Diáspora Vasca, desde Donibane Garazi al mundo

(Artículo publicado el 11 de Septiembre)

Este pasado día 8 de septiembre, los vascos hemos celebrado el día universal de la Diáspora Vasca, conmemorada, en esta ocasión, a través de un encuentro institucional que unía al Gobierno Vasco, a la Comunidad de Iparralde y representaciones del resto de instituciones y organismos representativos de nuestra voluntad democrático-institucional, en el embrión de Euskadi y corazón de Europa, en la antigua capital Navarra, Donibane Garazi, así como al universo de diferentes colectividades vascas en el exterior. Entidades que, a través del Consejo Asesor de las Colectividades vascas del exterior, decidieron, en su día, celebrar este día de reconocimiento, impulso y puesta en valor de la correspondiente iniciativa.

Como la de otros muchos pueblos, nuestra diáspora supera a la población total en nuestro espacio físico o territorio, a las configuraciones geopolítico-administrativas “temporales” y a los migrantes “propios” no reunidos en torno a las comunidades institucionalizadas. Nuestra rica historia, ya sea por diferentes condicionantes sociales, económicos o políticos, ha generado, a lo largo del tiempo, amplias y diversas olas migratorias hacia el exterior, íntimamente orgullosas de su origen y cultura, están especialmente comprometidos con el país, solidarias con otras olas migratorias que se incorporan, paso a paso, a sus nuevas comunidades, en un principio, de acogida y, finalmente, propias, en esa doble pertenencia que la diáspora genera. Dos naciones un destino.

Hoy, cuando las prospecciones demográficas conceden un muy relevante papel a las diásporas mundiales (atendiendo a cifras oficiales de Naciones Unidas en torno a 300 millones de migrantes internacionales o ciudadanos de países distintos a aquel en el que nacieron, concentrándose más de 85 millones en Europa y 51 millones en los Estados Unidos de América, el top 10 con el 30% del total entre 10 países) y anuncian nuevas olas migratorias, por lo general, consecuencia de impactos negativos asociados a cambio climático, epidemias, conflictos, catástrofes o a la “competencia” por el talento y el empleo, cobra un mayor interés la presencia y fortaleza de las diásporas. Se destacan los “beneficios” que aportan, tanto tangibles, como intangibles, más allá de su impacto económico, cultural y demográfico, reconfigurando la personalidad y carácter de las poblaciones de llegada, así como de ellas mismas y, por supuesto, también, del pueblo y comunidades originarias.

Sin esperar nada a cambio de su país y pueblos originario, ni mucho menos de sus instituciones (las más de las veces inexistentes o debilitadas en los momentos que provocaron o padecieron la salida al exterior), nuestra diáspora (como otras muchas), tejió un compromiso e identidades indisolubles con el país, más allá de situaciones temporales, convirtiéndose en el representante colectivo y cualificado, emergente, del país y su gente. Más tarde, a medida que la situación lo posibilitaba, se abrieron pasos para la institucionalización de una relación normalizada, de reconocimiento, agradecimiento, impulso, colaboración y participación hacia una simbiosis que habría de ser plena, aumentando y solidificando un compromiso, representación y solidaridad permanente. Con el tiempo, y cuando las circunstancias lo permitieron, el Parlamento Vasco aprobó la Ley 8/1994 del 27 de mayo, con la motivación doble de una institucionalización de los entes asociativos en torno a lo que se han venido relacionando a lo largo del tiempo, así como de la interacción (y acompañamiento o atención, en su caso) con las demandas sociales, económicas, políticas, culturales requeridas. Dicha Ley, supuso, también, y de manera muy especial, una idea de reparación de las consecuencias humanas y materiales que siguieron las situaciones de conflicto, emigración forzosa y, sobre todo, exilio obligado, tal y como lo recoge su propia exposición de motivos.

Hoy más que nunca, las características propias de la internacionalización abren -o refuerzan- nuevos cauces e intensidades en la consideración y mirada a la diáspora y, en consecuencia, la necesaria actualización y orientación de nuevas políticas e iniciativas para su impulso, contando de manera real y activa con su decidida participación. Asistimos a un nuevo espacio caracterizado por previsibles olas migratorias que exigirán políticas activas, actuación positiva, ordenada y de máxima acogida e inclusividad, apoyo-respeto-participación, en favor mutuo (población migrante-comunidad origen), además de responsabilidad social, máxima protección de los derechos de la gente y nuevas oportunidades a futuro. Nuevos impulsos transformables en oportunidad social y económica, más allá de reconocimiento a las demandas preexistentes, que como ciudadanos vascos les corresponde y, más allá de la complejidad político-administrativa, que dificulte su aplicación extensiva.

Estas olas migratorias, indistintas, deben enmarcar un espacio especial propio. La diáspora vasca, en nuestro caso, por encima de situaciones coyunturales, geopolíticas, administrativas, de “legalidad” que confiera el carácter nacional, ciudadano, residente… de las personas en países concretos y de la “condición política de vasco” que pudiera atribuirse o reconocerse, han de incorporar a todo miembro de la diáspora, en cualquier momento, circunstancia histórica, o situación de hecho, como sujeto integrante e indisociable, de pleno derecho, del país origen (Euskadi).

La diáspora vasca, además de su percepción voluntaria de identidad, imagen, compromiso permanente, de pleno sentido de pertenencia, ha jugado, juega y jugará un papel relevante en nuestro futuro. Por convicción, sin duda, por interés mutuo, también. Piedra angular para la imprescindible creación de espacios colaborativos en lo económico, político, social y la imprescindible cooperación activa al desarrollo y generación-atracción de talento, en un claro enriquecimiento “bidireccional”.

Nuestra diáspora en particular es una pieza natural e indistinguible del propio pueblo vasco, contribuyente irremplazable en el desarrollo del país, configurando una propuesta única de valor, enriqueciendo múltiples “mecanismos” clave, generando nuestra propia unidad de acción a lo largo del mundo.

Una visión estratégica ha de conferirle un rol determinante en nuestra apuesta de futuro y reinvención permanente, imprescindible, sumando representación bidireccional en todos aquellos flujos de talento, capital humano, recursos (económicos, financieros) entre familias, comunidades, organizaciones de todo tipo. Nuestra diáspora facilita el acceso (y confianza) a/en la inversión, aporta transferencias de capital humano en todo tipo de iniciativas (culturales, sociales, económicas, políticas), es fuente real de emprendimiento (aquí y allí), de turismo, de enriquecimiento e intercambio cultural. Una insustituible fuente de confianza, conocimiento y visibilidad en el exterior más allá de un “lobby inteligente» por crear desde aquí. Refuerza y potencia sistemas educativos, ecosistemas políticos y referencias académicas. En definitiva, parte esencial de una diplomacia inteligente real y activa.

Hoy, sin duda, la primera y próxima mirada pasa por la cultura, por la lengua, por el recuerdo y la añoranza familiar y personal, por el recuerdo a las circunstancias en que se ha vivido, por el recorrido caprichoso a lo largo del mundo en el que hemos encontrado un abrazo amigo y desprendido… Pero, mucho más allá de este valioso referente, nos corresponde pensar, también, en lo mucho que podemos y debemos de hacer con la suerte y privilegio de contar con amigos aliados a lo largo del mundo. Puertas abiertas para nuevos espacios de futuro.

En definitiva, un día para celebrar y honrar todos los días del año. Mucho más que merecido reconocimiento y compromiso, una apuesta de futuro.

Este 8 de septiembre nos hemos unido, sin duda, a nuestra inmensa diáspora, compartiendo sueños, solidaridad, reconocimiento y, esperemos, futuro.

Un esperanzado despertar…

(Artículo publicado el 28 de Agosto)

El marco festivo que inunda nuestros pueblos y que, al parecer de manera especial este año, redobla su entusiasmo como una necesidad absoluta y prioritaria, compensatoria de dos años de pandemia restrictiva, posibilita el reencuentro distendido y físico con mucha gente de la que estábamos un tanto alejados. Así, hemos tenido la oportunidad de intercambiar mucho más que mensajes limitados al formato de las redes sociales, video conferencias o similares.

En esta ocasión, son muchos los problemas y preocupaciones que nos acompañan en cualquier conversación, por mucho ambiente exclusivamente festivo que queramos mantener: los amigos y familiares ausentes, la juventud que ha optado por iniciar su vida profesional fuera de nuestro país, la invasión rusa y sus consecuencias en nuestra vida diaria, la inflación, las expectativas de un “otoño ardiente”, el cambio climático, el empleo… y, como no podría ser de otra manera, “el gobierno”. En este contexto, no resultaba ajeno, en mi caso, alguna referencia a mi último libro (Bizkaia 2050: Bilbao-Bizkaia- Basque Country) y lo que muchos amigos que lo han leído (ó hecho el amable esfuerzo de hojearlo) me transmiten, considerando se trata de una visión demasiado optimista y poco consciente de nuestra sociedad actual, entendiendo se aleja de la actitud, voluntad y disposición a afrontar los desafíos que tenemos por delante. Trato de convencerles que lean el libro en su totalidad, y que vean no se trata de un ejercicio teórico de jugar con diferentes escenarios con mayor o menor probabilidad de logro, sino de apostar por una sociedad y país deseados, en el que me gustaría que pudieran vivir las próximas generaciones, de modo que quienes se encuentren en aquella sociedad del 2050, tengan la satisfacción de saber que su proyecto vital y su proyecto profesional se ven realizados en y desde este espacio geográfico, geopolítico, geoeconómico, social de bienestar, que será diferente al actual, consecuencia de la decisión democrática que haya permitido que la voluntad de los ciudadanos opte por dotarse de la articulación institucional, política, social, económica que realmente acompañe sus sueños. Dicha sociedad deseada no será un paraíso que nos llegue del cielo, sino fruto de todo aquello que seamos capaces de construir desde este momento hasta el año 2050. Será nuestra responsabilidad, nuestro compromiso, nuestra voluntad y esfuerzo colaborativo el conseguirlo. Un proceso complejo y tremendamente exigente el conseguirlo.

En coincidencia con estos comentarios y reflexiones, llega a mis manos la última publicación del prestigioso analista Ian Bremmer, considerado uno de los oráculos influyentes de actualidad. En “El poder de la Crisis – Power of Crisis”, se plantea el impacto de tres grandes amenazas de carácter global, y, sobre todo, la forma en que respondamos a todas y cada una de ellas, cambiarán el mundo. Bremer parte de la constatación de una gran preocupación que recorre el mudo, desde una insatisfacción y preocupación generalizada, ante la cantidad de conflictos domésticos e internacionales cuyas consecuencias vivimos de una manera directa o indirecta. Centra su potencial concentración en los Estados Unidos de América que describe como un país paralizado por su división interna, desacoplado en término de relación con China, abordando una nueva versión de guerra fría (sin despreciar el espacio ruso-ucraniano y sus consecuencias), encerrándonos en la ausencia de liderazgo y respuesta a los desafíos del futuro. Destaca la incapacidad de trabajo conjunto o colaborativo entre los diferentes agentes que tienen o tendrían en sus manos afrontar la transformación y soluciones requeridas. Analiza tres grandes amenazas que simplificarían aquello que de verdad habría de preocuparnos en los próximos años: Una más que previsible sucesión de emergencias globales en materia de salud, las enormes transformaciones que habremos de vivir como consecuencia del cambio climático (muchas de las cuales hemos visto ya este año como el incremento de temperaturas, incendios) y el enorme recorrido que  hemos de emprender, y el tercero, más grave aún que las anteriores, no del todo percibido por muchos, la revolución de la inteligencia artificial, convergencia de tecnologías exponenciales en uso. Entiende que vivimos un mundo lleno de peligrosos desafíos presentes y perceptibles, con una cada vez mayor sensación de fragilidad, enorme desencuentro con gobernantes y dirigentes, modelos y potenciales soluciones, y un más que relativo temor al futuro. Adicionalmente, la convergencia de problemas, dificultades y sus consecuencias, parecería llevarnos a una actitud derrotista y negativista respecto del futuro esperado. Sin embargo, confiere un carácter absolutamente optimista a su trabajo. Nos habla de la esperanza de saber, que, a lo largo del mundo, líderes políticos, empresariales, sociales y ciudadanos colaboran de manera activa a la búsqueda y aplicación de soluciones a dichos desafíos. Se pregunta, sin embargo, si su trabajo llegará a tiempo en términos de resultados y si, sobre todo, estamos preparados como sociedad e individuos para responsabilizarnos del esfuerzo y compromiso que supone Y, sobre todo, ¿trabajaremos pensando en el bien común y futuro de los demás?, o, por contras, ¿Emprenderemos el camino de la “gran deserción”, añado yo, abandonando el intento y nos ocuparemos de nosotros mismos en exclusiva?

Esto mismo es lo que hemos de preguntarnos todos, uno a uno, desde nuestros puestos de responsabilidad, desde nuestros diferentes roles personales en las diferentes sociedades de las que formamos parte, ante nuestras apuestas o sueños de futuro. La sociedad del futuro que soñamos exigirá de un intenso compromiso individual y colectivo. ¿Estamos preparados y comprometidos para asumir la responsabilidad de su logro?

El optimismo esperanzado de Bremmer lo basa en un amplio repaso a los últimos 100 años identificando diferentes respuestas que la humanidad ha construido e implementado, con diferentes  planteamientos políticas y estrategias que se han seguido a lo largo de la historia, a los múltiples proyectos colaborativos existentes a lo largo del mundo,  las propuestas que se han instrumentado y que ha sido capaz de hacer disponibles la humanidad, a la innovación permanente y radical experimentada, a la actitud,  comportamiento y el compromiso en momentos de crisis…

Analizar y plantear los cambios que debemos afrontar es precisamente esta esperanza y confianza en las personas, en la sociedad, la que nos lleva a enfrentar y superar los muchos desafíos por venir. Debemos ser conscientes que el mundo de hoy es infinitamente mejor que lo era hace 100 años, son mayores las oportunidades que nos ofrece y existen grandes espacios de desarrollo y futuro. No se trata de soñar de manera irresponsable o irracional en un futuro cualquiera. Se trata de ser conscientes de las dificultades existentes, mitigar sus riesgos, y asumir los para convertir las dificultades en oportunidades. El líder, dirigente, gobernante no es ignorante de los conflictos y las consecuencias que parecen provocar entre los diferentes temas cada decisión que toma, sabe perfectamente que se ha de enfrentar, a la vez, a las implicaciones en el corto plazo en una renovación de la confianza y del poder que le posibilite transformar y seguir avanzando. Pero, por encima de todo, el líder soñador, el líder que gobierna, el líder que dirige y el líder que debemos llevar todos dentro de nosotros mismos en nuestro entorno próximo, es claramente responsable de ese mundo que tiene que vivir y sabe que la cantidad de oportunidades y el espacio de futuro que habremos de reconfigurar es exigente, pero a la vez posible.

Hoy cuando escribo este artículo se cumplen 31 años del inicio de un sueño en Ucrania. Nuevamente, y son varias veces a lo largo de su historia, Ucrania celebra su apuesta por su independencia. Diferentes circunstancias, diferentes oportunidades le llevaron a apostar por un camino propio fuera de la ex Unión Soviética, iniciando un recorrido de esperanza, creyendo en una libertad con nuevos compañeros de viaje, soñando su integración en una Europa que parecía ofrecerle unas oportunidades de futuro, si bien consciente del enorme recorrido que tenía por delante. Este año, su celebración es poco festiva, invadida por Rusia antiguo protector, con trece millones de compatriotas desplazados, con miles de muertos caídos en tan solo seis  meses, con un futuro incierto, inmersa en  los peligros y temores de qué, día a día, el impacto y las consecuencias de esta guerra que ellos son los primeros en sufrir, pueda llevar a un cambio de actitud y decisión de aquellos que les han empujado a mantener una determinada apuesta por este camino de sacrificio, de esfuerzo, de trabajo, para conseguir un futuro mejor.

Hace unos días, en un artículo anterior escribía en esta columna, como mucha gente trabaja en superar y ganar la guerra, pensando, a la vez, en recuperar los territorios perdidos, en la doble victoria de la guerra y de la paz, y no solamente está en lo inmediato, extremadamente doloroso y exigente, sí no en todo aquello que vendrá después, la reconstrucción la superación de la paz la integración dentro de un nuevo espacio geopolítico diferente al actual.

A lo largo del mundo, todos, también nosotros, enfrentamos la necesidad exigente de la búsqueda de nuevas soluciones y nuevas apuestas (en muchísimo menor escala a la señalada), necesitados de conformar nuevos espacios geopolíticos, articular nuevos modelos de gobernanza, nuevos espacios empresariales en una reinventada economía y estado social de bienestar y comprender el nuevo rol que han de jugar o hemos de jugar todos los ACTORES DEL CAMBIO.

Sin duda, un largo y esperanzado despertar.

… ¡Y entonces se eligió ir a la Luna!

(Artículo publicado el 14 de Agosto)

La RICE University en Houston y la NASA conmemorarán en los próximos días el 66 aniversario del discurso del presidente John Fitzgerald Kennedy a los estadounidenses (“We choose to go to the Moon” – “Elegimos ir a la luna”). Sin duda el mensaje y sueño aspiracional del presidente Kennedy representa uno de los mejores ejemplos (llevados a la práctica) de un sueño retador capaz de redireccionar recursos, talento, procesos colaborativos, ilusión y sentido compartible hacia un objetivo convergente con el propósito, no ya de superar una crisis profunda como la que vivían en aquellos momentos, sino de provocar un cambio radical movilizando recursos, actitudes y mentalidades hacia un escenario inesperado, ambicioso y para muchos inalcanzable. Esta apuesta política refleja el llamado “Moon shot Thinking” que convoca al talento y a las sociedades en su conjunto, teje procesos de transformación desde la innovación disruptiva entendiendo la complejidad del momento y sugiere la inevitable anticipación a potenciales soluciones, animando a una mentalidad emprendedora posibilista y de esperanza motivadora para emprender un apasionante compromiso pensando en un futuro mejor.

Hoy, cuando vivimos un mundo sumido en la incertidumbre que lleva a una elevada melancolía y desánimo colectivos, plagada de elevadas cotas de ansiedad en un angustioso encuentro con la duda y visiones pesimistas, conviene destacar las apuestas de jugadores lideres y actores clave qué, a lo largo del mundo, desde sus diferentes posiciones de responsabilidad de todo orden han soñado un mundo mejor y se han esforzado e implicado en lograrlo. Auténticos generadores de la riqueza al servicio del interés general. Gota a gota, paso a paso al servicio y beneficio de las personas y países.

No hace 66 años, pero sí 25, tuve la oportunidad de reunirme con el profesor William F Miller en su despacho de la Universidad de Stanford en el corazón de Silicón Valley. El profesor Miller, Hubert Emeritus professor, considerado por la literatura como uno de los padres de este singular Valle, “Ministro de Relaciones Exteriores” del mismo, otrora ya entonces presidente del programa de la industria de las computadoras en Stanford y presidente del afamado SRI-Stanford Research Institute, utilizó como eje conductor de nuestra conversación el pensamiento del “Moon Shot”. Simplificaba las claves para convertir sueños esenciales en resultados de éxito. Nada extraño que no se conozca o entienda cuando se ha logrado conseguirlo, y, sin embargo, tan incomprensibles cuando se inician aquellos viajes que demandarán esfuerzo solidario y cambios. Me insistía en la necesidad de líderes soñadores que vean más allá de lo que los demás creemos tener por delante, que entiendan qué hemos de inventar aquel futuro que nos gustaría que fuera vivible por próximas generaciones, dispuestos a prescindir del aplauso inmediato y cortoplacista y generen el espacio adecuado para incitar la concurrencia de actores capaces de trabajar juntos aportando, cada uno, su valor diferencial. De mis notas de aquella reunión recojo sus comentarios clave para crear un hábitat para el desarrollo de una comunidad innovadora de conocimiento, y alta tecnología orientada a resolver las demandas sociales. La importancia de crear y cultivar un clima favorable a la empresa   entendida como unidad generadora de riqueza y activo esencial de creatividad, riqueza y empleo. Cultura y hábitos que propicien una dinámica de colaboración público-privada con acento en gobiernos locales, regionales y próximos plenamente favorecedores del desarrollo propio y singular. Hábitat que exige talento, mano de obra de alto nivel, proyectos e instituciones de investigación e interacción real y permanente con la industria y la sociedad más próxima, con un compromiso sociedad-comunidad con alto nivel de vida y bienestar (salud, cultura, ocio y servicios sociales). Finalmente, una verdadera plaza financiera comprometida con el proyecto compartido de la sociedad a la que sirve en conexión con los principales jugadores a lo largo del mundo con elevada sintonía con el emprendimiento, la innovación y la alta tecnología. Concluía con la necesidad de conectar dicho hábitat generador de riqueza con un espacio de infraestructuras y conectividad mundial y un elevado desarrollo de la industria política y de gobierno, con  liderazgos capaces de provocar no un plan específico sino una sucesión e integración de proyectos de transformadores, integradores de universidades generadoras de impacto social, procesos y comunidades multinivel y multiobjetivo, desde la colaboración interdependiente a partir de una verdadera visión de país. Conceptos clave, recetas conocidas que compartimos hoy. Aceptados en la teoría general parecerían no resultar ni tan evidentes ni tan mayoritariamente discutibles. No obstante, su aplicación práctica demuestra sensación de ausencia o que no nos resistimos a seguir bien por una continuidad pasiva o por una exigencia elevada que de una u otra forma nos lleve a desistir ante las primeras dificultades, la aversión al cambio, o una cultura de la desafección ampliamente instalada.

Ayer, horas antes de escribir este artículo, tuve la oportunidad de asistir a una interesante sesión de mi amigo y colega Christian Ketels (uno de los más prestigiosos expertos en el mundo de la Competitividad), en el marco de la más que alabable y admirable iniciativa de la MIM Kyiv Kiev Business School en torno a la recuperación de Ucrania. Activa escuela miembro de nuestra red MOC-ISC de Harvard, insertos en plena invasión, concentrados fundamentalmente en salvar vidas, en defender y mantener su soberanía, bajo el reclamo: “Before and after the Victory”– “Antes y después de la victoria”, trabajan en recuperar su derecho a vivir en libertad y definir, democráticamente, su futuro. No esperan solamente ganar la guerra sino la paz y un futuro mejor para sus ciudadanos en conexión libre con Europa y el resto del mundo. En plena situación de emergencia, REINFORCE UA es un programa que desde diferentes lugares del mundo conecta a profesores, investigadores y empresarios, gobernantes financieros y docentes, donantes, para reflexionar desde el compromiso activo sobre un futuro para su país. Por supuesto, lo primero es terminar con la guerra, pero no se puede ni quiere esperar a ganar la paz y su futuro para empezar a construir un espacio propio. Ya en julio pasado, el “Encuentro de Lugano” revivió una nueva y especial conferencia para la reorientación y desarrollo estratégico de Ucrania que se venía celebrando con el esfuerzo colaborativo suizo-ucranio y participación de decenas de países y gobiernos varios años atrás. Cientos de experiencias, cientos de trabajos diagnóstico y líneas de actuación, interrumpidos por la invasión rusa, se retoman ahora no para volver a aquella agenda o diagnóstico previo, que también, sino para redefinir su proposición única de valor en un mundo que cambia día a día, en unos marcos y esquemas de relación intra y extra europeos necesariamente diferentes a los pre definidos hace tan solo meses, en un nuevo rol que habrá de jugar Ucrania en un sueño legítimo que ha de construir, identificando y/o recreando nuevas fortalezas diferenciales, con renovadas aspiraciones que su pueblo se proponga. El profesor Ketels repasó y destacó la importancia de la estrategia y el valor de una competitividad bien entendida, al servicio del bienestar de las personas, y el rol singular que corresponde a cada región, nación o espacio en que han de implantarse. Recordó las posiciones y fortalezas preguerra que ya habían sido planteadas con anterioridad, abordó el cambiante panorama esperable, la más que previsible y necesaria actuación y apoyo internacional (sobre todo de la Unión Europea y en especial de los países del este), pero sobre todo insistía en que si bien son muchos los nuevos marcos conceptuales, las herramientas y modelos de los que aprender, no hay recetas mágicas y copiar es un mal camino. La Unión Europea y otros ayudaremos, pero acceder a sus programas, recomendaciones, líneas y herramientas de apoyo, no marca la diferencia Pueden y deben contribuir a acelerar soluciones, se podrá acceder a sus programas y a sus iniciativas y fondos especiales, facilitará superar debilidades y urgencias inmediatas, pero eso no marcará la diferencia. En el mejor de los casos te pondrán en el mismo nivel que los demás, pero la verdadera estrategia en este caso de país exige una proposición única y diferenciada de valor, acorde con las fortalezas propias y la voluntad y propósito perseguible. Si bien es verdad que las crisis son también potenciales fuentes de oportunidad, su común denominador es un gran riesgo de declive y dificultades. Solamente el esfuerzo y voluntad explican el desarrollo exitoso de las naciones superadoras de la tentación a la confortabilidad, a seguir los diseños de los demás para limitarse a hacer lo mismo que el resto. Son tiempos para recurrir a ese movimiento del “Moon shot”, asumiendo el riesgo de elegir. Es la manera de evitar el declive. Así Ucrania como otras historias de éxito habrá de apostar por un escenario y resultados ambiciosos, desde una voluntad y apuesta por su sueño único y diferencial, soportado en planes, programas e instrumentos que lo hagan posible, con la imprescindible solidaridad y apoyo mundial de terceros, y dotarse de renovadas e innovadoras estructuras que lo hagan posible. Una reinvención de su arquitectura institucional resulta imprescindible.  Sin duda alguna, se trata de elegir.

Hoy, todos, de una u otra forma somos parte de una crisis multiforme y multivariable, de diferente intensidad. Como personas, Comunidades, empresas, entidades e instituciones, gobiernos y paises, necesitamos elegir. ¿Asumimos la situación de crisis como un mal irremediable o soñamos un futuro distinto y mejor? Los mimbres existen, somos nosotros quienes hemos de decidir (y acertar) que botones activar. Ni podemos ni debemos evitar la responsabilidad de elegir. Hace 66 años, ni para el presidente Kennedy, ni para los Estados Unidos, lo verdaderamente importante era llegar a la luna de una manera concreta. Lo relevante era el sentido del viaje colectivo a emprender. Todo aquello que supuso apostar tras un sueño que llevaba a un mundo único y nuevo. Kennedy eligió. Eligió llegar a la luna: “We have to choose” – “Nosotros, también, necesitamos elegir”.

¿Prosperar sin crecimiento? ¿Crecer sin prosperidad?

(Artículo publicado el 31 de Julio)

¿Cómo podemos prosperar? Es la pregunta clave que lleva al profesor Tim Jackson a enfrentarse a una futurible economía sostenible en un planeta finito y considerar qué significado ha de tener el vivir bien y disfrutar de bienestar y cómo lograrlo “sin-without” crecimiento. Su libro “Prosperidad sin crecimiento” nos anima a tan controvertido planteamiento: ¿Es posible un estado de bienestar inclusivo y sostenible previo o ausente al logro del tan generalizado objetivo del crecimiento? ¿Cómo pensar en un reparto continuo, justo y equitativo de “la tarta” generada, sin aumentar su tamaño? ¿Cabe pensar en la redistribución permanente de una riqueza limitada y finita en un mundo y poblaciones crecientes?

Es verdad que el propio autor, más adelante y en el marco de sus reflexiones se cuestiona si no debería sustituir el término “without” (sin) por el de “beyond” (más allá de…). Expresar el progreso y desarrollo sin crecer o más allá del objetivo “crecer”, es mucho más que un mero problema semántico o de expresión.

Hace unos días, en una siempre agradable y enriquecedora conversación con dos amigos, académicos e investigadores de reconocido prestigio, surgía la evolutiva posición en torno al crecimiento económico, al desarrollo inclusivo, regionalizado a la vez que des globalizado, la cohesión (social y territorial) … no solamente como una revisión académico-intelectual, sino en cuanto a sus aplicaciones prácticas en las políticas y decisiones a tomar. Ejemplos muy recientes como la sorprendente sentencia de un tribunal impidiendo el Plan Loiola y Ribera Baja para el desarrollo en Donostia, con miles de viviendas en una operación urbanística, de desarrollo económico, estrategia de ciudad, políticas de vivienda, reordenación territorial y oportunidades de integración migratoria por no citar la opción de residencia para jóvenes donostiarras “obligados” a trasladarse a otros municipios, cobraba especial relevancia. (Más allá del rol que corresponde al citado Tribunal, interfiriendo planes urbanísticos y culturales, aprobado por la unanimidad de los grupos políticos responsables del urbanismo municipal, por no mencionar aquellas posiciones ideológicas ocultas de “defensa” y presencia del “Estado” en Euskadi, que terminará dictaminando la propia Administración de Justicia). Operación concreta al margen, limitar el crecimiento y contener el uso del suelo es un elemento crítico, a lo largo del tiempo y supone una clara decisión, de enormes consecuencias, en el bienestar y desarrollo a lo largo del mundo. Todavía hoy, no son mayoría aquellos gobiernos que, con carácter general, anteponen, con claridad el NO crecimiento en su planificación y estrategia de largo plazo.

Esta controversia abierta no tiene respuesta fácil (ni por supuesto única).

Si bien no cabe duda cómo el crecimiento ha posibilitado el binomio expansión económica-propulsión y renovación, inequívoco de la prosperidad y el sentimiento colectivo que lo percibe como incremento de rentas y salarios y mayor calidad de vida, parece evidente preocuparse por su continua contribución ante crecientes limitaciones de un planeta cuyos recursos consumimos y deterioramos a marchas forzadas. Cabe preguntarse si el nuevo mundo es en verdad finito, o seremos capaces, gracias a la imaginación de la humanidad, al perfeccionamiento de estrategias integrales para el largo plazo, a las tecnologías exponenciales en curso, a nuestra capacidad solidaria, colectiva de generar nuevas soluciones a problemas y décadas reales, cambiantes, con una mejora y optimización en el uso de recursos (su transformación y reciclaje), abrazando una apuesta colectiva por vivir una economía de la abundancia y no de la escasez, seríamos capaces de lograr el objetivo último que no es el crecimiento o no crecimiento, sino la prosperidad y bienestar inclusivos.

¿Estamos preparados como sociedad para comprometernos y responsabilizarnos con la complejidad, restricciones, obligaciones y solidaridad exigibles?

Estos días asistimos a unas cuantas pruebas que nos retan para pasar del discurso a la realidad. Prueba exigente de nuestra propia coherencia, de la diferenciada posición de partida y de “qué lado de la ecuación nos encontramos”. Nos hemos posicionado sin aparentes matices a una transición verde cuyo objetivo es salvar el planeta y enfrentar el cambio climático. Olas de elevadísimas temperaturas, incendios, etc. parecerían reforzar nuestra convicción (alguno ha dicho con solemnidad que el clima mata, cosa que hemos sabido desde siempre, ya sea por calor, frío, vivir a la intemperie, condiciones sociales y económicas de la salud, etc.). Sin embargo, asistimos, a la vez, a limitaciones energéticas (gas, precio, Rusia…) y sus consecuencias en nuestros bolsillos y calidad de vida. Rápidamente, al hablar de alternativas y posibles soluciones, algunos miran al carbón y reapertura de explotaciones consideradas altamente contaminantes y de elevado riesgo para la salud, otros recuerdan el impacto local positivo de centrales térmicas abandonadas, otros evitan demostrar su oposición al Shale Gas (en casa) para aplaudir su importación desde Estados Unidos y obvian la cadena “anti- ecológica” (tantas veces denunciadas como inaceptables por esas mismas voces, desde su origen hasta nuestro destino). Sin duda, salvar el planeta no es “sin-without” empleo y prosperidad actual, sino, sobre todo, “Beyond-más allá de…” aquel progreso deseado, también, para las generaciones actuales de las que formamos parte.

Esta misma semana, en la siempre recomendable lectura a los documentos de Mckinsey, encontramos un trabajo colaborativo muy ilustrativo: “Choosing to grow: the leader’s blueprint” (Eligiendo crecer. El plan de los líderes).

En él se recuerda cómo todo líder y/o máximo responsable de la empresa (gobiernos), aspira a crecer, de forma constante y permanente. No obstante, señalan que la cuarta parte de estas compañías no crecen en absoluto y en el periodo 2010-2019, tan solo el 8% de los que deciden proponérselo, lo hacían a un 10% anual. El crecimiento sostenido (no digamos sostenible) parecería imposible. La realidad, sostienen los autores, es que no solamente es posible o deseable, sino imprescindible. Eso sí, ha de ser una verdadera elección, contar con planes y decisiones explícitas para su logro, enmarcadas en una verdadera estrategia compartida. Como siempre, renunciar a esperar el futuro que nos venga y asumir el riesgo de elegir y comprometernos con aquel que quisiéramos alcanzar (y disfrutar). Para ellos, “el crecimiento representa el oxígeno de las organizaciones, el aliento de sus culturas, la savia motivadora e impulsora de ambiciones honestas, la máxima inspiración del propósito y sentido de aquello que hacemos”. Crecer es apostar por la retención y atracción de talento, es una ventana de oportunidades y fuente de la innovación, la generación de empleo, y entonces, cómo es posible se preguntan, que, en los últimos 30 años, solamente una de cada 10, de las 500 empresas del Índice Bursátil (S & P), haya registrado crecimiento. Aquellos que han destacado, presentan una serie de elementos comunes, sin distinción de las industrias en las que actúan: eligieron crecer, explicitaron sus planes, los comunican de forma permanente, los comparten, le confieren máximo valor e impulso estratégico, “evangelizan a propios y extraños”. Sobre sus decisiones aspiracionales, cuidan su coherencia y afrontan retos, riesgos enmarcados en su coherencia aspiracional.

Por otra parte, más allá de estos mensajes “empresariales”, el mundo que afrontamos exige una enorme convergencia de acciones, políticas y compromisos que condicionarán el ansiado “renovado estado de bienestar”. Nuestra prosperidad futura, nos lleva a ir más allá del crecimiento (que también) y de la nueva redistribución de rentas y producción. Parecería un galimatías o puzle no encajable de múltiples piezas dinámicas y cambiantes, pero todas ellas han de ser revisadas e incorporadas, de forma coherente, sinérgica, en ese verdadero espacio público-privado que hemos de seguir construyendo con verdadera intención y decisión. Hoy, quizás con mayor intensidad que en otros tiempos, vivimos un momento crucial caracterizado por una compleja sucesión de demandas y problemas que confieren un espacio caracterizado por exigencias sistémicas, demandantes de soluciones alternativas, disruptivas, que incidan no solamente sobre los resultados observables, sino sobre sus causas, revisando y reinventando (renovando) marcos estructurales, sistemas regulatorios, roles de los diferentes actores o jugadores, transformaciones profundas, integrales e integradas, cohesionadas.

La extraordinaria apuesta de Bismarck a finales del siglo XIX apuntando los incipientes sistemas de seguridad social con su hasta hoy sucesivas transformaciones innovadoras, los sistemas de salud (marco de “n” modelos de salud diferenciados), al igual que el permanente sistema de pensiones en continua adecuación (equitativa y sostenible, garante de un futuro posible), la inclusión en ellos de la cada vez mayor demanda de servicios sociales, influidas por las olas migratorias (voluntarias u obligadas), el futuro del trabajo y su potencial desacoplamiento con la educación-formación y la internacionalización diferenciadora, nos llevan a un apasionante “nuevo modelo de crecimiento y desarrollo”… no como objetivo en sí mismo, como pilar relevante, motor, de mucho más: la prosperidad, el bienestar anhelados. Un mundo que converge en una demanda individual y colectiva en torno a la equidad (espacial a la vez que temporal: en nuestro entorno próximo y mundial, para esta y futuras generaciones).

Muchos actores implicados, empezando por el esencial: nosotros mismos. ¿Responsabilidad, compromiso, opción personal e individual para acometer las transformaciones requeridas?

Beyond or without growth (…más allá del crecimiento o sin crecimiento). Nuevas ideas, nuevos caminos. Parafraseando a Michael Spence: “El futuro de la economía del crecimiento será la nueva convergencia para un mundo que se mueve a múltiples y variadas velocidades”.

¿Y si abandonamos aquello que hicimos bien?

(Artículo publicado el 17 de Julio)

Tiempos inciertos, sucesión de impactos que cuestionan el mundo conocido y en el que nos habíamos situado con mayor o menor satisfacción, costumbre o tolerancia, una coyuntura compleja y la necesaria e inevitable actitud reflexión para afrontar lo que parece un largo y complejo proceso de cambio y transformación. Llamamiento permanente -al menos en el discurso- a una intensa innovación colectiva, compromisos con una doble actitud, resiliente y disruptiva, acompañada de términos como repensar, reconstruir, reinventar hacia un deseado nuevo espacio de futuro, de oportunidades, de refuerzo democrático y de un bien común, consecuencia-objetivo de un mundo mejor.

Este es, de alguna manera, el cuadro más o menos generalizado que nos acompaña estos días en cualquier encuentro, debate o trabajo de análisis del presente y, sobre todo, de ánimo prospectivo para abordar cualquier proyecto o iniciativa de futuro.

Así, apuestas estratégicas (queridas u obligadas) que afrontamos personalmente, desde nuestras empresas, organizaciones o paises y sociedades, han de transitar por este cuadro base. Ya sea para repensar una “nueva” economía (¿de crecimiento?, ¿de desarrollo?), un “renovado” y “reformulado Estado de Bienestar”, una democracia real más allá de su formulación y práctica más o menos orgánica, de una empresa socialmente responsable atendiendo y compartiendo demandas, obligaciones, compromisos y resultados con todos sus stakeholders, una sociedad (y sus diferentes instituciones y gobiernos) consciente de su obligado compromiso con el dualismo derechos-obligaciones, beneficios-contribución, dar-recibir. Todo un tiempo apasionante, a la vez que exigente y demandante de redoblado esfuerzo individual y colectivo, de responsabilidad y solidaridad.

Abordar la búsqueda de “nuevas soluciones”, para hoy y para el futuro, para nosotros y para los demás, para esta y futuras generaciones, no es tarea fácil.

En esta línea, preparando un seminario veraniego, un colega me preguntaba sobre un inacabado papel que veníamos discutiendo sobre lo que yo titulaba (provisionalmente) “La perversidad de los Círculos Virtuosos”, animándome a “provocar” un debate sobre algunos de ellos, directamente señalados en la crisis post pandémica, como inflacionista y de guerra, convergentes en nuestra coyuntura actual.

Bajo esta referencia a dicha “perversidad de círculos virtuosos” me he preguntado sobre aquellas decisiones tomadas como acertadas en un momento concreto, que merecían nuestra valoración positiva y que tanto el tiempo, los cambios (muchas veces caprichosos), incontrolables o sus consecuencias imprevistas, han convertido en un punto negro, erróneos para la situación y demanda actual y que, en muchas ocasiones, han pasado de solución imaginativa  a problema heredado, invirtiendo el proceso inicial deseado: “Hacer de los problemas una oportunidad o solución”.

Hoy, hemos de preguntarnos y proponernos un planteamiento sugerente: ¿Y si abandonamos aquello que hicimos bien como paso previo a construir nuevos caminos de solución?

Sin duda, son muchos los ejemplos que hoy se esgrimen, por todas partes, para explicar la situación que vivimos. Por lo general, se mencionan para culpabilizar o reprochar a quienes tomaron (o apoyaron e hicieron posible, por activa o pasiva) dichas “banderas, caminos o decisiones”. Muchos ejemplos, variados, en todo sentido y con impactos diferenciados. Por citar algunos, podemos empezar por la invasión rusa en Ucrania, cuyas graves consecuencias (recordemos que los primeros y máximos perjudicados son los ucranianos) afectan, de forma directa o indirecta a todos y que acompañan hoy a todo discurso que pretende explicar (o justificar) la gravedad económica, la inflación, la crisis energética, la fragilidad geopolítica… La apuesta europea, en especial con decisiones lideradas por la ex-canciller alemana Angela Merkel, (gaseoducto y dependencia del gas ruso, cierre de fuentes alternativas de energía, ausencia de seguridad energética propia, velocidad de políticas por una economía verde), que llevaron a una especial consideración (muy alentada por Estados Unidos) de Vladimir Putin-Rusia como “amigo preferente” e invitado singular al G-8, G-20, OTAN, etc., y una Unión Europea lenta y escasamente comprometida con una rápida integración, cobertura mucho más que moral de Ucrania, por ejemplo. En su momento fue considerada (quizás lo fuera) una decisión acertada para favorecer la buena vecindad y normalidad diplomática-relacional de la Rusia post URSS con Occidente. Una interacción gasista se suponía podría suponer un Acuerdo “ganar-ganar”, fortalecedor de esa “nueva relación”. Hoy, constatada la falta de seguridad energética propia, de infraestructuras y tecnologías sustitutivas, de fuentes alternativas, parecería horrorizar al mundo sobre dicha opción. Decisiones que hoy nos encuentran escasamente preparados.

Seguridad, suministros, cadenas de producción y de valor que se han extendido a todo tipo de bienes y servicios. Abrazamos el “Just in time” como panacea de eficiencia, productividad, modelos de provisión y logística, abaratamiento de costes y reducción de inventarios, especialización productiva y externalización optimizadora, base de una rápida globalización. La ruptura observable, especialmente con el COVID, la relevancia del factor local, la “sorpresiva” conciencia de una extraordinaria capacidad manufactura y tecnológica excesivamente especializada, cuestiona las buenas decisiones tomadas. Asociados a positivas apuestas por la excelencia formativa en altos perfiles profesionales con titulación universitaria como máximo objetivo, se ha visto trastocada por la importantísima e imprescindible necesidad de profesiones esenciales, con muy diferentes perfiles académicos, cuya falta y escasez, paraliza el mundo, impide la aplicación de políticas socio-sanitarias vitales… y, de esta forma, podemos seguir aportando todo un cumulo de espacios cuyas consecuencias posteriores llevan a reconsiderar los caminos emprendidos.

¿Hemos de “desacoplarnos” respecto de China y desprendernos de lo aprendido, de “haberla” convertido en la fábrica del mundo (o al menos de las multinacionales estadounidenses)?, ¿Debemos hacer “volver a América” (o a Europa o a diferentes países para “producir en casa”?, ¿Hemos de profundizar en políticas-ayudas para el logro de “ganadores globales” que una vez conseguido su objetivo, requieran, cada vez menos del país-región del que surgen y de las “bondades” que ofrece su hinterland original?, ¿Es tiempo de desconcentrar lo concentrado e integrar procesos, unidades y espacios de la cadena total?, ¿Y la especialización inteligente excesivamente limitada? o, por supuesto, la avanzada algoritmia financiera y concentración de decisiones (en base productiva global) perturbadoras de comportamientos esperables, o las llamadas “políticas de consenso” más limitantes que aspiracionales y transformadoras, convirtiéndose más en un veto paralizante que un motor acelerador del objetivo o propósito buscado… Así, cientos de elementos concatenados, con denominadores comunes, base de acierto inicial en momentos y decisiones básicas y que, con el tiempo, se vuelven perversas coadyuvantes de los problemas y consecuencias negativas.

Resulta importante recordar “el momento” de las tomas de decisiones. Responden a la mejor interpretación y gestión de la “llamada información perfecta” que es aquella de la que se dispone cuando ha de tomarse. Implica riesgo y si bien contempla consecuencias permisibles o posibles, no puede evitar la mayoría de las dinámicas incontrolables que habrían de darse con el paso del tiempo.

Sin duda, hemos de convencernos de la necesidad de vivir en un aprendizaje permanente. Proceso que convive, también, con un “desaprender” ante mundos nuevos. Huir de “pensamientos únicos dominantes”, rechazar mesiánicas profecías de “la única alternativa razonable, sensata y de sentido común es la que os presento” que escuchamos con demasiada frecuencia. Perversidad de decisiones acertadas.

Una vez visto… Muchas veces, reconducir el camino emprendido, facilita la búsqueda de aquello que deseamos.

¿Reinventar la globalización?

(Artículo publicado el 3 de Julio)

La celebración del último encuentro del G7 (con todas las ampliaciones invitadas que le suele acompañar atendiendo a cuestiones coyunturales varias) y de la Cumbre de la OTAN en Madrid con especial atención a un “nuevo” Documento de Concepto Estratégico, da pie, entre otras cosas, a poner el acento en el concepto global como paraguas de orientación y compromisos compartibles por diferentes jugadores a lo largo del mundo.

En este marco, el último número de The Economist lleva a su portada, editorial y debate especial, “la reinvención de la globalización”, señalando que, en su opinión, el mundo cambia de dirección hacia un modelo que prioriza la seguridad, renunciando a la mayor eficiencia entre flujos (económicos, financieros), lo que califica de alternativa más costosa y peligrosa.

Si bien hemos de constatar hechos evidentes de una globalización dominante a lo largo de las últimas décadas que han supuesto un incremento en el intercambio de bienes y servicios, una mayor movilidad internacional, un mayor crecimiento económico “global”, no es menos cierto su desigual reparto, la creciente diferenciación entre países y regiones, y una considerable insatisfacción y desafección relevante a lo largo del planeta. La globalización se convirtió, durante años, en un mantra que parecía incuestionable y que orientó toda estrategia socioeconómica, política, de seguridad y defensa, apoderándose del pensamiento único que marcaba políticas tanto de gobiernos, como de organismos internacionales, del mundo académico y conquistó el corazón del libre comercio y organización empresarial. Concentración manufacturera e inversora, reconfiguración de las llamadas cadenas globales de suministro y de valor, relocalización inversora, de producción  y empresarial, aprovisionamiento y suministros, y una ideología subyacente que llevaba a pueblos, naciones, comunidades, empresas a renunciar a estrategias y propuestas únicas de valor, propias y diferenciadas, a renunciar a su propio camino, a su especial modelo de relacionamiento y colaboración con terceros, a entender, participar y gestionar modelos únicos y completos de competitividad y bienestar, para abrazar el mandato único generalizado. Llevar la contra a este mensaje universal suponía “miopía aldeana”, “proteccionismo anacrónico”, “cortedad de ilusiones y conocimiento del mundo en curso”, renuncia a compartir y aprender con y de los demás y, por supuesto, a una demandada solidaridad.

Quienes apuntábamos a la necesidad de abordar la epidemia de esa globalización incuestionable, poniendo en valor la impronta, diferenciación y voluntad identitaria local, pasábamos a engrosar el campo de la incultura, egoísmo y lejanía, respecto de las apuestas de futuro.

Una contribución más o menos semántica y/o geográfica, puso en boga hablar del fenómeno glocal, considerando una doble vía de aproximación “pensar global y actual local” o “pensamiento local y aplicación global”. Aproximación insuficiente que se ha venido enriqueciendo con variadas incorporaciones. Ya desde finales de los 80, hemos venido aportando el término Glokal, (con el permiso de un uso libre del inglés) para aportar una serie de atributos que habrían de añadirse a un espacio local con capacidad y potencial desarrollo en una ilimitada red de redes, de espacios, plataformas, nodos ya sean de innovación, talento y conocimiento, intercambio comercial, inversión o desarrollo y objetivos compartidos a lo largo del mundo). Base de alianzas estratégicas mundializadas, el efecto, impacto, determinismo y propuesta diferenciada de dicha glokalización, competitiva, próspera e inclusiva, exige la K de konocimiento, koopetencia, kompetitividad, teknología, edukación, infraestrukturas (físicas e inteligentes), espacios kríticos, demokratización, kohesión, desarrollo komunitario y bien komún. Potente y compleja cadena de atributos que posibiliten desde un claro sentido y compromiso de pertenencia, apuestas y aproximación de un futuro diferenciado y deseado conforme a un propósito colectivo.

Hoy, la insatisfacción generalizada a lo largo del mundo, la desigual distribución de la nueva riqueza “global” generada, los accidentes naturales (ejemplo parálisis y obstaculización del Canal de Suez y el alto volumen de navegación y comercio internacional asociable), las crecientes y dispares olas migratorias (pobreza, desigualdad, hambruna, enfermedades, guerras, expectativas de vida, desarraigo, complejidad en inserción e integración, China como riesgo y desacople con Occidente…), la pandemia COVID-19 y sus efectos de aislamiento y ausencia de bienes esenciales locales, ruptura de cadenas de suministro , repunte del valor del “espacio comunitario” esencial para cuidados, atención y prestación de salud y soluciones socio-sanitarias, y, finalmente, la invasión de Ucrania y sus consecuencias, entendidas, asumidas y, padecidas, también, por terceros, han llevado a asumir una irrefutable realidad: la globalización asumida no era una panacea universal y debe analizarse con los matices, críticas y soluciones alternativas y/o atenuantes imprescindibles.

Estamos ante un mundo lleno de proclamas “reinventoras”: de la globalización, del capitalismo, de los indicadores y objetivos que han de orientar a las empresas, de la “internacionalización y mundialización”, de los organismos internacionales, de conceptos y estrategias en materia de seguridad y defensa, de la geoestrategia y geopolítica, del uso y control de las tecnologías emergentes, de la social democracia, del capitalismo y de la economía social de mercado de efecto positivo  de post guerra, de la democracia en sí misma (cada vez más orgánica, menos activa y de menor calidad), del Estado social de bienestar y su sostenibilidad… ¡Uf! Y de todo un nuevo mundo en movimiento.

De una u otra forma, todos sabemos que, reinvenciones (la más de ellas disruptivas) resultan imprescindibles. No obstante, parecemos instalados en sociedades con alto grado dispar cara a afrontarlas. ¿Estamos dispuestos a comprometer las transformaciones necesarias? ¿Entendemos y asumimos que no son solamente tareas y responsabilidades de los demás sino, también y en primera persona, de nosotros mismos?

Nadie tiene una receta mágica. A la vez, todas estas áreas de transformación están interrelacionadas y todas ellas han de abordarse en profundidad y a la vez. Exigen, por supuesto, gradualidad en sus voluntades, velocidades y objetivos parciales y finales.

Para bien o para mal, estamos ante un proceso múltiple y de alta complejidad. Si bien, partimos de una evidencia objetiva que supone que el no asumir la necesaria búsqueda de alternativas y mantenernos en el mismo espacio de confort o el agujero del abandono, según el caso de cada uno, no posibilitaría, a nadie, el bien común condenando a fracasar en el logro de un mundo mejor.

Procesos graduales pero firmes para una transformación desde la realidad, desde las fortalezas y pilares construidos desde las grandes oportunidades esperables, desde avances progresivos inclusivos, desde el reconocimiento, valoración de las autoridades dirigentes con respaldo democrático, desde la participación honesta y comprometida de todos los implicados…

Si llevamos ya años observando el inevitable parón de la creciente globalización que impulsó el crecimiento y desarrollo económico de hace ya varias décadas, si somos conscientes de “la perversidad que muchas decisiones y políticas positivas que lo acompañaron en su momento implican hoy, con consecuencias negativas imprevistas”, no podemos obviar intervenir y actuar sobre ello. No son tiempos para encerrarnos en nuestros “pequeños espacios seguros”, sino de buscar la máxima interacción posible con terceros a lo largo del mundo, desde nuestro propio coprotagonismo, capacidad de decisión, en nuevos marcos y reglas del juego.

¡Sí! La reinvención de la globalización y de tantas otras líneas en curso, resulta imprescindible.

Efectivamente, es tiempo para reinventar o revisar la globalización.

Una semana en Bilbao. Observando un mundo de oportunidades. Propósito y legado para futuras generaciones.

(Artículo publicado el 19 de Junio)

Algunos “termómetros” complementarios resultan relevantes para percibir el estado real de la situación que vivimos. Por separado, cada uno de ellos puede llevarnos a la desazón o a la sensación confortable tranquilizadora de la buena marcha de nuestra economía. Juntos, unos y otros, pueden resultar contradictorios y, en ocasiones, equívocos. De igual forma, seguir un medio de comunicación u otro, moverte en base a redes sociales anónimas o dejarte llevar por el algoritmo que te soluciona aquello que solo a ti concierne en base a los gustos o costumbres demostradas en el pasado, o tomar como fuente de información o conocimiento una red personal particular, producen un aislamiento individualista de alto riesgo y escasa capacidad colaborativa para construir un futuro diferente, exigente y demandante de esfuerzos compartidos.

Si una semana en la que un sábado bilbaíno parecía el festín máximo con un clima “tropical” y sus calles, terrazas y bares llenos, con una Gran Vía ruidosa (excesivamente) con sirenas festivas para abrir paso a un grandioso desfile de coches antiguos escoltados por carros de bomberos, ambulancias de antaño, etc. y amenizando calles por las que más tarde circulaban miles de personas para acudir a un concierto seguido por un millón de personas (según cadenas y fuentes oficiales), o al de la gira de despedida de un cantautor que nos ha acompañado y entusiasmado desde la dictadura franquista hasta hoy, o decenas de miles de estudiantes que llevaban a la calle su fiesta particular tras haber presentado (superado o no) su evaluación final de bachillerato y acceso a la Universidad, con museos llenos y retorno creciente de turistas, proporcionan, sin duda, una sensación de movimiento, reactivación económica, bonanza relativa y de ausencia de crisis. Contraste, sin duda, con esa misma Gran Vía ocupada día a día de concentraciones y manifestaciones (hasta tres distintas como media diaria), ya sea en huelga, o reivindicativa de reclamos laborales (generalmente individuales o de colectivos concretos) que en ocasiones resultan más numerosas que el número de cuerpos de seguridad (municipales o Ertzaintza) que les escoltan, paralizando circulación y vida laboral de quienes parecerían no compartir la reivindicación específica. Otro tipo de ruido, generalmente descalificador e insultante a terceros, considerados “culpables voluntarios de su insatisfacción”, en clara transmisión de malestar, preocupación o insatisfacción.

Fenómenos y termómetros reales que parecerían convivir (causa-efecto) con estadísticas reales, plenamente observables, de pobreza extrema, de desigualdad, de creciente y generalizada alza de precios, de poblaciones en situaciones complejas que también conforman este Bilbao observable y observado. Y, a la vez, una semana en la que la Bienal de la Máquina Herramienta es un fiel reflejo de la fortaleza y potencia industrial de un país innovador, trabajador, emprendedor, cuyo capital reside en sus personas, su cohesión social, sus interacciones colaborativas público-privadas y su ecosistema real, diferenciado y diferenciador de nuestras apuestas de futuro, desde un capital humano rico y activo.

Precisamente en mi visita a dicha Feria, un empresario con larguísima trayectoria en ese mundo de la tecnología, la máquina herramienta, la manufactura inteligente y creativa, y la internacionalización, tan demandadas a lo largo del mundo como recetas de futuro, desde la empresa familiar que ha guiado y enriquecido a lo largo de los años, como parte esencial de su propósito, su compromiso vital y profesional y su potencial legado a próximas generaciones, a mi pregunta de cómo les iban las cosas y “la feria”, me refería a los “factores exógenos” que entiende determinan la compleja incertidumbre del momento: “Estamos bien, convencidos de lo que hacemos y con fuerza, pero no encontramos la claridad suficientemente integradora de todo lo que parece provocar toda una tormenta impredecible” (inflación; dependencia, insuficiencia de acceso y suministro, y precio de la energía; cuellos en las cadenas globales y locales de suministro, diplomacia internacional y económica en cambio y aparente desacople entre gigantes; Ucrania,  tragedia humana y la más que previsible senda final que termine obligándole a renunciar a su soberanía, derechos y voluntad como país por presiones de terceros a quienes les resulte excesivamente largo su sacrifico, tal y como hemos empezado a escuchar, también esta semana, desde diferentes portavoces cualificados; impacto-tecnológico; disponibilidad-formación del talento requerible; envejecimiento, demografía y migración; política y gobernanza…). Y a los que podemos añadir otros muchos “internos o propios” que, en otro pabellón ferial, te comparten otro grupo de responsables y líderes empresariales con una larguísima trayectoria de éxito a lo largo del mundo: “No hay futuro aquí más allá de nuestros últimos coletazos generacionales. Los que vienen no están dispuestos a soportar esta agobiante protesta y conflictividad laboral, ni, sobre todo, la actitud y comportamiento social. Confortabilidad, carreras rápidas, éxito monetario y huir de responsabilidades directivas, jefaturas o autoridad-liderazgos”. ¿La gran dimisión que parecía solamente era un episodio coyuntural post pandémico en unos Estados Unidos de pleno empleo y en colectivos específicos se convierte en una tendencia mundial?

Y, en este escenario, surge la pregunta de si ¿Hay alguien capaz de sintetizar y simplificar el camino a seguir? ¿Puede transmitirse un mensaje de verdadera innovación y transformación radical, de fondo, exigible por los desafíos existentes y los que están por venir? ¿Alguien generador de la confianza necesaria para llevarnos o acompañarnos a buen puerto? ¿Quién tiene un sueño por el que esté dispuesto a recorrer el complejo trayecto requerido?

Esta misma semana, uno de los principales promotores de la “economía de la abundancia” (Peter Diamandis) volvía a la carga desde el positivismo que le caracteriza recordándonos la enorme cantidad de oportunidades que nos ofrece el futuro y cómo tras ésta complejísima sucesión de factores exógenos (no siempre tan solo externos, sino en cierta o gran medida, debidos a lo que hacemos o dejamos de hacer), barreras o dificultades internas o propias, a perseguir y/o superar. Cómo otros muchos, nos invita a preguntarnos el por qué ante tantas oportunidades o no acertamos cuál elegir o no logramos “el éxito buscado”. Para él, tan importante (como en toda estrategia) es el qué hacer, cómo todo lo que hemos de decidir no hacer. Si bien él habla de la búsqueda sincera del propósito de transformación y del verdadero simplificado del éxito, es hoy, más que nunca el momento del propósito, del para qué o por qué de lo que habremos de hacer y del legado buscado que dé un sentido trascendente a nuestros proyectos de vida. Mi propósito y mi legado. Esencia del verdadero liderazgo visionario, de una verdadera estrategia única y diferencial, de un sentido a tu trabajo, tu inversión y tu vida. Solo así podrás inspirar y guiar a quienes habrán de acompañarte para crear esperanza y un futuro “abundante e inclusivo” al servicio de la gente.

Concentrarte en tu propósito real y lograr que sea compartido por quienes deben acompañarte en su logro resulta esencial para afrontar los grandes desafíos que afrontamos. Un “éxito” exigente y único, “premiado” al final del viaje con un legado, para los demás, no para ti (al menos no en exclusiva). Verdadero reto, verdadero motor de transformación. Si por el contrario nos enredamos en el qué y cómo, continuista, para un mantenimiento o relativo y lento avance desde nuestro punto de partida, seremos testigos de las olas de “escasez”, de desidia y de insatisfacción.

Terminamos la semana con otro acontecimiento único y diferenciador en nuestro punto de observación: Bilbao. Fronteras del conocimiento, extraordinaria y singular iniciativa de la Fundación BBVA que ha hecho de Bilbao-Euskadi su centro y sede base para su trabajo y proyección internacional. Sin el ruido estruendoso o aclamador de otros eventos como los comentados, ha concentrado un talento extraordinario de enorme trascendencia en la solución a los desafíos del mañana. Investigación, esfuerzo sostenido, rigor académico sostenido, años de intensa curiosidad creativa formulándose dudas y preguntas incómodas para afrontar nuevos caminos huyendo de la zona de confort, volcando el valor del saber en su capacidad de impacto en la sociedad, al servicio de la gente, refuerza la confianza en la humanidad para superar dificultades, generar abundantes oportunidades, provocar nuevos avances y espacios desconocidos y construir verdaderas sociedades prósperas e inclusivas. Todo un conjunto de personalidades de largas y enriquecedoras trayectorias en diferentes “fronteras del conocimiento” (incluidos quienes han posibilitado las tan salvadoras vacunas anti COVID 19, quienes nos han inspirado a lo largo de los años para entender el funcionamiento, calidad e intensidad de las redes, sus interacciones entre economía-Sociedad o el predominio de las personas en y sobre el mundo de la inteligencia artificial o el ecologismo activo de valor en la larga transición verde contra el cambio climático). Todo un canto de esperanza para hacer un mundo mejor. Ojalá que este último termómetro semanal  interaccione con fuerza en los fortalezas y capacidades de nuestro país, encaje con múltiples propósitos comprometidos y posibilite la cosecha de los legados transcendentes buscados.

Muchas caras o termómetros para analizar una situación compleja. Pero, sobre todo, enormes espacios de futuro, realistas y sobre los que potenciar nuestras fortalezas, superar debilidades y obstáculos, y construir un mejor futuro, día a día.

Sin duda, BILBAO-EUSKADI nos ha ofrecido una semana rica en información, indicadores relevantes y, sobre todo, una potente brújula para un esperanzador trayecto de futuro.

Espacios inclusivos. Localizar soluciones

(Artículo publicado el 5 de Junio)

Hasta hace muy poco tiempo, vivíamos un mantra generalizado que hacía de la globalización, sin matices, la panacea y objetivo conductor de toda política económica, geoestratégica y conductora de la mal entendida competitividad y bienestar “para todos”.

Cualquier cuestionamiento o posicionamiento conceptual o intelectual, por no citar estrategias de país diferenciadas, se descalificaba asociándolo a ignorancia, aldeanismo o proteccionismo insolidario, dando por terminado cualquier análisis o propuesta a tener en cuenta. Un peligroso y paralizante pensamiento único impregnó el mundo de la economía, de las políticas y decisiones de deslocalización empresarial (sobre todo manufactura) y marcó la senda objetivo de las estrategias regionales y de internacionalización, condicionando intentos de estrategias únicas y diferenciadas convirtiendo la esencia estratégica en base a propuestas únicas de valor en un seguidismo homogeneizador.

Sin embargo, la contumaz fuerza de los hechos, tras sucesivas crisis económico-financieras y sociales desde el 2009 hasta nuestros días, agravadas por una pandemia no solamente aniquiladora de vidas y expectativas de futuro, sino demostrativa de la equivocada (o perversidad sobrevenida) inseguridad y dependencia cediendo a terceros el control exclusivo de la producción, de la cadena de suministros y las plataformas logísticas e infraestructuras exigibles, además de accidentes en infraestructuras críticas (Canal de Suez) paralizantes del comercio internacional, además de una excesiva concentración de factores clave en China y/o países con proximidad a situaciones y países fallidos, olvidando la importancia de materias primas y componentes, relegando políticas sociales y medio ambientales en los procesos de toma de decisiones, o la aún en curso invasión rusa sobre Ucrania y sus consecuencias (sociales, energéticas, alimentarias…), han terminado por poner “patas arriba” el modelo seguido.

Sin duda, decisiones que en un determinado contexto parecían acertadas (incluso brillantes), hoy se tornan perversas y llevan a reconfigurar conceptos, modelos y mapas estratégicos y de futuro. Es momento de “revisitar” conceptos y modelos rompiendo los llamados “pensamientos únicos”. Políticas tildadas de proteccionistas o anti- mundialización se ven hoy con nuevos filtros de progreso, apuestas de futuro y coherencia geo- estratégica.

Superar la pandemia llevó a los gobiernos (en especial Europa y Estados Unidos) a dar un golpe de timón, a reconsiderar sus “indicadores objetivos” y situar las soluciones a la demanda social por encima de un estricto y excluyente “purismo financiero” macro- económico, atemporal y de gabinete. “Haremos todo lo que haga falta” pasó a convertirse en el nuevo pensamiento y directriz general. A la vez, la imposibilidad de suministrarnos desde las cadenas globales de valor deslocalizadas, otrora base de esquemas teóricos de “Just in time” unida a una mal entendida competitividad (solamente de costos laborales inmediatos y poco más), a una fiebre seguidista de una supuesta “especialización y externalización inteligente” y una internacionalización en manos del “ejecutivo global”, bajo el mando de Organizaciones Internacionales de un convencionalismo y consenso unitario, se convirtieron en el mal que el éxito envenenado ha provocado. Dicho mal se traduce en un coincidente y grave “paraguas mundializado”, en términos de desigualdad, dependencia y desafección creciente de las distintas sociedades respecto de líderes (políticos, gobernantes, empresariales).

Así las cosas, hoy volvemos la mirada hacia conceptos que parecíamos haber olvidado. Retomamos aproximaciones hacia las conocidas “Áreas Base” (Michael E. Porter) como espacio físico en donde se desarrolla una competitividad al servicio del bienestar creciente y sostenible de sus ciudadanos, una amplia e intensa convergencia economía-territorio (clústers), generando un contexto único y diferenciado, tras una visión y propósito particular creando lo que hoy se conoce en términos de “ECOSISTEMAS”. La clusterización de la economía, rompía silos y fragmentación estadístico-sectorial para posibilitar procesos coopetitivos (colaborativos desde personalidad y apuestas distintas entre cada uno de sus actores), sucesivas interacciones compartidas público-privadas, a la vez que políticas económicas y políticas sociales buscando logros simultáneos.

Estas áreas base vinieron acompañadas, más tarde, de un “par de atributos mágicos” (Kanter Moss): Magnetismo y cohesión, que apuntaba a la imprescindible atracción de flujos de inversión, capital, empresas, conocimiento y talento como elementos diferenciales de un “espacio local” (ciudades, regiones, etc.) conectables, en red, con el resto de la vanguardia mundial, siempre unidas a la búsqueda de una irrenunciable cohesión social interna.

Este concepto de “NODO singular” habría de conectarse en redes de redes, a lo largo del mundo, garante del acceso a la vanguardia, a los foros de innovación y prosperidad y, por supuesto, a lo que más tarde, vino a ser el desafío para las empresas de éxito internacional: ser parte relevante de las, entonces, “Cadenas Globales de Valor”. Así, las autoridades y gobiernos de las áreas base de éxito aplicaban estrategias favorecedoras del éxito de sus empresas tractoras. Un momento crítico lo constituía y constituye, el cómo lograr que cada vez más, conseguido el éxito, requieran cada vez menos de su área base y más de un espacio mundializado.

Hoy, la ruptura de paradigmas, en un mundo incierto y en pleno vertiginoso cambio, con una reconfiguración de la geopolítica y la geoestrategia, cabrá especial relevancia la glokalización. Una K que no es una sustitución gráfica de lo glocal (entendiendo una simple combinación entre pensar “globalmente y actuar de manera local”), sino un conjunto de atributos esenciales que han de formar parte articulada de toda “Área Base” que aspire a jugar un rol relevante en el contexto mundial (infraestructuras, educación, inclusividad, comunitarización, conocimiento, tecnología…).

Asistimos a un mundo en el que la desigualdad domina cualquier punto de análisis y desafío. A su desarticulable e injusta realidad añade consecuencias de elevada gravedad (desafección, peligro de implosión democrática, populismo explosivo, falta de confianza, de credibilidad, y de expectativas vitales y profesionales…). El rearme de los liderazgos, respeto y afección necesarios exige “nuevos espacios de proximidad”, de los que las personas se sientan parte, respetuosos de su identidad y cultura diferenciada, inspiradores de un sentido de pertenencia y oportunidades -reales y percibidas- para un futuro mejor. Es el tiempo de nuevos espacios geográficos (“Hermosos, Inclusivos y Sostenibles “, que diría Lata Reddy, responsable de “Soluciones Inclusivas” en Prudential, líder en el desarrollo de nuevos espacios locales de futuro, en Newark, NJ y referente en el desarrollo de inclusividad local en Estados Unidos), que ponga en valor los activos comunitarios (cada Área Base tiene los suyos), construya su historia y ruta de futuro y actúe en consecuencia.

Se trata de intervenir “desde la cirugía local intensiva”. Áreas y zonas de marginalidad (al menos relativa respecto de la mediana dominante), que exigen intervenciones locales en las que gobiernos y empresas (en especial aquellas consideradas líderes y tractoras, generalmente históricas y con significativa referencia de la propia comunidad) han de articular un espacio y desarrollo inclusivo. Los hoy considerados “Place Based Work”, que hacen de la empleabilidad el objetivo conductor de dichos espacios, procuran superar la situación de beneficios de rentas básicas, salarios sociales y ayudas o subsidios públicos, uniendo un foco de trabajo, contribución (personal-autosatisfacción) y colectiva. Focalizan esfuerzos en proveer de seguridad pública, espacios vivibles (verdes en la medida de lo realizable), lugares de encuentro cultural y de entretenimiento, centros de salud, centros educativos, fomento de microempresas y negocios y, por supuesto, acceso al capital y sistemas e instrumentos financieros, además de conectividad e infraestructuras y sistemas de transporte y comunicaciones. Esta nueva explosión de microespacios, núcleos urbanos y proliferación nodal en red suele venir de la mano del rediseño de entidades colaborativas con objetivo, dirección, estructura y financiación ad hoc. Centros y espacios de convivencia, de diversidad y, sobre todo, de compromiso activo con la prosperidad y el bienestar.

Espacios vivibles, inclusivos, vanguardistas y prósperos además de sostenibles que ofrezcan a sus comunidades un mundo mejor y que hagan que las empresas que realizan alguna actividad de valor en ellos sean conscientes del factor diferencial que les ofrece este hecho. Solamente así, la interacción y propósito compartidos empresa-comunidad-gobiernos y todo un mapa (cada vez más amplio, diverso y rico) de jugadores “intermedios”, “entidades para la colaboración”, facilitadores y “tejedores de alianzas” harán posible el éxito único y distinto. Verdadera manera de garantizar un mejor futuro y una prosperidad inclusiva. Una vez más, lo local importa y resulta ser un elemento diferenciador del ADN de cualquier territorio, empresa multinacional o iniciativa mundializada.