractor en la competitividad y desarrollo de ciudad-estado-nación.

Diez años más tarde, mientras Bilbao sigue su propia reinvención o re-imaginación o readecuación, imparable, día a día, son miles las iniciativas transformadoras en curso a lo largo del mundo. Iniciativas en apariencia bajo esquemas, planes, objetivos e incluso actores similares y que, sin embargo, bajo dicha superficie, son absolutamente distintas y únicas. El invisible ADN de cada ciudad o región es la amalgama diferencial que posibilita superar la frontera entre el éxito y el fracaso. Identificar con rigor el verdadero sentido de una nación, región o ciudad, el capital humano existente, su compromiso y responsabilidad colectivos, su capacidad y voluntad institucional y aspiracional, determinan la viabilidad, más allá de las dificultades iniciales, la escasez o abundancia de recursos, los obstáculos o dificultades. Hoy como ayer, las dificultades del momento condicionan el futuro perseguido, pero, ayer y hoy, las posibilidades se abren al horizonte para reflorecer las marchitadas ilusiones de momentos complejos e inciertos.

Estos días, una brillante e innovadora ciudad, Toronto (Canadá), sorprendía al mundo con una mala noticia: la paralización y fracaso de uno de los proyectos de regeneración y transformación innovadora urbana más ambiciosos y espectaculares de los últimos años. El Sidewalk Toronto” que prometía crear 44.000 empleos directos, generar en torno a 20 billones de dólares por año hasta 2.040 aportando infraestructuras críticas (físicas, inteligentes) para la ciudad y su región, favorecer la localización y potenciación de una base manufacturera propia de la revolución 5.0, un “Campus-Hub” polo excelente y vanguardista de la innovación y el motor de un “Desarrollo Inclusivo escalable”, se ha quedado en el camino. La iniciativa promovida por Alphabet (el gran motor empresarial de Google), impulsando múltiples actores públicos y privados, en un esfuerzo integrador de voluntades de diferentes actores (incluidas significativas First Nations, nativas y tenedoras de su ancestral tierra, las instituciones públicas, grupos profesionales de empresas clave de servicios soporte, líderes tecnológicos, grandes y prestigiosos centros académicos, comités ciudadanos, fondos de inversión…) no ha podido contar con el apoyo y compromiso finalmente necesario. Estrategia, modelo, instrumentos para llevarlos a cabo no han logrado la convergencia necesaria para hacerlo realidad. Esta propuesta, hoy paralizada, ha sido fuente de estudio, seguimiento y admiración por los principales estudiosos de las estrategias de ciudades, así como de aquellas ciudades a la búsqueda de un modelo a seguir. ¿Qué explica, finalmente, el éxito o fracaso de un sueño innovador?

Mientras esta noticia veía la luz, volviendo la mirada a Singapur, observamos cómo esta pequeña ciudad-estado sigue impulsando sus múltiples iniciativas e intentos estratégicos. Se ha sabido siempre, desde su independencia no muy lejana, un pueblo pequeño inmerso en un espacio de gigantes y ha hecho de su capacidad soberana e interdependiente su mejor fortaleza coopetitiva para su interacción con los diferentes estados de su región base, ASEAN, y su principal “proveedor” comercial y turístico, China, para fomentar su internacionalización, su relevante comercio exterior (tercera parte de su PIB), y “vuelta a casa del talento formado en el exterior”. Hoy, la creación de “Singapore Smart Nation Initiative” es un principal instrumento coordinador del desarrollo aplicado de toda tecnología exponencial necesaria para la vida de sus ciudadanos, ciudades y empresas, integrando y canalizando todo tipo de planes y programas público-privadas del país, con el triple objetivo de “resolver los problemas y necesidades de sus ciudadanos”, de escalar y extender su uso a lo largo de “su mundo geográfico objetivo” y potenciando, día a día, su “Nodo-Hub” innovador. Entre sus lecciones, “diseñar, aplicar, ofrecer, usar la tecnología siempre centrada en las personas” y no convertir ni la tecnología, ni cualquier proceso o instrumento innovador en un fin en sí mismo. El viejo y vigente: ¿Para qué y al servicio de quién?, no ha perdido su rol esencial.

De allí la importancia de su acento en la credibilidad generadora de confianza en sus interlocutores y la consiguiente esfera de oportunidades para seguir adelante, presente en alianzas multilaterales con el amplísimo mapa de “ciudades inteligentes”, existentes o en construcción y desarrollo en ASEAN.

Y de esta forma, mientras la corta efemérides de este premio de Bilbao-Euskadi como ciudad-región nos permite redoblar la confianza necesaria para afrontar el futuro, recibo un clásico del emprendimiento: “Start Up Nation” (Dan Senor & Saul Singer) basado en el llamado milagro económico emprendedor de Israel. Mi viejo y apreciado amigo, emprendedor vasco-estadounidense, Ray Aspiri, desde su hub promotor en Seattle, como si quisiera reforzar la esperanza en la construcción de una siguiente fase futura para nuestro país, me anima a releerlo poniendo especial atención en el Mash Up” imprescindible para recorrer los nuevos mundos que nos rodean y esperan. Este concepto que vio sus mejores tiempos en el mundo de la música (combinar dos piezas musicales generando una nueva), con sus primeros pasos en el conocido “Pop Bastardo”, que ha provocado tantos éxitos y generado todo un movimiento de composición híbrida, o el “Collage” integrando piezas o elementos diferentes con una recombinación novedosa que aporta mayor valor, o la invitación a “Deconstruir” un todo para reconstruir algo diferente con la recolocación o uso distinto de sus partes o la “simple integración y reutilización…” Esta habilidad para aprender de los demás, pero lejos de “reinventar la rueda”, y construir desde las aportaciones de otros en procesos colaborativos, añadiendo valor en cada uno de los eslabones de la cadena, termina generando los nuevos espacios y sueños deseables. El combustible de una cultura guiada por la respuesta combinada de intensidad emprendedora e innovadora contra la adversidad.

Hoy más que nunca, en un mundo de incertidumbre y complejidad, de inevitable limitación del conocimiento individual, de imprescindibles mezclas de múltiples disciplinas, habilidades y competencias, de un necesario encuentro de multitud de grupos de interés en juego, parecería que conjugar el “Mash Up” de jugadores, actores, iniciativas, compromisos bajo liderazgos, visiones, procesos y valores compartidos, serían, como ayer, los ingredientes premiables que lleven al éxito: el logro de sueños y aspiraciones compartibles.

Liderando con propósito

(Artículo publicado el 10 de Mayo)

Ya el pasado enero publicaba en esta columna (“A las puertas de Davos, reflexiones de futuro”), en relación a los debates esenciales que nos acompañan, la complejidad creciente de los múltiples desafíos a los que nos enfrentamos, las diferentes iniciativas y movimientos innovadores exigentes de nuevos caminos y soluciones, alejados de las recetas tradicionales y de comportamientos individuales (y muchos colectivos), determinantes  de actitudes y prácticas (empresariales y públicas), que si bien pudieran responder a situaciones concretas del pasado, parecerían permanentes, fijas e inflexibles, que no ofrecían respuestas satisfactorias a una desigualdad generalizada,  una insatisfacción y desafección amplia respecto de los liderazgos en curso, y la consiguiente presencia de un movimiento de transformación concentrado, de una u otra manera, en la necesaria búsqueda o revisita de nuevos roles a desempeñar por todos y cada uno de los diferentes agentes económicos, sociales, políticos, institucionales y de gobernanza existentes.

Hoy viene a cuenta recordar esa referencia, entre otros casos, porque el reclamo base de aquel encuentro multi agente, integrador de los diferentes grupos de interés (stakeholders), apuntaba a “un estado de emergencia” en el que la sociedad exigía de sus líderes, principalmente, respuestas transformadoras, nuevas agendas, responsabilidad compartida público-privada y un actualizado marco de prosperidad y desarrollo inclusivo a lo largo del mundo.

Esta semana, en su “Newsletter” dirigida a sus socios, la agencia vasca de innovación (Innobasque) recomienda la lectura del “Manifiesto de Davos 2020: El propósito universal de las empresas en la cuarta revolución industrial”, que no es sino una de las múltiples piezas que vienen añadiendo valor y enriqueciendo el movimiento transformador que desde la iniciativa “Shared Value” (el valor compartido empresa-sociedad) promovieron hace ya unos años los profesores Michael E. Porter y Mike Kramer, redefiniendo el propósito y sentido de las empresas, haciendo de las necesidades y demandas sociales sus modelos de negocio, ampliando sus fronteras de interacción con sus diferentes ámbitos sociales y comunitarios de influencia, más allá de sus objetivos primarios de creación de riqueza y empleo y de la responsabilidad social corporativa y, su imprescindible organización extendida con todos los stakeholders que la componen (trabajadores, capital-propiedad, proveedores, clientes-usuarios, gobiernos implicados, academia…). Movimiento en plena vitalidad creativa impactando a inversores, empresarios, consumidores, en los diferentes ámbitos empresariales, de gobierno, entidades sin ánimo de lucro y academia.

Precisamente, en el marco de este compromiso e iniciativa, estos días se publicaba el “Purpose Playbook: putting purpose into practice with shared value” (FSG: Re imaginando el cambio social), dando un paso más hacia el PROPÓSITO que ha de inspirar la visión, objetivos, estrategia y actuación de las empresas, aplicando los principios del valor compartido empresa-sociedad. Quienes formamos parte de este movimiento desde su creación, centramos el interés especial en el seno y rol de la empresa entendiendo que es el principal actor capaz de provocar la transformación requerida, dispone de los activos de mayor valor estratégico (comunidad de personas, propiedad, capital, cadenas de valor, pervivencia, emprendimiento,  percepción de la economía real y las demandas sociales…) para interactuar, de manera escalable y sostenible con los gobiernos y la sociedad, tejer alianzas significativas con el tercero y cuarto sector de la economía y favorecer la prosperidad, bienestar y desarrollo competitivo e inclusivo. Su peso real en la economía y en la sociedad le confieren un protagonismo esencial en cualquier proceso generador del cambio necesario para el logro de los objetivos generales buscados.

Hoy, cuando las circunstancias concretas que vivimos, con un nuevo desafío y cuestionamiento de modelos, gobernanzas, crecimiento y empleo, ante panoramas inciertos de futuro, se alzan voces ya conocidas para reivindicar la exclusión y criminalización de la empresa como contraposición a la “panacea de lo público”, como mantra simplificador de espacios superados, pareceríamos vivir una vuelta al pasado en el que, de forma demagógica, se pretende asociar las bondades y soluciones vitales a todo tipo de actividad que acometan los gobiernos, a las supuestas soluciones igualitarias y de bien común  que conlleva cualquier decisión o actuación que lleven a cabo, que todo gasto desde cualquier ente o agente público resulta positivo y redistributivo para todos, generando riqueza y bienestar común y colectivo. Se pretende asumir que todo empleado público es esencial e imprescindible además de eficiente y cumplidor con el servicio que ha de ofrecer y que, por el contrario, el mundo privado no es sino un mal en extinción, preocupado de algo llamado “cuenta de resultados” irrelevante para el bienestar social. Las empresas y empresarios habrían de “disfrazarse” de microempresa, autoempleo o “joven emprendedor en fase emergente” para merecer algún tipo de consideración, siempre que no tengan éxito en su recorrido, ya que, a partir de ese instante, serían considerados ajenos a la creación de riqueza y bienestar y ser objetivo de las descalificaciones que nos rodean.

Quienes creemos en el rol imprescindible de los gobiernos, en su insustituible liderazgo, en sus políticas con mayúscula, en su papel dinamizador y emprendedor, tractor de múltiples iniciativas y actividades, no solamente no los consideramos esenciales, sino que apostamos por reforzar tanto sus competencias reales, como su eficiencia y necesaria disposición de recursos para llevar a buen término sus funciones de dirección y control de su ámbito de responsabilidad. Pero, de igual forma, entendemos imprescindible el rol empresarial y la absoluta e insustituible alianza público-privada para compartir el valor económico y social requerido por los grandes desafíos a los que nos enfrentamos. Las empresas son comunidades activas generadoras de empleo, riqueza, bienestar y desarrollo.

Son muchos los ejemplos que hemos vivido y, desgraciadamente, seguimos viviendo, mostrando el “pensamiento único excluyente” de quienes se arrogan la capacidad única de decidir lo que ha de hacerse, etiquetan a los demás y propagan sus mensajes “fake” y demagógicos, transmitiendo la idea de que no hay alternativas y que la “falsa unidad” es el banderín de enganche para transitar hacia el futuro (“o conmigo y de la manera que yo crea, o el caos”). La realidad es muy distinta. La complejidad que vivimos y viviremos demanda alianzas múltiples compartiendo el valor a generar y distribuir, a la vez, entre todos.

Hace unos días, tuve la oportunidad de compartir un seminario de prospectiva e innovación en el que se preguntaba, cómo no, sobre el futuro tras la pandemia en curso, en medio de la situación especialmente crítica que padecemos y se invitaba a identificar las “ventajas competitivas y posicionamiento de Euskadi” para transitar y superar los escenarios de recesión, recuperación, reconstrucción  que habremos de transitar en los próximos años (al igual que la inmensa mayoría del mundo), y cuáles serían los “condicionantes negativos” para impedir una salida exitosa. Tras diferentes indicadores, cualitativos y cuantitativos, diseños de escenarios y anunciar un futuro exitoso al final del camino, concluíamos con un condicionante final: “tenemos que deshacernos de mucha grasa que nos dificulta la salida hacia un escenario deseable de competitividad, bienestar y desarrollo inclusivo”. La moderadora repreguntó: ¿Cuál o quién es esa grasa? Se trata de “grasa mental” respondíamos. En nuestra cabeza se encuentra ese exceso de grasa mental paralizante, que solamente puede eliminarse en función de nuestra actitud, de nuestra disposición a comprometernos y responsabilizarnos en el cambio necesario, en el compartir un valor entre todos, en romper las barreras y obstáculos paralizantes del viejo modelo de confortabilidad desigual preexistente, en romper la dualidad social y de empleabilidad que nos separa…

Nuevos roles, nuevo propósito, valor compartido empresa-sociedad, cocreación de valor público-privado, compromiso y responsabilidad. Piezas esenciales, sin duda, a llevar en la mochila para este nuevo viaje. Como indicaba al principio de este artículo, el documento “Purpose Playbook” reúne una serie de instrumentos y herramientas clave para hacer del propósito, del sentido de nuestra búsqueda, la orientación de nuestra nueva estrategia. Nos invita a poner el acento en nuestro verdadero propósito: “La razón de una empresa para resolver problemas sociales, a la vez que crea valor económico-financiero para la compañía y la comunidad de manera sostenible y significativa, es el propósito que mueve la estrategia empresarial y su liderazgo”.

En definitiva, un compromiso integral para resolver una demanda social no resuelta, dar una solución plenamente integrada en su estrategia global, alineando operaciones y personas, creando valor medible para la empresa y la sociedad. Todo un propósito empresarial, solo posible de llevarla a la práctica con el concurso del resto de los actores (gobiernos, comunidad…) ¿Y el propósito de cada uno de nosotros?

Preparémonos para un largo y complejo viaje.

Ganar nuestro futuro

(Artículo publicado el 26 de Abril)

Concluido el fallido intento propagandístico del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, en resucitar unos “Pactos de la Moncloa”, a todas luces ajenos a la realidad, contexto, profundidad y objetivos de salida de la emergencia y crisis pandémica por la que atravesamos, todo parece indicar que se dará paso a un nuevo proceso de recuperación, reconstrucción y/o rescate de la economía, desde el seno del Congreso con la participación de los diferentes representantes políticos y en el contexto actual de un Estado autonómico con responsabilidades, competencias y autoridades institucionales propias y diferenciadas. Pese al nuevo rumbo, se desconocen aún el contenido y áreas concretas de trabajo, objetivos específicos a perseguir y, por supuesto, el grado de apertura, participación y contraste a dar a diferentes agentes económicos y sociales en el proceso, los tiempos de negociación, plazos para el acuerdo, diseño e implementación de estrategias, políticas y acciones a desarrollar, la profundidad de la transformación perseguida, su financiación y, por supuesto, su adecuación temporal al imprescindible proceso dual de superación de la pandemia y el desescalado, confinamiento-normalidad, cuyo calendario es hoy impredecible.

El “caso español” no es muy diferente al que se vive a lo largo del mundo. Prácticamente todo gobierno o institución internacional ha de acometer procesos de rescate, recuperación y transformación, si bien cada uno se ve obligado a abordar un proceso, con actores y contenidos reales diferentes, condicionados tanto por la severidad del daño causado en esta coyuntura inesperada, como por su situación previa, sus capacidades y fortalezas reales, sus respectivos tejidos económicos, su calidad democrática e institucional y la vocación, responsabilidad y compromiso de futuro de sus ciudadanos.

En este marco de incertidumbre compleja en el que nos movemos, de sensible impacto diferenciado en el ámbito mundial, regional, estatal y local o próximo, más allá de aproximaciones macroeconómicas necesarias, más o menos observables y esperables, las actuaciones microeconómicas habrán de marcar de manera inmediata su impacto directo en el futuro de personas, empresas y familias de forma singular. Hoy, la literatura económica está repleta de todo tipo de análisis e informes con la prospectiva, visión y escenarios elaborados por las máximas autoridades de reputados centros de investigación, analistas de mercado, organismos internacionales y gobiernos. De una u otra forma, con mayor o menor precisión e intensidad, en base a experiencias de recuperación de otras pandemias y/o epidemias históricas, de calamidades especiales como diferentes situaciones de guerra, desastres bursátiles, crisis financieras globales o “revoluciones socio-económicas”, atemperadas, según potenciales períodos de superación de la pandemia (total o sin rebrotes, inmunidad de la población, tratamientos y/o vacunas) y de los efectos inmediatos que la enorme cantidad de medidas implantadas por todo tipo de gobiernos para mitigar las consecuencias negativas del cese de actividad (temporal o definitivo o previo) de las personas (en especial los más vulnerables), la inicial desaparición de empresas e iniciativas económico-empresariales, el nefasto impacto sobre trabajadores autónomos y temporales, desempleados, empresas (pymes y micro pymes), así como en empresas y entidades tractoras, en todo tipo de industrias, al objeto de “superar el primer golpe”, a cuyo servicio se han movilizado ingentes cantidades y recursos financieros, subvenciones, préstamos, canales promotores y de apoyo, “con el esfuerzo y endeudamiento que sea necesario”. Todo un esfuerzo absolutamente imprescindible. El comportamiento de los diferentes agentes, el modo y ritmo de acceso a todas las medidas, el acierto de gestión en la crisis y la capacidad transformadora que lo acompañe, determinará la mejor o peor respuesta y, en consecuencia, el acierto o desviaciones de los escenarios dibujados hasta el momento. Será la propia “magia del proceso” la que determinará la velocidad e intensidad de la recuperación o reinvención de modelos de crecimiento y/o desarrollo (absolutamente inclusivos), instituciones de gobernanza, futuro del trabajo, modalidades de renta (universal en diferentes modalidades no asociadas directamente a la empleabilidad), la corresponsabilidad fiscal (real y de todos), la nueva configuración de los espacios público-privados y los “nuevos” roles de sus jugadores (empresarios, funcionarios, representantes políticos y sindicales) y la evaluación social permanente de todos y cada uno de nosotros. La persistente individualidad es, en todo caso, un peligro del proceso transformador por acometer.

Y es precisamente aquí, en nosotros, donde residen las capacidades y fortalezas para superar las dificultades y construir un nuevo espacio de futuro. Será desde nuestra arquitectura propia, desde nuestro capital humano, de nuestro modelo de interacción público-privado, de nuestras apuestas y compromisos compartidos y de nuestra voluntad y solidaridad, el tipo de respuesta y salida posibles. Para dicho proceso, no partiremos de cero, sino de una probada estructura y posición previa lo suficientemente exitosa como para apalancar la salida, en beneficio de todos. Será un futuro tan igual o diferente al pasado como decidamos recorrer y construir.

La emergencia actual ha permitido, también, hacer emerger las claves esenciales para acometer este tránsito incierto que nos espera. Desde nuestra más que demostrada resiliencia histórica para superar dificultades, conocemos las líneas básicas que orientarán, en mayor o menor medida, la salida: rescatar aquellas empresas en dificultad que contengan el espíritu y orientación estratégica para un mundo renovado, acelerar el uso eficaz de nuestro talento para afrontar los desafíos y revoluciones de la salud y su economía asociable, de la digitalización y economía-sociedad 5.0, de la manufactura inteligente y del empleo del futuro vinculable a las tecnologías exponenciales ya entre nosotros, destacando nuestro acierto en la interacción humana con la tecnología, de la economía azul (agua, océanos, pesca, biología marina e infraestructuras), de la logística y el transporte soporte de las tecnologías de la información tan rápidamente reforzadas en estos días de distanciamiento físico curativo o preventivo, de la energía y economía verde. Vectores que habrán de guiarnos bajo un prisma cada vez más claro en cuanto a modelos reales de glokalización (en los que lo local, resulta imprescindible) reformulando aventuras globales del pasado, revisitando con análisis crítico y completo las cadenas de valor y nuestro rol particular en cada una de ellas, así como el lugar (geolocalización) desde el que hemos de jugar a futuro. Vectores que han de filtrase en un nuevo contexto, también para redefinir, de un desarrollo inclusivo (no necesariamente de crecimiento objetivo, al menos en el inmediato y corto-medio-largo plazo) en el que la realidad recesiva obligará a condicionar nuestra salida en ritmos y orientaciones distintas, guiado por un nuevo Estado social de bienestar, irrenunciable, demandante de renovados valores y conceptos de prevención, protección, seguridad social, acogiendo la realidad de las distintas modalidades de renta básica desacoplada de la empleabilidad, en consecuencia con el futuro del trabajo y su organización.

Todo un amplio camino por recorrer, demandante de estructuras financieras y fiscales de larguísimo plazo, posibilitadoras de un resultado que no se improvisa y que obliga a liderazgos compartidos, refuerzo democrático-institucional y facturas solidarias. Un camino para el que contamos con nuevas herramientas públicas y privadas para reforzar el bagaje previo. Un largo viaje, permanente, desde la fortaleza y la convicción de contar con las claves necesarias para superarlo con la ilusión de una mejoría y, sobre todo, alcanzable.

Hoy, cuando para la inmensa mayoría de la población la incertidumbre provoca una grave preocupación colectiva, resulta imprescindible volcarnos en la confianza en nuestras posibilidades y oportunidades. Unos meses antes de enfrentarnos a esta grave situación coyuntural, nuestro país ya era consciente de este largo viaje. Ninguno de los desafíos que hoy observamos resultan diferentes a aquellos que enfrentábamos. Para todos y cada uno de ellos hemos venido generando capacidades y recursos adecuados y el talento y capital humano existente es real. En ocasiones, muchos de estos elementos permanecen ocultos o no han sido suficientemente reconocidos o aplicados en dimensiones convergentes. Hoy, la emergencia los pone a prueba y redobla esfuerzos y compromisos. Y, por supuesto, esta situación especial ha puesto de relieve la respuesta y estilo, también cultura solidaria, y de responsabilidad de cada persona, de cada empresa, de cada organización, de cada institución. Todos los agentes políticos, institucionales, sociales, económicos nos hemos mostrado y hemos permitido aflorar las capacidades, fortalezas y actitudes. Aquí reside la base real para afrontar el futuro, desde la confianza generada o reafirmada para compartir un viaje, esperanzado y posible.

Nuestro entorno también adecúa posiciones para facilitar la transformación con mayor peso real de cada uno de los jugadores, mayor flexibilidad financiera y mayor comprensión de las salidas diferenciadas.

La prospectiva, como comentábamos al principio, supone un ejercicio responsable y obligado para identificar escenarios bajo determinadas hipótesis. La responsabilidad de quien ha de tomar decisiones pasa por elegir el futuro deseable y hacer lo imposible por hacerlo posible desde las fortalezas y competencias base del punto de partida.

Las personas, sobre todo, como las empresas, países, gobiernos… hemos de decidir y elegir nuestro propio futuro, desde la elección de nuestro propósito y sentido. Así, más allá de hipótesis y escenarios de uno u otro signo, estamos en condiciones de construir aquí y ahora un apasionante futuro, inclusivo, entre todos y para todos. Desde nuestras fortalezas reales, ante los desafíos más que probables, no lo dudemos: hoy estamos aquí mejor preparados que nunca para una salida exitosa. Ganar nuestro futuro es perfectamente alcanzable. Está en nuestras manos.

COVID-19 y Pactos de la Moncloa: ¿Salida corresponsable construyendo un futuro mejor?

(Articulo publicado el 12 de Abril)

Cuando aún estamos inmersos en el confinamiento y distanciamiento físico y social como defensa conductora de una estrategia de supresión y contención de la pandemia que nos aqueja, cuyo desconocimiento real supone una constante (ni se conoce con certeza su verdadero grado de letalidad, ni su dinámica de transmisión y contagio), enredados en una insuficiencia confusa de datos, a la vez que en un aceleradísimo esfuerzo en crear capacidades comunitarias, sociales y sanitarias para contener su expansión, evitar fallecimientos, identificar, atender y cuidar poblaciones de riesgo, así como personas inmunes reincorporables a la normalidad y dar una respuesta plena a la “primera ola de acción sanitaria y sus consecuencias en el sistema de salud”, se solapa el mensaje inconcreto del gobierno español, convocando a unos nuevos “Pactos de la Moncloa”, transmitiendo una difusa irrupción en una nueva etapa de “estabilización de la epidemia” para transitar hacia una determinada “apertura sucesiva de la economía”.

Fiel al estilo que le acompaña desde su fulgurante aparición en el primer plano de la política española, el presidente del gobierno español nos tiene acostumbrados a mensajes mediáticos y propagandísticos evocando soluciones que parecerían promover transformaciones profundas y radicales para las que sería imprescindible la irrenunciable colaboración de todos, en torno a la unicidad de su propuesta, carente de alternativas, bajo el paraguas responsable de la unidad, la solidaridad, la lealtad, el bien común y, por supuesto, la elección “o conmigo o el caos”. Así que, en esta ocasión, utiliza el recuerdo de los Pactos de la Moncloa (la inmensa mayoría de la población no sabe ni lo que fueron, ni en qué contexto se desarrollaron y, por supuesto, lo que pretende más allá de una supuesta “reconstrucción nacional”, inevitable tanto para superar el estado de las cosas, como para conquistar un futuro incierto tras “vencer esta guerra” que, en su leguaje bélico, parecería identificar el virus agresor). Guerra que justificaría todo tipo de renuncias (a derechos civiles, libertades individuales, suspensión de derechos políticos…) y, por supuesto, suplantación de Instituciones e incluso de aquellos logros que los mencionados Pactos de la Moncloa otorgaron al proceso de reforma de antiguo régimen para construir un, entonces, incipiente y naciente estado de democrático.

Conviene repasar algunos elementos clave a considerar en el momento actual:

La pandemia del COVID-19 tiene consecuencias, en términos de salud, mucho más allá de la contención en la que se trabaja. No hay un determinismo temporal, conocido o planificado respecto al plazo en que ha de mantenerse un confinamiento como el que se está aplicando, ni si se producirán rebrotes en diferentes fases de inmunidad o recuperación o en combinación con ciertos períodos de relajación con el tan comentado proceso de “desescalamiento”, ni mucho menos sobre lo que los expertos en salud vienen a describir como “las otras olas sanitarias de la pandemia” una vez logrado “aplanar la curva”, superando el primer embate de la mortalidad y el peligroso colapso de los sistemas de salud y sus infraestructuras (físicas y, sobre todo, personales). A este objetivo principal en esta primera ola sanitaria, seguirán otras (el impacto y consecuencias sobre el personal sanitario y las restricciones inevitables a su trabajo), el impacto en los períodos de recuperación post hospitalaria y/o UCI, la ola del impacto en el período de aislamiento y cuarentena post UCI, ya sea en domicilio o en infraestructuras alternativas, o la ola sanitaria asociada a los propios tratamientos del proceso viral infeccioso, la recuperación de la normalidad en un sistema de atención y cuidado sanitario tanto de enfermos crónicos, como de los servicios suspendidos en necesidades “NO COVID”, iniciando una nueva curva de demanda de las capacidades e infraestructuras del sistema y, la ola de las consecuencias e impacto en términos de salud mental (soledad, angustia, pánico…) y percepción negativa de la salud más allá de la ausencia de enfermedad, junto con el temor por un futuro incierto. Es decir, antes de entrar en la supuesta dicotomía Salud-Economía bajo el uso y gestión del encierro total y/o una apertura progresiva (que tarde o temprano habrá de darse), siempre con las máximas garantías de protección y seguridad personal, la salud en general y la capacidad de respuesta de los sistemas sanitario y social, ha de tenerse en cuenta la interdependencia de estos dos vectores que, desde una inicial simpleza, parecerían contraponerse en el ambiente de opinión. Es decir, contraponer un estado de confinamiento igual a garantía única y máxima de salud versus apertura económica,  supone una falsa simplificación, además de un equívoco. “La salud pública solamente funciona si la economía funciona, de la misma manera que la economía solamente funciona si la salud existe y funciona”.

Así, el llamado desescalonamiento resulta necesario y no solamente porque los propios sitemas de salud lo exijan, o porque la caída drástica del consumo y compra resulten esenciales, o porque no podamos destruir el ahorro familiar, empresarial y de país, o porque el empleo desaparezca y no baste con sustituirlo, coyunturalmente, por una renta o prestación pública sustitutoria, o porque nos estemos llevando por delante la educación de las futuras generaciones. También porque el proceso y estrategia de solución sanitaria en curso conlleva fases de diagnóstico, tratamiento, espacios de aislamiento en casa (no todo mundo dispone de una posibilidad real de disponer del espacio y requisitos esperables) y gestión de la población inmune que minimice o suprima el adicional riesgo de transmisión y contagio.

Dicho todo lo anterior, resulta de especial importancia una adecuada planificación y aplicación de un proceso ordenado y eficiente de salida/apertura sanitaria, social, económica, desde la colaboración y corresponsabilidad de todos los agentes implicados en un marco amplio (antes de las últimas crisis llamaríamos global) con el concurso de naciones y regiones ricas y no ricas, desarrolladas y no desarrolladas (o en desarrollo). Una apertura que ha de ser claramente diferenciada tanto por el estado real de la pandemia en cada espacio o comunidad de que se trate (tests y más tests, “pasaportes serológicos” no estigmatizadores), su capacidad de respuesta demostrada, su tejido económico y social, su red de bienestar acompañable, sus capacidades políticas (reales) de decisión, su capacidad de gestión (real), y, por supuesto las personas inmunes incorporables. Este proceso de apertura exige las medidas previas de seguridad y protección, así como de seguimiento, imprescindibles tanto en la vía pública, como en los diferentes centros de trabajo, espacios públicos y medios de transporte. Un proceso (ni unitario, ni único, ni desde la óptica del “café para todos”) reclama, también, una nueva manera de abordarlo desde las organizaciones internacionales. Es el momento del desafío de Naciones Unidas, de la propia Organización mundial de la Salud, de la Organización Internacional del Trabajo, del G-20, del Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y, en nuestro caso próximo, de la Unión Europea. La forma en que respondan determinará su rol de futuro, la adhesión o rechazo de la gente, su necesidad y rol a jugar, su credibilidad y, en definitiva, su verdadera capacidad para cocrear un futuro mejor.

¿Y acudir a los Pactos de la Moncloa?

En este contexto, recordemos que los llamados Pactos de la Moncloa son los “Acuerdos para un programa de saneamiento y reforma de la economía” y otro, “sobre el programa de actuación jurídica y política” celebrados en 1977, en plena legislatura constituyente (aún, por ejemplo, con senadores de designación real, antiguos jugadores y herederos del régimen pre democrático, dando los primeros pasos de las emergentes fuerzas políticas democráticas, la tolerancia-autorización de los hasta entonces proscritos sindicatos libres y partidos políticos opositores al régimen previo, patronales en  reconversión o constitución para una nueva etapa por venir, en un clima de aprendizaje, dando los primeros pasos hacia un nuevo futuro, bajo la tutela de la monarquía heredada y del ejército, azotados por un terrorismo extremo). Se trataba de un momento pre constitucional, en plena crisis económica (mundial como consecuencia del crash energético-petrolero) y estatal (inflación del 23%, una peseta sobre valorada de forma artificial, un tránsito inevitable desde la autarquía hacia su apertura internacional, elevado desempleo, profunda crisis industrial y ausencia real de Instituciones democráticas, por supuesto, ni Estatutos de Autonomía, ni gobiernos autonómicos, ni democratización e independencia del poder judicial, ni Europa, ni OTAN, ni Constitución…). Resultaba imprescindible tejer acuerdos de todo tipo y en todas las direcciones posibles para iniciar una “reforma”, desde un antiguo régimen dictatorial hacia un ilusionado futuro, en una responsabilidad y compromisos compartibles desde un cuadro mínimo sobre el que construir un espacio democrático con el horizonte de una Europa aún conformada por una Comunidad Económica restringida que exigía a la “nueva España” aspirante, una transformación real (así hasta 1986 en que, finalmente, se le dio entrada).

Hoy, por tanto, el escenario es diferente. Se trata de solventar una pandemia (trágica, intensa, destructora, mortal, desconocida…) y de acordar un plan de salida y rescate de una economía dañada de forma coyuntural, sobre la base de un compromiso social para atender a la población vulnerable, a las empresas necesitadas de un impulso facilitador de su supervivencia y de un potencial reforzamiento de un tejido económico deteriorado (no solamente por esta crisis pandémica). Es, efectivamente, una necesidad urgente y extraordinaria que desearíamos integrada en la coherencia de un plan de futuro, compartido y no impuesto con la excusa de un momento de urgencia. Hoy no es 1977, el estado está organizado de una forma diferente, está institucionalizado en diferentes niveles y desde vocaciones políticas, económicas y de voluntad de autogobierno diferenciadas. El estado no está destrozado, ni aislado del mundo, ni en manos inexpertas en la inmensa mayoría de los espacios de decisión. Si en verdad se quiere aprovechar la situación de crisis para abordar una transformación radical y afrontar las nuevas demandas económicas, sociales judiciales, políticas, institucionales, no ya provocada por la pandemia del COVID-19, sino previas a la búsqueda de nuevos modelos de Estado, con voces claramente diferenciadas, respondiendo a un nuevo orden más allá de las descentralizaciones y/o comunidades actuales, en función de demandas diferenciadas, y se quiere construir desde una lealtad mutua y bidireccional, soportada en una colaboración real y no de fachada propagandística, habría que empezar por desandar los pasos dados en la organización de la respuesta dada a la pandemia. (¿Cómo se puede poner al frente a un Ministerio de Sanidad, desentrenado, sin capacidades y competencias técnicas, abandonadas hace más de 30 años con el sucesivo traspaso de competencias a las Comunidades Autónomas, responsables reales de sus redes y sistemas de salud, con sus equipos profesionales, conocimiento del terreno y de las respuestas reales a ofrecer en una crisis sanitaria como la vivida? ¿Qué sentido tiene exaltar a un ejército con terminología de guerra y asumiendo funciones que no le corresponden? ¿Cómo se puede establecer un mando único de interior por encima de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado con competencias y dependencias propias? ¿Qué sentido tiene hablar de cooperación con los presidentes de los diferentes gobiernos autonómicos, auténticos representantes ordinarios del Estado en sus respectivos territorios, para informarles lo que han leído en la prensa amiga de la Moncloa?)

Es momento, sí, de superar la pandemia. Es momento de poner el foco en la solución sanitaria (en sentido amplio y no solamente en fase de contención), de poner a su servicio la economía y las políticas sociales y comunitarias que la hacen posible. Es momento de un plan de desescalonamiento y de recuperación progresiva de la actividad económica. Es, también, momento de recuperar el orden institucional, competencial y de comprometerse en un nuevo futuro y de apostar por la inevitable reconfiguración del Estado y el poder político que lo haga posible.

Si en verdad se entiende que, tras esta pandemia, han cambiado actitudes y comportamientos, valores de un sociedad preocupada y deseosa de comprometerse con nuevas maneras de construir su futuro, entonces sí merecería la pena un gran nuevo pacto con mayúsculas. Si, por el contrario, es una iniciativa coyuntural para volver a la “vieja normalidad”, basta con volver a las recetas de antaño: un paquete financiero amplio, un determinado plan especial de rescate de empresas en dificultad coyuntural, recurrir a nuevos presupuestos y márgenes de endeudamiento a largo plazo y una cadena de decretos (sabedores de que su posterior tramitación parlamentaria, lenta y farragosa, terminará haciendo un papel ómnibus para introducir asuntos ajenos al motivo principal del mismo, dando tiempo a que la mayoría de la población se haga inmune al contagio y las soluciones farmacológicas, terapéuticas y vacunas estén disponibles, dando fin a esta pesadilla).

Entre tanto, mi agradecimiento a todos quienes trabajan todos los días, enfrentándose a la enfermedad, volcados en el cuidado, atención a la sociedad y comprometidos con la construcción de un país, de una economía, de unas empresas e instituciones que lo hacen y harán posible.