Demandas políticas y prospectiva socioeconómica 2022

(Artículo publicado el 16 de Enero)

Esta primera quincena del 2022 se ve rodeada de una relativa percepción de fragilidad e incertidumbre acentuada por múltiples hechos, en el contexto internacional, que, de una u otra forma, aunque pudieran parecer lejanos, habrán de importarnos. Conceptos como “guerra fría”, “rearme global”, “movimientos migratorios”, vuelven a ocupar la actualidad. Las dificultades y problemas o desafíos siguen entre nosotros y se ven ampliados por los contextos próximos en los que determinadas actividades, discursos y mensajes cobran mayor resonancia.

En este caso, por no volver a la pandemia-endemia-gripalización dominante, o a la relevancia del tamaño en las explotaciones ganaderas y su impacto o uso electoral, que ocupa los medios, merece la pena ocuparnos del debate y manifestaciones en relación con un par de asuntos de vital importancia para los ciudadanos vascos y que parecerían reaparecer en el eje de la discusión política actual: la reforma laboral y el ingreso mínimo vital.

¿Son dos asuntos de crucial relevancia como para cuestionar el apoyo al gobierno español por parte de quienes no parecen estar dispuestos en caso de no cumplir los compromisos previamente acordados en Euskadi?, ¿Son asuntos de trascendencia para los ciudadanos?

Sin duda alguna.

La incomodidad que parece venderse por el no apoyo a lo que se ha vendido como un “acuerdo histórico” de derogación/reforma laboral, resulta de mayor impacto y contenido de lo que pudiera parecer a simple vista. No se trata, como dirían algunos o callarían otros, de una rabieta “aldeana o localista”, que reclama “su propio mini-pacto”. Un marco autónomo de relaciones laborales no es ni un capricho, ni una demanda injustificada. Basta resaltar que la viabilidad de este tipo de acuerdos vendrá dada por la capacidad de negociación y acuerdo entre las partes directamente implicadas y sus representantes legítimamente elegidos. La representación sindical y empresarial firmante del nuevo acuerdo en la Moncloa no es lo suficientemente representativa en Euskadi y, cabría añadir, que insuficiente en la totalidad del ámbito sociolaboral del Estado en aquellos sectores clave que cuentan con organizaciones representativas distintas (función pública, educativas, universitarias, sanitarias, agro ganaderas y fuerzas y cuerpos de seguridad… por ejemplo). Un marco autónomo de relaciones laborales es imprescindible no solamente para una negociación colectiva sino para la debida articulación del tejido económico, institucional y social. Marco imprescindible para la adecuada aplicación de estrategias y modelos económicos, sociales y políticos. En el caso vasco, es, desde siempre, una exigencia clave que ha acompañado todo pacto y acuerdo de gobernanza. El Real Decreto Ley en cuestión, no parece que haya elegido el mejor camino para la “gran y única reforma posible” que, según el presidente Sánchez, “es de sentido común y busca el bien e interés general” por lo que nadie puede votarlo en contra. Otros parecen tener, también, sentido común a la vez que preocupación por el bien general. Y no comparten el proyecto aprobado sin ellos. Validarlo con un sí o no, no parece posibilitar el debate amplio, sobre un Real Decreto que, a juzgar, no ya por su contenido, sino por su larga introducción en el Boletín Oficial del Estado, sería la “gran panacea” salvadora de todos los males en el ámbito sociolaboral (empleo y desempleo, formación, relaciones empresariales, equidad y justicia social, alineación y coordinación dentro de una Europa en pleno “renacimiento industrial y económico”.

Así mismo, el caso particular del cumplimiento de un acuerdo de “transferencia” para la gestión del Ingreso Mínimo Vital no es cuestión de un mero acto administrativo, de un determinado presupuesto o de un acuerdo que se estira e incumple, día a día, replanteando un nuevo acto de fe para “cerrarlo próximamente” como parece proponerse cada vez que se da una nueva votación en el Congreso de los Diputados en San Jerónimo.

El impuesto mínimo vital fue un gran acierto en las políticas del gobierno español y la ley que lo posibilitó. Su aplicación y gestión es otra cosa. Desde el inicio de su tramitación, su aprobación vino condicionada por un compromiso, en el caso vasco, de su “transferencia y aplicación” desde el Gobierno Vasco. Las instituciones vascas, pioneras en el Estado, en políticas e instrumentos de salario social, inclusión social, ingresos mínimos y la recalificación de sistemas e instrumentos de prevención, promoción, seguridad social, acordaron y necesitan, urgentemente, integrar su gestión en el marco propio para un soporte único de la red social, de bienestar imprescindible para ese bien común, no dejar a nadie en el camino y el binomio empleo-ingreso, cada vez más en riesgo ante la situación observable y las expectativas tecnología-cualificación-empleo.

En consecuencia, parecería más que razonable considerar la importancia de este “reclamo”, y, en consecuencia, acordar los cambios adecuados.

En este contexto, este pasado jueves tuvo lugar, en Nueva York, la presentación del Informe Anual (Outlook 2022) de Naciones Unidas acompañando a su diagnóstico general de una serie de mensajes conclusiones que permitan contemplar el comportamiento macroeconómico mundial señalando las principales preocupaciones sobre las que habrían de arbitrarse las principales políticas y decisiones. Una vez más, se trata de enfriar declaraciones excesivamente optimistas en términos de recuperación, a la vez que, en palabras de su secretario general, Antonio Gutierres, “es momento de focalizar objetivos y políticas hacia la reducción de la desigualdad global y, en especial, el gap existente entre los diferentes países y regiones”.

Más allá del impacto, duración, persistencia o evolución de la pandemia (en la que, recordemos, aún estamos inmersos) y de la velocidad de vacunación y salida que demos, viviremos lo que han subtitulado como “A bumpy road ahead” (“un camino lleno de obstáculos y baches”) y un “tormentoso panorama incierto y desigual”. Desgraciadamente, su pronóstico prevé un crecimiento global por debajo del de 2021 y por debajo de las estimaciones anteriores, un incremento de la pobreza (en especial de la pobreza extrema que alcanza a 874 millones de personas), en una dispar proporción regional, una incierta y peligrosa inclinación a tomar decisiones, locales y multinacionales, en materia financiera y monetaria, con una temerosa vuelta a paralizar, congelar o suprimir las intervenciones públicas en favor de una recuperación necesitada aún de oxígeno, ante un complejo proceso inflacionista. Situación general que continuará acentuando graves problemas en el mercado de trabajo, una delicada expectativa en torno a los primeros empleos y sus secuelas a lo largo de la vida laboral, y la manifiesta debilidad en los sistemas estructurales de educación, salud y bienestar.

Como no podría ser de otra manera, recoge y apuesta por intensificar apuestas estratégicas en torno a las “nuevas oportunidades” que una transición verde y una transición tecnológica aportará, en la medida en que los procesos y fases del cambio, se den bajo el control público coordinado acompasando su desarrollo a reposicionamiento posible desde la situación de partida, evitando al máximo las consecuencias negativas. Llaman, finalmente, a mantener políticas fiscales “contra cíclicas”, presupuestarias activas en las áreas del bienestar y, por supuesto, una recualificación educación-capacitación-empleo, intervenir en los condicionantes socioeconómicos de la salud y en sistemas de prevención, protección y seguridad social.

El análisis y prospectiva desde una perspectiva macroeconómica, conforme a su enfoque y responsabilidad, no huye de su paso por la diferenciación microeconómica, si bien se limita a espacios y bloques regionales apuntando la inevitable recomendación de adoptar las políticas generadas, como paraguas de referencia, a los contextos y realidades en cada caso, apelando a las intervenciones colaborativas, descentralizadas y multi nivel entre diferentes agentes institucionales, económicos y sociales en cada caso y ámbito de decisión.

Si hay algo destacable en este análisis global, es la fragilidad demostrada, la desigualdad creciente, la dispar distribución de riqueza y las imprescindibles actuaciones y reformas sobre el mundo del empleo y la formación asociada. Todo ello no hace sino enmarcar una prioritaria redefinición y refuerzo de sistemas y medidas de prevención, protección y bienestar social en niveles realistas, gestionables y diferenciados según las características concretas de los diferentes espacios en que habrán de llevarse a cabo. Sus ritmos, vocación de futuro, condicionantes previos de partida, madurez de sus interlocutores y capacidad de intervención en la definición de sus apuestas y compromisos de futuro exige dotarse de los medios que lo posibiliten, con la irrenunciable participación de los actores representativos y capacitados para hacerlo.

La política no es “algo extraño o externo” que se cuece en su propia salsa. Es, por el contrario, sustancial para afrontar y resolver las grandes demandas y desafíos sociales a cuyo servicio está la economía. No se trata de vivir en el ruido, la confrontación o de mantener posiciones extremas ni de defensas numantinas. Es cuestión de coherencia.

Las previsiones están allí. Su cumplimiento o redirección dependerán de lo que seamos capaces de hacer.

2022: Repensando y haciendo un mejor año

(Artículo publicado el 2 de Enero)

El inicio de un nuevo año conlleva deseos de disfrutar de un mejor año del que dejamos atrás. Como si se tratara de una frontera, invisible, que con el simple paso convencional del tiempo y calendario generase actitudes, comportamientos, compromisos y eventos incontrolables distintos a los que configuraron una etapa superada.

Hoy, a cuestas con la pandemia de la COVID-19, arrastramos una decidida apuesta generalizada por “un año mejor que el anterior”, esperanzados en que asistiremos a la inflexión real de una pandemia letal y destructora hacia una nueva etapa ordinaria de convivencia con un virus, cada vez menos severo y letal, con una amplia capacidad de respuesta desde nuestros diferentes sistemas de salud y, los sistemas de tomas de decisión y gestión de la economía y empleo, así como, sobre todo, aunque no suficientemente explicitado, de las actitudes y comportamientos individuales y sociales en los que residen las prioridades, las opciones determinantes de ese “paraíso mejor” esperable.

Si como todos los cambios de año, procede una reflexión sobre lo acontecido, acompañado de buenos propósitos y un ejercicio prospectivo que nos ayuda a planificar de alguna manera el futuro que pretendemos recorrer, este 2022 permite un proceso desde el análisis de lo vivido en esta situación excepcional que nos ha aportado muchas lecciones sobre las que actuar. 2021 nos ha enseñado, sobre todo, que los sucesivos cambios incrementales en los principales mecanismos existentes han fallado y, en consecuencia, la necesidad de un reseteo generalizado que posibilite superar los sistemas, modelos de pensamiento económicos, políticos y sociales de los que nos hemos dotado, a la búsqueda de respuestas a los verdaderos problemas, largamente detectados y conocidos, demandantes de transformaciones radicales.

Coincidiendo con este momento de cambio, el último número de invierno de la revista Finance & Development del Fondo Monetario Internacional, aborda una serie de artículos de especial interés en torno a las transformaciones que parecerían imprescindibles para transitar al futuro. Destacan cuatro apartados: Repensar el multilateralismo para una era pandémica, medir la prosperidad y la esencia de una “buena vida”, la economía de la salud y el bienestar y, de forma indirecta, el largo catálogo de innovaciones a incorporar, desde el renovado pensamiento económico, el compromiso empresarial compartido con los Gobiernos al servicio de la Sociedad y nuevas formas de colaboración multi agente-multi país a lo largo del mundo.

De una u otra forma, al igual que los principales debates que nos vienen acompañando en los últimos años (o décadas), se entrelazan múltiples cuestiones de la pandemia y que, sobre todo, nos llevan a pensar en que no se trata de ningún asunto temporal, sino estructural y permanente. Subyace el amplio debate en torno al movimiento “…más allá del Producto Interno Bruto” del modelo, con diferente intensidad y variantes que ha sido la base de las políticas de crecimiento y desarrollo económico, soportado en unos indicadores que han excluido el fin último de la propia economía al servicio de la sociedad, el bienestar y la búsqueda de la felicidad o satisfacción. Lejos del uso agregado de un buen número de indicadores, en apariencia objetivables y homogéneamente comparables que suponían no solo clasificar economías, países, poblaciones dispares y distantes en una estadística más o menos controlable, que han venido complementándose con contenidos sociales (la apuesta ya superada por el Índice de Desarrollo humano) soportados, parcialmente, por múltiples encuestas subjetivas, multiplicidad de indicadores con compleja interpretación y respuesta y, casi siempre, sustituidos por el excesivo peso dado a cada uno de los indicadores utilizados. Finalmente, desarrollo humano, sostenibilidad, prosperidad, riqueza y bienestar terminaron referidos al indicador del PIB y, por lo general, en agregados macro referidos a Estados, Regiones Globales y escasamente adecuados a las máximas diferencias existentes en el interior de un bloque regional, de un Estado o, incluso, de la diferente zonificación en el interior de las megaciudades. Indicadores que se alejan de facilitar la búsqueda de fuentes reales de marginación, limitación de la salud y el bienestar, sobre todo, rediseño de políticas y mecanismos adecuados para la mitigación de la desigualdad, profundización en las estrategias pro bien común y desarrollo compartido.

Esta búsqueda de la prosperidad y felicidad o confortabilidad de las personas y sus respectivas comunidades exige, además, la compleja definición y comprensión de los valores (tan distintos más allá de etiquetas) de las personas, las sociedades y su capital humano.

La relatividad de un concepto de prosperidad y bienestar hace que niveles o indicadores similares de renta, no presuponen estados similares de prosperidad o de satisfacción, esencialmente determinados por sus propios valores, asignando a cada persona y comunidad un papel esencial en la determinación de su felicidad.

Desde esta complejidad que ha de seguir propiciando todo tipo de aproximaciones (Índice de Progreso Social, por ejemplo), la base esencial no es otra que el reconocimiento explícito de ir más allá del PIB y actuar en consecuencia, redefiniendo instrumentos, estadísticas, políticas en el marco de un innovador pensamiento económico que está por venir. 2022 ha de contribuir a un “mejor” escenario tras un propósito vector, motivador de verdaderas transformaciones.

De igual forma, el que ya parece finalmente entendido, espacio indivisible de economía-salud, pone de manifiesto que, también, los mejores sistemas de salud con los que contamos demandan un reseteo radical. No resulta novedosa la demanda de cambios disruptivos en el mundo de la salud, la revisión en profundidad de sus estructuras, perfiles profesionales, interdisciplinariedad con un mundo cada vez más apoyado en tecnologías diversas, en un contenido omnicomprensivo en los diferentes condicionantes socios económicos de la salud, en las inversiones relacionadas con los activos comunitarios a su disposición, en la gestión de la complejidad de sistemas y formación. Ni qué decir de los propios organismos globales, empezando por la OMS y de la necesaria cooperación “reformulable” a lo largo del mundo. La aplicación de instrumentos y lecciones aprendidas que en plena pandemia hubo de utilizar asumiendo riesgos inicialmente rechazables, decisiones urgentes y extraordinarias consideradas inasumibles a priori, requiere su reconsideración al servicio de los cambios por venir.

Todo un cúmulo de transformaciones que han de afectar a todos los implicados. Hacer y esperar un mejor año, no será un simple reclamo acompañando el simbolismo de las uvas a ritmo de campanadas. Será, sobre todo, un esfuerzo personal y colectivo, que habrá de movilizar a todos los agentes económicos, sociales e institucionales. Si siempre aprendemos en un crecimiento continuo, 2021 nos ha provocado un aprendizaje acelerado.

Como siempre, la mayor dificultad, al igual que la mayor virtud y capacidad de logro, para las transformaciones necesarias están en el propósito y los valores de los actores. Empresas, gobiernos, academia viven una convulsión y cambio acelerado, inaplazable. Todos ellos, de una u otra forma, están inmersos en este tránsito. ¿Seremos capaces de comprometernos en un mejor 2022?

Sin duda alguna, la riqueza del movimiento generalizado que, a lo largo del mundo, se viene impulsando y reforzando en torno a los verdaderos objetivos con los que estamos dispuestos a comprometernos, la reacomodación de nuestras prioridades vitales y de empleo, la demanda de una tecnología humanizada, la reconfiguración de un  mundo multilateral en una renovada democracia, y los nuevos ojos con los que miramos el futuro desde lo aprendido y vivido en el años que dejamos atrás, habrán de llevarnos a un mejor 2022. Economías justas y equitativas, un innovador progreso económico, en una cambiante y muy distinta geografía económica, confrontando la desigualdad, innovando en la gobernanza en todos los niveles y espacios públicos y privados, al servicio del bien común. Todo un proceso ya en marcha que habrá de encontrar en este nuevo año una luz rectora de las múltiples iniciativas y movimientos en curso.

Todo un propósito: repensar el futuro, pero, sobre todo, hacerlo posible.

Un paso más hacia la competitividad y prosperidad inclusiva

(Artículo publicado el 5 de Diciembre)

Si la semana pasada asistíamos en Euskadi a la presentación del Informe de Competitividad del País elaborado por ORKESTRA-Instituto Vasco de Competitividad, utilizando una nueva adaptación del Marco General de Competitividad, profundizando, sobre todo, en indicadores sociales más allá del PIB, esta semana, en el Workshop anual de la Universidad de Harvard y su red M.O.C. (Microeconomía de la Competitividad) bajo la tutela de Michael E. Porter), se ha insistido en la fortaleza dominante de la competitividad al servicio de la prosperidad e inclusividad, sostenible e intergeneracional.

Los atributos esenciales de una competitividad bien entendida cobran especial relevancia, día a día, en el diseño de estrategias para el desarrollo económico, de crecientes y siempre innovadores espacios de progreso y bienestar social, de procesos colaborativos (desde la especial apuesta por la clusterización de las actividades económicas bajo el binomio economía-territorio), la gobernanza (multinivel), el valor compartido y la cocreación de valor empresa-sociedad, así como el rol competitivo y especializado de los diferentes actores, impulsados por entes intermedios facilitadores, y la insustituible coopetencia público-privada. Así, actuando sobre la totalidad de los elementos críticos, si bien la macroeconomía supone un factor relevante que habrá de influir en todos, la diferencia real vendrá marcada por las políticas, fortalezas e intervenciones microeconómicas, no solo definitorias de la diversidad territorial y de sus respectivos tejidos económicos, su capital social e institucional, y, sobre todo, de su vocación propósito conjunto Sociedad-Economía (actores). Todo este complejo sistema de determinantes de la competitividad es lo que supone, al final, los diferentes niveles de bienestar y prosperidad de la población, así como la ventaja específica y productividad (generadora real de riqueza) de las empresas y las economías en que actúan, a lo largo del mundo. Sin recetas o manuales mágicos. Procesos, trabajo, decisiones, compromisos colaborativos, multi agentes, movilizados tras una visión compartida, “hecha entre todos”, a lo largo del tiempo.

Hoy, este sistema de intervención enfrenta un doble desafío adicional: la búsqueda de un “nuevo” modelo socio-económico en el que coexistan tres grandes objetivos que han de lograrse a la vez: crecimiento, sostenibilidad e inclusión y, a la vez, abordar y resolver con éxito el impacto diferenciado y específico de una revolución tecnológica, otra empresarial, otra de gobernanza y liderazgo y la intrínseca a cada “industria” en la que operamos (salud, educación, manufactura…) sujetas a múltiples reclamos, objetivos e indicadores (exigentes y demandantes de una profunda transformación individualizada y colectiva en sí misma). Una coexistencia compleja y sistémica que lleva a preguntarnos si todos estos objetivos son compartibles (al menos en tiempo y alcance máximo propuesto), si en verdad estamos comprometidos con sus logros y si, además, creemos que soportaremos la prueba de su acometida intergeneracional, conservando los beneficios del hoy para dotar a las sociedades futuras del maná esperable. Adicionalmente, hemos de asumir el doble objetivo superior: salvar el planeta a la vez que “salvamos” nuestro estado de bienestar y prosperidad inclusivos.

Hoy, queramos o no, estamos inmersos en una revolución tecnológica que obliga no solamente a una digitalización de nuestros modelos de vida, de negocios, de gobernanza, de ocio y sobre cuyas consecuencias, en general, impactan limitadas capacidades de respuesta autónoma. Las llamadas tecnologías exponenciales están aquí, se verán ampliadas por las aceleradoras tecnologías computacionales cuánticas, que, de una u otra forma, transformarán cualificaciones requeribles y modificarán el mundo del trabajo-empleo mucho más allá de posiciones y tareas, entrando en el concepto esencial de lo que entendemos indisociable en términos de trabajo-empleabilidad-ingresos vitales y, en gran medida, sentido y dignidad de las personas. ¿En qué medida será diferente? ¿Qué podemos hacer para su reconfiguración y reinvención? Sin duda, por encima de todo, reta a lo que simplificaríamos como Humanismo-Tecnología, exigiendo resituar a las Sociedades por encima del propio avance tecnológico, regulando, desde los poderes democráticos-públicos, el control de su uso, al servicio de la sociedad y su progreso equitativo e inclusivo, atemperando tiempos y ritmos a las posibilidades reales de sociedades, a la vez, cambiantes.

Revolución tecnológica incidiendo en el resto de espacios potenciales de futuro. ¿Cómo jugará un nuevo rol la empresa “enfrentada” a su propia revolución? Vivimos un movimiento que, bajo diferentes modalidades y apuestas, asume nuevos roles más allá del bien social corporativo entendido y realizado a lo largo de la historia. Hoy, empresa-gobiernos-sociedades son jugadores inseparables de la ecuación. Las empresas son medibles, a la vez, por sus objetivos y resultados económicos, sociales, de gobernanza, sostenibilidad, impacto en la comunidad y trascendencia intergeneracional. Sus propios modelos de negocio vienen dados por la solución de las demandas sociales. Están sometidas a reconfigurar sus relaciones con todos los “stakeholders” y/o grupos de interés con los que interactúa, obligada a generar organizaciones extendidas a lo largo de diferentes cadenas de valor, a tejer alianzas múltiples, a coopetir con sus “adversarios” habituales, a reformar la propiedad, gestión y resultados (y participación en/de ellos) y vivir con normalidad en un mundo compartido en ecosistemas variados, crecientes y complejos. Ha de transitar, además, un nuevo mundo hacia la glokalización, conviviendo de diferente manera a lo largo de la geografía. El valor compartido empresa-sociedad, el valor del humanismo tecnológico, el valor verde y valor “Business + Government + Comunidad” son ya (y lo serán con mayor fuerza en el futuro), atributos ordinarios que habrán de acompañar su transformación, en cualquier industria-país.

En su interacción con ambas revoluciones, toda industria está sujeta a profundas transformaciones. Los gobiernos los primeros (aunque pudieran no creerlo), los sistemas educativos, el mundo de la salud, la concepción del sistema de protección y seguridad social… toda una cadena de revoluciones interrelacionadas. Las diferentes industrias, en plena transformación en sí mismas, abandonan sus espacios tradicionales, no solamente asistiendo a la presencia de nuevos jugadores que pasan a liderarlas, sino a obligados mapas de relación, de alianzas con todo tipo de actores emergentes, de múltiples industrias y operando en geografías diversas y recomponiendo su modelo de relación público-privado. Lo que ya hace muchos años anticipábamos como la “nueva economía” o “vieja economía”, estimulada por cambios disruptivos dejó hace tiempo de ser un futurible para ser el espacio natural del momento.

En este marco, las empresas líderes, acumulan un poder diferenciado al conocido, pasando a liderar e imponer sus reglas del juego, así como, en muchos casos, a sustituir los poderes tradicionales de gobiernos y ciudadanos. Se rigen por reglas propias, condicionan esquemas sociales, han de reforzar su propio sistema educativo diferencial, de alguna manera, sus contratos sociales y, si no actúan adecuadamente los diferentes gobiernos con los que interactúan, elegirán los productos y temáticas obre las que actuar, los tiempos en que sus soluciones lleguen a los mercados dominantes y, en definitiva, ocupar espacios de gobernanza. Son momentos para interpelar, también, al mundo de la política y el gobierno. Habrán de jugar un papel clave en la regulación, impulso, y control democrático de una economía del bien común al servicio de la Sociedad, adecuando los tiempos que posibiliten un acceso equitativo a la oferta recibida.

La mejor noticia de todo esto es que lo sabemos y estamos en ello. No hay marcha atrás en la búsqueda de la competitividad, prosperidad, inclusividad… intergeneracional. Un camino multiproceso, largo, exigente, comprometido.

Nuevas actitudes, nueva mentalidad, nuevos roles de todos los actores implicados. El resultado esperable merece la pena. Preparados para el largo e intenso recorrido.

Zero Net. ¿Tras el objetivo de consenso?

(Artículo publicado el 21 de Noviembre)

Concluida la Conferencia COP26 de Glasgow, la sensación mediática trasladada a la gente pasa por la decepción, frustración o fracaso según la intensidad con la que el medio o emisor del mensaje se pronuncie. Eslóganes acertados para el marketing pretendido como el Bla-Bla-Bla facilitan un posicionamiento descalificador. En apariencia, la transición energética, la economía verde y la apuesta por la descarbonización habrían quedado en el olvido y el hervidero creciente de iniciativas y proyectos en curso a lo largo del mundo, desaparecerán en la papelera más próxima.

La realidad, sin embargo, es muy distinta. Glasgow refleja la complejidad que ofrece una ambiciosa apuesta, el ingente esfuerzo por transitar hacia el objetivo final de manera convergente, evitando abandonos en el largo recorrido. ¿Fracaso?, ¿Éxito?

Doscientos países han comprometido sus acciones reforzadas para acelerar sus planes y objetivos para una más que extraordinaria y extenuante transición energética hacia una economía verde en el escaso horizonte del 2030, tras un objetivo “mágico” medible en términos de incremento global de la temperatura de la tierra. Y tras este enunciado, todo tipo de estrategias económicas, sociales, energéticas, industriales, de empleo, educativas, tecnológicas se ponen en marcha a máxima velocidad. Y, al parecer, todos estamos dispuestos a afrontar el complejo recorrido que nos espera, a asumir sus consecuencias y a situarnos a disposición del Bien Común. Más allá de valoraciones sobre si los Acuerdos y Declaración final habrán de conectar, comprometer a tan dispares jugadores, países, industrias, empresas, organizaciones y ciudadanos, la Cumbre despeja cualquier duda sobre un mensaje y compromiso global que nos interpela a todos: 1,5°C. Se trata de un dato, un objetivo, un compromiso, un camino sin marcha atrás, que resume con fuerza y claridad, el horizonte hacia el que nos hemos de dirigir todos. Un verdadero banderín de salida que obliga a un cambio sistémico. ¿Imposible llegar al punto deseado con las apuestas en curso?

Pocas veces un objetivo generalizado y compartido contiene compromisos, aceptados, tan específicos y movilizadores de infinidad de iniciativas, planes, compromisos y presupuestos transformadores como con los que hoy contamos. Más allá de una declaración oficial (¿Hubiese resultado más alentador un consenso falso desde la ignorancia de las dificultades reales para su logro en el tiempo demandado?), conviene atender a los contenidos esenciales comprometido, en curso y viables. Principios a los que se adhieren, también, sucesivos acuerdos multilaterales entre países renuentes a firmar plazos concretos, desde el máximo esfuerzo que, también por interés propio, intentarán acortar.

Es el momento, inexcusable, para interiorizar lo que supone y significa “para mí y para ti”, (como personas, como empresas, industrias y países, sociedades), desde diferentes posiciones de partida, con diversas capacidades y debilidades. Exige preguntarnos cómo hemos de conseguirlo, con quienes hemos de recorrer el camino necesario, en qué tiempos, a qué ritmos (elegir o asumir compañeros de viaje, tiempos-recursos) y todo un reto al CONOCIMIENTO APLICADO (¿Con qué tecnología, en qué cadenas de suministro o de valor, desde qué nuevas ideas o modos de hacerlo…?). ¿En qué medida me impacta?

Contar con un Dato-Objetivo ofrece la garantía de identificar el Norte hacia el que dirigirnos. A la vez, supone que nuestra ventaja diferencial ya no es el qué, sino el cómo hacerlo, cuando lograr diferentes etapas, con quien aliarnos para su logro. Es tiempo de nuevos planes específicos y operativos para llevarlo a cabo. Es tiempo de aprender a trabajar con terceros si aún no hemos aprendido, de buscar y confiar en nuevos compañeros de viaje. Es tiempo de rediseñar nuestros ritmos de avance. Planes y esquemas específicos de nuevos capitales e inversiones, nuevos espacios de financiación y fiscalidad para abordar nuevas necesidades. Asistiremos a nuevas cadenas de suministro y de valor, a nuevos riesgos que obligarán a organizaciones más resilientes preparadas para responder a catástrofes y efectos desconocidos. Empresas, industrias, gobiernos, países, comunidades… todos estamos implicados y cada uno ha de revisar, desde su cuota de participación, su camino a recorrer.

No es tiempo de ruido, de culpabilizar a otros, de proclamar grandes logros sin asumir contrapartidas.

Hoy, 1,5°C es mucho más que la simplificación de un mensaje equivalente al reclamo Net Zero o descarbonización plena. Su impacto es de extrema trascendencia:  reinventaremos cadenas de valor y de suministro y asistiremos, paso a paso, a turbulentas consecuencias y cuellos de botella que obliguen a reconsiderar nuestras innovaciones en el mundo de la gestión de cadenas, procesos, inventarios, logística y transporte. Supone nuevas estructuras de mercados locales, regionales y globales con una continua sucesión de deslocalizaciones a lo largo de la geografía mundial; necesitaremos dotarnos de nuevos esquemas e instrumentos financieros, sistemas y modelos públicos de presupuestación y arquitectura fiscal. Provocar entender, programar y resituar “la línea del tiempo” fijando, fase a fase, las diferentes iniciativas, planes y proyectos, que vayan construyendo un lego hasta el destino final, acompasados en la inclusividad progresiva de muy diversas comunidades, cualificaciones, necesidades de sociedades distintas y distantes. Es momento inaplazable para reinventar modelos de negocio y, sobre todo, modelos compartidos empresa-sociedad. Asistiremos a todo un nuevo mapa de alianzas y partenariados (público-público, público-privado, privado-privado), en un amplio “cruce de industrias” generando nuevos espacios de desarrollo. Habremos de comprometernos con una dinámica de evaluación, apuestas estratégicas, elección, “trade off” entre diferentes tecnologías hacia “la más verde y eficiente”, acompasada de nuevas condiciones de empleo y trabajo…

Si el Acuerdo de París provocó una profunda concienciación de la acción climática global y generó un más que significativo compromiso en torno a lo que se supone es el límite alcanzable por la temperatura global para “salvar la tierra” y minimizar catástrofes naturales, con, entonces, notables ausencias de los principales emisores del impacto negativo, así como de quienes están llamados a realizar los máximos esfuerzos transformadores de sus economías y estatus quo dominante , desde compromisos largo placistas, hoy en Glasgow y mañana en sucesivas mesas de decisión, se traduce, en significativos pactos movilizadores (como el Pacto Verde europeo, base mayoritario de la obligatoria reformulación de políticas de todos los gobiernos de la Unión Europea bajo el caramelo-castigo del acceso a los Fondos europeos, de resiliencia, transformación, renacimiento industrial y cohesión territorial y social). De esta forma, Estado a Estado, región a región, industria a industria, empresa a empresa, se dotan de sus propias estrategias, necesariamente alineadas con el “reclamo general”, y, pese a simplificaciones unificadoras, diferenciadas, atendiendo a sus propias restricciones, a sus vocaciones estratégicas y, por supuesto, a las demandas de las sociedades implicadas. No es cuestión de “políticos que no quieren asumir compromisos por miedo a las urnas o temerosos de decisiones”, sino, sobre todo, respuestas a lo que la Sociedad, en verdad, demanda, pueda y esté dispuesta a asumir en cada momento.

Sin duda, “salvaremos el planeta”. La cuestión no es si la India puede llegar a la meta en 2060 o 2050, o si China lo hará diez años más tarde que un pequeño pueblo de la “España vaciada”, por decirlo de alguna forma. Lo que en verdad marcará la diferencia será la suma de actividades comprometidas y transformadoras. La medida en la que asumamos (todos) compromisos con el cambio exigible (seguramente reconsiderando empleos de hoy para acometer potenciales actividades y cualificaciones para el mañana, por ejemplo), y en que pensemos más en “el mejor futuro” a transmitir a futuras generaciones que, en nuestro presente, en la medida que creamos conveniente renunciar a parte del nivel de bienestar de hoy, para construir “otro”, distinto y mejor poniendo el foco principal en los demás. ¿Prosperidad, inclusividad… para todos?, ¿Hoy y mañana?, ¿En qué medida primará mi o tú nivel de compromiso y de bienestar, de empleo, de renta, de país, modo de vida, compromiso… respecto al objetivo previsto, que se supone, abrazamos sin aparente matiz o discusión, lo que al parecer ya es una decisión de todos?: ¿Salvar el planeta?, ¿Lo haremos convencidos de su implicación para nosotros o pensamos y exigimos que solamente sea responsabilidad o renuncias  de terceros?, ¿Puede todo mundo apuntarse a un futuro determinado desde su situación y expectativas presentes?

Sin duda alguna, la apuesta mundial no solamente es oportuna y necesaria, sino posible y, en principio, acompasable (a la vez que aceleradora) con los cambios que, de una u otra forma, demanda una potencial nueva política industrial, una nueva política energética y sus consecuentes políticas de empleo, presupuestarias, fiscales y sociales. Políticas y opciones en una nueva vía hacia la competitividad y prosperidad inclusivas. Ahora bien, el desafío y compromiso ha de entenderse (y explicarse) con transparencia y claridad: es un largo y complejo recorrido, exigente, demandante de compromisos, obligaciones y cambios de mentalidad de todos. Ni bastan reclamos a terceros como si solamente son otros quienes han de asumir la responsabilidad del objetivo perseguible, ni mucho menos el reclamo fácil y demagógico tras etiquetas simplistas y descalificadoras. Creer en verdades únicas, concediendo a falsos e improvisados profetas el monopolio de la solución, de sus verdades y respuestas de apariencia “desprendida y objetiva”, caer en el “buenísimo” de la propaganda fácil de quienes se saben no tienen que asumir ni responsabilidades, ni elección alguna en las decisiones a tomar, resulta excesivamente simple y aleja del verdadero esfuerzo requerible.

Ante todo, Glasgow nos ofrece una buena noticia interpelándonos a todos para trabajar por un bien deseable. Ahora bien, siempre que no triunfe el confortable “que lo arreglen los demás”. El objetivo parece claro y atractivo, sus resultados “globales” también, a la vez que nos retan a su distribución equitativa (obligaciones, esfuerzos y recompensas). Eso sí, bajo el compromiso exigente de un largo y complejo recorrido, de una transición no lineal, llena de distorsiones y cambios, no siempre bondadosos o gratificantes para todos. Exige el contar con una hoja de ruta equitativa, compartida, acompasada a la realidad. Fortalezas, capacidades, puntos de partida distintos y distantes. En el horizonte, un punto de llegada convergente e incluyente. Hagamos que Glasgow haya sido mucho más que una declaración de voluntades.

Cumbre del Clima, progreso social y desafío inclusivo

(Artículo publicado el 7 de Noviembre)

Coincidiendo con la COP26, conferencia de lucha contra el cambio climático en Glasgow, la SPI (Social Progress Imperative, plataforma colaborativa para el progreso social) hace público el Índice de Progreso Social 2021 en su interacción con el desafío global objeto de esta Cumbre, bajo el sugerente título de “A Story of Progress. How the World survived the climate crisis (Una historia de Progreso. Cómo el mundo sobrevive a la crisis climática)”.

En esta ocasión, aprovechando la concentración mediática mundial en una de las transiciones (demográfica, tecnológica, climática) previstas para las próximas décadas (en todas ellas estamos ya inmersos), la climática, en sus diferentes aristas y líneas de activación-impacto, la SPI publica una interesante aproximación desde el progreso social, preguntándose si se pueden retirar de la pobreza millones de personas, creando sociedades equitativas y bien desarrolladas orientadas hacia el bien común, sin aumentar niveles de emisión de gas invernadero. Recordemos que su índice (57 indicadores) pretende orientar la capacidad de una sociedad para cubrir las necesidades humanas básicas de sus ciudadanos dotándoles de los pilares esenciales para alcanzar e incrementar la calidad de vida de los ciudadanos, a la vez que crecen la condiciones para que las personas alcancen su máximo potencial.

Basado en los resultados obtenidos en los últimos años desde el lanzamiento de su renovador Índice, poniendo el progreso social al margen de otros indicadores económicos, como el verdadero objetivo centrado en las personas, realiza un ejercicio de cruce con las emisiones de gas invernadero. Un análisis de la evolución de los citados índices en una solución de países que han experimentado un mayor avance en su progreso social y su posicionamiento relativo en países con “riqueza” económica homologable o comparable, por un lado, y de aquellos países de “mayor nivel de desarrollo” en términos económicos(atendiendo, sobre todo, al tamaño de su economía) y su relación con la cantidad de emisiones que “aportan”, les lleva a concluir como quienes han apostado por el progreso social han conseguido, también, mejores resultados en términos de emisiones y, en consecuencia, una mejor vía indirecta de posicionarse entre el objetivo global de “salvar el planeta”.

Asumiendo la realidad de partida, con los países más avanzados o “desarrollados” como principales emisores, así como la mayor concentración de quienes han de realizar los mayores esfuerzos de transformación (China, India, USA, Rusia, Catar, EAU, Arabia Saudí) y simular el impacto que generaría en todos estos países una apuesta de mejora en sus condiciones de progreso social y su consecuencia derivada, también, en el cambio climático, bajo estrategias de crecimiento y desarrollo verde para la inclusividad.

¿Es posible plantearse un mundo mejor, un mejor estado de bienestar y progreso social inclusivo poniendo el acento en “salvar el planeta”? ¿Salvar el planeta para hoy, y, sobre todo, para próximas generaciones, significa, también, hacerlo para todos, hoy? ¿Salvar el planeta puede y debe suponer el progreso social inclusivo?

Sin duda es el verdadero reto. Los resultados empíricos, la evaluación de apuestas realizadas, la simulación de las consecuencias obtenibles bajo estrategias convergentes-conjuntas parecen demostrarlo.

En paralelo a estos informes, McKinsey ha hecho público uno de sus habituales trabajos sobre el desarrollo económico en determinadas regiones y ciudades. (En este caso concreto, la Ciudad de Nueva York: “Doce perspectivas para la recuperación inclusiva de Nueva York”). Recurriendo a la clasificación estadística urbana norteamericana, en la Zona estadística-metropolitana de Nueva York con sus 8,8 millones de habitantes viven un preocupante deterioro en términos de inclusividad. La maravillosa y siempre vibrante Ciudad de Nueva York, que nos sorprende continuamente por su evolución activa, generación de innovadores espacios, admirable multi culturalidad, espectaculares innovaciones urbanas, cosmopolitismo tractor, impresionantes flujos turísticos, corazón de un mercado de capitales líderes e imprescindible para entender el sistema financiero mundial, foro museístico-cultural y, entre otras cosas, presente en el “imaginario televisivo y cinematográfico”, asociada a los faros de innovación, presenta, también, demasiadas luces rojas.

Hoy, en una aún incierta salida de la pandemia sufrida que le llevó a ocupar el epicentro negativo y preocupante del número de casos y fallecimientos de los Estados Unidos (y del mundo), que obligó a drásticas medidas de confinamiento, complejas intervenciones en su sistema de salud, parálisis de su vida ordinaria, retoma sus pasos hacia la recuperación económica, social y senda de futuro en su intento de “recuperar la normalidad”. Su estado actual aflora graves problems ye importantes desafíos. Su tasa de desempleo (11%) está muy por encima de la media estadounidense, los niveles de vacunación (que en un momento parecieron espectacularmente buenos) se estancan, y, sobre todo, las bolsas de desigualdad, marginación y “sectorialización” (racial, económica…) aumentan, señalando una muy negativa diferenciación (de acceso, de participación, de oportunidad de futuro, de adherencia y de inclusión).

Atendiendo al Informe de McKinsey, su “lenta salida de la pandemia muestra señales de inequidad y graves barreras para una economía inclusiva”. Resalta cómo, 2,4 millones de inmigrantes-minorías, con 1 millón de personas por debajo del umbral de pobreza y sus vecindarios y comunidades tienen un elevado riesgo de quedar atrás en la recuperación.

Al mismo tiempo y pese a este panorama inicial, la inmensa mayoría de los neoyorquinos se muestran optimistas ante el futuro y la recuperación de su ciudad, del futuro de sus familias y comunidad. No muestran disposición a trasladarse fuera. Su percepción positiva, supera con creces la de otras ciudades en que la gente manifiesta su voluntad de mudarse y su optimismo por el futuro es significativamente mayor.

Así las cosas, esta semana ha resultado electo un nuevo alcalde que tomará posesión en enero. Pertenece al colectivo BIPOC (Black, indigenous, people other color – Negros, indígenas y gente de otro color) en terminología al uso en Estados Unidos. Eric Adams, ex capitán de la policía, con recorrido político (presidente del distrito de Brooklyn desde 2014), controvertido dentro de su propio partido demócrata, ha recibido el 67 % de los votos. Con el soporte democrático evidente, hace de la pandemia y sus consecuencias, la educación en las escuelas públicas, la vivienda en distritos y comunidades desfavorecidas y la desigualdad, especialmente entre el mundo BIPOC y el resto, su bandera electoral y programa de actuación. A la vez, la seguridad ciudadana y su apuesta por fortalecer la realidad líder de Nueva york como base de las industrias innovadoras de rápido crecimiento. Su agenda, en términos de líneas básicas de reforma y/o avance no difieren a las que se han venido diagnosticando e incluyendo en las prioridades de mandatos anteriores. La recomendación de McKinsey avanza 12 áreas de potencial focalización para los líderes políticos, sociales, empresariales, a considerar en la siempre asumible cooperación público-privada. De una u otra forma, las áreas nucleares van desde la búsqueda de medidas de recuperación de las rentas (que han hecho que uno de cada tres haya reducido sus ingresos a la vez que se han incrementado los gastos en salud y alimentación); el desempleo se ceba en las minorías de color y latina, así como en las mujeres con responsabilidades de cuidado de sus familias. Así mismo, la “informalidad, temporalidad y freelancers” tan dominante en la ciudad, se ha convertido en una elevada vulnerabilidad en la situación actual. Grupos vulnerables se concentran en ciertas vecindades generando una grave y desigual distribución “geográfica” en la ciudad, trabajar sobre “los condicionantes sociales de la salud”, “los activos comunitarios”, “la conectividad y acceso a la vivienda” y, por supuesto, la educación.

Nueva York, como la inmensa mayoría de las grandes ciudades, tiene un hándicap que su propio éxito, tamaño, capacidad de atracción de talento e iniciativas, se convierten en dificultades perversas. La “gran ciudad” genera, en sí misma, áreas de marginación y desigualdad difícilmente gestionables y de compleja y costosa solución. Las bondades y ventajas que en apariencia ofrecen, demandan enormes dosis de gobernanza especial, recursos de gran magnitud, velocidades y ritmos de acelerado crecimiento, oferta de servicios escasamente acoplables a los tiempos y urgencias exigibles. Nueva York, “la gran manzana”, es muchos más que Wall Street y Manhattan. Una maravillosa ciudad, que, más allá de sus cinco grandes distritos, conforma un espacio, extraordinario, de vitalidad y desarrollo. Ahora bien, volviendo a la receta guía del progreso social, su camino está claramente fijado. Los espacios de logro, los indicadores relevantes, las apuestas estratégicas de actuación, también. ¿Será el momento de acelerar un nuevo impulso?

Hoy, el ejemplo es Nueva York. Una ciudad de “éxito”, referente mundial. Luces y sombras. Desgraciadamente, situación generalizable a lo largo del mundo. Y, peor aún, la mayoría, sin las fortalezas, capacidades, bondades y resiliencia que sí tiene Nueva York.

Con la SPI, nuevamente, parecería que el mejor camino hacia el futuro no es otro que el progreso social inclusivo. Su complejo y, seguramente inacabable logro, será la mejor manera de superar los desafíos que afrontamos, como personas y como planeta, hoy y mañana. La apuesta de Glasgow no es solamente un recetario de compromisos para salvar el planeta en una determinada carrera hasta el 2030-2050-2060, según las posibilidades y voluntades de cada uno, sino un complejo balance entre las relevantes transiciones económicas, sociales, tecnológicas que conllevan. Estrategias para el progreso social inclusivo parecerían el mejor de los esfuerzos y compromisos para una nueva economía verde que, también, salvaría el planeta.

La COP26 de Glasgow también va de esto. Superar y vencer al cambio climático desde capacidades y exigencias posibilistas, distintas, para cada uno de los países, regiones, comunidades y agentes interpelados, movilizando una economía verde compartible y al servicio de todos. Progreso social, prosperidad inclusiva.

Camino de la recuperación económica. ¿Un simple chip? ¿Una hoja de ruta compartida?

(Artículo publicado el 24 de Octubre)

La crisis por ausencia inesperada de mascarillas, equipos de protección, o ventiladores para la atención de emergencia en los primeros días de lo que sería, poco más tarde, la pandemia del COVID, con la que aún convivimos, generó un creciente malestar y “estado de cuestionamiento y duda” sobre la capacidad manufacturera de los países más y mejor industrializados del mundo. Euskadi incluida.

Se cuestionaba en todo tipo de foros (y en los medios de comunicación), si realmente contábamos con un tejido industrial de primer nivel, en un país que hemos calificado (yo el primero) como, entre otras cosas, “la gran fabrica inteligente” en la que se puede fabricar y ofrecer un sistema, o solución completa (un avión, un coche, un ferrocarril, una sofisticada máquina herramienta…). Un tejido económico, suficientemente integrado y “clusterizado” que permite alianzas, cadenas de valor, sucesión de productos-servicios, sistemas superadores de componentes aislados, y se interrelacionan en una amplia red integrada de “ecosistemas”, facilitadores de la fabricación extendida, más allá de las fronteras específicas de una sola empresa.

Hoy, cuando la máxima intensidad de la letalidad pandémica abre vías para una rapidísima recuperación de la economía, nos encontramos con un exceso de demanda, ausencia de inventarios en un número importante de empresas y un enorme cuello de botella en las cadenas de suministro, en una serie ilimitada de industrias y productos, a lo largo del mundo. Y, precisamente, una de esas cadenas pasa por una referencia colectiva a “los chips”. Imagen clave que abre múltiples líneas de análisis y debate: ¿una globalización excesiva e irresponsable soportada en costes y salarios bajos favoreciendo geolocalizaciones no suficientemente coopetitivas, una excesiva “especialización excluyente” en pocas empresas y países, una mala estrategia de proveedores generalizada por ideas equivocadas, impuestas por la fuerza de las empresas tractoras-compradoras, monopolios con excesivo control no regulado de los mercados, gobiernos que han fallado en la orientación y regulación de las políticas industriales, insuficientes e inadecuadas infraestructuras logísticas y de transporte, falta de mano de obra en sectores esenciales clave (como transportistas, sin ir más lejos), mega dependencia de China en particular, Asia y terceros países, en particular? Muchas aristas a considerar.

Cuestiones todas ellas de suficiente relevancia y complejidad que habrán de ocuparnos en los próximos años, más allá de las actuaciones inmediatas que hemos de implementar con urgencia. El reclamo mediático comercial pone el acento, mientras tanto, en las Navidades, en los regalos (ya en marcha desde las campañas del “Black Friday”, “Halloween”… a las que la publicidad y ofertas milagrosas nos habrían acostumbrado) y la advertencia de que juguetes, electrodomésticos, ofimática, automóviles, alimentos y bebidas… no llegarán a tiempo para atender las cestas navideñas. Y, por encima de todo, la culpa de los chips.

¿Cómo es posible que algo tan pequeño, elemental en apariencia, en pleno 2021, en un mundo inmerso en los grandes avances tecnológicos que nos invaden las 24 horas del día, pongan en jaque a las potencias económicas mundiales? Es la pregunta que parece hacerse muchísima gente.

Entender la complejidad que implica disponer de “chips”, absolutamente diferenciados según su aplicación, la elevada capacidad y especialización en producción, tecnología, logística exigible, la necesidad básica de hacer disponibles materias primas (generalmente en zonas aisladas, regiones y países complicados, en conflicto cuasi permanente entre extracción-naturaleza-ecología), las infraestructuras requeridas (energía, carreteras, transporte marítimo y aéreo), el carácter vital de disponer de agua (en enormes volúmenes, flujos y acceso cuasi permanente), la robótica-máquina herramienta-automatización de altísima diferenciación, la formación de la “mano de obra” necesaria, la fiscalidad asociable en cada eslabón de la cadena, las estrategias de proveedores, el clima empresarial y rol de los diferentes gobiernos implicados y los tiempos necesarios, componente, todos ellos, también, de los modelos de negocio de las diferentes empresas en juego, explicarían que no es solo cuestión ni de buena voluntad, ni, mucho menos, de improvisaciones para “fabricar cualquier cosa en cualquier lugar”. “Un simple chip” nos señala un intenso y largo camino para repensar los tejidos económicos-sociales requeribles.

Más allá de los chips y el cuello de botella en diferentes cadenas de suministro, la recuperación de la economía se está viendo lastrada, también, por la temerosa algoritmia paralizante de las movilizaciones de recursos ante una potencial inflación global generalizada, el llamamiento a bancos centrales y de inversión, a organismos multilaterales y gobiernos a ocuparse prioritariamente del endeudamiento y de la acelerada y angustiosa “vuelta a la normalidad post pandémica”. Adicionalmente, en este largo listado de causas estrictamente alineadas con la economía y la industria, se suma el efecto perverso de la cadena energética, con síntomas de agravamiento en caso de un frío invierno. Si el cambio climático y la lucha contra sus consecuencias negativas alumbra una estrategia favorable a una economía verde de crecimiento, riqueza y convergencia de objetivos, en pro del planeta, pro-sociedad, pro-desarrollo, la coyuntura exige convivir con la realidad actual, el peso de los modelos urgentes, la importancia del gas y el papel aún clave del petróleo y los combustibles fósiles. Transición en curso.

Y, por supuesto, de manera esencial la propia salud, y la pandemia (que aún existe, aunque para muchos parecería haber terminado). Mientras la vacunación a nivel mundial sea tan desigual y mínima en la mayoría de la población, las variantes del virus sigan su batalla de refuerzo, los tratamientos ad hoc no alcance su pleno efecto y la insuficiencia de muchos de los sistemas de salud disponibles persista, la propia recuperación económica se verá lastrada. Salud-Economía-Salud en un círculo único.

Lo que hasta hace cuatro días era la luz de la esperanza y la constatación del éxito en las políticas y estrategias dinamizadoras de una acertada revitalización económica, la comprobación de una salida inmediata y reforzada de una infección imparable, y el acierto en políticas homologables extendidas a lo largo del mundo, así como una conectada hibridación tecnológica-empleo reformando el mundo del trabajo (y, sobre todo, el tele trabajo), conforman hoy un nuevo círculo perverso que viene a ensombrecer el futuro inmediato.

Cuando parecía superada la confrontación estéril economía vs. salud presuponiendo se trataba de espacios aislados de las ambiciones y aspiraciones de la sociedad, o bien de aspiraciones alternativas escasamente interrelacionadas, la realidad vuelve a recordar a quienes con tanta simpleza enarbolaban banderas acusadoras de quienes explicaban su vinculación inevitable. Ya sea por el peso de los condicionantes socio-económicos de la salud, la atención sanitaria aplazada y sus consecuencias negativas por su desplazamiento en el tiempo, o la máxima popular: “prefiero morir del virus que del hambre”, que obligaba a grandes poblaciones en desarrollo, a renunciar a las medidas sanitarias recomendadas con carácter global, la “vuelta a la normalidad”, desde diferentes procesos de desescalada, sugiere, de momento en algunos espacios concretos, nuevas restricciones.

Una vez superada, al menos en determinados países y regiones, el horror de la muerte masiva día a día, liberados determinados servicios sanitarios, la tendencia a “olvidar” la importancia de políticas al servicio de las necesidades humanas (salud, ingresos mínimos, garantías de empleo futuro, cuidados esenciales mínimos…) re focaliza miradas hacia una rápida financiación y fiscalidad al servicio de la elevada deuda mundial. Contexto en el que las proclamadas “nuevas apuestas de futuro” parecerían gozar de un consenso mundial, “salvar el planeta”, “combatir el cambio climático”, “saludo para todos, desde un exclusivo sector público” y una desenfrenada carrera por un mundo de bienestar -al menos en apariencia mediática- que responda en exclusiva a derechos (reales y otros sobrevenidos) y nunca a obligaciones (salvo para otros…), se ven hipotecadas por la coyuntura que enciende las alarmas y reabre viejas discusiones.

“Salvar el planeta sí, pero, mañana, que hoy me viene mal”. Energías verdes y adiós a los combustibles fósiles, sí, pero no me toques el coste de la luz. Nuevas tecnologías sí, pero que no me exijan aprender a convivir con ellas. Vuelta al trabajo y empleo sí, pero que me permita hacerlo desde casa y en el horario que el ocio y otras actividades me lo permitan… Diferentes ritmos, diferentes condiciones de partida, diferentes aspiraciones, compromisos. Compleja situación.

Contradicciones, temporales al menos. ¿Presupuestos públicos financiables que ya se pagarán desde futuras generaciones?, ¿frío o gas?, ¿asumir el coste del futuro y sus beneficios para otras generaciones?, ¿automóviles generadores de riqueza y empleo sobre la estructura industrial actual o bicicletas, vías propias, patinetes para sustituir, sin ley, al desplazamiento peatonal?, Sin duda, toda una disyuntiva social, de no fácil, ni única vía de solución.

A lo largo del mundo, el debate está servido.

Sin duda alguna, las voces dominantes del momento abogan por el “camino hacia una mejor sociedad del futuro”. De una u otra forma, es mayoritario el reclamo en torno a un renovado movimiento por un nuevo pensamiento, un nuevo y acelerado camino de la prosperidad e inclusividad. Los tiempos, pese a toda dificultad e incertidumbre, parecen propicios para cuestionar la situación actual, los resultados (sobre todo su distribución) obtenidos o la insuficiencia de objetivos logrados. La fotografía final parecería más o menos perfilada, no así la ruta a seguir, sus tiempos, y, sobre todo, los compromisos específicos para cada uno de los “stakeholders” (grupos de interés), personas, agentes socioeconómicos Y muchos partidos y grupúsculos políticos y mediáticos incluidos).

La hoja de ruta parecería clara y simple: compartimos una clara apuesta por una sociedad mejor, próspera e inclusiva, entendemos que exige construir sobre un renovado “contrato social”, que ha de guiarse con un proyecto y pensamiento de largo plazo que fije ritmos viables, responsabilidades distribuidas y comportamientos solidarios. Instrumentos e iniciativas colaborativas público-público y público-privadas. Un horizonte clave: el bien común. Ahora bien, ¿Cuándo?, ¿Quién y para quiénes?, ¿Cómo hacerlo? He aquí el verdadero reto. ¿En verdad, es esta nuestra agenda del futuro?

7 de octubre: Tiempos distintos. Respondiendo desde la complejidad

(Artículo publicado el 10 de Octubre)

El 7 de octubre de 1.936 se constituyó oficialmente el primer Gobierno Vasco, bajo la presidencia del Lehendakari, José Antonio de Aguirre y Lecube. PNV, Acción Nacionalista Vasca, Partido Comunista de Euskadi, Izquierda Republicana, Unión Republicana y PSOE conformaron el gabinete.

Las graves y trágicas circunstancias de guerra convirtieron el Estatuto de Autonomía, de limitadas competencias, en un marco de autogobierno de máximos, conformando, de hecho, un Estado cuasi independiente, con extensión geográfica limitada, fruto del aislamiento bélico. La caída de Bilbao, sede del Gobierno, la posterior de Barcelona hacia donde se había trasladado y el largo exilio encabezado por el Lehendakari, mantuvo el testigo histórico, la diplomacia internacional, el reconocimiento, organización y presidencia activa de la resistencia en el interior, hasta el retorno del Lehendakari (en ese momento, Jesús María de Leizaola tras la muerte de Aguirre) en 1.979, transmitiendo su legitimidad al Lehendakari, Carlos Garaikoetxea, elegido bajo el nuevo Estatuto vigente, hasta este momento, y con el apoyo mayoritario a un testimonio histórico de legitimidad, trabajo y servicio activo del gobierno cuyo testigo recogía..

Hoy, 85 años después de su constitución, no podemos sino recordar y reconocer la entrega, misión, ilusión, sacrificio y sentido de país y Estado de quienes lo configuraron, continuaron su legitimidad y memoria institucional y desplegaron un ingente trabajo al servicio del país.

La apasionante lectura del “Gernika a Nueva York pasando por Berlín”, en la que el Lehendakari Aguirre narra su largo y complejo periplo, superando las siempre inciertas y penosas situaciones enfrentadas, que releo con frecuencia, reviviendo mi admiración por aquella generación que sirvió al país con una entrega singular, no hace sino valorar, cada día más, si cabe, la importancia de una clase política, al servicio del país, comprometida con necesarias soluciones para un mundo complejo en todo tipo de circunstancias externas y extremas. Legitimidad y reconocimiento que encontró el apoyo y acompañamiento, así como impulso comprometido, de la sociedad a la que representaba y servía.

En estos días, el 7 de octubre, el BOPV recogía el cese del “Estado de emergencia sanitaria”. Circunstancias muy diferentes a las comentadas, si bien desconocidas por nuestras nuevas generaciones. Tiempos en los que se habla con excesiva frecuencia de “los años robados” por las restricciones establecidas, de la “depresión colectiva” que padecemos por esta situación difícil, o la necesidad imperiosa de “recuperar la normalidad y disfrutar de una libertad ilimitada…”

Terminamos este duro tiempo pandémico con la aterradora realidad de 4.700 personas fallecidas, a la vez que con un elevadísimo número (más del 99%) de recuperados lo que no deja de poner en valor el sistema sociosanitario, y de dirección institucional, así como riqueza de activos comunitarios existentes. Tenemos, también, un larguísimo número de quienes, contagiados, sufrieron y superaron la pandemia, pero vivirán, previsiblemente, un post COVID prolongado con no del todo conocidas consecuencias. La pandemia ha dado lugar a situaciones de crisis, desempleo, pérdidas económicas y empobrecimiento relativo generalizado, sin duda, si bien, mínimamente paliado por la implantación de ERTES, múltiples medidas para la recuperación de la actividad económica, el apoyo a los más vulnerables y desfavorecidos y un relevante apoyo a las personas afectadas. Hoy, afortunadamente, si, como resulta inevitable, no hemos recuperado la totalidad del punto de partida, ni hemos podido mitigar la totalidad de sus consecuencias, estamos en una nueva etapa para retomar un optimismo constructivo.

Si bien parecería que el estado de vigilancia sanitaria es sinónimo de final y superación definitiva, conviene que seamos capaces de asumir que esto no es así, que conviviremos con una epidemia con altibajos y que hemos de estar más que atentos ante variantes del virus, episodios desconocidos por venir y, desgraciadamente, consecuencias económicas y sociales sobrevenidas. Sin duda, de la misma forma que, en otros momentos, nuestra sociedad ha sabido responder, solidariamente, de forma resiliente, sabremos hacerlo, también, ante estas nuevas exigencias.

Para muchos, parecería el final de una pesadilla, para otros muchos a lo largo del mundo no es sino una “declaración oficial”, parcial, localizada en determinadas geografías y alejada de la realidad que demasiada gente aún padece. Hoy, la mayoría de la población mundial continua muy lejos de la necesaria inmunidad, aquejable por nuevas variantes, ajena a la certeza de la vacunación y padeciendo condiciones socioeconómicas y patológicas preexistentes que le sitúan muy distantes de un acceso real a la salud, COVID, pre-COVID y post COVID.

En esta nueva etapa, con casi dos años de “cambio de vida”, decenas de miles de notas informativas, publicaciones, etc., llamando a profundos cambios post COVID que llevarían a acometer o acelerar enormes transformaciones en el modelo económico y en las diferentes industrias y empleo, y, por supuesto, en la financiación y reconfiguración de nuestro estado de bienestar, hemos de afrontar nuevas cuestiones aplazadas o pendientes. Se anunciaba un mundo nuevo. ¿Será?

Queda, como asignatura pendiente, la revisión a fondo del aprendizaje y lecciones observadas. Son demasiadas las dudas y preguntas que tenemos sin responder. No sabemos en dónde ha residido el “valor verdadero de los expertos” en las medidas acompañantes a la emergencia, más allá del éxito en el ámbito de las vacunas. ¿Cuál es la clave real del diferente comportamiento de la infección en uno u otro país? ¿Por qué han enfermado algunos y no otros siguiendo idénticos cuidados y prevenciones más allá de su estado y coordinaciones previas de salud? ¿De dónde ha salido tanto experto atiborrando tertulias televisivas?, ¿Confinamiento, inmunidad de rebaño, reducción, mitigación, supresión? ¿Escolarización, empleabilidad…? ¿Nuevas medidas de resiliencia industrial? ¿Cadenas de suministros y valor, locales, regionales, globales? Todo amplio catálogo de incógnitas y líneas de estudio y trabajo.

Lo que sí sabemos es del esfuerzo solidario y profesional de muchísima gente, de todo tipo de esfuerzos y medidas al servicio de solucionar los problemas asociados, de salvar vidas y de recuperar una economía. Cuando no se tiene trabajo, sé padecen todo tipo de limitaciones y penurias, no hay separación salud-economía. Diferentes ritmos, diferentes necesidades temporales, Ambas inseparables.

En todo caso, es momento de repensar, en profundidad, los cambios o señales relevantes que pueden modificar nuestras condiciones de vida y proyectos profesionales. Cuidado con improvisaciones simplista como las escuchadas esta semana en relación con la vuelta al trabajo no presencial y sus “inigualables bondades”. Un reciente informe sobre la geolocalización del empleo y sus estimaciones a futuro (“Future maps: Youth Cluster for talent movement”. – Clúster de la Juventud para el movimiento del talento), sugiere el hecho de que “si puedes trabajar desde cualquier lugar, otro, en cualquier lugar del mundo, puede sustituirte en tu trabajo”. Un aviso importante para quienes, pretenden exceder el alcance del teletrabajo y la “nueva comodidad a distancia”.

Un nuevo tiempo. Nuevos modelos de dirección y gestión empresarial y de gobernanza: ¿Volverán los viejos Comités burocratizados para toma de decisiones en el interior de las empresas? ¿Se implementarán las medidas flexibles y ágiles que han impregnado los procesos de dirección? ¿El ámbito político retomará el espacio de cogobernanza o, por el contrario, asumirá la recentralización practicada con un pseudo modelo participativo? ¿Se intentará repensar el ocio de alcohol, botellón y nocturnidad que hemos concluido que nos aleja de un futuro deseable? ¿Se repensarán los sistemas de salud, completos, atendiendo a los verdaderos cambios que se requieren o nos limitaremos a aumentar plantillas clásicas y tradicionales sin analizar el nuevo mundo de la salud en curso?

Mientras se vaya retomando este tipo de reflexión y debate, surgirá con fuerza la tentación a terminar con el “todo lo que se necesario” y la fuerza del control del déficit público, del elevado endeudamiento, y las políticas expansionistas limitadas ocuparán nuevas prioridades. Asistiremos, de inmediato, a nuevas proyecciones que darán mayor impacto y retraso a la recuperación tanto por la crisis de las cadenas de suministro, por los picos debidos a nuevas variantes en algunas regiones del mundo, ralentización de medidas subvencionadoras, de endeudamiento, etc. ¿Se aplicarán los Fondos europeos a la verdadera transformación exigible o se usarán en un goteo y parcheo constante, en continuismo paralizante?

Será también el momento de culpabilizar a líderes y autoridades. Como bien explica Ferguson, “los principales desastres se deben a errores, negligencias o inhibiciones de la burocracia existente, de los sistemas y procedimientos de las tomas de decisiones y de las personas, aguas abajo, que han de implementar las líneas y decisiones generales tomadas”. Mientras no asumamos la corresponsabilidad, en diferente medida, de todos y cada uno de nosotros, no tomaremos las decisiones adecuadas. Desgraciadamente, parecería que es tiempo de “buenísimo”. Sociedades solidarias, comportamientos heroicos, sufrimiento colectivo, pérdida de espacio natural de socialización… grandes sacrificios… ¿Y ahora que evitarían la búsqueda de nuevos rumbos a errores observados? (Niall Ferguson, afanado historiador, profesor y generador de opinión, publica su último libro, “Desastre”, coincidiendo con esta transición de la pandemia del SARS-CoV-2 a la enfermedad endémica que habrá de sucederle).

Y así, paso a paso, hasta la próxima pandemia o catástrofe. Volveremos entonces a lamentar que “otros no tomaron las medidas que deberían haber tomado” y concluiríamos con Ferguson en la noción histórica de su “Desastre”.

Como casi siempre, el resultado final está en nuestras manos. ¿Haremos un esfuerzo en aprender y mejorar a futuro? Bienvenida la nueva estación de vigilancia sanitaria y confiemos en un adiós a la alarma y pandemia vivida. Esta tregua (que confiamos se prolongue de manera indefinida hasta su final feliz) debería llevarnos a generar una sociedad, verdaderamente resiliente, preparada, lo mejor posible, para responder -mejorando- ante cualquier emergencia, catástrofe, acontecimiento incierto.

Si hoy podemos recordar con emoción y reconocimiento constructivo el compromiso y logros de un primer gobierno, y una sociedad, que nos han facilitado llegar hasta aquí, hagamos que la etapa que nos corresponde transitar a los demás, ofrezca réditos al servicio de todos. A cada uno nos toca responder en el eslabón del que formamos parte y a medida de nuestras responsabilidades.

Circunstancias complejas, claramente distintas.

Recordemos, positivamente, el 7 de octubre.

Encuentros en Nueva York. Líderes y desafíos en la ONU

(Artículo publicado el 26 de Septiembre)

La Asamblea anual de la Organización de Naciones Unidas (O.N.U.) se celebra estos días en su sede en Nueva York, bajo la presidencia rotatoria del ministro de relaciones exteriores de la República de Maldivas, Abdulla Shahid. El tema elegido para orientar los debates y presentaciones de este 76º periodo de sesiones es: “Crear resiliencia a través de la esperanza para recuperarse de la COVID-19, reconstruir la sostenibilidad, responder a las necesidades del planeta, respetar los derechos de las personas y revitalizar las Naciones Unidas”.

Con más de 4,5 millones de fallecidos por la pandemia de la COVID-19 (que ya supera con creces a las pérdidas humanas de la pandemia de la fiebre española de 1918), y con una cuestionada actuación y autoridad de la OMS, en pleno debate sobre la solidaridad entre naciones con una desigual distribución de vacunas disponibles (3/4 partes distribuidas entre diez países), agravado por las condiciones socio-económicas preexistentes condicionantes de la salud ,y a las puertas de una más que aparente salida y recuperación económica (generalizada pero, a la vez desigual) que promete acelerar la recuperación inicialmente cuestionada tras el gran declive y shock sufrido, además de los recientes acontecimientos de Afganistán, con la fracasada intervención de la coalición de estados occidentales seguidistas de las decisiones (no explícitas en su momento) de los Estados Unidos y la OTAN, el conflicto reciente tras el acuerdo de defensa y comercio entre Australia, Estados Unidos y Reino Unido, dejando a China y Francia fuera de posiciones anteriores y un multimillonario contrato con Francia, la Asamblea General afronta una agenda variada y compleja, en la confianza de facilitar acuerdos (o líneas de entendimiento general) entre sus miembros. Sin duda, mucho contenido y retos tras un título aglutinador.

Como aperitivo, hace tan solo unos días, su secretario general, el portugués António Guterres, presentaba un informe solicitado por los Estados Miembro en su sesión previa, el año pasado, con ocasión del 75 aniversario de su creación: “Declaración y propuestas de actuación movilizando recursos para anticipar el futuro”. A este informe-debate se acompañan documentos parciales que centran el análisis del momento actual de la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, posicionamiento ante racismo, discriminación y el reposicionamiento de la igualdad y la equidad en el centro de las agendas mundiales y nacionales, una Cumbre sobre Sistemas Alimentarios, Clima y Seguridad y mitigación de riesgos y conflictos, transformación energética sostenible (y su principal impacto, cambio climático y pobreza), sobre el que Boris Johnson ya ha anticipado las líneas maestras de la futura Cumbre a celebrar en los próximos meses. Adicionalmente, todo tipo de encuentros paralelos, reuniones bilaterales entre diferentes mandatarios y representantes (y, por supuesto, entre evento y evento, el caos del tráfico en el centro de Manhattan, ruido de sirenas y corte de calles abarrotadas de la especial e intensa seguridad que se concentra año tras año, entre abarrotados comercios, hoteles y restaurantes saturados por las amplias delegaciones internacionales).

Más allá de los avances que puedan darse tanto en la propia Asamblea, como en el permanente trabajo asociado, el informe citado supone una interesante visión y recomendaciones a tener en cuenta. No cabe duda de que si se pretende aprender de la COVID-19, revitalizar la propia ONU y recuperar la necesaria confianza y adhesión de los ciudadanos (y de sus representantes y gobiernos) en instituciones mundiales como la ONU, resulta imprescindible un nuevo y largo camino de transformación, incómodo y complejo, comprometido con los problemas de hoy, las necesidades y desafíos futuros, asumiendo compromisos extraordinarios.

En esta línea, cabe llamar la atención sobre algunas prioridades en las que el informe centra su diagnóstico y recomendaciones, conscientes de las barreras a una verdadera resiliencia o acomodo del establishment, que pudieran llevar a muchos a desalentar el trabajo necesario en la transformación del modelo al uso. Las Naciones Unidas, habrían de jugar un verdadero papel de liderazgo activo, para lo que se reclama su aprobación por los Estados Miembro. Un informe de reflexión y recomendaciones para afrontar el futuro, movilizando recursos y compromisos para los próximos 25 años, desde un proyecto y complicidad compartidos, conscientes de la grave situación del momento.

El citado informe asegura que ha llegado el momento en el que, “pese a quienes creen que la pandemia de la COVID ha sido un invento de ciencia ficción y que el mundo seguirá igual tras el shock inmediato”, en el diagnóstico de Naciones Unidas y sus más de 1,5 millones de entrevistas y encuestas al respecto, observan, preocupados, lo que está por venir y entienden imprescindible un serio golpe de timón. A la excesiva penalización que la COVID-19 ha infringido en nuestras sociedades, al número de fallecimientos provocados, al empobrecimiento generalizado sobrevenido y a los inevitables cambios que se avecinan en el mundo de la salud, de la coopetencia, de la manufactura y sus diferentes cadenas de valor, a la co y multi gobernanza, a la financiación de Estados y a la necesidad inaplazable de repensar los verdaderos servicios públicos en los que habríamos de focalizarnos, el rol colaborativo del mundo empresarial, la esencial renovación educativa, la reconsideración del empleo y las tecnologías y el, ya definitivamente instalado cambio climático y voluntad de “salvar el planeta”, añade también, la necesidad de repensar la propia ONU, y los diferentes instrumentos de gobierno requeridos para transitar a un mundo diferente, inclusivo. Propone ir más allá de los genéricos ODS (Objetivos de desarrollo sostenible), si bien entiende que mantienen su fuerza conductora omnicomprensiva pese a su escaso compromiso real de ejecución, preocuparse por su creación país a país, región a región y entender las diferencias entre países y Estados según su tamaño y peso real en la toma de decisiones y, por supuesto, abordar el sacro santo mantra del PIB como indicador, objetivo, motor y explicación de todo, para dar paso a nuevos indicadores de desarrollo y progreso social e inclusividad. Las muchas líneas rojas (y las líneas de esperanza y solución que bosqueja), han de aportarnos fuentes de apoyo en nuestros diversos caminos de cambio por recorrer.

El Informe-Propuesta del secretario general, resume las propuestas clave para cumplir los compromisos que entiende deberían ser asumidos por los Estados Miembro. Merece la pena repasar sus principales cambios significativos respecto de la situación actual ya que, si bien, pudieran no ser aprobados finalmente, o bien su carácter global, no necesariamente ha de causar un impacto directo en cada uno de nosotros o nuestra capacidad de actuación al respecto, pudiera no ser de especial relevancia, de una u otra forma, habrá de condicionarnos. En todo caso, se trata de elementos clave a considerar. Entre ellos destacan:

  • Una nueva era de la protección social universal (atención sanitaria, servicios sociales básicos, vivienda accesible, alfabetización y acceso digital, internet como derecho humano, empleo digno) que habría de redirigir posiciones y políticas en todos los niveles institucionales, en los agentes económicos, sociales, en la actitud de las personas y sociedades, en el marco de un auténtico proceso colaborativo.

 

 

  • Un “nuevo contrato social”, a partir de la garantía de un ingreso básico para todas las personas desprotegidas. (Hoy, 4.000 millones de personas en el mundo) Con una clara carta de obligaciones y derechos en el marco de una corresponsabilidad solidaria.

 

 

  • Proteger el Planeta, exigiendo los compromisos de París (temperatura, descarbonización, incorporar criterios medio ambientales en modelos económicos y medidas anti-catástrofes), con calendarios realistas de logro, identificación de sus consecuencias temporales, distribución de costes y beneficios en su tránsito (ya previsto, pero escasamente explicado o asumido).

 

 

  • Reducción de riesgos estratégicos para la paz y seguridad, previniendo conflictos y generando sistemas de resolución, pacífica, de los mismos.

 

 

  • Identidad jurídica universal, impedir y castigar la corrupción del Estado de Derecho y promover la aplicación generalizada del derecho internacional.

 

 

  • Derogar toda legislación que entrañe discriminación, de género y de cualquier tipo.

 

 

  • Promover actividades inclusivas para “jerarquías futuras”, fomentando la orientación y confianza en autoridades e instituciones, favoreciendo estructuras de integridad financiera y lucha contra flujos ilícitos. Asegurar pensamientos y proyectos a largo plazo, su financiación, compromiso y continuidad hasta el logro final de sus objetivos.

 

 

  • Favorecer nuevos modelos de negocio, de empresas y Estados, y un verdadero sistema multilateral del comercio, subsanando las diferencias de la arquitectura de la deuda.

 

 

  • Impulsar alianzas público-privadas, así como la interacción sistémica con/entre Parlamentos y Gobiernos estatales, subnacionales y locales, e incorporarlos a renovadas instituciones, procesos internacionales en la toma de decisiones y su verdadera capacidad de decisión y ejecución.

 

 

  • Plataformas de emergencias preventivas y de actuación para responder a riesgos globales, “mutualizando” riesgos y medidas de actuación.

 

 

  • Transformación radical del sistema interno de gobernanza de la propia ONU y la totalidad de organismos que la componen, aprovechando los tiempos actuales, y actuando en la propia OMS.

 

 

  • Impulso de alianzas, modelos y procesos colaborativos.

 

 

  • Llamar, de inmediato, a Cumbres del Futuro, de la Educación, de la Digitalización y de los movimientos migratorios, integrando la totalidad de líneas de cambio contempladas en el análisis-diagnóstico previo.

 

En definitiva, parecería una nueva Agenda a tener en cuenta para promover un inevitable proceso de adecuación del, hasta hoy, máximo espacio de encuentro entre jugadores mundiales, a los nuevos tiempos, demandas económicas, sociales, políticas, institucionales y de gobernanza dominantes. (Y para quienes podamos no estar afectos a la ONU y sus decisiones, no nos vendrá mal revisarlas y tenerlas en cuenta en la modesta medida en que nos impactan.)

Un paso sí, hacia la resiliencia esperanzados en la recuperación sostenible e inclusiva al servicio de personas y pueblos.