Nóos, Corrupción y Desarrollo Económico

(Artículo publicado el 19 de Febrero)

Al parecer, la noticia de la semana. Que años después del inicio de un largo proceso judicial, político y mediático, “descubierto” por casualidad investigando el llamado “Palma Arena” demostrado como fechoría de la “administración modelo” que presenciaba el Presidente del Gobierno Español, Mariano Rajoy, la comunicación de la sentencia parecería llegar a su fin.

En el camino, al margen de la sentencia definitiva, la evidencia de una justicia lenta, mediatizada, no independiente y múltiples episodios e interferencias ensanchando la sombra de una larguísima corrupción organizada. En este caso, desde las más altas instancias del Reino de España, gobiernos, empresas afines y personajes variopintos. Nóos no es un caso aislado. España está teñida (manchada) de una larga cadena de chapuzas que no pueden considerarse “iniciativas aisladas” sino, por el contrario, una cultura y práctica ampliamente extendida. A la herencia franquista consolidada en la transición y que perdura con nuevas formas, nombres y apellidos similares y “nuevos jugadores acompañantes del negro y sucio juego”, se añade la persistente tolerancia que se traduce en excusar a una Casa Real, votar a un Presidente presente en todo el periodo de sospecha y condenas y un largo etcétera que parecería imparable.

En paralelo (o en relación con…), América Latina se ve infectada de Sur a Norte por el fenómeno Odebrecht, con una mancha extendible de este emporio brasileño de la infraestructura y la construcción que parece haber contaminado todo tipo de países, gobiernos, empresas y medios de comunicación. No es sorprendente, por tanto, que en una conversación con un buen amigo empresario mexicano hace unos días me dijera: “Pensábamos que la corrupción era un modelo cultural autóctono, pero hemos comprobado que nos llegó en barco en 1492 con el descubrimiento de América”.

Pues bien, si el fenómeno corrupto es absolutamente rechazable desde todo punto de vista moral, ético y penal, no lo es menos desde la óptica de su impacto en el desarrollo económico y bienestar de países y sociedades.

Datos aparte, en un reciente informe sobre prospectiva y proyección de crecimiento y desarrollo económico con estimaciones a 2030 y 2050 (PwC: “The long view. How will the global economic order change by 2050”. “En qué medida cambiará el orden económico para 2050”), en el que además de comprobar, una vez más, el cambio en el ranking de las economías mundiales atendiendo al tamaño de su PIB y observar cómo, salvo China que conservará su primera posición, el resto de las 32 economías más grandes (con el 85% de la riqueza global acumulada), cambiarán posiciones y el “nuevo G-7” se convertirá en un nuevo bloque de países emergentes (Indonesia, México, India, Brasil, Rusia junto con China y un Estados Unidos perdiendo posiciones). Solamente Alemania y el Reino Unido (considerando su configuración actual) aparecerían entre los doce primeros puestos. (La “España” de hoy, por ejemplo, pasaría del lugar 16 al 26). Pero más allá del ranking, es de destacar que el profundizar en el análisis y preguntarse qué riesgos harían imposible el “éxito o mantenimiento” de un crecimiento y desarrollo positivo, a los factores propios de la innovación, la educación adecuada al propósito y modelo de desarrollo, a la inclusividad de su crecimiento, la bondad de su gobernanza e institucionalización y a su capacidad de interacción con las economías mundiales y las diferentes cadenas de valor añadido, surge, como elemento esencial, la “erradicación de la corrupción”.

La corrupción no es solamente una carga mortífera para la ética, para la moral, o para la libre competencia, la confianza y credibilidad y apoyo democráticos y de gobernanza, o a estímulos o aceptación de las responsabilidades fiscales y los diferentes sistemas impositivos y tributarios o alta esencia de la cohesión e inclusión social. Influye, también, en la capacidad de inversión y generación de capital humano y físico, en el movimiento de la inversión interna y extranjera y, por supuesto, en la necesaria lucha contra la “economía ilícita”, tan extendida a lo largo del mundo.

Resulta evidente, tal y como recoge, también, el mencionado Informe prospectivo cómo todo País y Gobierno, con independencia de su posición en el “ranking”, se enfrenta, de una u otra manera, a una serie de retos generales que han de adecuarse a su propia realidad de partida y propósito de futuro. Destaca, por supuesto, la necesidad de los gobiernos en diseñar políticas “amigables y eficientes” para la generación de contextos competitivos completos, facilitadores de la atracción de personas, talento, negocios e inversiones; su capacidad de integrarse en las vanguardias del conocimiento y del comercio internacional, abriendo sus mercados a libres movimientos de trabajo, capital, bienes, servicios y personas; a mitigar las desigualdades y asegurar el reparto justo y equitativo de beneficios para todos y compartiendo el valor con toda la sociedad. Por no añadir el necesario éxito en su particular lucha contra el cambio climático, la insostenibilidad del medio ambiente y la reinvención de sociedades adecuadas a un inevitable envejecimiento.

Acometer estos retos exige Instituciones fuertes, creíbles, fiables, capaces de abordar las reformas y políticas necesarias, compartidas, que la sociedad haga suyas, en procesos abiertos, trasparentes, democráticos, de largo plazo. ¿Cómo podemos hacerlo sin el concurso de gobiernos, sociedades, personas comprometidas con culturas “limpias”, no tolerantes a cualquier tipo de corrupción, en democracias reales, sistemas de justicia independientes y capaces?

Podemos diseñar políticas y modelos económicos de negocio potentes y de éxito, podremos contar con los mejores sistemas educativos y podremos alcanzar la riqueza y la abundancia, pero si vienen contaminados de una lacra de corrupción, suficientemente extendida, hipotecaríamos cualquier opción de futuro.

Hoy es Nóos, es Gürtel, es Odebrecht más X países (México, Perú, Panamá…) tras este conglomerado brasileño de “negocios”, poniendo en jaque a múltiples países y gobiernos, otrora triunfantes por el éxito de sus logros inversores, planes de infraestructura y atracción de inversión extranjera. País a país, incluido España. ¿Mañana?

Más allá de un caso y de una sentencia, desgraciadamente, parecería una extensa mancha sistémica. Empecemos por resaltar una simple constatación: “…también en el éxito político y empresarial, así como en la vida personal, la ética SÍ importa y, finalmente, marca la diferencia”.

En esta línea, un buen avance a generalizar a la totalidad del mundo de los negocios y, por supuesto, en relación con la cada vez mayor y más necesaria interacción público-privada, es una de las diez claves que la reciente Cumbre de Davos del World Economic Forum formalizó en el seno de su Consejo Empresarial. La llamada Declaración para un liderazgo responsable, en el marco de una hoja de Ruta para un desarrollo sostenible de largo plazo. Dicha Declaración es parte de su compromiso con un cada vez mejor Gobierno Corporativo. La Declaración fue inicialmente suscrita por 280 Presidentes y Consejeros Delegados de empresas de primer nivel internacional y recoge dos apartados significativos: El primero, de principios rectores del rol de las empresas para alinear sus objetivos a las demandas sociales, con vocación de largo plazo apostando por la prosperidad global sostenible y no por beneficios financieros de corto plazo y una profunda interacción con todos sus stakeholders (Grupos de interés: gobiernos, trabajadores, sociedad, comunidad, proveedores, inversores, accionistas…) desde la transparencia, colaboración y participación real. El segundo, su compromiso individual como líderes empresariales para influir en sus Consejos y Órganos de Gobierno y Administración en el interés y logro de los objetivos y principios recogidos en el punto primero, promover la revisión actualizada de su Gobierno Corporativo con miras al mejor servicio a la sociedad generando valor, credibilidad y confianza, y actuar dentro del escrupuloso respeto a la legalidad, a la ética y buenas prácticas evitando cualquier “atajo” desde la corrupción o prácticas ilegales o para-legales.

Sin duda, prever lo que pase en 2050 resulta poco menos que imposible, pero, decidir lo que queremos lograr y cómo hacerlo, es cuestión de la voluntad y compromiso de todos y cada uno de nosotros.

“Ni confrontación, ni sumisión”. La esperanza de construir nuevos espacios colaborativos

(Artículo publicado el 5 de Febrero)

En mis tres últimos artículos quincenales publicados en esta columna, hablaba del “bipartidismo fallido” de los Estados Unidos y su impacto negativo en el estado de las cosas en la más próspera y productiva “América”, desde un punto de vista estadístico, y el avance hacia un “Nuevo Orden Internacional” como proceso inevitable para abordar los riesgos y desafíos mundiales diseñando nuevos caminos, instrumentos y compromisos. Hablaba de la necesaria co-responsabilidad y compromiso mutuo entre quienes convienen entre sí y quienes, en su caso, desean salir de un espacio previamente compartido, ya sean acuerdos comerciales, de índole social o político-administrativo.

Hoy, en este mismo contexto, podemos repasar un par de asuntos interrelacionados que han de condicionar no solamente la percepción exterior de los Estados Unidos de América y su rol en el mundo, sino el papel a desempeñar por terceros (ciudadanos, sociedad civil, gobiernos, empresas…) tanto norteamericanos, como no estadounidenses.

Si el Presidente Trump iniciaba su mandato ejecutivo ordenando vulnerar de manera unilateral sus Convenios Internacionales (tanto de Derechos Humanos, Inmigración y Asilo, como el NAFTA voluntariamente suscrito con sus vecinos de Canadá y México), de obligado cumplimiento, avanzaba su obsesivo millonario despilfarro en un nefasto y humillante MURO separador con México y procedía a la prohibición de visados a inmigrantes de siete países, bajo el nada sostenible argumento de “evitar los errores que han favorecido el terrorismo en Europa”, dando paso a abusivas detenciones contrarias a derecho, la reacción de protesta no ha hecho más que empezar (dentro y fuera de los Estados Unidos). A la valiente orden de una jueza de Brooklyn impidiendo la aplicación del intento Presidencial y a la huelga de cientos de taxistas negándose a dar servicio a los aeropuertos de Nueva York (Laguardia y JFK), a medidas extraordinarias de protección a sus trabajadores inmigrantes en las empresas de Silicon Valley, al anuncio de Starbucks de contratar 10.000 refugiados en los próximos cinco años, a la respuesta colaborativa de miles de autónomos propagando mensajes en las redes sociales advirtiendo del peligro en firmar la forma migratoria I-407 a aquellos inmigrantes con la “Green Card”, engañados para provocar la pérdida voluntaria de su residencia permanente, así como declaraciones oficiales de múltiples Organizaciones y Colectivos como la de la Fundación Solomon R. Guggenheim de Nueva York que a través de su Director General en su carta a todos los trabajadores de la Organización, manifestaba su preocupación y rechazo a la medida del Presidente, reiterando “el peligro de que los principios de una democracia abierta, en los que se basa la fundación de los Estados Unidos de América, aparezcan amenazados”, a la vez que recordaba como “Guggenheim siempre estará en favor y apoyo del libre movimiento  de personas e ideas trabajando por un mundo inclusivo, valor esencial de la Institución desde su nacimiento”, se suman, día a día, voces cualificadas en el exterior denunciando el peligro instalado en la Casa Blanca, con independencia de su legitimidad ganada en las urnas.

En este contexto de rechazo a algo más que un “Decreto Presidencial en materia de derechos humanos e inmigración y asilo”, de forma unilateral, la nueva Presidencia ha decidido violentar los Convenios Internacionales de carácter económico (y, por ende, políticos) vigentes, y ha elegido a México y al NAFTA (Acuerdo norteamericano de libre comercio) como primeros objetivos. México ya anunció días atrás su decisión de revisar, modernizar, actualizar y transformar su estrategia de internacionalización: en un cada vez mayor espacio de “bilateralidad” multi-naciones para modernizar, transformar y fijar nuevos marcos de intercambio económico y financiero, de relaciones políticas y sociales. Si el Presidente Nieto presentaba hace tan solo unos días su nueva estrategia de acción exterior y proclamaba el respeto a la dignidad y soberanía de los mexicanos para acudir a Washington a “negociar la modernización de nuestros Acuerdos” bajo el eslogan de “Ni confrontación ni sumisión”, la política Trump se ha convertido en acelerador de lo que Krugman llama: “Dejar en paz a los muertos vivientes” en referencia de la vieja y negativa globalización. En palabras de un reciente editorial de “The Economist”: “Trump llega tarde al Debate; la globalización hace tiempo entró en jaque”. Y yo añadiría, tarde, mal y equivocando conceptos y supuestas soluciones.

En esta línea, ya el último número (diciembre 2016) de la revista Finanzas y Desarrollo, editada por el Fondo Monetario Internacional (nada sospechoso de favorecer el libre comercio globalizado), dedicaba sus páginas a un amplio e interesante debate en torno al “estado de la globalización”. Tras un rápido análisis explicando la reducción de los flujos de capital transfronterizo, a  la disminución del comercio a partir de 2007 y a las características de esos casi 230 millones inmigrantes económicos y expatriados que se mueven por el mundo, datos objetivos que cuestionan en sí mismo el estado de la cuestión, repasa otros factores relevantes entre los que destacan los movimientos crecientes críticos con la globalización, el parón de los grandes Acuerdos y Rondas Comerciales, y el desigual reparto de beneficios y pérdidas a lo largo del mundo, lo que le lleva a plantearse nuevas formas de entender, organizar y promover la globalización.

Krugman, por su parte, pone el acento en el estancamiento comercial y si bien destaca un gran efecto positivo traducido en una disminución “general” de la pobreza relativa en el mundo, señala su impacto negativo para todos aquellos países que dependen de exportaciones, requieren un uso intensivo de mano de obra y/o no lideran los espacios de empleo y generación de mayor valor añadido, y, sobre todo, en sus respectivos ciudadanos cuya formación y capacidades no se corresponden con las necesidades exigibles en la generación global de valor en curso, condenados a una progresiva marginación.

En esta línea, los intentos por “Reencarrilar el Comercio” (Maurice Obstfeld) permiten comprender el equívoco intento vivido asumiendo planteamientos simplistas que confundieron los términos y vendieran bondades sin matices. Sería el momento de pensar en un nuevo concepto para una vieja realidad: el mundo siempre ha conocido los riesgos, beneficios y costes de una “mundialización” o relaciones más allá de sus comunidades endógenas. Lo destacable y deseable no es el “proteccionismo intramuros”, sino el reparto equilibrado y equitativo de los beneficios. Si una mal entendida “Ventaja Comparativa”(Samuelson), espontánea, supondría la capacidad de diferentes empresas y países en dotarse de un pequeño nicho diferencial benéfico para su población, la necesidad de entender su diferencia con una “Ventaja Competitiva” (Porter), ni de suma cero, ni espontánea, sino provocada, trabajada y construida desde el sentido complejo de la “coopetencia”, aumentando el valor por todos los que participan del intercambio, nos llevaría a nuevas fases de entender la “mundialización”. No ajeno a esto, la primera ministra Theresa May, explica en su prólogo al reciente Libro Verde para una estrategia industrial para el Reino Unido (Building our Industrial Strategy. Enero 2017): “Nuestro Plan no es solo un proyecto para salir de la Unión Europea, sino un plan para redefinir nuestro futuro para el tipo de País que queremos ser cuando sigamos nuestro propio camino; es un camino para construir un País más sólido y más justo, que trabaje para todos y no para unos pocos privilegiados. Un plan para una nación que cree en sí misma, se enorgullece, aspira a situarse en vanguardia y logra el éxito a largo plazo, de manera sostenible. Una apuesta para futuras generaciones que tengan la oportunidad de hacerlo mejor que como lo hicieron sus padres ayer y abuelos hoy”. Es un post-Brexit que posibilite reinventar el gobierno, asumir un nuevo rol protagonista del sector público en la política industrial, con el que abordemos nuevos y diferentes Acuerdos bilaterales con todos aquellos países que quieran compartir lo que nosotros mismos queremos”. Nuevos caminos, nuevos desafíos.

No muy diferente al mensaje que ya en 1944, con ocasión del Acuerdo de Bretton Woods que diera lugar a la creación del Fondo Monetario Internacional transmitiera el entonces Secretario del Tesoro de los Estados Unidos de América, Henry Morgenthau: “Espero que esta conferencia centre su atención en dos axiomas económicos básicos. El primero es que la Prosperidad NO tiene límites fijos; cuanta más prosperidad logran otras naciones, más la tendrá cada nación por sí misma. El segundo es corolario del primero: la prosperidad, como la Paz, es indivisible. No podemos permitirnos desperdigarla aquí o allá o entre afortunados, o gozarla, a expensas de otros” …

Todo esto debería llevarnos a comprender los verdaderos conceptos de la mundialización y las “Paradojas de la Internacionalización”, asumiendo sus bondades y contraindicaciones ya que solamente así  sabremos entender un poco mejor el verdadero significado constructivo y generador de valor que conllevaría la apuesta de  un “Made in América” (tan distinto y distante en las propuestas de Obama a las de Trump; uno pidiendo a las empresas “globales” norteamericanas volver a casa en la medida que su “diamante de competitividad no pasaba más por el simple coste temporal en Asia, otro, volcado en la visión de su muro proteccionista aislante a la vez que simplista)… o “Made in X” según su estrategia innovadora transformadora de una equívoca “Globalización” como razón de ser de nuestra economía y la supeditación de la política a la misma. Repensemos las viejas y usadas palabras y “sin sumisión y con la confrontación activa de ideas y hechos, firmes y pacíficos” busquemos la Paz y prosperidad que se supone buscamos.

Esta misma semana, la presentación del Libro Blanco sobre “la salida del Reino Unido de y para un nuevo partenariado con la Unión Europea” (The United Kingdom exit from and new partenership with the European Union) supone una pieza de extraordinario valor para revisar viejos mensajes anclados en un pensamiento único, acrítico, que ha sido esgrimido por inmovilistas al encontrase con “problemas molestos”. Quienes hemos difundido modelos alternativos de Estado, sistemas y espacios socio-económicos diferenciados (Euskadi, Catalunya, Flandes…) somos ninguneados por un determinado tracto histórico o por la referencia equivocada a contextos bélicos, o propios del subdesarrollo o del proteccionismo xenófobo y localista, cuando no a la ignorancia “ajena a los tiempos modernos”.

Hoy, nada menos que el Reino Unido, quinta economía mundial, referente europeo mundial de la ciencia, la innovación, las plazas financieras internacionales… aborda un proceso singular. La voluntad popular votó en referéndum para encontrar un nuevo camino, pacífico y democrático, su Gobierno ha decidido asumir el mandato, lo ha llevado al Parlamento, representante de su soberanía, y va adelante de la mano de una guía clara sobre doce principios básicos que merece la pena contemplar para otros procesos que han de repensar y redefinir nuestro futuro, no solamente en Europa, sino en el mundo. Principios que pretenden “no solo una nueva alianza con Europa, sino construir una nueva, más justa y más sólida Gran Bretaña, universal” (Theresa May). Un proceso enmarcado en el mencionado Libro Blanco que, en palabras del Ministro Secretario de Estado para la Salida de Europa, “desde el máximo espíritu de cooperación internacional y buena vecindad… recordamos que partimos de una posición única: hoy tenemos las mismas leyes y reglas que la Unión Europea. No se trata de negociar sistemas divergentes, sino de asegurar que no establezcamos nuevos obstáculos para un futuro que queremos rediseñar”.

Objetivos y principios que añaden algunos elementos reseñables: el énfasis y reconocimiento al protagonismo institucional y democrático que corresponde a los “Estados objeto de la Devolución de Poderes” (Escocia, Gales, Irlanda del Norte) que ya han definido cómo quieren seguir adelante (dentro de Europa y/o el Reino Unido), la realidad cultural, de vecindad y de potencial proyecto compartido (Irlanda e Irlanda del Norte) y de la oportunidad para modernizar y construir alianzas con todos los espacios globales a lo largo del mundo (Nafta, Commonwealth, Mercosur, UE, ASEAN, EFTA…) además de establecer relaciones bilaterales concretas. Y todo esto, en un clima normalizado de “desconexión” en beneficio mutuo.

Un nuevo paso aleccionador para quienes, hasta hoy, se han aferrado a discursos grandilocuentes de supuestas Unidades Históricas y al inmovilismo de las leyes como si no fueran éstas los instrumentos adecuables a las demandas sociales, democráticamente exigidas.

Momentos interesantes a la vez que complejos. El mundo se mueve, también, en direcciones innovadoras, creativas y esperanzadoras. Unos las agitan desde la imposición aferrados a conceptos y privilegios del pasado; otros, afortunadamente, hacia nuevos horizontes que las Sociedades libres elijan en cada momento.

Parafraseando a Trump en su insultante referencia al Muro “que pagarán ellos, aunque no lo saben”, podríamos decir que “su torpeza proteccionista ha acelerado nuevos espacios de colaboración e intercambio mundial, aunque él no lo sabe”.

Riesgos Globales y un nuevo movimiento de desarrollo inclusivo

(Artículo publicado el 22 de Enero)

La cita anual de Davos (World Economic Forum) permite ocupar los medios, a lo largo del mundo, facilitando debates en torno a los múltiples informes, trabajos con rigor a lo largo del año desde los numerosos Consejos Asesores Globales del Foro, así como de los encuentros e intervenciones de líderes mundiales y de opinión.

Con su inicio esta semana, el Informe Base sobre los grandes riesgos globales del mundo (Global Risks 2017) proporciona un marco ordenado para el análisis. Informe que aparece en un contexto de incertidumbre, preocupación y retos-desafíos de primera magnitud que llevan a poner el acento, a gusto del implicado, en una diferente graduación desde el pesimismo hasta el optimismo.

El citado Informe no solamente identifica los riesgos globales, sino que los “interconecta” buscando facilitar la potencial interacción cara a responder a los mismos más allá de posibles soluciones, como elementos tractores, a la vez, de nuevas oportunidades y avances de futuro.

Señala las principales interconexiones observadas: a) desempleo y subempleo, inestabilidad social y migración involuntaria a gran escala: b) el creciente estado y colapso/conflicto/crisis en múltiples puntos del planeta; c) cambio climático, desastres naturales y crisis-escasez del agua; d) fallo de la gobernanza de y desde los Estados nacionales tal como hoy se configuran y entienden unidos a los conflictos regionales e interestatales, así como la no confortabilidad de entes político-regionales infra-estatales; y e) el ya dominante riesgo real de la desigualdad en sus diversas manifestaciones.

Los riesgos mencionados han de ser mitigados desde la fortaleza de las respuestas sociales, la estrategia y gestión de la Revolución 4.0, los nuevos modelos de crecimiento y desarrollo económico y las reformas necesarias en las agendas público-privadas.

En este marco general de riesgos/oportunidades globales, una de las “áreas estrella” a debate en Davos es, sin duda, el Crecimiento Inclusivo sobre el que, como otras muchas instancias, pensadores y gobiernos, vienen debatiendo e insistiendo en los últimos años. La insatisfacción por un crecimiento económico desigual, la evidencia de una creciente desigualdad (real o percibida), las brechas que separan y marginan poblaciones, personas y regiones/Estados… llevan a una objetiva y realista preocupación para preguntarnos por la necesidad de repensar el estado actual de las cosas y aproximarnos a nuevos espacios en torno a los conceptos de CRECIMIENTO y DESARROLLO COMPETITIVO INNOVADOR e INCLUSIVO para el PROGRESO SOCIAL como una especia de sucesión integrada de términos a la búsqueda de la cuadratura del círculo. CRECER parecería una condición necesaria para la generación de riqueza y empleo a lo largo del mundo; DESARROLLO invitaría a dotar de una determinada dirección y condición de avance a una manera, ritmo y horizonte de crecimiento; COMPETITIVO cualificaría la manera de hacerlo contemplando la totalidad de factores y determinantes de una necesaria forma de generar “ventajas competitivas” garantes de un avance sostenible, incorporando principios de valor diferenciado entre empresas, regiones, ciudades, Estados, bajo implicación colaborativa a la vez que en competencia de la totalidad de agentes implicados (público-privados) más allá de organizaciones independientes, abiertos a mundos y espacios “clusterizados”, con un objetivo de prosperidad y progreso social; INNOVADOR resaltando el conocimiento al servicio de la Sociedad (desde las necesidades reales de las personas) creando nuevos bienes, servicios, modelos, actitudes y manera de pensar “fuera de la caja”, rompiendo fronteras y paradigmas;  INCLUSIVO sería la llave hacia la igualdad (de trato, de oportunidades, de solidaridad, de atención y preocupación justa y equitativa para todos); PROGRESO SOCIAL es el fin último destacando la verdadera prioridad “más allá de la Cuenta de Resultados”.

Sí, desgraciadamente, para muchos no dejan de ser palabras más o menos encadenadas, la verdad es que son generadoras de un verdadero movimiento que parecería haber llegado para quedarse. Si la postguerra del siglo XX alumbró con todo tipo de matices e interpretaciones una filosofía y modelo humanista de economía social de mercado, transformadora de sociedades destrozadas y confrontadas, el agotamiento de sus agentes protagonistas de democracia cristiana, social democracia y humanismo económico convirtiendo el capitalismo en un mejor “modelo” facilitador de amplios beneficios (también sociales), sugiere una nueva manera de entender el mundo, la economía, la política, la gobernanza y la concepción de una mejor interacción entre economía-política-sociedad.

Bajo este contexto, Davos nos ha permitido explorar interesantes intentos de aproximación a sus aplicaciones prácticas. Una de ellas, de la mano del llamado “Europe Inclusive and Competitiveness lab”, iniciativa conjunta del World Economic Forum, el Banco Europeo de Inversiones y la contribución especial de Bruegel, hemos tenido la oportunidad de proponer “Ideas Prácticas” para un Crecimiento Inclusivo y Competitivo en Europa, más allá de un escenario de equilibrio entre la Equidad y la Eficiencia. Su objetivo es influir en el diseño, generación, lanzamiento e implementación de agendas público-privadas, colaborativas, en una Europa dudosa y titubeante, sumida en una profunda crisis de desafección y limitadas alternativas de futuro, aquejada de una provocada devaluación salarial, que ha facilitado la marginación y pérdida de expectativas como consecuencia de la globalización creciente y la inadecuación educación-empleo. Situación que obliga a movilizar y redirigir recursos (humanos, económicos, físicos, conocimiento) hacia objetivos e iniciativas que aborden, de manera convergente y simultánea, crecimiento inclusivo y progreso social en un entorno competitivo, recobrando protagonismo en la esfera mundial y, sobre todo, devolviendo la esperanza, la ilusión y la confianza y credibilidad en torno a un “sueño europeo”, realizable, desde sus valores de paz, libertad, solidaridad y prosperidad. Precisamente en un momento en el que hemos de preguntarnos ¿QUÉ EUROPA?

El documento avanza una serie de propuestas a debatir como reorientar el pensamiento y diseño de políticas desde la “redistribución hacia la pre-distribución”, lo que sugiere intensificar las acciones microeconómicas pensando en los beneficios de la inclusión y no en las cargas que conllevan, incremento salarial, modalidades de renta universal, reformular los espacios y vínculos reales de una competitividad bien entendida y la inclusión, con la necesaria reorientación del ámbito de decisión política al espacio regional y local huyendo de la excesiva concentración centralizada en gobiernos y estrategias “globales, generales y no diferenciadas”. Aprovechar la complejidad y desafío de la Revolución 4.0 para reinventarnos en todas las actividades (no solo en la industria), inversiones (largo placistas bajo modalidades novedosas de financiación-endeudamiento intergeneracional y a largo plazo con respaldo del ahorro social e individual) en infraestructuras conectoras del desarrollo, acelerando su ejecución. En un marco de innovación (también del/en el sistema político y la Administración Pública), nuevo rol y consideración del dinamismo empresarial y un emprendimiento escalable, actuando sobre tres facilitadores clave: el mercado de bienes y servicios, el capital humano y “el mercado de trabajo”. Nuevo marco con tres ejes integrados, de máxima prioridad de actuación: a) Protección, Seguridad y Servicios Sociales; b) Industria, Tecnología e Innovación Económica; c) Educación y Formación.

Atendiendo a estas ideas, el Informe sugiere acciones concretas en diferentes campos al objeto de promover nuevas agendas. Nuevas agendas que requieren decisiones firmes y, en gran medida, disruptivas de los líderes y actores protagonistas de nuevas soluciones para nuevas demandas.

Como decía con anterioridad, es un movimiento en profundidad que no se limita a este “laboratorio”, ni mucho menos. Múltiples iniciativas intentan “cambiar un mundo confortable” para unos, enormemente desigual y gravoso para otros.

Hoy Davos, mañana en cualquier lugar del mundo. Reflexiones socializables provocando nuevas actitudes y generando soluciones socialmente inclusivas, económicamente viables y políticamente inevitables.

¿Hacia un NUEVO ORDEN internacional?

(Artículo publicado el 8 de Enero)

Mientras tanto sus señorías (Congreso, Senado españoles) y el Gobierno “inevitable” del Sr. Rajoy (en palabras del PSOE en su apoyo de Investidura) disfrutan de unas vacaciones navideñas que se prolongarán durante todo el mes de Enero, declarado inhábil, pese a aquel tan urgente presupuesto indispensable para “resolver los problemas reales de los españoles” duerme a la espera de tiempos mejores sirviendo de excusa al Gobierno para no aplicar las propuestas de la oposición, carentes de su correspondiente asignación económica, el recién terminado 2016 ha dejado un escenario mundial “fuera de servicio”, “fuera de control”, “desordenado” según la traducción que concedamos al “OUT of ORDER” que el prestigioso Presidente del Consejo de Asuntos Exteriores estadounidense, Richard N. Haass, sugiere.

La intensidad, gravedad y número de guerras y conflictos a lo largo del mundo se ha acrecentado y la confusión e incertidumbre aumentan día a día transmitiendo una sensación de fragilidad e impotencia aterradoras. Si bien 2016 no parece ser su origen, sí ha sido el marco para un elevado número de acontecimientos que parecerían cuestionar “aquellos principios tradicionales de un determinado Orden Internacional” en el que nos hemos movido en los últimos 40 años tras 30 de guerras en nuestros “entorno occidental”. El mencionado Richard N. Haass, en su último libro (“A world in disarray: American foreign policy and the crisis of the old Order” / “Un mundo en desorden: La política exterior americana y la crisis del antiguo Orden”. Penguin Press 2017) repasa un amplio número de episodios desde la Crisis de los Refugiados, la guerra en Siria, el ISIS y el terrorismo activo en curso, el irresoluble conflicto Israelí-Palestino, el rebrote “bélico-gélido” USA-Rusia con otros relevantes episodios que, por decisión democrática, impacten en el puzzle mundial (Brexit, Elección de Trump en Estados Unidos, potenciales triunfos en Holanda y Francia de dirigentes anti-UE, entrada creciente de “populismos” y “nuevos jugadores” en la escena política, etc. o la nueva demanda anti-globalización, sin olvidar asuntos críticos como la salud y nuevos fenómenos epidemiológicos, cambio climático y desigualdades socio-económicas…). Estos y otros destacados asuntos le llevan a reescribir su valoración del “Orden Internacional” (publicado con éxito hace unos años bajo el título World 1.0), que califica de World 2.0. Pretende llamarnos la atención sobre la necesaria reconstrucción de conceptos que la fuerza de la realidad ha transformado: Soberanía, Autonomía, Independencia, Autodeterminación, Estatalidad… para afrontar con éxito una nueva manera de convivir en un mundo interconectado en el que el poder unidireccional ha dejado de funcionar. Es, sugiere, el momento de introducir nuevas ideas y, sobre todo, un “soberanismo con obligaciones hacia los demás”. Elemento interesante que lejos de parecer algo ajeno a las necesidades y preocupaciones del día a día de los ciudadanos, condiciona o determina nuestras vidas.

Esta semana, tan solo tres posiciones muy distintas han concurrido en este espacio. Por un lado, mientras el Presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, declaraba su ya vieja y apolillada respuesta y posición sobre lo que ha llamado “el proceso o conflicto catalán”, indicando que está dispuesto a “hablar de todo salvo de soberanía, ya que ésta solamente corresponde a todo el pueblo español y no es lo que nos preocupa hoy”, diferentes medios de comunicación “proclamaban” al Presidente de la Generalitat de Catalunya, Carles Puigdemont, “una de las mayores amenazas mundiales del 2017”, temerosos de cualquier proceso democrático que una región relevante en pleno espacio europeo aborde, de manera pacífica, auto organizándose desde una desconexión negociada. No tan lejos, en Estados Unidos, a fuerza de tuits, el Presidente electo Trump, amenazaba a las empresas estadounidenses con tasas y aranceles en caso de fabricar automóviles en México, su socio en el NAFTA, Tratado de Libre Comercio, provocando la caída histórica (desde 1993, inicio del NAFTA) del peso mexicano.

Atendiendo a Haass, los Estados (“aún del pasado”) tienen derecho a ejercer su soberanía (“como deberían tenerlo otras naciones o pueblos sin Estado o que no deseen formar parte de otros”) junto con la contrapartida de la “obligación”. Es decir, ha de velar por las consecuencias que provocan en terceros. Estados Unidos puede violentar o denunciar un Acuerdo Internacional de Libre Comercio (de la misma manera que en su día fue libre para promoverlo y firmarlo), pero no puede hacerlo sin los acuerdos necesarios para llevarlo a cabo y, mucho menos, sin asumir la corresponsabilidad y obligaciones que para con México, en este caso, conlleva; España puede mantener “su soberanía nacional”, pero no puede hacerlo sin la obligación de facilitar a Catalunya, si así lo desea, decidir negociar su salida o modificación  de las condiciones actuales en un marco que no considera adecuado a su voluntad de futuro y, por supuesto, no parece razonable eche en cara al Vicepresidente Junqueras que elabore un documento de promoción de inversión extranjera con los escenarios de deuda y financiación vigentes acudiendo a fondos de estabilización España-Catalunya que conforman el marco actual. Ya tendría Catalunya, al final del pacto de salida, un nuevo escenario en el que no deba pagar la cuantiosa parte de la deuda española y sea el momento de diseñar su propia financiación.

En esta línea, 2016 nos ha aportado algunos datos de interés: el 52% de los británicos decidieron, en libertad, apoyar el Brexit. En palabras de su Primera Ministra, Theresa May, “no querían salir de la Unión Europea sino, sobre todo, construir un modelo y alianzas diferentes, desde sus propias preferencias y decisiones”. “Es nuestra gran oportunidad para repensar lo que en verdad queremos acordar con terceros a lo largo del mundo, tanto en el Reino Unido, como en y con Europa y con otros compañeros de viaje”. Parece razonable esperar que la nueva decisión no prevista por el gobierno conservador británico, les lleve a reformular una novedosa estrategia, tan compleja para el reino Unido (y para cada una de sus “piezas esenciales”, Escocia, Irlanda, Gales, Irlanda del Norte), como para la propia UE y cada uno de sus Estados Miembro (que, dicho sea de paso, tampoco tenían, ni tienen, una estrategia al respecto). Así mismo, el 57% de los estadounidenses quieren que su País se ocupe de problemas y políticas internas y se retire de su rol dirigente del mundo, en especial, en materia de defensa, evitando su intervención en países y conflictos que consideran ajenos. Tanto el presidente electo, Trump, como el candidato demócrata Sanders, asumieron esta bandera y, además, la trasladaron al terreno económico y, en especial, al ámbito de la producción: “Fabricar América, fabricando en América”. Trump “ha animado” a Ford y a General Motors a “volver a casa” a fabricar sus coches con un coste laboral por automóvil a 2.425 dólares contra los 970 dólares que les supone en México, país-socio en su NAFTA que le exporta 250.000 millones de dólares al año y junto con el que ha construido uno de los más potente corredores clusterizados de la industria de la automoción desde el Estado de México hasta Texas-Illinois en un referente geo-industrial mundial. ¿Será la forma que el Sr. Trump entiende le pagarán los mexicanos el Muro de su frontera o lo reinvertirá en formación y capacitación de su poca cualificada mano de obra? (un reciente Informe del Centro de Investigación del automóvil y la Cámara de Comercio USA-Alemania, señala cómo el 69% de las 3.000 empresas subsidiarias alemanas implantadas en Estados Unidos considera que el nivel de formación de los trabajadores americanos es muy deficiente). Traer “nuestras” empresas a casa para fabricar en casa es una aspiración de todos. Pero, si no obedecen a razones de competitividad real y no se genera el espacio adecuado para ello, lejos de generar riqueza y valor para el País, se termina destrozando tejido empresarial sostenible garante del bienestar y prosperidad del espacio implicado. Soberanía, aquí también, es coopetitividad: aprender a competir y colaborar al mismo tiempo generando valor compartido. Ventajas y obligaciones recíprocas.

Un “nuevo” mundo global reclama un “nuevo Orden Internacional” en el que los “nuevos jugadores” ni se limitan a los de antes, ni han de someterse a las mismas reglas del juego, ni pueden someterse a voluntades y decisiones unilaterales. La fuerza de la estabilidad dominante del pasado no puede condenar a otros a someterse a decisiones unilaterales, ya sean de altos contenidos democráticos (autogobierno, independencia, soberanía…) o de asociación y alianzas comerciales o de la simple construcción de una infraestructura ferroviaria que te conecta con el resto de tus vecinos y al mundo.

Sin duda, 2016 ha provocado nuevas preguntas y debates. 2017 puede y debe suponer un avance para construir ese nuevo World 2.0/ Mundo 2.0

En ese debate, soberanía, soberanía compartida, autogobierno, estatalidad e independencia están sobre la mesa. Mucho más que filosofía, principios y conceptos. También, sobre todo, identidad, pertenencia, competitividad, economía, prosperidad.

Un apasionante 2017.

Euskadi 2016: Esperanza optimista ante el desafío del colapso productivo mundial

(Artículo publicado el 31 de diciembre en el Anuario Económico 2016 de Deia)

Terminamos el año 2016 con una sensación dual. Por un lado, un pesimismo endémico fruto de la objetividad percibida de la desigualdad de rentas y empleos, del diferente comportamiento entre las grandes empresas líderes y globales en algunas de nuestras industrias clave y la generalizada parálisis de una masa de empresas pequeñas y medianas lastradas en su crecimiento, de una ventaja comparada respecto de algunas economías del entorno (claramente con la española) a la vez que alejados de los líderes de referencia mundiales, entre la alta empleabilidad de nuestros mejores egresados cualificados versus la población no cualificada que, además, en gran medida, tampoco trabaja, ni se forma en nuevas competencias y capacidades, con un dispar nivel de empleabilidad y seguridad entre quienes disfrutan del cobijo de la función pública y su entorno cautivo con empleo de por vida, contra quienes han de ganarse la empleabilidad día a día a lo largo de toda su vida activa. Por otra parte, la esperanza en un optimismo creativo, basado en la fuerza de la innovación, en las fortalezas rejuvenecidas de nuestra cultura e historia empresarial que habrían de darnos la savia necesaria para remontar la situación y construir un nuevo espacio de riqueza, empleo y bienestar. Este pensamiento dual no es exclusivo de Euskadi, sino que se extiende con fuerza a lo largo del mundo ante lo que las principales Instituciones multilaterales y globales preconizan: el colapso de la productividad, el parón del crecimiento económico, el desarrollo excluyente y la inadecuación de competencias y capacidades con las habilidades demandadas por los empleos del futuro. Todo un desafío.

En Euskadi, hemos asistido a un 2016 suficientemente esperanzador como para inclinarnos hacia el bando de los optimistas: reforzando las fortalezas y ventajas competitivas de muchas de las empresas en nuestros clusters tractores (energía, automoción, aeroespacial, manufactura avanzada interrelacionada con servicios especializados orientados hacia nuevos modelos de negocio y mercados, incipiente impulso a las ciencias de la salud…), hemos retomado una discreta senda de crecimiento acompañada de una mayor presencia en nuestra cuota exterior, observamos creación (incipiente aún pero en sentido positivo) de empleo conteniendo y reduciendo el desempleo e incrementando afiliación a la Seguridad Social, disponemos de un sector público y endeudamiento suficientemente saneados pese a la demanda de cambios estructurales, con capacidad para asumir mayores riesgos de los hasta hoy recorridos y desde una infraestructura que si bien está necesitada de abordar nuevos desafíos, cuenta con los mimbres mínimos necesarios para soportar las bases de nuestro desarrollo a corto plazo. Disponemos de una red de bienestar y cohesión social base de un potencial crecimiento incluyente y estamos instalados en la cultura de la colaboración interinstitucional, público-privada y actitudes y formas imprescindibles para avanzar a futuro. Todo esto en el marco de un autogobierno creciente desde el firme deseo de agrandarlo, consolidarlo y explorar nuevas cuotas de compromiso y desarrollo propios. Podríamos decir que las bases de futuro están asentadas.

Ahora bien, el horizonte mundial de futuro muestra escenarios complejos repletos de desafíos que, como siempre, no da lugar a la complacencia. El constatado colapso de la productividad (fuente esencial del bienestar y la prosperidad) a nivel mundial también es observable en Euskadi. Tenemos una población cuya cualificación y empleabilidad no responde como quisiéramos a las demandas y capacidades requeridas para transitar al futuro. Al menos a ese futuro que decimos aspirar en el que habremos de ser capaces de competir en el exterior, de formar parte de cada vez más complejas y exigentes cadenas globales de valor, de atraer el mejor talento posible, de retener en condiciones de éxito compartible al mejor del talento en casa, de facilitar el crecimiento y desarrollo de nuestras empresas, de convencer a las nuevas generaciones la oportunidad de asumir el reto de la sucesión en la importante empresa familiar de la que nos nutrimos, necesidad de un modelo de relaciones laborales constructivo y de una Administración Pública que exige su renovación (también generacional pero, sobre todo, en el sentido y espacio de trabajo, en nuevas áreas y funciones, con nuevas y distintas dedicaciones y compromisos). Necesitamos asumir proyectos transformadores de nuestra economía no exentos de riesgos para lo que no sirven modelos burocráticos instalados en la sospecha de quien decide o ejecuta los mismos sino, dentro de una exquisita transparencia, la discriminación positiva de quienes en verdad pueden llevarlos a cabo y marcar la diferencia. Debemos acelerar nuestro acceso y uso de la tecnología, innovar en nuestros modelos organizativos y la calidad de nuestra gestión, optimizar la coopetencia inter e intra-empresarial y cambiar nuestra Universidad (es tiempo, sin duda, de pensar y trabajar mucho más en los contenidos y ofertas educativas que en el marco administrativo, pensando en el “cliente” y el servicio a prestar más que en el propio prestador y servidor). No podemos mantener un conformismo mirando hacia el Sur alejándonos de la velocidad del Este o la firmeza del Norte. Nuestro modelo ha demostrado sus bondades y su fortaleza, pero asoman, también, sus deficiencias que claman por una solución. Euskadi ha querido y quiere un desarrollo incluyente, que no deje atrás a nadie. Y todo esto constituye, a la vez, nuestra fortaleza y nuestros desafíos. Necesitamos adelantarnos al futuro y “distanciarnos” de la espera paralizante de un entorno excesivamente conservador y acomodado a la confortabilidad o falta de ideas-riesgo. No podemos permanecer en la homogeneidad.

Necesitamos un discurso y prácticas coherentes: si queremos construir nuestro propio destino y seguir un camino diferenciado, hemos de asumir el coste, el riesgo y las consecuencias que conlleva. Ni nos llegará por “generación espontánea”, ni lo trabajará quien carece de un compromiso firme con nuestro País. No podemos confiar que quien dice querer la creación de riqueza y empleo, fustigue a la empresa y empresario. No es posible construir un nuevo modelo de la mano de quienes no están dispuestos a implicarse en el cambio. El mundo que nos rodea está lastrado por demasiadas carencias: de liderazgo, de compromiso, de iniciativas, proyectos y empresas transformadoras que deseen, en verdad, cambiar el mundo, y de obstáculos objetivos que hacen de la definición y gestión de cualquier proceso y modelo socio-económico todo un desafío. No hay varitas mágicas. No hay un paraíso gratuito para todos. En ese mundo, Euskadi forma parte de un reducido pelotón en cabeza, pero el éxito del pasado no es garantía del éxito futuro y son, además, muchos nuestros problemas y debilidades. El ejercicio 2016 ya transcurrido ha puesto de manifiesto nuestras fortalezas. Construyamos, sobre éstas, nuevos avances, apostando con rigor y esfuerzo por un verdadero crecimiento y desarrollo inclusivo. El 2017 nos espera. Afortunadamente no nos coge ni desprevenidos, ni desprovistos de capacidades. Fijemos nuestros propios objetivos y seamos coherentes con ellos.

Con un ojo en América: política, economía y bienestar

(Artículo publicado el 26 de Diciembre)

Siendo múltiples los análisis realizados en torno al proceso electoral en los Estados Unidos y el punto culminante de la elección definitiva del futuro Presidente, Donald Trump, volver sobre el tema no parecería ni de especial actualidad, ni lo suficientemente novedoso.

Sin embargo, la relativamente reciente publicación (septiembre 2016) del Informe “Problems unsolved and a nation divided. The state of U.S. Competitiveness” (“Problemas sin resolver y una nación dividida. El estado de la competitividad de los Estados Unidos”) bajo la dirección del Profesor Michael E. Porter y con la participación de los prestigiosos profesores Rivkin, Desai y Manjari incluyendo una amplísima encuesta cualificada que sobre la materia fue remitida a todos los ex alumnos de la Harvard Business School, resulta sugerente y no tanto por conocer en detalle sus análisis y conclusiones en relación con la economía y Sociedad de los Estados Unidos, sino por su enfoque y áreas de relevancia a considerar en otros Países.

Desde su propio índice y título de los diferentes capítulos, se observa un propósito de objetividad, académico-práctico, que desde el rigor de los datos cuestiona una sensación generalizada -a la vez que equivocada- en el sentido de que las cosas van relativamente bien, que el nubarrón de una crisis del 2008 empaña el estado de las cosas y provocó el hundimiento, pero que las políticas y medidas tomadas han permitido retomar la senda positiva en la que se (nos) encontraban (encontrábamos). Así, el citado Informe describe un escenario económico calificado como “La era de la Parálisis Política”, caracterizada por largos años de desorientación e inacción ante los grandes desafíos que si bien se acumulaban en un gran número de diagnósticos más o menos aceptados (más por cansancio y por reiteración mediática), no pasaban de la literatura a las verdaderas agendas político-económicas, constatando una cada vez mayor lejanía hacia la prosperidad ofrecida, generando altos y profundas desigualdades y un claro descenso del nivel de bienestar de los ciudadanos. Esta situación de deterioro, ni empezó en la “Gran Recesión del 2008”, ni apareció “de repente” como consecuencia del tan sonado “cambio de ciclo”. Si en la España de esa era, el Presidente del gobierno español, José Luis Zapatero, insistía en “no ver la Crisis que algunos agoreros pregonan”, en el Informe estadounidense no solamente no se veía, sino que no quería verse. La abundante información disponible explicaba tasas evidentes de declive a lo largo del largo periodo 1950-2015 y un espejismo de crecimiento insuficiente (2,1%) entre el 2000 y el 2015. Un crecimiento más “atractivo” que una progresiva pérdida de productividad a lo largo de esos 60 años, con una intensa caída del empleo creado desde un “estable y ya bajísimo 1999” y la consecuente pérdida de valor adquisitivo de los hogares.

Entre tanto, el “éxito” publicitado de los pocos (pero ruidosos) start ups tecnológicos, que se suponía nacían en garajes improvisados en el fenómeno Silicon Valley y la creciente presencia global de grandes multinacionales norteamericanas, trasmitía una fortaleza incomparable salvo por las propias pequeñas empresas estadounidenses que desaparecían con edades medias inferiores a 3 años de existencia. Y quizás el amplio mercado estadounidense, el efecto tractor de su poderío político-militar a lo largo de sus “mercados exteriores cautivos”, le mantenía en rankings internacionales en los primeros puestos, mientras sus determinantes de competitividad se erosionaban día a día, terminando, además, con cualquier vestigio de red social y de bienestar para la gran mayoría de la población. De esta forma, su sistema educativo (sobre todo el público y el del nivel K-12 de enseñanza primaria y secundaria obligatorios), el más que insuficiente acceso a la Sanidad, la no inversión en servicios y equipamientos públicos, la creciente marginación en las Inner Cities y regiones aisladas de los Centros de Vanguardia, lentas e inacabadas infraestructuras han hecho que hoy atendiendo a la prognosis de sus ex alumnos de la más prestigiosa Escuela de Negocios, no apuesta, de hecho, por un futuro próximo mejor (el 50% de los mismos, desde sus privilegiadas atalayas empresariales, pronostican un mayor deterioro de su competitividad), no  ven nuevas posibilidades para incrementar salarios o beneficios en sus empresas y no creen estar preparados para competir en la nueva economía en curso y/o por venir.

Esta “Era de Parálisis” deja la herencia de un erosionado contexto empresarial que hace que sus empresas “no puedan mantener el ritmo de sus competidores en la arena global, sujeta a enormes transformaciones y a los cambios esperables”. A este penoso entorno se une un escenario de gasto público que se ha visto agravado por la “Gran Recesión”, precisamente por “salvar” la quiebra de determinada banca privada. Gran Recesión que ha acentuado la disparidad entre Gasto e Inversión, pero cuyo verdadero declive viene del año 1972 y no ha terminado de divergir, muy lejos de redirigirse en favor de la inversión soporte de la inevitable transformación exigida.

En este análisis se plantea lo inevitable: la presión y urgencia de una Estrategia Económica Nacional y Estado a Estado. Estrategias convergentes bajo dos grandes ejes inseparables: la Prosperidad Compartida (por todos) y la Competitividad-Productividad (empresas, gobiernos, territorios). Bajo este doble eje, cientos de recomendaciones integrables en 8 vectores cuyo enunciado parecería concitar el aplauso general y que, sin embargo, trasladado a las Agendas de Washington y de Wall Street, se convierten en una auténtica Torre de Babel (“Esto está mucho peor de lo que parece”-It´s even worse than it looks- que publicaran Thomas Mann y Norman Ornstein hace ya unos años) en la que, al margen de etiquetas y discursos, describían “los sistemas” (político y financiero) como puntos rojos en el fondo del fracaso.  Así, unos y otros autores, soportados en la evidencia, destacan la responsabilidad de un sistema constitucional y político inadecuado para abordar los retos y desafíos reales de la población y un mundo financiero más orientado al servicio de sí mismo y su supervivencia, que al servicio intermediario de políticas reales focalizadas hacia la demanda social.

Si nos fijamos en una pequeña muestra, recogida en el citado Informe,  el Congreso de Washington ha admitido a trámite un sin número de proyectos a lo largo de sus diferentes legislaturas, si bien el descenso vertiginoso de los aprobados lleva a constatar su inactividad creativa en un bipartidismo que ha generado su propia “esfera artificial” en la que convive “todo un cluster de intereses, lobbies y contra partidas negociadas al margen de las demandas, procesos, discursos y diagnósticos en curso”. Así, el grado de confianza de la población en “Washington” ha pasado del 80% en los noventa, al escaso 18% en el 2015.

Y es precisamente este aspecto el que destaca respecto de otros muchos Informes y Opiniones. “A failing political System” (“El fallido sistema político”) se señala como el principal causante de la erosionada economía estadounidense. Su NO acción-decisión, su confrontación confortable en su bipartidismo permanente con las compensaciones temporales entre ellos, su oposición conjunta a las verdaderas reformas exigibles, su permanente desidia alargando plazos y aplazando toma de decisiones, impide el desarrollo necesario del País, sus agentes económicos y sociales y sus ciudadanos.

Si los alumnos encuestados proponían cientos de medidas de reforma económica y empresarial, no son nuevas sus propuestas para la reforma política. La competitividad no es cuestión de lo público o lo privado, de los unos y de los otros, sino de todos y la capacidad de interacción y coopetencias desde sus propios roles distintivos. Dejar hacer, dejar estar, sin asumir responsabilidades y reformas, tarde o temprano, supone la peor de las decisiones: No decidir.

Pero lo verdaderamente relevante de este trabajo y conclusiones no es la “acusación” a un sistema político y sus gobiernos. Es precisamente la constatación del enorme impacto que, sobre la vida ordinaria de las personas, su empleo, su bienestar, tiene una buena o mala gobernanza, un buen o mal sistema político, la calidad, cualificación y compromiso de sus representantes, la relevancia de las políticas públicas y su interacción con las empresas. Si no se puede ni debe dar por buenas las estrategias y comportamientos de toda la iniciativa privada, las empresas, las organizaciones sin ánimo de Lucro, los sindicatos, las Universidades… tampoco puede dejarse en el limbo al mundo político.

Esto parece evidente en Estados Unidos. En España, el bipartidismo tradicional (ampliamente generalizado en la estructura y política europea con sus nefastas consecuencias observables cada día con mayor intensidad) se refuerza con el espejismo de un “tercer nuevo invitado” y pretenden acordar su propia permanencia en un sistema político del pasado, para una España del pasado, a espaldas de los desafíos reales. El reciente sainete tras las penúltimas y repetidas últimas elecciones y los posteriores pactos de “permisividad” con un largo período sin gobierno y desgobierno ajeno al control democrático de la Sociedad, pudiera generar un espejismo de la irrelevancia de un gobierno. Viejos discursos vuelven a la palestra y dicen ocuparse de las preocupaciones reales de la ciudadanía para evitar enfrentarse a los verdaderos desafíos de un Estado que, por mucho que se empeñe, no puede perpetuarse en el inmovilismo de un centralismo y establishment cada vez más cómodo bajo la bandera de una supuesta estabilidad, más parecida a la “era de la parálisis” que el ejemplo estadounidense señalara.

Resulta de gran importancia observar que en uno de los Centro de Negocios y formación empresarial de mayor prestigio en el mundo y en el que rara vez se interrelaciona con suficiente fuerza el doble rol empresa-Gobiernos como variable esencial en el determinante de una buena o mala cuenta de resultados, en una buena o mala competitividad, el estado del sistema democrático, de la política y el cuestionamiento de la bondad o no de un determinado marco constitucional, salte a primer plano. Es visto, claramente, como un problema no resuelto a la vez que una fuente clara de solución y explicación del estado de bienestar y rentabilidad productiva de las empresas. Empresa, Economía, Sociedad desde el ejercicio eficaz y eficiente de la política y mucho menos de un “mercado supuestamente neutro y asignador excelente de recursos”. Esperemos que no tengamos que constatar eras de parálisis, reformas reales no acometidas, perpetuando un estatus quo que invalide respuestas para un futuro de progreso, acorde con los desafíos observables.

¿Qué tan productiva es nuestra democracia en curso?

(Artículo publicado el 11 de Diciembre)

Una conversación dominante en cualquier lugar en el que nos encontremos es la sorpresa, explicación y preocupación que los últimos procesos electorales y/o plebiscitarios han tenido lugar a lo largo y ancho del mundo.

La mayoría de los medios de comunicación, los habituales analistas políticos (hoy en boga como politólogos y tertulianos), las empresas demoscópicas y, sobre todo, los ciudadanos que no optaron por las opciones ganadoras (el Brexit y salida negociada del Reino Unido de la Unión Europea, la Presidencia de Trump en los Estados Unidos de América, el NO al refrendo de las reformas políticas italianas de Renzi, la NO ratificación del Acuerdo de Paz en Colombia…) y el temor a una generalizada sensación o mensaje de negativas consecuencias de contagio hacia lo que se identifica como una vuelta a “determinados populismos”, a la involución hacia dentro de casa en detrimento de una globalización que parecía haber llegado para instalarse en nuestras vidas sin matiz alguno, llevarían a preguntarnos ¿en qué hemos fallado quienes proponemos otras soluciones a las demandas y necesidades sociales?, ¿en qué medida está la responsabilidad en nosotros y no en quienes ofrecen “lo nuevo”, explicitado o no, creíble o no, fundamentado o no, ayudaría a afrontar los problemas reales y a trabajar en la dirección correcta?

Esta semana he tenido la oportunidad de compartir con colegas de múltiples nacionalidades y actividades profesionales, diversos foros de trabajo, tanto académicos como empresariales y de elevada interacción público-privada. Más allá de ideologías y simpatías sobre los temas mencionados, existe una importante preocupación por la incierta y escasa predictibilidad de un futuro que se antoja cada vez más complejo, la necesidad de liderazgos reales y fiables y de pautas de comportamiento social y colectivo que ayuden a transitar el nuevo espacio de “normalidad” en el que al parecer nos encontramos. Y en esta variable mezcla de situaciones, he querido trazar un hilo conductor entre diferentes valores y conceptos que suponían una base compartible y que hoy son, precisamente, los factores clave de la discordia.

En Nueva York, en un ambiente artístico-educativo, mientras discutíamos sobre el efecto Trump, observaba una fotografía del artista Josh Kline que parecía comisionada por los incrédulos para explicar este momento de inquietud. Titulada “Productivity Gains” (las Ganancias de la Productividad) refleja una persona con aspecto temeroso, abandonado hacia la indigencia, tumbado en el suelo, envuelto en una bolsa de polietileno. La fotografía, además incorpora el espacio de la innovación y la tecnología avanzada, realizada con impresión 3D y se realiza sobre una mezcla de nuevos materiales incorporando espuma, plásticos y cianoacrilato. El artista pretende, con su obra de arte, denunciar lo que considera uno de los graves problemas del momento, en la supuesta justificación de las políticas y decisiones económicas en base a la búsqueda de la productividad creciente en nuestras empresas y sociedades. Alegato silente incorporando tecnología tractora de la nueva industria y elementos de potencial crecimiento de la productividad en su uso.

Horas más tarde, en mi cita anual en Harvard con amigos y colegas estudiosos y responsables del diseño y ejecución de estrategias y políticas de competitividad, co-creación de valor empresa-sociedad y desarrollo económico y regional, participábamos de la enriquecedora experiencia de investigaciones, planes y políticas que en el marco de nuestra red (ORKESTRA, desde Euskadi, es miembro activo y referente en la misma) se vienen desarrollando a lo largo del mundo (más de 100 países y regiones presentes). Y así, al hilo de conceptos clave que acompañan estas materias, la productividad afloraba como un indicador significativo cuya correcta comprensión y mejor aplicación ha de ponerse al servicio del bienestar de los ciudadanos. Productividad empresarial y productividad socio económica, institucional y de capital social y humano al servicio de los países implicados. No podía menos que hilar las reflexiones de la obra de arte antes mencionada con la relevante aportación de la Competitividad al Desarrollo Humano. Y me preguntaba: ¿Qué tan productiva es nuestra democracia en curso?, ¿cuál es el rol que la Competitividad ha de jugar en la pedagogía y liderazgo en el escenario actual?

En Euskadi, apostamos por una estrategia de competitividad en solidaridad que nos ha venido acompañando desde el inicio de la recuperación y actualización de nuestro derecho al autogobierno tras la aprobación del Estatuto de Autonomía en 1980. Fruto de esta línea de pensamiento, hemos construido modelos de desarrollo humano sostenible que han roto barreras del “pensamiento único”, que apostaron por políticas económicas (esencialmente industriales) y sociales convergentes y de aplicación conjunta e instantánea, facilitando una red de bienestar que hoy nos permite aportar una saludable y positiva ventaja comparativa y competitiva como País respecto de nuestro entorno y siendo objeto de análisis y referencia en el mundo. Nuestras industrias y empresas han mejorado considerablemente su productividad (no en base a recetas del pasado basadas en salarios y devaluaciones, sino en contribución y generación de valor añadido) y transitamos, de manera permanente, hacia modelos de colaboración innovadora, estrategias de co-creación de valor y, en definitiva, hacia el objetivo esencial de generar un desarrollo y crecimiento inclusivo, con un claro acento en modelos glokales (no globales) que permitan la conectividad de nuestro país, empresas ,personas e instituciones con el talento, la creatividad y las oportunidades allí donde se encuentren a lo largo del mundo, a la vez que intentamos generar la mayor capacidad de magnetismo y atracción de flujos (capitales, personas, recursos de todo tipo) imprescindibles para un desarrollo y cohesión social que no margine a nadie, ni en su generación, ni en el disfrute del valor y beneficios que seamos capaces de aportar. Esta y no otra ha sido, es y debería ser la esencia de una competitividad bien entendida. Estrategia que exige romper, además, ideas y actitudes del pasado, estancas, que perpetúan la separación entre lo público y lo privado en una confrontación permanente más allá de sus roles respectivos y diferenciados, lo académico y lo práctico, a la empresa de sus “componentes esenciales” (todos los “stake holders” implicados: accionistas, directivos, trabajadores -de cualquier responsabilidad y rango- y agentes interrelacionados a lo largo de las cadenas de valor de las que participe, así como de los agentes sociales y económicos), a la sociedad de sus instituciones, a la economía de la política y las ideologías y a la democracia de sus representados y verdaderos destinatarios de las políticas a aplicar. En consecuencia, los vascos conocemos la fortaleza de estos conceptos e ideas, las vivimos día a día y constatamos los avances que aporta a nuestro desarrollo compartido. (Y cada vez más, el mundo observador reconoce el sabor y magia del proceso seguido en estos ya casi cuarenta años en entornos complejos y especialmente duros).

Por tanto, no resultaría extraño, aquí, saber que si pretendemos que los resultados electorales esperables se parezcan a “nuestra racionalidad”, hemos de actuar en consecuencia. Si quienes queremos sociedades justas, participativas, igualitarias, no somos capaces de demostrar que son objetivos y compromisos reales y no simples declaraciones temporales, difícilmente lograremos convencer que nos encontramos en “el menos malo de los sistemas”, y dejaremos, no solo en manos de la demagogia, sino de la voluntad de experimentar nuevos caminos, a quienes no encuentran respuestas en el modelo propuesto.

Hemos hablado en estas páginas en repetidas ocasiones de Europa. No reacciona. Las mismas recetas, los mismos dirigentes alejados de la elección y control democráticos reales en una larga y sucesiva cadena de repartos bipartidistas bajo la ya manida alternancia que lejos de favorecer opciones diferenciadas y asumir riesgos de largo plazo con proyectos innovadores, se auto protege para proponer programas únicos con cambio de nombres. No es de extrañar ni el Brexit, ni el NO de Italia, ni la nueva ola francesa, ni la vergüenza migratoria. No es de extrañar, tampoco, que demasiadas voces estadounidenses apoyen la opción que han elegido. Por no hablar, hoy, de la renovada Presidencia española por quien fuera rechazado por toda la oposición y cuyas políticas prometían desbaratar en los primeros 100 días (que no sorprenda a nadie que mañana surjan nuevas corrientes de castigo). Acomodarse al estatus quo para garantizar la confortabilidad no elimina los verdaderos problemas. Los problemas y demandas sociales exigen afrontarse y ofrecer soluciones. Ni hay atajos, ni es cuestión de acomodarse al discurso mediático esperable.

Rompamos los espacios y mundos aislados, entendiendo los verdaderos conceptos que acompañan cada una de las muchas propuestas que a base de repetirlas parecerían decir lo mismo, sin matices, y hagamos un esfuerzo real por alinear las muchas herramientas de las que disponemos al servicio del verdadero objetivo: Generar valor -económico y social-, de forma sostenible, al servicio del bienestar de la sociedad, respondiendo a sus verdaderas demandas y necesidades sociales. Con este objetivo, si tiene sentido hablar de Productividad, serán evidentes sus “ganancias” y la democracia real y para todos se verá fortalecida. Como siempre, también en este sentido de los votos, las soluciones están en nosotros mismos.

Pero dicha “Democracia Productiva” exige credibilidad y legitimidad. “Combustible” que se gana con discursos firmes, compromisos reales, ejemplos constatables y, sobre todo, entender los conceptos y lo que, en verdad hay detrás de cada palabra y propuesta que se formula. Vivimos una nueva realidad, nuevas demandas, nueva complejidad. También, nuevas demandas y exigencias.

Y, al final, ha ganado Trump

(Artículo publicado el 13 de Noviembre)

Al parecer, Trump acertó en comprender que quien elegía al Presidente de Estados Unidos eran los votantes estadounidenses y no el resto del Mundo. Y de aquellos, precisamente, quienes se sienten amenazados por terceros, que han visto descender su nivel y expectativas de vida y que comparten una serie de valores y principios determinados. Esa población silenciosa para el observador foráneo que no se manifiesta en público, ni es objetivo directo de los encuestadores demoscópicos, que comparte determinadas ideas con líderes emergentes que llegan a sus preocupaciones básicas reales y que, ante todo, rechaza a un “establishment” (cada uno marca el perímetro en función de sus vivencias, ya sean los dirigentes históricos de sus sindicatos de tiempos en que tenían un determinado empleo, de los aparatos de la política representativa e Institucional en quienes ha confiado en otros momentos y que cree no resuelven sus problemas y demandas concretas, que le hace estar o percibirse marginado del correr de los tiempos, o del que, simplemente,  se considera distante). Los 50 millones de votos recibidos pueden responder a la pregunta que me hacía hace meses en un artículo que publiqué en esta misma columna en DEIA en relación “al camino hacia la Casa Blanca… y otras Casas”: ¿Por qué elegirían los estadounidenses a Trump?, y respondía con algunas consideraciones y datos que hoy bien pueden resumir lo que, al parecer, de una u otra forma vemos reflejado en múltiples análisis de opinión tras el triunfo del presidente electo, Donald Trump. Decía entonces:

“Resulta evidente que una lógica a distancia, desde nuestro entorno, nos llevaría a simplificar el análisis y dar por buena la diferencia cultural, socioeconómica e incluso de origen racial, étnico y temporal de las poblaciones asentadas en las costas (Este y Oeste de los Estados Unidos, sus capitales) y el amplio espacio central entre ellas conformando no solo el “medio rural, local americano”, sino una frontera inseparable de valores, cultura y actitudes ante la vida y de percepción de la identidad estadounidense, o la desigualdad creciente provocadora de una reacción antisistema, o la desafección a las clases dirigentes de los últimos años, o las poblaciones marginadas, o a Wall Street y su influencia asfixiante sobre un Washington lobista dominante, o incluso a una cierta antipatía sobre la candidata opuesta. Podríamos añadir que la sensación de pérdida de protagonismo líder de los Estados Unidos en el escenario mundial llevaría a abandonar el respaldo al mundo dirigente clásico. Nos seguirían faltando votos. Metamos en el puchero electoral la influencia de los medios de comunicación afines, e incluso los financiados por la millonaria campaña. Agreguemos al inmigrante de segunda o tercera generación que se ha ganado un puesto como estadounidense de pleno derecho y que ve en sus co-nacionales de origen un peligro ante su entrada en su país. O, incluso, traslademos la explicación al peso fiscal que para el ciudadano trabajador ordinario supone el país a construir financiando “ilegales” o “subsidiados”, como te diría un taxista latino con más de treinta años en Nueva York forjando su empresa y el futuro de sus hijos, hoy profesionales universitarios en Florida. Y, por supuesto, sumemos a los muchos que les gusta el candidato y comparten sus mensajes. ¿Siguen faltando votos? Podemos incursionar, también en el campo de la juventud, su empleabilidad y condiciones económicas con un estudiante medio que tras sus cuatro a seis años de Universidad acumula una deuda por préstamos de entre 30.000 y 100.000 dólares o la estimación de una brecha de pobreza en 178.000 dólares, o la alarmante cifra de 1,5 millones de estudiantes que dejan sus estudios de bachillerato al año, o que la mitad de estudiantes afroamericanos y latinos no finaliza su enseñanza secundaria, o los aún más de treinta millones de ciudadanos sin acceso a la salud, o el descontento en las aulas que lleva a 250.000 profesores/año a desistir y dejar sus empleos por no soportar el comportamiento de sus alumnos (y padres), o el que uno de cada 35 adultos esté en el sistema penitenciario (en la cárcel o en libertad provisional o condicional)… ¿Sería suficiente explicación trascender de una determinada imagen del país, potencia mundial, a una fotografía de contraste como la señalada en algunas pinceladas para pensar en opciones distantes de nuestras primeras y razonadas impresiones? Trump juega el rol de un verso libre en el republicanismo, destacando que su adscripción partidaria es meramente instrumental para participar del proceso. No ofrece programa alguno, lo desprecia, y no pretende comprometerse con propuesta alguna. Su fuerza quiere asentarse en un mensaje de individualismo distante de ellos (los gobernantes, los de siempre…) jugando a venir de la nada, a construir su propia historia (se supone que de éxito) y a no depender de nadie, decir siempre la verdad o, al menos, lo que la gente de a pie piensa, quiere oír, y no escucha en una sociedad “políticamente correcta”. No acepta jerarquías orgánicas ni más disciplina que la suya. Deja claro que su único mandato aplicable es el que surja en el día a día conforme a su intuición y voluntad. No cabe sentirse engañado por cualquier decisión que tome. Es “su evangelio” y su oferta. Y la cambiará cuántas veces quiera. Vende su bondad de outsider como garantía de “la nueva política”. Y así, avanza, paso a paso, ante un asustado republicanismo…”

Hoy, la incertidumbre prima. Las Bolsas iniciaban un esperado descenso con una rápida recuperación en un típico “pánico” desde la especulación y el tradicional “efecto descontado”, confiando en su normalización progresiva. Lo que tardará en cambiar será el desasosiego y el miedo a lo que pudiera pasar.

A medio plazo, Trump suavizará el discurso (ya ha empezado desde su primera intervención valorando positivamente la contribución de su opositora Clinton, como servidora pública). La respuesta del sistema político de los Estados Unidos ha sido escrupulosamente democrática y le concede (con el dolor de tripas inevitable) un cierto espacio de observación para resituarse y explorar potenciales colaboraciones que permitan reconducir el discurso a un posibilismo compartible. Veremos qué equipos lleva a la Casa Blanca, de qué forma se recomponen sus relaciones con “su partido republicano” que le abandonó en plena campaña y que, hoy, disfruta de uno de los mayores triunfos de su historia reciente. Su aplastante mayoría en Washington, no supone absolutismo. Estados Unidos, afortunadamente, es mucho Estado Federal y la inmensa mayoría de políticas hacia dentro, para los estadounidenses, pasan por las decisiones de sus gobiernos en los diferentes Estados. El comportamiento de sus ciudadanos es dual: han votado a un Presidente republicano a la vez que elegían un senador demócrata (y viceversa) y votaban, por ejemplo, el incremento del salario mínimo profesional y la legalización de la marihuana en determinadas circunstancias o el suicidio asistido. Será la hora de gobernar. Desgraciadamente, es más que probable que los mayores impactos negativos se padezcan fuera de los Estados Unidos. Sin duda es más que probable el sufrimiento de México (devaluación de su moneda y fuga de capitales e inversión, conflicto migratorio, ralentización de su crecimiento). Intentará situar a China en la mira animando a las multinacionales estadounidenses a “volver a casa” no con el mensaje de Obama en base a la competitividad real de las empresas en su territorio más allá de la falsa productividad asimilada a bajos salarios y costes, sino bajo el reclamo “proteccionista” de su mensaje. No obstante, esto no se produce de la noche a la mañana y Detroit no llena su fábricas abandonadas o reconvertidas a base de decretos y leyes de la noche a la mañana. Sin duda, la mayor preocupación reside en sus intentos de apostar por su anunciada política de migración y la expulsión inmediata de 11 millones de indocumentados o residentes irregulares, sus deseos de suprimir el Obamacare (que muy probablemente se vea modificado tanto en el acceso al seguro obligatorio en salud, en su cartera de prestaciones y alcance) pero que, muy probablemente, encuentre la resistencia en numerosos Estados y, sobre todo, en la población. Trump contempla, en teoría, favorecer algunas industrias (petrolera, farmacéutica, defensa), modificar Acuerdos de Libre Comercio (no tan fácil como dice), …pero todo esto no se hace de la noche a la mañana, finalmente, promoverá un (por importante y pedido a gritos por unos y por otros en los últimos años), plan de infraestructuras (para lo que necesitará trabajadores y muy posiblemente muchos inmigrantes que desea expulsar). Y, finalmente, habrá de gestionar sus relaciones con Wall Street (veremos si quienes “le echaron” son recibidos hoy con los brazos tan abiertos como pudiera parecer), si incrementa el salario mínimo como promete y qué reflejo tiene todo esto en sus políticas fiscales, monetarias y endeudamiento que, en principio, no parecen estar debidamente alineadas.

…pero ¿vivimos un contexto de contagio mundial?

Por tanto, la preocupación, sorpresa e incertidumbre que el fenómeno Trump supone, parece llevar a un buen número de analistas y gobernantes a simplificarlo en una especie de “aparición nebulosa inexplicable” que se despacha con la apelación al “extremismo nacionalista, anti-globalización, anti-sistema”, y por definición, xenófobo, egoísta y trasnochado. Así, Trump en Estados Unidos, Marine Le Pen (Francia), Theresa May (Reino Unido), Austria, Hungría, etc., serían una nueva “Coalición Universal” a la que pudieran unirse el apoyo ruso, el Amanecer Dorado griego, la Unión Atlántica de Gobernanza de Aznar o las uniones de derecha alemana, holandesa, etc., estaríamos ante un nuevo movimiento populista (“Apelar a los Excluidos”), articulado ante un contagio espontáneo, unido por un determinado “enemigo común”.

Convendría, si en verdad queremos convencer a nuestras respectivas sociedades de las bondades de la democracia, de la importancia de las instituciones y los gobiernos para la mejora permanente del bienestar y riqueza de los ciudadanos, de la sinceridad de los mensajes y propuestas electorales y programáticas, hacer un esfuerzo por profundizar, por separado, en muchos de los elementos que pretendemos minimizar descalificándolos en un “todo negro” e irracional que abandera el extremismo citado.

Si lejos de continuar encerrados en el “Ciclo Perverso” de un cierto pensamiento único que ha hecho de la globalización un mantra desconociendo la desigual distribución de los beneficios potenciales que genera, si persistimos en políticas mal llamadas de austeridad constatando su fracaso (desempleo, empobrecimiento, pérdida de expectativas, deterioro de políticas y servicios sociales…), si consolidamos estructuras de gobernanza sobre actividades y comportamientos propios de democracias orgánicas, si incumplimos programas y compromisos y mantenemos gobiernos, partidos y líderes corruptos en aros de “la estabilidad” (¿de quiénes y para qué?), si no reconocemos que vivimos rodeados de múltiples mensajes que por su uniformidad y difusión “global” parecerían responder a la preocupación y realidad de la gente cuando se quedan en una mesa de tertulia y si nos preguntamos el porqué de llenadas audiencias de programas televisivos y espectáculos que negamos presenciar en determinados círculos por mantener un cierto status… quizás seríamos capaces de entender el voto a Trump y, sobre todo, evitar que se produzcan y generalicen, a futuro, situaciones similares.

Cuando tomaba un café el pasado miércoles, en la televisión del bar en que estaba, se anunciaba el triunfo de Trump en el estado de Pennsylvania dando por prácticamente segura su elección a la Presidencia. El camarero que atendía detrás de la barra, exclamó: “Hemos ganado los albañiles”. Unos minutos más tarde, participaba en un Consejo (globalizado, multi-país) a través de una video conferencia desde Bilbao. El primer comentario de uno de los Consejeros fue muy expresivo: “Está claro que no se puede dejar votar a todos: Brexit, Plebiscito de Paz en Colombia, Congreso de los Diputados español… y ahora Trump”. Elocuentes sentimientos y reacciones. Ante esto, queda claro lo que debemos hacer: Recuperemos el valor de los principios y la auténtica cultura democrática. Es el camino.

Hoy, la incertidumbre, la preocupación y el temor parecen centrase en Trump. Lo que haga o deje de hacer tendrá un gran impacto en “América” y, desde luego, en el mundo. A lo largo de los próximos meses, asistiremos a un buen número de procesos electorales, referendos y decisiones que vendrán del voto de los ciudadanos. No perdamos el tiempo y no dejemos que los árboles no nos dejen ver el bosque. Rompamos los círculos perversos (crisis-depresión-desafección y pérdida de legitimidad democrática-desigualdad). Quizás por aquí vengan las sencillas respuestas al voto democrático de los ciudadanos.