Desde la perplejidad, observando la proximidad postelectoral

(Artículo publicado el 7 de Julio de 2019)

En los últimos meses asistimos a una confusa situación en torno a la formación de gobiernos autonómicos y central en el Estado español, bajo la triste aparente inoperancia política en la que unos y otros se dicen “los preferidos de los votantes para gobernar”, carentes de la mayoría parlamentaria necesaria para formar un gobierno, a la vez que apelan a “la responsabilidad de la oposición para firmar cheques en blanco de adhesión incondicional al supuesto líder correspondiente”, en cada caso, sin oferta programática o colaborativa alguna. Llama poderosamente la atención que, hasta el momento, nadie haya expuesto un solo programa de gobierno, una sola apuesta de futuro o un proyecto al servicio de la sociedad. Como casi siempre, Euskadi y Catalunya son una excepción, bien desde el llamado “oasis vasco” con mayorías democráticas claras y suficientes, o en el futurible y especial camino hacia el “estado republicano catalán”.

En esta línea, un tanto parecida en el fondo, si bien cabría esperar un comportamiento diferente en Europa, la designación de las principales autoridades en sus Instituciones ha puesto de manifiesto el absoluto divorcio entre la “añorada y quimérica Europa” de quienes queremos seguir viendo la Europa de los principios, la dimensión y cohesión social, desde su fortaleza democrática y espacio ejemplar de libertades y prosperidad, y, por contra, desgraciadamente, la real, que observamos con tristeza y decepción día a día.

Una vez más, hemos comprobado que el Parlamento europeo ni es un Parlamento, ni se le espera, que la participación ciudadana y democrática ni tan siquiera se respeta en su mínima oportunidad limitada a votar cada cinco años confiando en que su voz tenga algún valor real, o que la supuesta separación de poderes sucumbe a un simple juego de gabinete entre líderes de gobiernos estatales con peso diferenciado, acostumbrados a imponer sus acuerdos  cambiantes día a día según sus propias prioridades coyunturales,  configurando no ya una Europa a dos o tres velocidades, sino a un club cerrado de cuotas y repartos de poder Estado a Estado, partido a partido, sin diferenciación alguna por ideologías, escenarios y modelos de futuro: Una vez más, Europa rompe con sus propias reglas del juego para imponer la voluntad de unos pocos. ¿Es de extrañar la desafección de la sociedad?, ¿resulta increíble constatar el escaso peso que, de forma creciente, otorgan Estados Unidos, Asia o, finalmente, el Reino Unido a lo que cabe esperar de la Europa de los próximos 30-50 años? Así las cosas, más pronto que tarde habremos de cuestionarnos si merece la pena seguir esperando la Europa del futuro en lugar de anclarnos en el recuerdo de la Europa del pasado, superadora de la guerra, generadora de altos niveles de bienestar e impulsora de un determinado modelo socio-económico alternativo al vigente en el pasado y, en consecuencia, emprender nuevos caminos. Entre tanto, escuchamos voces que insisten en términos positivos: reparto igualitario de género en las cuatro posiciones de dirección institucional, “capacidad de gestión de una composición compleja de Estados Miembro dispares” y, como siempre, “evitar la ruptura o abandono del proyecto por diferentes Estados Miembro” ¿Para qué modelo de vida y futuro?, ¿en manos de qué sistema de gobernanza?, ¿con qué respuestas ante los desafíos de un mundo cambiante en el que habremos de vivir?, ¿desde qué control democrático? Nos preguntamos por la coherencia en los nombramientos y perfiles: ¿Asistiremos a la vuelta de los éxitos del modelo de economía social de mercado de los principales inspiradores de la creación Europea y ejecutados desde el filtro de la subsidiaridad por aquellos líderes de la antigua democracia cristiana europea de la mano de los Lubbers, Kohl, Santer, dirigiendo las “revoluciones transformadoras” de la nueva Europa Central, al apostar por Ursula Von der Leyen al frente de la Comisión Europea?, o, por el contrario, ¿contaremos con un Banco Central Europeo, dirigido por Christine Lagarde, imponiendo restricciones a cualquier política diferente a las recetas continuas del FMI en los países “rescatados” y se moverá a la contra de cualquier diseño de política de la Comisión?, ¿y dejaremos la representación de la voz europea, a lo largo del mundo, en la prepotente soberbia conflictiva de un Borrell incendiario actuando como verso libre?, ¿y todos ellos acompañados por un Parlamento presidido, a medias, por social demócratas y “populares conservadores” pendientes de lo que hagan sus respectivos partidos en diferentes Estados Miembro, aplicando políticas propias y “nacionales” (en palabras del presidente español Sánchez: “Europa ha vuelto”) mientras predican discursos “contra los nacionalismos destructivos” (todos menos los suyos) excluyendo a todos los Estados Miembro de “nuevo cuño” o “del Este”, así como a toda nación sin Estado o minoritarios en esta “diversa Europa”?, ¿jugará algún papel relevante y autónomo el presidente Charles Michel desde su experiencia confederal en Bélgica para explorar y posibilitar nuevos caminos? O, simplemente, ¿los parlamentarios se verán obligados a integrarse en Grupos Políticos en función de reglamentos insensibles a la realidad, compartiendo grupo con ideologías, proyectos y aspiraciones distantes y enfrentadas? Confiemos en el optimismo de las escasas voces que quieren ver la exitosa gestión de una elección compleja y que, en algún momento, surjan propósitos y caminos coherentes e ilusionantes.

Pero, mientras Europa y España configuran sus órganos de gobierno, el mundo sigue su vertiginosa marcha en direcciones dispares. Cuando contemos con gobiernos, confiemos que se unan a la variada riqueza de múltiples debates prospectivos a lo largo del mundo, en medio de una gran incertidumbre dominante que cuestiona, de una u otra forma, la economía y sociedades del futuro cuyo impacto global y local (además de personal) hemos de disfrutar o padecer. En consecuencia, necesitamos de los gobiernos e instituciones, de forma relevante, para tomar las decisiones estratégicas necesarias para afrontarlas. Sea de una manera u otra, es clara la evidencia en torno a la relevancia e impacto asociable a las tecnologías exponenciales y/o emergentes, al futuro del trabajo, la nueva sociedad/estado del bienestar, la transición ecológica, la urbanización y mega concentración de ciudades (inteligentes y vivibles se supone), la educación, movilidad, salud, demografía, desplazamiento económico hacia Asia… y, por encima de todo, cómo conseguir “un nuevo mundo centrado en las personas y el desarrollo inclusivo”, mitigador o superador de las desigualdades.

Para su logro, nadie cuestiona una agenda que priorice las consecuencias de la revolución de internet, la imparable y deseable digitalización de la economía y la sociedad, la irrupción generalizada y accesible de las tecnologías “exponenciales” (sobre todo la gestión y propiedad de los datos masivos y la inteligencia artificial) y la inevitabilidad de focalizarnos en el crecimiento, fruto del trabajo-empleo-remuneración como eje del bienestar que se ven confrontados con el concepto asociable al futuro del trabajo no asociado directamente a la retribución individual, dando pie a conceptos como nuevas redes de bienestar desde la renta básica, la salud universal, la nueva educación personalizada a lo largo de toda la vida, la longevidad en el envejecimiento pasivo y sus consecuencias socio-económicas y, por supuesto, el modelo económico transformador que generen. Sin embargo, abordar “lo inevitable o deseado”, exige   decisiones importantes sobre sus consecuencias, el control y propiedad de las mismas y su impacto diferenciado en personas, comunidades, lugares y tiempos concretos. Si bien, a lo largo del mundo, de derecha a izquierda, se da una creciente ola favorable a la nueva digitalización como fuente de transformación positiva, conviene reparar en el rol que han de jugar los diferentes agentes, gobiernos incluidos, de manera especial, convencidos de la necesidad de facilitar qué avances y oportunidades extraordinarias de mejora en nuestras vidas no se convierten en una selva dominada por unos pocos. Un ejemplo, provocador a la vez que ilustrativo para la reflexión, viene de un interesante debate de la mano del destacado investigador en implicaciones sociopolíticas de la innovación y la tecnología, el bielorruso, Evgeny Morozov: “Capitalismo Big Tech: ¿Welfare o neofeudalismo digital?”. Asocia la última década de crisis (se supone que inicialmente financiera) aún no superada, con el auge de las plataformas y empresas tecnológicas, que han pasado a dominar Wall Street, triplicando su capitalización bursátil expulsando a los viejos líderes industriales centenarios, concentrando el poder global en cinco o seis grandes empresas. Mientras han cambiado nuestro mundo de la información, han facilitado nuestras vidas y demandas diarias y ofrecen un mundo inacabable de oportunidades abriendo las puertas o todo tipo de nuevas iniciativas y modelos empresariales, de negocio y oferta de servicios públicos, y lo han hecho reduciendo, de forma acelerada, los costes de estas tecnologías, promoviendo la transición hacia nuevas economías (no solamente la llamada economía colaborativa), surgiendo “nuevos contratos sociales”, concentran un poder excesivo, escasamente regulable o controlable, a la vez que transmiten “la evidencia” del desgobierno y la ineficiencia en los sistemas de gestión públicos, animando a una supuesta “nueva democracia en la red, individualista y sin reglas del juego”. Su reflexión sostiene nuestra falsa convicción de que estos costes marginales tendentes a cero (hoy asistimos aún al servicio “freemium”, gratuito a cambio de nuestros datos y publicidad no reclamada) nos llevará hacia un natural espacio “premium” del que no podremos desprendernos. De la misma forma avanzamos convencidos que “el nuevo poder” nos lleva hacia una progresiva descentralización y desregulación y una mayor libertad y   capacidad de decisión individual y crece en nosotros, de forma consciente o inconsciente, una percepción de “absurdos Estados parasitarios”, aquellos gobiernos, instituciones o espacios públicos o de gobierno. Por el contrario, la admiración de los modelos de negocio de estos cada vez más poderosos nuevos conglomerados, propietarios del Big Data global (y personal) sin límites, provocaría el desencanto y nuestros sueños tras ese anhelado paraguas del Desarrollo Inclusivo, se verán condicionados por ese mismo sistema del pasado con otro traje.

Sin duda, más allá de la provocación intelectual y del acierto o no en el diagnóstico, nuestra sociedad necesita fortalecer la democracia, las Instituciones y el compromiso con principios, ideologías y modelos de bienestar y desarrollo. Necesitamos optimizar el uso positivo de las maravillosas oportunidades que la tecnología ofrece, pero, éstas han de situarse al servicio de las necesidades y demandas sociales, bajo propiedad compartible, acceso universal y control democrático. Así, constituir gobiernos desde el propósito y el para qué, favorecer la participación y control democráticos y entender el verdadero valor compartido empresa-sociedad, no son caprichos o simples palabras. Hacerlo o no, de una u otra forma, resultará esencial en nuestro futuro. Hoy, si cabe, tanto la política con mayúsculas, como la estrategia empresarial responsable son más necesarias que nunca. Llevarlo al ánimo de los líderes y agentes respectivos no debe decaer y hemos de fortalecer nuestro compromiso y responsabilidades democráticas en su acompañamiento y control. La complejidad e incertidumbre en que vivimos y habremos de vivir no da lugar ni a recetas mágicas, ni a soluciones simplistas. El rigor del análisis y sus consecuencias, el compromiso en y con las decisiones a tomar y la corresponsabilidad son absolutamente imprescindibles.

Aprovechando la campaña de Trump; tiempo de gobiernos

(Artículo publicado el 23 de Junio de 2019)

El lanzamiento de la campaña presidencial de Donald Trump como aspirante a la reelección, ha dado paso a una larguísima (casi permanente) contienda electoral en los Estados Unidos de América, lo que concitará el mayor número de impactos mediáticos que, norteamericanos o no, recibiremos a lo largo de los próximos meses.

Trump ha iniciado su campaña con dos medidas que reflejan muy bien su modo de afrontar la presidencia (en casa, en sus empresas, en el país y, desde su mentalidad, en el mundo): por un lado , ha despedido a todo su equipo de encuestadores y gestores de campaña al conocer que el 56% de los hispanos en Florida (lugar de su relanzamiento) y la mayoría de los estadounidenses consultados no le votaría, y por otro lado, repetir los mensajes que le llevaron a su presidencia con un doble “ajuste”: “lo que anticipé lo he logrado” y es hora de renovar y reforzar el plan inicial. Su “Keep America great” (Mantener Estado Unidos grande) sustituye al “Make America great again” (Hacer grande América otra vez). Mayor crecimiento económico, menor desempleo, cierre a la inmigración, un muro más barato y más eficiente en la frontera del Río Bravo, más fake news y tuits al servicio de un adoctrinamiento facilitador de una potencial guerra que devuelva liderazgo bélico a su país y sirva de contrapeso a los desafíos demográficos y la competencia del nuevo mundo emergente que sustituye, a pasos firmes, a una “economía blanca y occidental”, son los focos de su reiterada campaña, repitiendo sus proclamas del pasado que le hicieron llegar a la Casa Blanca.

Enfrente, una veintena de candidatos demócratas iniciando una confrontación interna para elegir un oponente capaz de vencer al presidenciable Trump y ofrecer una nueva ilusión al estadounidense medio. Desde esta otra perspectiva, una hoja de ruta inicial hacia  la “universalización de la asistencia sanitaria”, retomar la credibilidad y esfuerzos hacia la lucha contra el cambio climático y una transición hacia la economía verde, un control positivo de la inmigración, con política industrial y fiscal que favorezca la “vuelta a casa” de sus grandes conglomerados multinacionales sin abordar los condicionantes locales y legítimos de sus “huéspedes” de acogida en su camino de penetración global, incrementando una profunda regulación, transformación de los mercados de capitales, devolviendo la esperanza de una carrera profesional y plan de vida para el endeudado universitario que no puede hacer frente a sus compromisos financieros que le permitieran acceder a la Universidad , confiando en que pagar deudas de estudio  sería coser y cantar en una economía de éxito (la media de deuda individual se sitúa en los 50.000$)… Con mucho más que matices, los diferentes candidatos demócratas presentan sus agendas y propuestas ante una ciudadanía escéptica que asiste distante a “la industria político-partidista” instalada en Washington y apoyada en “claves locales” a lo largo del país.

El proceso, en todo caso, resulta siempre ilustrativo. Mientras  el líder que parte como ganador, Joe Biden (expresidente de Obama), con larguísima trayectoria, experiencia y alta valoración política afronta la contienda desde “el silencio clamoroso” y las visitas sin prensa directa en lo que considera “centros reales de poder y movilización de mensajes” ,en su mayoría, centro de culto y encuentro de la sociedad local, evitando proponer medidas concretas que den pie a discusiones públicas, sus principales, a priori, contrincantes emergentes como Elizabeth Warren, con una propuesta diaria para todo tipo de problemas y desafíos, o los “100 primeros días en la Casa Blanca” de Amy Klobuchar respondiendo, por vía ejecutiva (algo así como el decreto ley tan en boga en los últimos gobiernos españoles), evitando el largo, complejo y poco probable éxito en el Congreso, nos ofrecen una “Agenda Desafiante” con los principales retos que habrá de afrontar Estados Unidos y, en gran medida, el mundo en general. A la vez, se convierten en material de tuit para el bombardeo descalificador de Trump en su estrategia ridiculizadora de “los socialistas antiamericanos” qué según el presidente, siguen al comunista Sanders.

Sin duda, más allá del innegable interés e influencia que, se quiera o no, tienen los Estados Unidos sobre nosotros, viene bien tener observar una campaña y gobiernos sobre los que poder hablar evitando posicionarnos sobre el escenario reciente en el Estado español. Resulta saludable trascender de la prensa cursi y empalagosa que hace noticiable y de portada lo guapa y elegante que luce la Señora Leticia en sus actos públicos, o lo lista, preparada y adelantada a su edad que se supone resulta su hija, o el “impecable comportamiento del Rey Felipe VI garantizando el futuro de la unidad y progreso de España como paradigma de la justicia y la libertad, para adentrarnos en los múltiples acuerdos post electorales, y recorrer un buen campo de aprendizaje.

En este sentido, podemos adentrarnos con cierta perspectiva en los acontecimientos de esta última semana con la constitución de ayuntamientos y mesas de diferentes asambleas y parlamentos. El votante medio ha podido comprender que ni el 26M, ni el 28A, ha votado lo que creía que votaba. Ni elegía a un presidente de gobierno, ni optaba por una coalición concreta, ni ha sabido en cuál de las hasta seis urnas distintas ha depositado su voto con destinatario concreto. Votó en una circunscripción única para un Parlamento europeo del que sabía muy poco y desconocía en qué grupo político se adscribirían sus representantes y mucho menos que Macron, Sánchez y algún dirigente europeo intercambiarían, en París o Berlín, mesas, cuotas de directores y funcionarios, comisarios y presupuestos europeos. Tampoco sabrá si su nuevo alcalde es quien quería contenedores o el que quería bolsas colgadas desde los balcones para gestionar su basura, o que, según el color, unos y otros le explicarían en los medios lo que es la democracia directa, representativa, de cooperación o coalición, o consultas intermedias a través de “círculos” sin registro ni control alguno. Sin duda, quien más ha acertado en su voto, es aquel que, al margen de candidatos, programas o personas, ha tenido claro que vota a un Partido concreto, siempre, en todas las urnas y delega en él su confianza para que haga lo que entienda es mejor y en cada momento, para el país, para el ciudadano concreto y para el complejo y desafiante mundo en el que vivimos.

De una u otra forma, cabe esperar un periodo relativamente “estable” como para afrontar las complejas agendas que esperan a todos nuestros gobernantes. Confiemos que se dé la suficiente solidez como para afrontar, más allá de maquillajes y promesas cortoplacistas, una intensa profundización en los muchos desafíos existentes para cuya solución resultan imprescindibles los diferentes gobiernos, cualquiera que sea su ámbito de responsabilidad y nivel competencial.

Volviendo al primer apartado de este artículo, sin ir más lejos, en el ejemplo ya mencionado de la “Agenda ejecutiva de los 100 días” que propone la candidata Klobuchar, de una u otra forma, con mayor o menor apoyo y dirija quien dirija, de manera unilateral o compartida nuestro mundo, todos nos encontraremos con una “auténtica alternativa al crecimiento: la nueva ruta hacia el desarrollo social inclusivo” que formulado de una u otra forma, a lo largo del mundo, cuestiona la manera tradicional en la que hemos venido actuando asumiendo que la mejor manera de crear empleo y elevar los niveles de vida no era sino el crecimiento económico. Hoy los gobiernos han de afrontar desde otra óptica: “cómo capacitar y equipar a los ciudadanos para navegar el mundo del trabajo-empleo y su traducción en bienestar”, en especial, en la medida que el “propósito” que ha de movernos no parece que sea, a futuro, un salario a llevar a casa, según afirma la O.I.T. en sus conclusiones sobre el “Futuro del Trabajo: nuevas palancas y conceptos para el crecimiento y desarrollo económico”. Y así, bajo este marco general, podemos adentrarnos en el desafío de la salud (la agenda estadounidense pone el acento del 17% de su PIB al gasto en salud y tiene uno de los peores sistemas de salud del mundo. Trump ha querido -y quiere- suprimir el Obama Care, impedir “subsidios públicos” y el debate en USA no cesa -ni cesará- mientas subsistan tantas personas sin acceso real a la salud. Entre la apuesta mencionada de la Señora Klobuchar, que pudiera acompañar a Biden en el ticket presidente-vicepresidenta, de una “salud universal” con la publificación de muchos jugadores del sistema y la supresión del apoyo obligatorio a diferentes colectivos, existe un larguísimo espacio de diferentes opiniones público-privadas, a explorar y que, sin duda, veremos en los próximos años. O la considerada inevitable reforma profunda de la educación (en especial el ciclo k12 y la diferenciación escolar pública o privada, con el foco en la preparación de sus profesores, gestores y directores de centros, acceso a la posición, compensación y prestigio social, por no hablar de la formación vocacional-profesional.

En esta misma línea, no muy lejos de las propuestas de Warren o Klobuchar por simplificar, se abre otro interesante debate ya planteado en Europa por la Comisaria de la Competencia, Margrethe Vestager, aspirante a presidir la futura Comisión europea: Intervenir de manera contundente en los procesos de fusiones, adquisiciones, concentración empresarial en la propiedad y aplicación de las nuevas tecnologías emergentes, la digitalización de la economía y los nuevos jugadores estrella que dominan sus respectivas industrias, superando, en muchos casos, el peso de gobiernos y países. Viviremos este desafío a lo largo del mundo.

¿Y qué pasará con la deuda juvenil post universitaria? No habrá un solo candidato que no abandere una potencial solución, acompañada siempre, de quitas y condonación de la deuda… ¿y el americano medio dará por bueno el juego arancelario y la guerra encubierta por el dominio tecnológico Estados Unidos-Asia? No olvidemos, por no complicar la reflexión, que el actual G-7 a reunirse en los próximos días dará paso en el horizonte 2050 a un nuevo neo emergente G-7 del que no formará parte ninguno de los actuales jugadores, atendiendo a los informes de la OCDE. El cambio del centro gravitacional que vaticina, si el nuevo club mantiene los criterios actuales de tamaño de la economía, aparecerán China, Brasil, Indonesia, India, Rusia, México y Turquía como miembros del nuevo club. ¿Pasarán los nuevos criterios por un nuevo modelo de desarrollo económico, digitalización del comercio, reinvención de Gobiernos e Instituciones “Globales” y adecuada gestión de los conflictos internos? ¿Cambiaremos las políticas y reglas del juego en curso para mitigar la vulnerabilidad ante las crisis financieras?

En definitiva, echar una mirada a una campaña electoral en Estados Unidos, tratar de aprender de aquellos puntos de debate que se proponen y procurar analizarlo en casa, parecería un ejercicio aconsejable. Si bien es verdad que como suele decir el director del gabinete de la presidencia del Gobierno español (y asesor de campañas electorales de diferentes líderes a derecha e izquierda), “el 20% de los mensajes generan el 80% de los votos… y propuestas y programas, en algunos casos, desaparecen de las agendas del Gobierno”.

En lo que a nosotros respecta, de momento, hemos terminado con este largo e intenso proceso electoral. Es tiempo de los gobiernos. Los desafíos estadounidenses son mundiales, y también son parte esencial de nuestros retos y preocupaciones. Desde la diferencia y los distintos puntos de partida y contextos, solo queda afrontar nuevos desafíos.

Prospectiva, desafíos y realidad

(Artículo publicado el 9 de Junio)

Mientras el paralelo mediático concentra su espacio en declaraciones de unos y otros en torno a las conversaciones en curso para conformar diferentes niveles de gobierno a lo largo de la geografía, en Euskadi convergen, entre otros, tres encuentros relevantes exponiendo nuestra realidad y fortalezas para acometer un futuro exitoso posicionándonos ante el desafío del mañana: la mayor feria industrial del Estado en el BEC “+Industry”, la Asamblea anual de la Agencia Vasca de Innovación -Innobasque- y el Congreso Internacional de Formación Profesional celebrado en Donostia-San Sebastián.

La presentación del Informe sobre Prospectiva, Mega tendencias y Diálogos de Futuro que llenaron de contenido y optimismo razonable la Asamblea General de la Innovación en Euskadi, supone un buen marco para potenciar, si cabe, la apuesta industrial irrenunciable de la historia vasca (y de su futuro) que se ha visto claramente representada en +Industry (refuerzo transformador de Ferroforma e integradora de hasta siete certámenes especializados en torno a la industria real de hoy  y de mañana) acogiendo a 1.300 expositores “haciendo industria”, así como a los más de 1.000 congresistas de 54 países en torno al Congreso Internacional de la Formación Profesional bajo el reclamo estimulante de “la 40ª Revolución Industrial: tecnología, sostenibilidad y valores”.

Así, con la participación de 261 responsables de empresas asociadas a Innobasque, se ha realizado un trabajo de prospectiva desde la identificación del potencial impacto en la economía vasca y su alineación con la estrategia de especialización inteligente, guía de las prioridades y objetivos País. El proceso destaca los espacios de oportunidad (digitalización de la economía y la sociedad, la economía circular, el mercado de la salud en su triple vertiente de atención, ciudades para la población, la formación, satisfacción de profesionales, usuarios de sistema y su capacidad tractora-innovadora generadora de riqueza y nuevas actividades económicas y generadoras de empleo), desde la creciente integración o convergencia de diferentes tecnologías, conocimiento y disciplinas, fuente inevitable de la redefinición de nuevos modelos de negocio y empresas. Oportunidades que, más allá del desafío que suponen, conllevan riesgos y amenazas centrados en el talento (sea su generación, retención o actualización permanente), la gobernanza (empresas, gobiernos, sociedad), en un contexto retador de una Europa que pierde peso en relación con otras economías y espacios mundiales (Asia, USA).

Con esta base de fondo, la asamblea abordó sus llamados “Diálogos de Futuro”, de gran interés y calidad, que permitió apuntar importantes reflexiones y lecciones a tener en cuenta. El relato experto del neurobiólogo Roberto Yuste (Columbia University e Ikerbasque Research Professor),  uno de los pioneros promotores del proyecto BRAIN-Cerebro, que asumiera el presidente Obama como reto y misión ciencia-tecnología-salud, con un objetivo esencial centrado en su impacto generador de iniciativas de negocio como sinergia generada y dotado con 6.000 millones de dólares como presupuesto inicial de la Casa Blanca y, ya hoy, con más de 500 laboratorios, no solamente supone una estupenda manera de entender el valor de una visión y de la estrategia esenciales para auténticos compromisos de transformación, o comprender la importancia de la gobernanza en sueños y  proyectos compartidos, pensados, diseñados y promovidos por núcleos reducidos de personas que anteponen la solución, resultados y oportunidades a los obstáculos, amenazas y dificultades que habrán de enfrentar en su desarrollo, sino la relevancia de las “unidades menores” que desde su flexibilidad, originalidad y cohesión, han de ser los verdaderos motores internos de un proceso globalizado de transformación. Desde su visión soñadora de entender la totalidad del cerebro para comprender, descubrir y explorar sus secretos y afrontar las enfermedades mentales, las claves ocultas de la neurología… y el camino imparable en la generación de bienestar y riqueza. Luz desde su Universidad de Columbia sobre el rol protagonista a jugar desde nuestra pequeña sociedad vasca. Sociedad activa y “mucho mejor de lo que muchas veces pensamos” como indicara con acierto Eva Arrilucea (Tecnalia Think & Do) quien no solamente nos recordó como la gran misión Apolo XI que propusiera el presidente Kennedy para lograr que un ser humano caminara en la superficie de la Luna, es recordada por su exitoso final, olvidando que fueron diez las misiones Apolo previas que fracasaron dejando en el camino muertos y múltiples daños. Destacaba cómo la colaboración y compromiso, el riesgo emprendedor, el esfuerzo y la búsqueda de soluciones en los problemas sociales han acompañado nuestra historia y son parte esencial del ADN vasco que ha encontrado, en cada momento, las personas, instrumentos e instituciones adecuadas para superar las crisis vividas y alcanzar el futuro de éxito.

Y, precisamente, en esta línea, en otro foro a pocos kilómetros, la Comisaria de Empleo, Asuntos Sociales, Capacidad y Movilidad Laboral de la Comisión Europea, Marianne Thyssen, inauguraba, en Donostia, el mencionado Congreso Internacional de Formación Profesional: “Inspirados en el modelo vasco, incorporamos Centros de Excelencia profesional, a lo largo de Europa, para fomentar el crecimiento, la innovación y la competitividad; modelo para adaptarnos a los rápidos desarrollos tecnológicos y sociales”. “Necesitamos un sistema que se adapte mejor a los cambios que se producen a su alrededor. Un modelo como el vasco que es uno de los mejores del mundo y una fuente de inspiración y aprendizaje para muchos en Europa”. Sus palabras son hoy, por tanto, un refuerzo anímico a un sistema de aprendizaje y formación, un reconocimiento mundial al modelo vasco de competitividad y desarrollo sostenible y una valoración positiva sobre un esfuerzo colaborativo, en la actualización de nuestro tradicional “auzolan” extendido en la sociedad. Un mundo de oportunidades al que podemos y debemos enfrentarnos con optimismo, pero conscientes de las grandes amenazas y riesgos a superar. El Congreso, no solamente contiene referencias a sistemas de formación o educativos, sino la esencia de sus reclamos, “Tecnologías y revolución 4.0”.  La transformación digital va más allá de la industria. Abarca a toda la sociedad (Sociedad 5.0) y cobra especial relevancia para entender que no se trata de acertar en la apuesta o momento de uso de una u otra de las diferentes tecnologías emergentes por venir, sino que la educación adecuada de nuestra gente, instituciones y entidades son vitales para transitar escenarios cambiantes, para facilitar espacios de trabajo colaborativos, para gestionar la llamada “hibridación tecnológica”, para la necesaria convergencia interdisciplinar, nuevas gobernanzas y cambios permanentes en nuestras vidas profesionales.

En el mismo diálogo mencionado, se ofrecía el contraste entre un pesimismo generalizado en la Europa de la crisis y desorientación, en contraposición al “optimismo razonado” de China y Asia, desde  el cambiante efecto geoeconómico y geopolítico que es ya una realidad en la Asia del siglo XXI con el 50% de la población mundial y cerca del 40% de su economía global, inspirada en una cultura de “alineación optimista construyendo un mundo mejor desde la confianza en sus liderazgos -políticos y empresariales- haciendo de su ola demográfica una fortaleza a la que estrategias innovadoras, educativas  e infraestructuras inteligentes habrán de llevarnos, a los demás, a acelerar nuestra necesaria reconsideración y reinvención de actitudes, esfuerzos, estrategias y “modelos de negocio”. (“The Future is Asían”El futuro es Asiático de Parag Khanna) . Invitación a apuestas en el fortalecimiento de ecosistemas (de innovación, emprendimiento, desarrollo e inclusión). Khanna no solamente nos habla de las grandes tendencias observables en el mundo asiático, sino, también, de los grandes proyectos relacionados con “la vieja y nueva infraestructura”, en marcha, que responde a los verdaderos cambios y misión estratégica que, lejos de observarlo como un “competidor global obsesionado contra Europa o Estados Unidos”, apuesta por su interior: la conexión colaborativa de una Asia interna a la que se unen casi 20 países (China, India, Euro-Asia, Asean…) a través de una infraestructura (“The Belt and Road Initiative”) que más allá de su ya importante en sí mismo, valor físico de conexión por carretera y ferrocarril más complementos fluviales, genera nuevos espacios, ciudades y áreas de desarrollo, clusterizando actividades a su paso y construyendo nuevos acuerdos no solo de comercio, sino de inversión transfronteriza y multi región, liquidez transfronteriza, espacios y distritos educativos, laborales compartidos. Todo un nuevo mapa complementario y compartido. En el pasado, la “Ruta de la Seda” vertebró toda una economía y civilización relevante, en los 90, ORESUND fue el proyecto europeo que superó la idea de un “simple puente” entre el rico noreste danés y el deprimido suroeste sueco…. Otros han entendido la forma de soñar un nuevo mega continente asiático por construir y se dotan de un hilo conductor considerado el “mayor programa de inversión coordinada del mundo”. Otros aspiramos, 40 años después de su aprobación y compromiso transeuropeo y con el gobierno español, contar con una infraestructura ferroviaria, mucho más que un tren, que supere el poli centrismo obligatorio, nos dote de un nuevo mapa sociológico y nos permita vertebrar una región europea acorde con nuestras necesidades y demanda social inclusiva. Hoy, en el contexto de un crecimiento limitado, tipos de interés negativos, pretendemos intensificar las tan necesarias infraestructuras integradoras, soporte de esa necesaria transformación que deseamos. Infraestructuras no solamente físicas, sino energéticas, inteligentes, STEAM, socio sanitarias, y digitales. Acelerar la transformación digital, la transición verde, la nueva economía azul, soñando un nuevo espacio de bienestar y desarrollo inclusivo.

La innovación y competitividad bien entendidas, la comprensión del impacto que puede tener en nosotros todo un mundo de megatendencias observables, la decidida apuesta por las estrategias esenciales que queremos acometer, pensando en las soluciones como oportunidad ante los desafíos y las demandas sociales, desde las fortalezas reales de nuestra sociedad, empresas e instituciones, nos llevarán a un futuro deseable.

“Auzolan”, procesos colaborativos, compromisos compartidos y soñar un futuro propio, en línea con la introducción del citado Informe de Prospectiva y Mega tendencias de Innobasque: “La capacidad de construir su propio futuro es lo que distingue a las sociedades capaces de generar un crecimiento y desarrollo sostenido frente a las que se limitan a responder ante los vaivenes de las circunstancias externas, en un mundo cada vez más incierto”.

Europa: campaña secuestrada

(Artículo publicado el 26 de Mayo)

Entre la multitud de papeletas que hoy depositaremos en las urnas, habrá una de color azul sobre la que muy pocos de los votantes contarán con la información y juicio necesarios respecto a lo que representa más allá de su etiqueta: Elecciones al Parlamento europeo.

Desgraciadamente, la concurrencia de diferentes y múltiples niveles institucionales a configurar (Ayuntamientos, Cabildos, Juntas Generales, Parlamento Foral navarro, Asambleas de Comunidades Autónomas…), su cercanía a las elecciones al Congreso y Senado español de incipiente constitución esta misma semana y pendiente aún de configuración de grupos, alianzas y designación del Presidente de gobierno, además de un desigual y confuso tratamiento informativo en los medios de comunicación, han relegado la única cita, de participación democrática en la construcción europea, cada cinco años. Así, la escasa oportunidad informativa y su consecuente desafección crónica nos alejan de sus Instituciones e impiden considerar su impacto en nuestras vidas, lo que agrava un claro secuestro de una potencial campaña electoral propia, en la que los candidatos elegidos puedan dar cuenta de lo realizado, exponer propuestas de futuro y pedir el apoyo democrático para realizar su trabajo. Una vez más, como si se tratara de pasar de puntillas, 1.725 candidatos (además de suplentes), dentro de 32 diferentes candidaturas aspiran a los 54 escaños (de 751) que corresponderán al Estado español, como uno de los 28 Estados Miembro de la Unión Europea. No es de extrañar, por tanto, que nos encontremos con participaciones de escasa representatividad como la de las últimas elecciones (2014) de un 42%, media de una elevada Bélgica (90%) y otros como Chequia con tan solo un 13%, o una Holanda en torno al 37%, por no citar a “nuevos jugadores de entonces” como Polonia y Hungría, en aquel tiempo, receptores de fondos y del apoyo especial, con un limitado interés por debajo del 25%. Desgraciadamente, un panorama como el descrito convierte en crónicos los problemas y desafíos de la Unión Europea en curso.

En mayo de 2014, en estas mismas páginas y columna, escribía, bajo el título “La Europa que quise y quiero”, recordando los principios fundacionales de la Europa de post guerra y la ilusión por reconstruir y reinventar un espacio derrotado, en crisis, apostando, desde la solidaridad, por lo que supone -ya hoy, pese a todo- el mayor espacio de paz, prosperidad, bienestar y progreso social a lo largo de este mundo desigual. Sin embargo, los europeístas convencidos no nos vemos reflejados en esta Europa empeñada en perpetuarse como un club de ejecutivos de Estado, burocratizado desde el viejo estilo diplomático del pseudo consenso limitante, que no incomode a nadie, repartiendo posiciones entre dos grandes familias desavenidas que distribuyen sus mandatos, cuotas y componendas en un ejercicio paralizante, desde una gobernanza ineficiente y alejada de quienes han de verse afectados por las decisiones (o la falta de ellas) que se trasladan. No es de extrañar, por tanto, que, de una u otra forma, partidarios o no de la Unión Europea como espacio común (deseado o no), planteen, de una u otra forma, su revisión, refundación o, en algunos casos, salir de la misma (Brexit, Grexit, Frexit …). No vale limitarse a culpabilizar de este sentimiento a los movimientos nacional-populistas (signifiquen lo que signifiquen según quien utilice el término), prescindiendo de una mirada auto crítica hacia el interior de la Unión, sus Instituciones, gobernanza, toma de decisiones y modelos de participación ciudadana, empresarial, de pueblos, naciones y diferentes stakeholders. La crisis europea es, por encima de todo, una crisis de democracia (www.ademocraticeurope.eu) y, no otro el principal enfoque a dar cara a rediseñar un nuevo futuro.

Mañana, conocidos los resultados, volveremos a repetir, una vez más, que Europa ha de ser permeable a los nuevos desafíos que el crecimiento, la igualdad, el desarrollo inclusivo y la competitividad exigen, desde una sociedad europea cansada de recetas equivocadas de austeridad mal entendida y sin éxito para las personas (empresas y gobiernos, también), que incrementa el desempleo y la distancia con los retos y cambios de las nuevas tecnologías emergentes y desde un grave y continuo desequilibrio regional. Insistiremos en una nueva orientación de esta Europa que no puede seguir sumida en la “irrelevancia” ante los jugadores externos que lideran ese “viaje hacia el este”, en el que China y Rusia abanderan nuevos liderazgos, o la “insignificancia” ante las políticas estadounidenses relegando los espacios y acuerdos preferenciales en favor de su nuevo multilateralismo, Estado a Estado. Una Europa que no puede continuar insensible a la realidad, dolorosa y compleja, de la emigración africana. Una Europa que no puede mantenerse paralizada, discurso tras discurso, sin enfrentarse a su propia transformación, que reclama un rearme ideológico y de valores, de compromisos y liderazgos compartidos, nuevas estructuras y modelos socio económicos (desde el humanismo, el desarrollo inclusivo, hacia el progreso social…), redefiniendo una gobernanza participativa (por compleja que sea) en la que todas las voces de pueblos, regiones, naciones, ciudadanos que la componen, sean actores (en verdad activos, determinantes y protagonistas) de sus propias decisiones. Una Europa capaz de anticipar un nuevo mundo y mercados emergentes, generadora de verdaderos espacios de innovación y desarrollo. Una Europa de futuro y no del pasado, por brillante y apasionante que éste haya sido. Una Europa que, en verdad, haga de la cohesión social y territorial su principal foco de atención, priorizando su dimensión social y no un discurso de convergencia económica (con probada concentración entre los países de estructura, tejidos y economías preexistentes similares, y no de la totalidad de regiones que conformamos este especial a la vez que complejo espacio, supuestamente, común).

En esta campaña secuestrada, agravada por las trampas del poder del Estado, con circunscripción única, desvirtuando la realidad cultural, territorial y de voluntades institucionales y políticas diversas (diferentes espacios políticos, institucionales, económicos, sociales, culturales) , en el marco electoral europeo de las reglas del pasado que siguen obligando a configurar grupos parlamentarios artificiales en torno a etiquetas que “unifiquen” representantes y partidos dispares por “comodidad organizativa” del funcionariado y de los gobiernos centrales, descafeinando lo que habría de ser un verdadero Parlamento o una Comisión (que se supone ha de hacer las veces de un gobierno Europeo), o los Consejos Europeos que se suceden como simples encuentros protocolarios y mediáticos de fines de semana, conformados por ejecutivos  estatales que defienden políticas internas propias lejos de desafíos europeos, ha desaparecido la oportunidad de controlar y repasar lo realizado, de confrontar ideas y programas y de ganar, poco a poco, la lucha contra la desafección de la población para con la Unión Europea y el proyecto por construir. El llamado déficit democrático sigue vivo.

Repasando las declaraciones, manifiestos, programas electorales de los diferentes candidatos, partidos y grupos, comparándolos con los del año 2014 en la anterior consulta electoral, encontramos escasas diferencias. Mismos retos, mismos reclamos, mismas críticas por superar. Hoy, hechos tan relevantes como el Brexit son un gran ejemplo del inmovilismo por superar. La propia participación del Reino Unido en estas elecciones con 73 representantes elegidos y que ,previsiblemente, abandonarán sus escaños en los próximos días o semanas y la nueva situación creada con una Europa a 27, no solo obliga a un nuevo estado de relación con el Reino Unido, sino que, a su vez, más allá de la consideración de procesos similares en el interior de la Unión, la recomposición de los “infraestados o espacios interiores y naturales” dentro de algunos Estados Miembro, lo que  exige una nueva manera de abordar la transformación del “viejo club”. La salida del Reino Unido supone, también, un nuevo mapa con el futuro de Irlanda (unificado o no), del próximo referéndum escocés deseando, mayoritariamente, permanecer en Europa. El torpe proceso negociador de salida no ha facilitado alternativas de espacios colaborativos de singular beneficio para todos. ¿Es esta la enseñanza para todos los europeos?, ¿existen oportunidades para nuevos caminos acordes con la voluntad democrática de quienes somos y queremos seguir siendo europeos, pero que no creemos que el club de la Unión sea sinónimo de la Europa deseable?

Desgraciadamente, la “campaña secuestrada” nos ha imposibilitado pensar en una nueva Europa y conocer, de verdad, lo que habríamos de esperar en estos próximos cinco años. Alejados de la No campaña en el Estado español, diferentes debates y foros,  así como contribuciones publicadas en otros Estados Miembro, los spitzenkandidaten (pre candidatos de las principales familias políticas a presidir la Comisión Europea y/o el Parlamento en función de resultados, coaliciones y acuerdos internos) sí nos han transmitido sus opiniones e intenciones demostrando diferencias relevantes en su manera e intención de abordar el futuro de Europa, en lo económico, social y político confiando en poder avanzar hacia una transformación profunda de los propios contenidos que deben ocupar al parlamento (mayor capacidad legislativa, control de la Comisión, derecho de iniciativa, intervención real en la redirección de los presupuestos, poniendo el acento en la Europa esencial y subsidiaria y no en una miscelánea de asuntos menores y distantes), avances, de una vez por todas, hacia la conversión de la Comisión en un verdadero gobierno y de los Consejos Europeos en Consejos europeos y no encuentros de representaciones particulares, alejados del verdadero espíritu europeo, sin el adecuado control democrático -previo- en su respectivos parlamentos origen. Debates en los que la “arquitectura del euro”, la política industrial y de competitividad, la cohesión social y la dispersión de fondos regionales, de empleo, sociales, etc. deben reevaluarse en función de los resultados reales obtenidos y no por indicadores de ejecución administrativa, proyectos interregionales que mitiguen las disparidades territoriales y la concentración de recursos en determinados centros (generalmente olvidando la periferia) que aumentan la divergencia. En definitiva, nuevos roles, relevantes para la vida y futuro de los europeos.

Con la esperanza de que en 2024 podamos acudir a las urnas sin los viejos papeles de hoy y con la ilusión de participar de una nueva realidad, acorde con los nuevos tiempos, desde la fortaleza de los valores y principios inspiradores de este largo y apetecible viaje, depositemos, hoy, nuestro sobre azul por una Europa viva, real e integradora y no solo un club de mayor dimensión que una al mundo como un tablero de confrontación entre cuatro grandes potencias en busca de su propio triunfo de suma cero. Hacia una Europa refundada, concentrada en lo esencial, compartiendo soberanía, superando su ya crónico déficit democrático, abordando los muchos y complejos desafíos de futuro.

Europa SI, pero desde nuestras propias decisiones, voluntades y proyectos compartidos.

Que hoy, las urnas, escuchen nuestras voces.

Desempleo y Desigualdad. Nuevos roles ante el desafío

(Artículo publicado el 12 de Mayo)

Tres de los negros nubarrones que afronta la sociedad: desempleo, desigualdad y, en consecuencia, el rol de los distintos agentes implicados en ambos, ocupan la atención mediática de la semana, en la breve tregua entre campañas electorales. Desafío nada novedoso, desgraciadamente, pero que obliga a explorar nuevas líneas de pensamiento, estrategias integradas de actuación y redoblados esfuerzos, si cabe, para su mitigación, por no decir, solución definitiva, que hoy se antoja remota.

La inevitable mala práctica de la publicación mensual de las tasas de paro, ocupación y cotizantes a la seguridad social, enturbiada por la escasa explicación y matices diferenciadores de información según sean de paro registrado, paro en relación con la actividad o EPA, no solo confunde, sino que da lugar a diferentes posiciones mediáticas, sindicales, políticas, empresariales, académicas o institucionales, reiterando datos fríos , y mismas soluciones a la espera de un “nuevo ranking” que desgraciadamente, no modificará de forma sustancial la realidad.

En esta ocasión, los grandes titulares partían de un mensaje positivo: “disminuye el desempleo, aumenta la ocupación y el número de cotizantes a la seguridad social”… pero, acompañado, de inmediato, de toda una batería de “matices”, desde diferentes ópticas, que no difieren, mes tras mes: “se crea empleo pero precario”, “resultados estacionales y un tanto artificiales”, “no reflejan la realidad del desempleo real”, “éxito o culpa del gobierno”, o “España carece de modelo económico”, “una España de camareros”, “los gobiernos liberales están consolidando una economía precaria”, “nuestras jóvenes generaciones mejor preparadas han de emigrar para encontrar un empleo y salario acorde con su cualificación”, “los señoritos que dirigen empresas millonarias se forran y los currantes sufren”, “la sanidad, educación pública y gobiernos deben incrementar plantillas y salarios para paliar el desempleo y la precariedad”, “las empresas no cumplen con su responsabilidad y no están creando empleo de calidad”, “han de acometerse reformas fundamentales”. De esta forma, la en principio, buena noticia, coyuntural, se ve rápidamente empañada por contundentes frases que llevan a una profunda preocupación: ¿Quién tiene razón? De una u otra forma todos y, uno por uno, afirmación por afirmación, ninguno. La realidad es que la tasa de desempleo en el Estado español se mida como se mida, es la segunda más elevada de Europa y la primera, si de paro juvenil se trata.

Más allá de la preocupación y ocupación que merece el empleo (y, sobre todo, su ausencia), ni hay una receta mágica, ni puede entenderse como responsabilidad parcial y única de nadie. El mercado de trabajo es un sistema complejo en el que múltiples jugadores además de todo tipo de variables y condiciones (propias y exógenas) terminan por definir. Mientras pongamos el acento en señalar culpables únicos (siempre los demás) no seremos capaces de superar la lacra del desempleo.

Si presuponemos que España tiene un modelo económico (buscado o existente, sin más), debemos concluir que es nefasto e ineficiente para generar un empleo estable, de calidad, acorde a las competencias y capacidades de la gente demandante de un trabajo. No cuenta con una oferta equilibrada geográficamente, por lo general irregular y en gran medida informal, bajo una dualidad perversa y desigual (pública-privada), inmersa en un sistema perverso de contratación y/o de formación-empleo, que exige una verdadera redefinición. Mientras las tantas veces anunciadas y no aplicadas apuestas por la economía verde o azul, por el turismo de calidad, por la economía productiva, por entender y gestionar  el impacto de “la uberización de la economía del futuro”, “la revisión de la esencia de los servicios públicos y su concepción no excluyentes de su complementariedad privada”, “la revisión de la privilegiada posición relativa del funcionariado”, “la recreación de los hoy mercados propios, excluyentes del poder político y sindical”, “la responsabilidad social del empresariado más allá de su cuestionado rol creador de empleo” se queden en declaraciones o acciones parciales y aisladas y no sean objeto de una profunda revisión desde la reflexión objetiva sobre su capacidad real de crear empleo inclusivo, de calidad y sostenible, seguiremos, mes tras mes, dando vueltas sobre el mismo debate, confiando en un escenario mágico que, algún día, sin saberlo, ni provocarlo, termine ofreciendo resultados.

No hay un solo gobierno en el mundo, sea del nivel institucional o color que sea, que no implante programas y medidas en favor del empleo. No existe empresa alguna que no aspire a crear empleo y no hay Escuela/Universidad que no pretenda la mayor y mejor empleabilidad de sus alumnos. Ahora bien, ¿cómo lo estamos haciendo?, ¿existe la coherencia entre nuestras aspiraciones con los políticos, objetivos, intensidad, recursos y compromisos en curso? Ciertamente NO. Su no solución lo demuestra.

De una u otra forma, todos nos adherirnos a una apuesta por un empleo digno y de calidad, con la mayor estabilidad y sostenibilidad posible, suficientemente retribuido y acorde con la cualificación, aspiración y necesidades de las personas. Ahora bien, ¿cómo crearlo y garantizarlo?, ¿cómo convertir nuestra aspiración colectiva en resultados tangibles?

Con este gran desafío de fondo, asistimos, día a día, a datos, informes, ejemplos que profundizan en las claves e impactos negativos que inciden en la alarma generalizada mencionada. Esta semana se anuncian nada menos que 6.000 rescisiones de contratos en la banca española. Dos entidades bancarias ejecutarán expedientes de rescisión, llamadas por comparación con otros trabajadores “EREs de Oro”, dirigidos a todos sus empleados mayores de 52 años. Este caso se une a los 90.000 despidos (y/o prejubilaciones negociadas) de la banca española desde el año 2008 con el inicio de la última crisis. La transformación digital, la alta concentración bancaria en “5 grandes jugadores globales” y “la creciente urbanización” explicarían estas decisiones en un momento en el que la banca española declara beneficios por encima de los 20.000 millones anuales. Beneficios imprescindibles para sostener el crecimiento viable de su actividad. El Banco de España, su principal regulador, se ha apresurado a señalar que son pasos aún tímidos y que el esfuerzo transformador deberá acelerarse o intensificarse hacia una modernización eficiente del sector. ¿Bajo qué modelo esperable de negocio y respuesta a su papel de servicio público e interés general?

Este anuncio coincide con una reciente publicación de la OCDE, “Skills Outlook 2019” (“Capacidades/Habilidades observatorio 2019”), en el que propone una serie de recomendaciones para abordar “el potencial de oportunidades que la transformación digital conlleva”, mitigando el impacto negativo y desigual que puede generar en industrias, países y personas. Para el caso de la economía española emite un mensaje desolador: “menos del 25% de su población, entre 16 y 65 años, está preparada para el futuro”, destacando que un 64% de los profesores necesitan reciclarse en cuanto a su formación en tecnologías de la información. Confiando en que el mencionado informe no responda a la realidad diagnóstica y esté lejos en contenidos y tiempos para ese escenario futuro que preconiza, no cabe, sin embargo, sino abordar un esfuerzo extraordinario de reforma en el sistema educativo y de aprendizaje, en el mundo laboral y su organización y, por supuesto, en un renovado y amplio sistema de protección social que acompañe un, en todo caso, complejo tránsito hacia nuevos futuros esperables. Recordemos, también, que la desigualdad creciente se ve condicionada, y agravada, por una serie de vectores como los cambios tecnológicos, la globalización y/o deslocalización de talento, inversiones y comercio, de la capacidad de acceso a la financiación “pagable”, a la propia arquitectura fiscal y los ya mencionados espacios de educación y mercado laboral. Vectores con incidencia variable según el tejido económico, social, político-institucional en el que se encuentre la persona-sociedad afectada. Retos a los que hemos de responder con la inevitable participación colaborativa de todos los implicados.

Hace tan solo un par de días (7-8 de mayo), se celebró en Boston la reunión anual de la “Shared Value Initiative” (Iniciativa mundial por el valor compartido empresa-sociedad), bajo el reclamo “Leadership: Delivering on the promise of purpose” (Liderazgo, cumpliendo la promesa de un propósito). Encuentro en el marco de un llamamiento creciente a los principales líderes empresariales para implicarse en un propósito extraordinario, más allá de la responsabilidad social de sus empresas, de sus objetivos y compromisos, con todos sus stakeholders, en la búsqueda innovadora de nuevos modelos de negocio co-creadores de valor empresa y sociedad respondiendo a las necesidades sociales. Búsqueda de modelos de crecimiento y desarrollo inclusivo. Propósito generador de una sociedad que apoye a las comunidades en que desarrolle su actividad empresarial a lo largo del mundo, al propio entorno, y al planeta en su conjunto, desde la capacidad y fortaleza única de su competencia y modelo empresarial. Propuesta ambiciosa a la vez que imprescindible.

Hace ya doce años que, de la mano de las primeras propuestas de Michael E. Porter y Mark Kramer, promotores de esta línea de pensamiento, este movimiento, se extiende a lo largo del mundo, con una fortaleza creciente. El propósito es real y constituye la pieza esencial de las estrategias de co-creación de valor (no como un añadido de reparto una vez logrado el beneficio empresarial, sino como conductor esencial e imprescindible en el diseño, formulación e implementación). La reunión de Boston ha puesto de manifiesto un compromiso real de todo un mundo de líderes comprometidos con el desafío. Grandes empresas al frente de la economía mundial, ONG’s, fundaciones con más recursos y activos que muchos gobiernos y países generadores de opinión… comprometiéndose con proyectos concretos, “haciendo camino día a día, construyendo un nuevo paradigma”. Amplio movimiento, que va influyendo e interactuando con múltiples iniciativas repensando y comprometiéndose en nuevos roles a jugar en el desafío global de la Sociedad. Así, en los próximos días, Bilbao será capital mundial de la inversión responsable en la III Edición del Biscay ESG Global Summit, encuentro de empresas e instituciones inversoras comprometidas con el medio ambiente, la sostenibilidad, los desafíos sociales desde las diferentes corporaciones. Ya en el nacimiento de la mencionada iniciativa “Shared Value”, Michael E. Porter señalaba como punto de inflexión la necesidad de convencer a los grandes inversores, financieras globales, del valor -también para ellos- de invertir en empresas con estrategia y propósito de valor compartido. En un rompedor informe en 2014, “How Banks profit by rethinking their purpose” (“Cómo hacer la banca rentable repensando su propósito”), con la participación de varios bancos punteros, repensaban sus estrategias y proponían diversos escenarios de transformación estratégica para reinventar la banca, la inversión y su interacción empresa-sociedad. Hoy, BlackRock, principal “banca de inversión global”, propone su inversión sostenible y afirma en su apuesta estratégica: “se trata de invertir en el futuro y en reconocer que las empresas que resuelven los mayores desafíos a los que se enfrenta la humanidad podrían estar mejor posicionadas para crecer. Se trata de promover nuevas formas de hacer negocios y de crear una tendencia que anime a más personas e instituciones a invertir en el futuro que estamos creando juntos”. En su informe “Sostenibilidad: El futuro de la inversión” afirman que, si bien en el pasado invertir en una u otra empresa o iniciativa suponía sacrificar VALOR a cambio de “valores”, hoy no es el caso. Hoy, y, sobre todo mañana, las empresas más rentables serán aquellas que hagan de sus estrategias de co-creación de valor y su respuesta, medible a los desafíos sociales, medio ambientales y de gobierno, el verdadero hilo conductor de su propósito. La banca hoy, toda industria mañana.

Quizás, paso a paso, con este imparable movimiento inconformista con la realidad observable, encontremos la manera de afrontar tan graves desafíos como estos que nos ocupan. Diferentes roles y responsabilidades, de unos y otros, en un marco de coherencia.

Elegir nuestro propio futuro: otro paso más

(Artículo publicado el 28 de Abril)

El atropellado anticipo electoral, ha venido provocada por ejes interdependientes en conflicto que han conformado, a su vez, las directrices de la campaña electoral: Catalunya como señal roja del mal llamado “hecho o conflicto territorial”; la insufrible corrupción galopante y descontrolada que ha permanecido en el seno de los partidos socialista y popular, sobre todo, con la sentencia condenatoria firme a este último; la evidente utilización de las “cloacas” y aparatos del Estado en beneficio particular de los partidos ya señalados, acompañada de una justicia bajo sospecha y, finalmente, la no superada crisis económica responsable de una desigualdad creciente. Cuatro hilos conductores de múltiples caras, necesitados de una transformación radical del Estado español, sus políticas, estrategias y gobernanza.

La campaña ha servido poco para motivar a una sociedad necesitada de ilusionarse y comprometerse en la construcción de su propio futuro. Las “viejas reglas del juego” no solo han excluido del debate general a representantes legítimos en las disueltas Cámaras, sino que ha facilitado una equívoca concentración mediática en torno a la distorsionada y falsa imagen de cuatro supuestos posibles presidentes de gobierno. Ninguno de los cuatro preseleccionados puede presidir un gobierno sin contar con el apoyo de los excluidos. Si los “independentistas y nacionalistas periféricos” somos causantes de la insatisfacción con el “modelo territorial” y algunos creen que no hay razón para revisar el modelo, cabría pensar que pasa con otras cuestiones que no parecerían afectar al desajuste: el que no funcionen los trenes en Extremadura, que Castilla la Mancha renuncie a sus potenciales competencias estatutarias, que las Conferencias Sectoriales con las Comunidades Autónomas sean una caricatura de la coordinación interinstitucional y sean meros intercambiadores de reproches inter partidos…, que la deuda del Estado con la Seguridad Social y el Pacto de Toledo sean un “nido de águilas” con todo tipo de despilfarros y negligencias como sus propias actas recogen, la “España vacía”, un inútil Senado y una insuficiencia en la financiación autonómica… por ejemplo. Así, lejos de la razonable  búsqueda de un diálogo abierto a la búsqueda de soluciones, se impone la “promesa” del aspirante Rivera de “eliminar a los enemigos de la unidad de España del Congreso y remitirlos al Senado de modo que los Constitucionalistas españoles podamos hablar de nuestras cosas”: Excluir la diferencia solo lleva a un resultado final: la salida, antes que tarde, de quienes no se sientan confortables en un Estado que, además, les trasmite un mensaje claro: NO es NO y NUNCA es NUNCA en una rotunda, negativa y excluyente  interpretación tanto de la democracia, como del propio ordenamiento constitucional y estatutario vigentes, alejado de la realidad sociológica en cada territorio. Bloque inmovilista del miedo a otras alternativas, ante el temor a una derecha con preocupantes tintes de retroceso y vuelta al pasado. Y, en medio, las “tres derechas”, de apariencia oculta e integradas bajo el viejo paraguas de la Alianza Popular de antaño, en su pelea particular por una reinvención o reacomodo. Ya en plena campaña, una de las perlas del líder de VOX no deja de tener su importancia: “Es más que probable que después del 28-A, la derecha tradicional desaparezca como sucediera con la UCD de Suárez…, y dé paso a un nuevo liderazgo y partido refundados”. Adicionalmente, las muestras de una voluntad y capacidad real de “regeneración democrática” no aparecen y el gran desafío mitigador de la desigualdad y la desafección se deja al azar, en la confianza de que la “magia exógena” termine resolviéndolo algún día.

Ante este panorama, anticipándonos a los resultados de hoy, merece la pena una breve reflexión apoyándome, también, en algunas lecturas, desde ópticas diferentes que la oportunidad vacacional de Semana Santa ofrece.

Por un lado, el sociólogo aragonés Ignacio Urquizu, se acerca a un posible “retrato robot del ciudadano medio español” (“¿Cómo somos? Un retrato robot de la gente corriente”), aportando interesante información desde su percepción inicial de lo que considera el abandono real de este inexistente ciudadano tipo del que sin embargo todos parecen conocer y hablar. Lo ha estudiado desde la realidad estadística observable y le lleva a razonar el porqué de resultados en apariencia sorprendentes en sucesivas votaciones desde el año 2011 hasta nuestros días, en las diferentes democracias europeas. Su detallado análisis le lleva a preguntarse por la tipología real del elector en los diferentes países para romper el simplista análisis qué, desde la distancia y desde percepciones predeterministas, ha llevado a tantos a a concluir que lo inesperado (para algunos) de los resultados, es fruto de los movimientos populistas, nacionalistas o ultras. Así, quienes apoyaron el Brexit o pretenden transformaciones radicales en el modelo de Estado, o desoyen los mensajes “estabilizadores” de las recetas de siempre, o no se sienten identificados con determinadas ideologías político-económicas de “probado éxito en el pasado”, o abogan con impaciencia por mayor velocidad en herramientas mitigadoras de una creciente desigualdad, o no se ven representados por academicismos pseudo intelectuales y culturalismo de izquierda, o quienes se ven empobrecidos o perjudicados como consecuencia de la globalización, padecen la crisis económica o el impacto tecnológico y cambios sociales, no estarían necesariamente equivocados, ni serían simples egoístas individualistas, insolidarios, xenófobos o localistas contrarios al progreso y futuro “normalizado y deseable” que habría de beneficiarnos a todos. La compleja realidad dista mucho de esta conclusión apresurada. Ni existe un ciudadano medio al uso, ni, en consecuencia, se da una confortabilidad homogénea. El ciudadano medio, más allá de estadísticas, es, además, cambiante a lo largo del tiempo y en función de sus circunstancias, reales o percibidas.

Y, de esta forma, el votante que hoy acude a las urnas varía, atendiendo a Belén Barreiro (“La sociedad que seremos”), según su encaje en lo que ella llama “sociedad cuádruple” que en una primera aproximación a una España tipo, post crisis e inmersa en una revolución tecnológica incierta, da lugar a cuatro grandes categorías: los digitales enriquecidos, los digitales empobrecidos, los analógicos enriquecidos y los analógicos acomodados. Cada uno de estos bloques genera una predisposición a un voto diferente más allá de otras segmentaciones tradicionales. Ideología, consumo, tecnología-afección en términos de calidad y expectativa de vida, llamarían a un respaldo u otro a según que partidos políticos y liderazgos, resulten creíbles y referentes para sus personales aspiraciones de futuro. Categorías más o menos identificables en el modelo español, al que añado el carácter plurinacional (real, al margen de su configuración político-administrativa actual) del Estado, generando una caracterología diversa que obligará a una mejor comprensión del votante en Euskadi, Catalunya y, sin duda, desde otras perspectivas, deseos de apropiación y grado de protagonismo esperable en su propio destino. Tan evidente en espacios territoriales e identitarios además de su particular sentido de pertenencia, lenguas, cultura y, sobre todo, voluntad de futuro (naciones diferenciadas) y, sin duda, también presentes, de una u otra forma, en los habitantes de las diferentes Comunidades Autónomas y municipios del Estado, con sus propios sentimientos, voluntad de pertenencia, compromiso colectivo y apetencias personales respecto de sus propias consideraciones y valoraciones del rol del Estado y su mayor o menor intervención.

La “nueva realidad” observable se parece poco a la ciudadanía corriente, a los apriorísticos “deseos” individuales del votante encasillado por un marketing electoral asignado y sí a una interacción aspiración-compromiso no asociable al uso. Nuevo “ciudadano corriente, real”, para el que no es menos relevante la consideración del líder potencial que habría de inspirar la necesaria confianza para depositar en él su representación para trabajar en línea con el futuro esperado.

En esta línea, la publicación estos días, desde una perspectiva empresarial y del management, por Mckenzie, de “El nuevo dilema del primer ejecutivo en las Organizaciones: El sufrimiento del corto plazo por los beneficios del largo plazo”, nos recuerda que las estrategias y sus resultados, exitosos, son fruto de acciones colectivas y no individuales y que su trabajo de hoy será base de los éxitos de otros, mañana, y de la necesidad de liderazgos de “luces largas” anticipando los inevitables cambios esperables en el largo plazo. Resalta la importancia de aquellos líderes que han sabido que su compromiso supone coser un nuevo eslabón al servicio del proyecto final y no su propia gloria cortoplacista. Por tanto, cuando mañana, día 28 revisemos el resultado electoral habremos de preguntarnos: ¿hemos elegido un gobierno que sacrifique las ganancias deseables y esperables de una sociedad plural diversa, heterogénea en un Estado distinto al actual, reinventado desde sus raíces diversas, reales , con diferentes aspiraciones y voluntades futuras, un nuevo estado de bienestar y desarrollo inclusivo o, por lo contrario, seguiremos con el deterioro de las recetas del pasado considerando inamovible un modelo económico, social, político y territorial cuyas consecuencias negativas e insatisfactorias posibilitan, simplemente, el no riesgo a la espera de que suceda “lo que tenga que pasar” cuando estén otros?

Si el votante y ciudadano medio no es ni quien era, ni lo que parecía, si los diferentes pueblos del Estado no se sienten confortables con un modelo que pide a gritos actualización y cambio, si la crisis económica ha aumentado la desigualdad (real o aparente), si el pensamiento económico único es insatisfactorio, si aumenta la desafección con las instituciones y se cuestiona una democracia infectada por las cloacas en que parece apoyarse y si la incierta revolución tecnológica obliga a toda una transformación radical, ¿no es momento de pensar en el futuro y abordar, para la sociedad, su Estado y su administración y gobernanza, el mismo consejo que damos a las personas, empresas y organizaciones: “innovación y conocimiento”, desde la riqueza de la democracia?

Hoy, podemos votar y elegir a nuestros representantes. Confiemos que no sea para volver al mismo escenario de partida sino otro paso relevante hacia un nuevo futuro.

Empresas zombis, recursos tóxicos y política industrial

(Artículo publicado el 14 de Abril de 2019)

En el último Consejo Europeo celebrado el pasado 22 de marzo, junto con la importancia de los principales asuntos que conformaban el orden del día (Brexit, Ucrania, acuerdos Unión Europea-China), se incluyó “el fortalecimiento de la base económica de la Unión Europea”, considerando que su “solidez reviste esencial relevancia para la competitividad y prosperidad europea”.

La resolución del Consejo al respecto pretende focalizar los esfuerzos de la Comisión y de los Estados Miembro en tres apartados: la economía de los servicios en la configuración del mercado único, la inteligencia artificial conductora de su política industrial y la adecuación de la política digital a la economía de los datos. Bajo estas indicaciones, ha encomendado a la Comisión Europea un enésimo plan de largo plazo que, a finales de 2019, señale la visión de futuro de su política industrial. En paralelo, “anima” a los diferentes actores a aumentar la inversión y riesgos en investigación e innovación y el impulso al libre comercio articulados en convenios internacionales de comercio exterior, defensa comercial y nuevos instrumentos de contratación pública internacional.

Recordemos que, periódicamente, la Unión Europea resuelve recordar la importancia de la política industrial y elabora interesantes documentos de diagnóstico y análisis que suelen perderse en su recomendación voluntarista de aplicaciones parciales que, desgraciadamente, o no concretan su verdadera ejecución desde la exigible coherencia estratégica y focalización diferenciada por los diversos Estados, regiones y empresas europeas miembro, o quedan  en programas o piezas sueltas dominadas tanto por el amplio espacio de la “Innovación e Investigación” con limitada especificidad diferencial según variadas y distantes realidades y tejidos económicos, base industrial y, sobre todo, voluntad, capacidad y aspiración de futuro. Desgraciadamente, resultan de escaso valor transformador, dominados por un empeño teórico en determinadas orientaciones hacia  “una excesiva policía de la competencia” sobre un teórico mercado único o mercados empresariales globales o en la supuesta búsqueda e incentivación de “grandes campeones europeos”, bajo el paraguas de una ya superada teoría clásica de la competencia directa encaminada a superar/eliminar de los mercados a sus competidores estadounidenses y japoneses (en los años 80) o chinos (en la actualidad), en un marco mal entendido de la competitividad que procura la Coopetencia y alianzas a lo largo de las cadenas locales y globales de valor y no a la suma cero consecuencia de ganadores y perdedores. Así, “Libros Blancos para una política industrial para un mercado único”, “El renacimiento industrial” o la “Necesaria revolución industrial”  que alumbraran movimientos en otros momentos, pasan por convertirse en reclamos temporales para uso particular, ya sea por algunos gobiernos o por determinadas direcciones generales que incorporan, parcialmente, su teoría y guía (direcciones de innovación e investigación, política regional, competencia, empleo…), que suelen terminar sirviendo como marco actualizado para nuevos términos (que no conceptos esenciales) para el acceso a programas bajo el caramelo de la subvención, provocando un exceso de iniciativas y planes escasamente diferenciados y, por definición, estratégicos segmentando iniciativas, recursos y objetivos.

En este marco, Margrethe Vestager, Comisaria de la Competencia en la Unión Europea y candidata a presidir la futura Comisión, en el caso de que su grupo parlamentario (ALDE) obtenga el resultado necesario para jugar un papel bisagra entre los tradicionales Populares y Socialistas europeos, ha criticado la línea del debate sugerido, entendiendo que obedece a un intento encubierto de potenciar un eje franco-alemán en defensa de sus intereses de grupos empresariales propios en detrimento de afrontar los verdaderos “fallos de mercado”, cuya solución generaría, a su juicio, las bases reales de una nueva política industrial europea. La líder danesa considera que, “el término política industrial se ha vuelto tóxico, ya que sugiere la selección de ganadores en una economía a la vieja usanza”. Con el crédito de sus decisiones firmes en el largo contencioso UE-Google defendiendo que la corporación tecnológica no actúa en un mercado global, sino en múltiples mercados diferenciados ejerciendo un desmedido poder y control en cada uno de ellos, a través de sus múltiples alianzas y empresas participadas que copan e impactan la totalidad de espacios asociables con el uso de las tecnologías emergentes en su efecto transversal sobre todo tipo de empresa e industria necesitada de afrontar su digitalización creciente e inaplazable, o su oposición firme a una fusión Alstom-Siemens por entender que no favorece a la industria europea, sino que diluye los “n” mercados ferroviarios en su seno. Vestager aboga por “reinventar” las economías de plataformas, el Big Data y su impacto en la nueva revolución digital e industrial, interconectada con el efecto industrial derivable de una firme lucha contra/ante el cambio climático, propiciando “la reinvención de la industria energética” y “la reorientación de la Inteligencia Artificial hacia los usos y necesidades sociales”, advirtiendo que “la I.A. no será mejor que los datos con los que se programe”. Hace suya la bandera de una nueva “inteligencia industrial y competitividad empresarial”.

Bajo estas declaraciones subyace, sobre todo, el continuo debate entre los posicionamientos negativistas sobre la política industrial que para pensamientos de libre mercado puro (en caso de que esto exista), se escondería el intervencionismo público, la “nefasta” actuación de los gobiernos, “el elevado grado de error “tras la elección de “campeones” o de “empresas tractoras preferentes” o de “sectores prioritarios” o de su participación en el rescate, salvamento y/o reestructuración y reorientación de empresas en crisis ,y la “distorsión de la economía de mercado, supuestamente, ”asignador perfecto de recursos en el sistema”. Además, coincidiendo con este debate, la coyuntura ha hecho que vean la luz una serie de informes (por ejemplo, Orkestra: “Solvencia de la empresa vasca”; OCDE: “Recursos ociosos en empresas tóxicas”, “The Corps walking death”) que rescatan el ya viejo, conocido y siempre interesante cuestionamiento de las llamadas “empresas zombis” (aquellas empresas que tienen un bajo nivel de rentabilidad y cuya única manera de sobrevivir es la refinanciación permanente de sus deudas, apoyadas en quitas, benevolencia de sus acreedores y subsidios públicos). Este representativo término, acuñado en las crisis japonesas de algunas de sus grandes corporaciones líderes mundiales -en determinadas épocas- que en plena crisis e insolvencia coyuntural fueron sostenidas por el gobierno de Japón contra la opinión de los mercados. Hoy, se estima que este tipo de empresas suponen el 10% de los mercados en España, Francia, Italia, Alemania. Y, por supuesto, Japón sigue “reconvirtiendo” sus empresas y/o unidades clave, apostando por una reorientación estratégica hacia nuevos mercados y modelos de negocio confiando en sus capacidades (reales u ocultas) para transitar hacia nuevos espacios de éxito. Desgraciadamente, esta visión reduccionista tratando de asimilar política industrial a la inevitable reestructuración y rescate de empresas en dificultad o crisis, serviría a muchos para el descrédito de las estrategias industriales a lo largo del mundo, dando paso al simplismo de la globalidad y libre mercado cuyos resultados no parecen respaldados.

Este, sin duda, controvertido elemento clave en la política industrial de los gobiernos, ni supone la totalidad de una política, ni mucho menos resulta un blanco-negro. Los “pasivos tóxicos” que las empresas zombis representan para la OCDE en múltiples recomendaciones de sus sucesivos economistas jefe presuponen que toda ayuda pública en un momento determinado impide su uso alternativo en la promoción de emprendimiento creativo y rentable, la canalización del ahorro país, la reducción de su endeudamiento y la correcta asignación de sectores y áreas de actividad con “ventajas comparativas” para el ecosistema en que se desenvuelven. Es verdad que una empresa, por muy zombi que sea -en especial las de gran tamaño, elevado empleo, amplio espacio y red de subcontratación, histórica implantación en un territorio, cultura y economía concretos- puede sobrevivir casi eternamente y, por lo general, convive o provoca un ambiente de lucha desesperada que pasa por impactar de forma negativa a su competencia, impagos fiscales y de seguridad social, destrucción de precios y constante demanda de fondos públicos y deterioro social y laboral. De allí la inevitabilidad de actuar con medidas eutanásicas ayudando, de forma decidida a su cierre, previa atención especial sobre el conjunto de sus stakeholders (en especial, trabajadores) y la adecuada dotación de una red de bienestar que evite la marginación y desafección de un proyecto de futuro, empresarial, profesional y, sobre todo, personal. Ahora bien, la experiencia demuestra el valor generable por una inmensa mayoría de empresas “rescatadas y salvadas”, en el medio largo plazo, cuando sus fortalezas y ventajas reales son reorientadas y apalancadas hacia nuevas industrias, soluciones y servicios, desde sus capacidades diferenciales.

Japón, por no acudir a otros ejemplos, ha construido gran parte de su potencial tecnológico-industrial desde muchas de estas empresas, otrora líderes en sus industrias. En Euskadi, sin ir más lejos, programas de rescate, reestructuración y reorientación estratégica y laboral, en el marco de políticas industriales completas, han generado (si bien con un significativo número de empresas zombi o en crisis, debidamente sometidas a la eutanasia comentada) líderes empresariales y jugadores de primer nivel en el contexto internacional. La política industrial vasca, en general, es objeto de valoración y aprendizaje a lo largo del mundo (empezando por el reconcomiendo y recomendación de la propia Unión Europea).

Esta misma semana, en el marco de un seminario sobre política industrial, innovación y competitividad, tomando como base el “Caso Vasco” y su realidad empresarial e institucional observable, profesionales extranjeros destacaban, una vez más, la apuesta contracorriente que en materia de política industrial se ha implantado en Euskadi. Lamentaban lo que entienden se trata de una ausencia de sus respectivos gobiernos en actuar sobre los fallos del mercado, si bien desconfían del llamado “intervencionismo público” que han conocido en sus respectivos entornos. Valoran la construcción de una estrategia completa sobre una base y cultura real, a partir de sectores, industrias y empresas existentes reorientando sus soluciones, tecnologías, procesos y mercados, en lo que entienden ha supuesto no solamente superar, con éxito, la profundidad de una crisis que ha castigado, sobre todo, a aquellas economías con escasa base industrial, sino que las bondades de la industria han fortalecido la empleabilidad (de mayor calidad, niveles salariales, formalidad, estabilidad, condiciones socio-laborales e inversión en formación y capacitación), su capacidad generadora y fuente aceleradora de  tecnología, ahorro en inversión, desarrollo de capital humano y capacidad tractora de una economía clusterizada, generando un ecosistema de alto valor, riqueza y desarrollo compartible.

La continuidad creativa y renovada de una política industrial completa, especializada y tractora, es, sin duda, una apuesta segura. Con zombis inevitables que han de merecer, también, nuestra atención. Una economía no se da en su totalidad en etapas únicas y segmentadas de reestructuración, inversión o innovación. Para bien o para mal, todos ellos coexisten al tiempo y todos requieren la actuación decidida, también y en especial, de los gobiernos. Es precisamente esto lo que exige y justifica estrategias y políticas industriales para ganar el futuro. En esta línea, merece la pena observar a nuestro alrededor. La propia Alemania (cuyo intento en respaldar empresas históricas para liderar Europa que señalara Vestager) está inmersa en su “Nueva estrategia y políticas Industriales para el 2030” reivindicando la necesaria intervención decidida de sus gobiernos para garantizar el bienestar de sus ciudadanos, o Japón inmerso en su siempre renovada “Estrategia Industrial” con su particular (y exitosa) focalización en acuerdos bilaterales diferenciales como el caso de su especial acuerdo Arabia Saudí-Japón  soportada en el binomio de intercambio: energía saudí por tecnología, formación y desarrollo industrial aguas abajo para la Arabia post petróleo, o la no tan lejana política industrial emiratí que conduce a Dubai a una apuesta de industrialización desde su fortaleza logística en desarrollo y sus “empresas tractoras” hacia nuevos mercados e industrias clusterizadas (marítima, aeroespacial, plataformas de acogida de farma y metal mecánico-aluminio-operaciones manufactureras transitarias), o la envidiable estrategia y visión 2030 de Noruega, apuntalando sus clusters vanguardista evolucionando de sus capacidades offshore y energéticas hacia la economía azul y verde con el máximo desarrollo de su investigación bioquímica y, por supuesto, su potente “plaza financiera” de soporte y apoyo a su industria.

En definitiva, pese a las dificultades en su formulación e implementación, la política industrial goza de una muy buena salud y, pese apariencias coyunturales, requiere construirse desde fortalezas reales, desde la cultura propia de cada tejido económico en el que se diseñe y aplique y obliga a atender, a la vez, tres espacios convergentes: su economía de factores, su economía inversora y su economía innovadora. En el largo camino, encontrará zombis, empresas tractoras, líderes innovadores, campeones globales. Y, por supuesto, como en toda estrategia, gobiernos y empresas han de asumir riesgos (en ocasiones no saldrán bien) y pueden equivocarse.

Brexit: ¿Seremos capaces de convertirlo en el camino exitoso de una nueva Europa y de un nuevo Reino Unido?

(Artículo publicado el 17 de Marzo de 2019)

Pendientes aún de lo que la Unión Europea decida ante la solicitud de prórroga de fecha final de salida del Reino Unido de la Unión, formulada por el Parlamento y Gobierno británicos, así como del complejo proceso en curso en el Reino Unido y de la un tanto incierta decisión final, hoy podríamos confiar en una salida negociada, de mutuo acuerdo, suficientemente ordenada y garante de las máximas seguridades y derechos posibles, previamente convenidos a lo largo de esta semana, entre la primera ministra, Theresa May y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.

Siguiendo las ya “consolidadas” malas prácticas de la Unión Europea en sus procesos de toma de decisiones propias de los “negociadores o jugadores de póker de última partida”, o de mal estudiante que deja todo a la víspera del examen, o el mal opositor que se limita a preparar un solo tema apostando a la suerte para garantizarse un empleo fijo vitalicio, o el truculento juego de “parar los relojes” para simular el cumplimiento de plazos, in extremis, se ha llegado a un punto de acuerdo que permite un respiro. El Parlamento británico respeta la voluntad democrática de una sociedad que votó favorablemente salir de la Unión Europea, hace valer su reserva de poder soberano por encima de un ejecutivo y pretende, finalmente, una salida lo suficientemente ordenada. La Unión Europea, por su parte, mantiene su línea argumental del inicio del proceso, mantiene la literalidad del acuerdo previamente dado por definitivo y último, y añade el llamado “paquete de Estrasburgo” que pudiera parecer válido para posibilitar una solución al “backstop”, o salvaguarda de la frontera blanda con Irlanda del Norte.

El pasado día 13, Michel Barnier, negociador jefe de la Comisión Europea para la salida del Reino Unido, explicaba en el Parlamento de Estrasburgo la línea seguida: “Nos guiamos bajo la intención de construir un ambiente de amigos, aliados y socios una vez se consume el abandono voluntario del Reino Unido”. “Hemos intentado explicar, clarificar y garantizar el cumplimiento del acuerdo de salida ya pactado con la señora May, asegurando la temporalidad del backstop para facilitar el apoyo de la Cámara de los Comunes”. “Nuestro objetivo no es otro que apoyar la paz y la estabilidad en Irlanda, conforme al máximo respeto al acuerdo de Viernes Santo para Belfast. Pero, a la vez, hemos velado por preservar los elementos esenciales de la línea objetiva marcada como Unión Europea en defensa de nuestros intereses esenciales: a) garantizar y promover un mercado interior y único, b) mantener la calidad y seguridad alimentaria, c) priorizar los presupuestos nacionales de los Estados Miembro y de la Unión, d) hacer efectivo el control fiscal con la eficiente seguridad y respeto a las reglas del juego (Import-Export) para el consumidor y empresas europeas”.

Esta firme y coherente posición, de principio a fin de la Comisión Europea, merece nuestra cuidadosa y atenta reflexión. ¿Es esta la Europa que queremos construir? Llama la atención que, ante un hecho de tanta relevancia, la dirección ejecutiva de la Unión Europea ponga el acento, en exclusiva, en la importante, pero limitada, “cuenta de resultados”, como si la Europa de hoy -y, sobre todo, la de mañana- se tratara de un mercado, eficiente y potente, pero simplemente eso: un mercado. Parece seguir primando (¿o en exclusiva?) la eficacia administrativa y economicista y no el propósito perseguible por los europeos y la Unión, no como fin en sí mismo, sino como instrumento-paraguas de la visión buscada.

¿Amigos, aliados y socios? ¿Se pierde una gran oportunidad para alumbrar nuevos caminos hacia un futuro diferente desde los principios fundacionales de este “club especial”, como espacio de paz, democracia, libertad y bienestar solidarios?

Sin duda alguna, la salida democrática y voluntaria del Reino Unido, guste o no a la Comisión, a empresas, ciudadanos, gobiernos, medios de comunicación, en la Unión, no es solamente respetable, sino que parecería, merecer una aproximación constructiva pensando en la contribución a realizar en proyectos, pensando en todos y en el respeto a nuevas normas de comunicación.

El acuerdo de salida tiene aún un relevante camino por recorrer que, confiamos, cuente con una nueva posición facilitadora de un nuevo espacio de realidad y oportunidad para construir. Del cómo entendamos las dificultades u oportunidades para unos y otros dependerán no solo la propia economía de unos y otros sino, sobre todo, el desenlace político y social por venir en uno y otro espacio. ¿Cuál será este nuevo futuro?, ¿asistiremos a un escenario de perdedores de un Reino Unido disminuido (UK-) y de una Unión Europea limitada, restringida, cuestionada internamente (UE-) o se tratará de nuevos escenarios, ni peores, ni mejores, a priori, pero sí diferentes y cuyo resultante final dependerá de lo bien o mal que unos y otros reaccionemos ante las consecuencias que traerá consigo? En todo caso, pensemos en términos de UK? y UE? (diferentes, ni peores, y esperamos que sí, mejores).

Sin duda, la foto fija del punto cero del Brexit puede reflejar un UK- encaminado a un periodo transitorio de nuevo recorrido legislativo, político, organizativo y de recomposición de mercados, socios y diseño de estrategia y políticas públicas y empresariales diferentes. A partir de esa foto fija, Reino Unido tiene un asunto geopolítico territorial de vital magnitud dentro de casa. Decíamos que el referéndum popular pidió la salida de una Unión Europea que consideraba inadecuada para sus aspiraciones. Ahora bien, cuatro relevantes regiones o espacios políticos con aspiraciones, necesidades, instituciones y voluntades políticas diferenciadoras manifestaron con claridad su deseo de continuar en la Unión Europea: Escocia, Irlanda del Norte, el gran Londres y Gibraltar.

Por simplificar, Escocia pide ya un nuevo referéndum de independencia que, además, le lleve a permanecer en la Unión Europea como estado miembro de pleno derecho. Irlanda del Norte no parece ocultar su voluntad, limitada por el posibilismo del momento, de su viaje hacia la integración, confederada o no, de una nueva Irlanda unificada, miembro de pleno derecho de la Unión Europea (en un proceso de vía rápida al estilo Alemania con la incorporación inmediata de la entonces República Oriental de Alemania). Gibraltar, a la búsqueda de un estatus especial más en la Unión Europea que fuera de ella. El gran Londres, como la tendencia mundial de las megaciudades, a conformar espacios completos propios, lo más diferenciados y autónomos posibles de los Estados Nación al uso, explorando y explotando su propia identidad, personalidad y estrategia “global” de futuro.

Sin duda, este panorama exige del Reino Unido “inteligencia de Estado” y visión de futuro. ¿Cometerá el Reino Unido el error de “obligar” a la permanencia inamovible de los últimos siglos de vida unitaria o afrontará con imaginación, creatividad y voluntad democrática una nueva manera de reinventarse y reconfigurarse pensando en el futuro y no en el pasado, propiciando una nueva estructura de estados? El Reino Unido post Brexit es ya un nuevo Reino Unido. En sus manos está la oportunidad no solo de recomponer su relación externa con terceros (empezando por su aliado y socio próximo, Unión Europea), sino hacia dentro. Esta es la verdadera apuesta que determinará su futuro.

Del mismo modo, la UE- sería la foto fija del post Brexit. Se va una pieza esencial sobre la que resulta imprescindible generar un nuevo espacio de relación y convivencia. Pero, sobre todo, le queda por delante reinventarse. Si la Unión Europea cae en el inmovilismo burocrático dejando a sus órganos de dirección mantener prácticas conservadoras de obligado proteccionismo interno y auto defensa, seguirá cavando su propia tumba. Si, por el contrario, asume la necesidad de un ambicioso proceso transformador acorde a los cambios y voluntades demandadas en el interior de sus “Estados Miembro”, tendrá la enorme oportunidad de construir un nuevo mundo, alineado con las nuevas demandas sociales, políticas, económicas, culturales e institucionales. La “paralizada” ampliación creciendo con nuevos Estados exteriores ha de cambiar por una nueva ola de recomposición organizativa y expansión interna, reconfigurándose, con sus propios ciudadanos ya europeos y miembros de la Unión, que los somos bajo paraguas interpuestos, fruto de organizaciones geopolíticas del pasado, con aspiraciones de construir nuestros propios espacios nacionales, naturales o innovadores, dentro de una nueva y repensada Unión Europea movida no solo por mercados, sino sobre todo, por anhelos y compromisos con futuros espacios de paz, libertad, democracia y desarrollo inclusivo. Con nuevos modelos de gobernanza, con voz propia y roles reales en la toma de decisiones.

Hoy, estamos pendientes del Brexit y, sobre todo, del nuevo futuro a construir. En unos meses, nos espera una nueva cita electoral al Parlamento Europeo. Esperemos que no sea un simple formalismo para volver a dejar en manos de los bloques populares y socialistas su reparto “acordado” de medias legislaturas, para resituarse sin poner en riesgo su estatus heredado. Esperemos que no se caiga en la simple tentación de culpar a quienes no ven respuestas atractivas o posibles, ni mucho menos compartibles, en la actual Unión Europea, de abanderar localismos anti-tiempo enfrentando el discurso fácil de “ellos” (aquellos que no ven la relevancia global sin matices de la dirección vigente) y “nosotros” (quienes se autoproclaman objetivos, racionales y conocedores expertos del mundo y el progreso por venir). Confiemos en que el nuevo panorama observable posibilite nuevos caminos, nuevas voluntades, nuevos compromisos y, eso sí, una vuelta al recuerdo y práctica de los principios inspiradores que dieron origen a nuestra necesaria y querida Europa.