De la Filantropía al Valor Compartido

(Artículo publicado el 23 de Julio)

Hace ahora 15 años, los profesores Michael E. Porter y Mike Kramer publicaban en la Harvard Business Review un artículo sobre “la Ventaja Competitiva de la Filantropía Corporativa”, introduciendo nuevos paradigmas en el rol a desempeñar por las empresas más allá de sus fines y resultados de negocio, el alcance del compromiso social más allá de su impacto social directo como consecuencia de su aportación emprendedora y sus obligaciones de “buen ciudadano”, cumplidor de la normativa, generador de empleo y riqueza, pagador de impuestos y sensibilidad contributiva con su Comunidad próxima. Paradigma y compromisos que se han venido multiplicando en el tiempo en un movimiento generalizado a lo largo del mundo, reforzado e impulsado por toda una variedad de “Escuelas de Pensamiento” que han ido reforzando la consideración de la “Responsabilidad Social Corporativa” (Premio Mckinsey 2006 a los ya citados autores) y la “Creación del Valor Compartido” (Premio Mckinsey 2011 a los mismos distinguidos profesores y amigos) en una clara evolución que condiciona, favorablemente, la focalización, estrategias, objetivos y modelos de actuar y de negocio de la empresa a lo largo del mundo.

El proceso (imparable) ha venido y viene transformando las empresas y el mundo, de una u otra manera, cambiando la percepción y mentalidad en torno al compromiso y responsabilidades sociales más allá de la Cuenta de Resultados (aportación social y compromisos en sí mismos), poniendo en valor los activos empresariales, sus condiciones especiales para la gestión e interacción de recursos al servicio de resultados eficientes, con proyección y trascendencia en el largo plazo, de manera sostenible. La empresa, así, pasa a ser el principal actor garante de resultados claros ante las demandas y necesidades sociales, aportando elementos diferenciales a la voluntad de las ONG´s y las responsabilidades políticas de los gobiernos.

Así, desde la consideración satisfactoria inicial de una clara aportación a la Sociedad, la empresa ha ido incorporando no solamente la interiorización de otras necesidades y problemas, haciéndolos propios, transitando desde la filantropía, la responsabilidad social y la redefinición de una visión social y empresarial únicas, provocadora de sus propios y diferenciados modelos de negocio. Hoy, a las exigencias ordinarias a la empresa (y, en especial, al empresario y/o accionista e inversor), se suman múltiples y complejas demandas. Demandas y roles que, en los años de crisis, con carácter adicional a posicionamientos ideológicos, han venido a traducirse en un halo de culpabilidad y sinónimo del otrora capitalismo clásico, facilitando la fácil descalificación gratuita de cualquiera a quien baste señalar etiquetas “neoliberales” o excluyentes desde posturas cómodas de autodefiniciones que parecerían no deber explicaciones ni, mucho menos, críticas y evaluación alguna por su propia responsabilidad.

En esta línea de debate social, entre distinciones sobre economía del bien común, economías inclusivas, economías y empresas participativas, responsabilidad y progreso social, brotan nuevos elementos al enriquecedor panorama descrito. Por ejemplo, el fundador y director ejecutivo de Amazon, Jeff Bezos, calificado por la revista Forbes “como el segundo hombre con mayor patrimonio neto individual del mundo” (en torno a 90.000 millones de dólares), ha acudido a Internet y las Redes Sociales para pedir “sugerencias para canalizar mi dinero y esfuerzo en la mejor dirección posible en la solución de necesidades sociales”. Bezos, con largo historial de participación activa en el mundo de la filantropía, insiste en ideas que estén centradas en el hoy y la acción inmediata y no focalizadas en el largo plazo, provocando, además, un debate de calado en el ámbito empresarial y de la responsabilidad social en el que la mayoría de actores dominantes preconizan la focalización largo placista que permita erradicar necesidades reales de una forma duradera y sostenible en el tiempo. Recordemos que la propuesta de Bezos pretende “el mejor uso de su patrimonio personal y sus esfuerzos personales generando impacto urgente hacia una solución permanente en el tiempo”, complementarios o adicionales a la “nueva visión, socialmente responsable de su empresa Amazon”. Amazon ha redefinido su estrategia sobre la base de una potentísima visión: “Nuestro objetivo es el suministrar todo lo que se necesite para reconstruir la civilización”, más allá de una misión de Compañía en la óptima relación de intermediación entre proveedor y consumidor. Su apuesta no es cuestión de marketing o de buenas palabras. Bezos realiza una cierta investigación de mercado para que sea la red quien manifieste nuevas líneas de trabajo de modo que pueda direccionar su tiempo, trabajo y dinero, desde la convicción personal de devolver una buena parte de lo recibido a la Sociedad, más allá de la redistribución impositiva y pública de parte del valor añadido generable en sus empresas. Convencido, a la vez, de las fortalezas y capacidades personales como directivo y emprendedor que avalarían una gestión eficiente y eficaz de sus recursos, lejos de cederlos, sin más, a terceros, para un uso incierto. De esta forma, la iniciativa agita el debate en torno al paradigma cambiante de la filantropía, acentuando su redefinición para un nuevo mundo, diferente, en el que vivimos.

Este debate abierto se extiende por el mundo con todo tipo de iniciativas que provocan un cambio relevante no ya solo en las empresas, sino en los gobiernos y sus políticas de cooperación, en las instituciones y organismos multilaterales internacionales, en las diferentes ONG’s y Fundaciones sin ánimos de lucro y, por supuesto, en cada uno de nosotros como miembros de una Comunidad y Sociedad cambiante.

Hace unas semanas, otro empresario de éxito, “colega” de Bezos en la franja de los 80/90 mil millones de dólares de patrimonio en la ya citada lista Forbes, Amancio Ortega, fundador de Inditex, decidía donar 320 millones de euros a la Sanidad Pública en el Estado español. Donativo que debería concretarse en equipamientos contra el cáncer en la renovación de programas de las diferentes Autoridades de Salud. Si bien el apoyo ha sido amplio, no han faltado las reacciones contrarias, lideradas por una “Federación de Defensores de la Sociedad Pública”, bajo el argumento del rechazo a la filantropía “exigiendo mayor carga impositiva, evitar acciones propagandísticas y privatización de la salud”. Más allá de los resultados empresariales de Inditex (200.000 trabajadores en 93 mercados en el mundo) y sus compromisos y responsabilidades intrínsecas, ¿resulta rechazable o criticable que su principal accionista destine, a título personal, 320 millones de euros a la compra de equipamiento de última generación para tender a una población que realiza 200.000 diagnósticos de cáncer al año, cubriendo una necesidad social, con resultados e impacto inmediato y cuyo beneficio alcance a un gran número de personas? Señalemos que las donaciones se realizan a las diferentes Autoridades de los Sistemas de Salud, en base a sus Planes y Programas de actuación y conforme a sus planes de renovación de infraestructura y equipamiento. Ni pretende definir políticas o modelos de salud, ni establecer un presupuesto público finalista, ni arrogarse la responsabilidad de atender o curar el cáncer. Simplemente, ha hecho un ejercicio libre, voluntario, de carácter filantrópico, optando por canalizar una contribución a un segmento de dificultades y necesidades demandadas por una Sociedad para la que toda intervención y aportación de recursos, es, por definición, insuficiente. ¿Si lejos de priorizar y canalizar recursos hacia objetivos concretos bajo garantías de control y gestión eficaces, hubiera donado dinero a entidades no gubernamentales, guiadas por la buena voluntad, pero de escasa potencia gestora para actuar en múltiples iniciativas “menores” y dispersas y no en una economía desarrollada, sino en sociedades lejanas en desarrollo, se aplaudiría la intervención privada?

Hoy, Inditex, anuncia en su Junta General su renovada y ajustada estrategia empresarial bajo el eje del crecimiento (en ventas, en beneficios, en empleos, en nuevos mercados) y la renovada “Economía Circular” (reciclaje de ropa e insumos y desechos operativos, sostenibilidad, compromiso global de sus proveedores en su implantación y desarrollo, eco-eficiencia energética y construcción verde en sus tiendas y centros tecnológicos y logísticos), reforzando sus centros de dirección y logística en Arteixo, Galicia. Parecería que incorpora la solución a demandas y necesidades sociales a sus objetivos empresariales, al margen de la filantropía que quiere practicar su principal accionista desde instrumentos diferenciados a los de su empresa madre y su propia Fundación con vinculación directa a la empresa, promueve programas de apoyo y subvención a nuevas aventuras empresariales y de autoempleo. O en otro tipo de actuación, celebrada por los ciudadanos de Nueva York, ha “adoptado un parque”, el Parque Bryant, próximo a una de sus mayores tiendas en la Gran Manzana, para dotar al parque y espacios públicos de la zona de Wifi gratuito, de máxima calidad. ¿Reclamo comercial?, ¿apoyo a la Comunidad?, ¿ambos?

En este contexto, Allen Braswell (“Rethinking Philanthropy in the Modern World – Repensando la Filantropía en el Mundo Moderno”) hace referencia a la progresiva búsqueda de relatos e historias completas de las causas y compromisos sociales vinculados al ADN empresarial como factor de éxito en resultados, sostenibilidad y crecimiento y liderazgo empresarial, a la vez que replantea la intersección entre el impacto urgente con la visión y estrategia largo placista. Pretende generalizar el uso de historias reales, contadas por sus protagonistas para conectar con la emoción motora del compromiso y la transformación social, acometiendo problemas sociales.

Volviendo al principio de este artículo, el trabajo de estos 15 años de Porter-Kramer y el movimiento “Shared Value” (Compromiso Empresa-Sociedad en la Co-Creación de Valor) no pretende sustituir ni la misión de los gobiernos, ni la de las empresas, ni cuestionar o sustituir filantropía y responsabilidad social corporativa, sino ir más allá en un compromiso empresarial: “Hacer de las necesidades y demandas sociales los modelos exitosos de negocios”. Las empresas que así lo hagan, serán quienes lideren el nuevo mundo en transformación. Todo un reto absolutamente transversal y multi-industria. Toda empresa, a lo largo del mundo, de cualquier industria, puede y debe abordar este largo viaje desde su propio ADN. Esencia de toda estrategia: El propósito, causa y pasión. En definitiva, usando las palabras y recomendaciones de Blake Mycoskie, el impulsor de la iniciativa “Uno por Uno” (“Compra un par de zapatos y dona otro a los niños descalzos”, hoy 75 millones donados) en su libro “Start something that matters” (Emprende algo que importe…), parecería razonable repensar nuestras empresas, gobiernos y modelos de negocio en el amplio marco del compromiso social, desbloqueando barreras e inercias, promoviendo nuevas estrategias co-creando valor, mejorando las condiciones de vida de nuestra sociedad. No es un movimiento para disfrazar una actividad comercial o de negocio, desde el marketing, hacia el compromiso social. Es un compromiso real desde la unicidad de una estrategia Empresa-Sociedad en beneficio compartido co-creando valor. Respuestas con impacto hoy, interactuando de forma estable con el largo placismo necesario, garante de la sostenibilidad de los proyectos mitigando o erradicando las necesidades de la gran mayoría de la población.

Esta nueva línea de pensamiento, quince años después, avanza en un generalizado movimiento desde la fortaleza corporativa que canaliza los mejores activos empresariales y personales al servicio de la Sociedad. Más allá de la filantropía…, de las Cuentas de Resultados…, desde la ideología simplista que excluye el rol único de un agente público o privado…

Cuando las necesidades sociales son de la magnitud e intensidad que padecemos, la co-creación de valor Empresa-Gobiernos-Sociedad resulta imprescindible. Cada uno, desde su estrategia y rol diferenciado, migrando de la filantropía al valor compartido, desde el reconocimiento y agradecimiento a las aportaciones, mecenazgos, filantropía y diferentes modalidades de responsabilidad social.

El empleo público del futuro

(Artículo publicado el 9 de Julio)

En el momento de escribir este artículo, los medios de comunicación destacan el anuncio de la aprobación inminente en el Consejo de Ministros españoles de “una histórica oferta de empleo público” que según el titular elegido “crearía en torno a 20.000 empleos”.

Sin duda, la creación o regularización (según se mire) de 20.000 empleos, es una buena noticia para un país líder en el desempleo europeo con un arrastre estructural de su incapacidad histórica para la generación de empleo sostenible. Gobierno español y sindicatos han lanzado las campanas al vuelo y ponen el acento de sus mensajes, bien en la cobertura de espacios públicos desatendidos, en la extraordinaria lucha contra el fraude, o en determinados colectivos concretos que parecerían resolver algunos conflictos en curso (evaluadores del carnet de conducir, inspectores de Hacienda, “aumento” de funcionarios en los servicios públicos de empleo, “policías sanitarios territoriales” o personal de la administración de Justicia). En definitiva, pendiente de la convalidación del Decreto Ley correspondiente en el Congreso, se trataría de 20.352 plazas de las que 10.000 serían de libre ingreso en la Administración Central (General) del Estado y la Administración de Justicia, 5.000 de promoción interna (ya ocupados y existentes) y 4.000 extraordinarios en el refuerzo de las competencias recentralizadoras de la Administración Central (Hacienda, Trabajo, Seguridad Social, Empleo…). Nueva oferta para una plantilla actual de 525.000 personas empleadas en la Administración Central (553.000 en el año 2007). La fuerza “creativa” de empleo en este momento, podría adormecer debates imprescindibles sobre los que la Sociedad debería posicionarse más allá de un hecho, en apariencia meramente coyuntural. Quizás el momento veraniego no haya sido casual y un gobierno que nos tiene acostumbrados a gobernar a golpe de decreto ley, tira de boletín con las maletas veraniegas preparadas.

La noticia merecería algunas reflexiones y consideraciones para valorar su bondad, su adecuación a las necesidades del país y su gobernanza, y a la creación de empleo en sí mismo.

Si echamos mano del Informe de Competitividad del País Vasco 2017 (¿Y mañana?) recientemente publicado y utilizamos algunas de las reflexiones en materia de gobernanza, más allá de sus conclusiones y/o recomendaciones para el caso vasco, podemos constatar una serie de hechos objetivos que determinan la evolución del rol y composición de las Administraciones Públicas a lo largo del tiempo. Resulta evidente que los Estados-Nación, con mayor o menor eficiencia y acierto, además de voluntad política y decisión y control democrático, han recorrido un doble camino de “cesión competencial” hacia entes supranacionales (caso UE, OTAN, “Acuerdos Globales”…) o entes infraestatales (Estado de las Autonomías, por ejemplo, o Ley Municipal y de entes locales). A la vez, la economía y los impactos innovadores, territoriales, tecnológicos, sociales y condicionantes socio políticos, han dibujado nuevos escenarios que incrementan la incertidumbre y complejidad, exigen estrategias y políticas públicas novedosas y diferenciadas, demandan nuevas competencias y capacidades de sus gestores y administradores, fijan nuevos marcos regulatorios y normativos, exigen modelos coopetitivos de actuación, obligarían a transformaciones radicales en las diferentes Administraciones Públicas y condicionarán la interacción (interna y externa) en diferentes niveles de gobierno, en concurrencia multi-competencial para afrontar los desafíos existentes. Más allá del consabido discurso sobre las duplicidades competenciales, las ventanillas únicas o las “bolsas de ineficiencia” achacables a una organización confederada peculiar y singular, que tiende a simplificar la realidad de un mundo complejo en sí mismo, que hace inevitable convivir con múltiples sistemas de gobierno, multiplicidad de agencias, instrumentos y Organismos y un diálogo permanente bajo un amplio abanico de instrumentos de control, participación y coordinación con jerarquización necesariamente difusa en espacios concurrentes y compartibles.

Si además, miramos con una cierta perspectiva las megatendencias con las que habremos de convivir de una u otra forma, constatando que todo gobierno y toda área de actividad exigen la participación de multiniveles territoriales con la consiguiente asimetría real (modelo productivo, aspiraciones de autogobierno, capacidad y voluntad legislativa, sistema fiscal, de financiación y protección social, seguridad, interacción con mercados exteriores, lengua, cultura, posicionamiento geográfico, demandantes de estrategias propias, únicas y diferenciadas), enfrentados a desafíos complejos no siempre coincidentes en tiempo e intensidad con otros, y que han de asumir transformaciones de todo tipo (sobre todo intangibles), parecería evidente que cada Administración Pública tiene nuevos roles y nuevas políticas públicas que acometer. Adicionalmente, hechos relevantes como determinados cambios demográficos, los crecientes movimientos migratorios, la presencia de la llamada economía ilícita, la “economía colaborativa” y/o “capitalismo de base popular y múltiple” que introducen nuevas maneras de entender el empleo, el trabajo, las relaciones informales entre las partes, nuevas regulaciones, nuevas plataformas tecnológicas, suponen inputs de inevitable trascendencia. Ni qué decir de la llamada revolución 4.0 que provocará todo tipo de nuevos modelos de negocio o actividades transversales, afectando a todas las industrias (también al empleo en las Administraciones Públicas). Y, por supuesto, sin valorar el realismo o no del determinismo de la incorporación de la automatización, la robótica o la inteligencia artificial y su impacto favorecedor o sustitutorio del empleo que provoca una nueva óptica a considerar.

Finalmente, en lo que a este escenario general respecta, no cabe duda que las estructuras flexibles, interdisciplinarias, ágiles, transformadoras, innovadoras, serán clave en el éxito de cualquier apuesta y estrategia empresarial, territorial o de país y serán el verdadero determinante del bienestar y desarrollo competitivo e inclusivo de cualquier sociedad.

Con un panorama como el anterior, ¿basta con sustituir las plazas actuales por nuevos funcionarios o resulta imprescindible un trabajo previo de redefinición del impacto esperable en cada puesto y administración concreta?, ¿no resulta imprescindible, en el Estado español, afrontar una nueva configuración del llamado “Estado de las Autonomías”?, ¿no resulta evidente que el desarrollo asimétrico existente demanda estrategias propias diferenciadas, acelerar procesos de “devolución competencial” y reducción/modificación” del rol de la Administración Central y nuevas políticas públicas distintas desde diferentes Administraciones Públicas? Esto también es autogobierno, política de Estado y responder a las “necesidades y preocupaciones reales de los ciudadanos”.

Recordemos un hecho adicional que no parece haber tenido demasiada repercusión pública más allá de algún artículo en la prensa económica con algunas aportaciones un tanto sesgadas: la sentencia del Tribunal Constitucional sobre la Ley de Unidad de Mercado. Su publicación, se presentaba bajo el titular de “Duro golpe a la Competitividad”, “Atentado al libre mercado y la globalización”, “Costará 45.000 millones de euros a las empresas multinacionales en España”… y se pedía al PP, PSOE y Ciudadanos (el resto no debemos contar para nada cuando de “construir Estado y Mercado eficiente” se trata, visto desde la globalizada Madrid), “buscar cualquier alternativa a la ley para sortear la errónea decisión del Tribunal…”. Dicho Tribunal, político y de más que cuestionable composición y funcionamiento, ha dictado una sentencia en contra de la pretendida “licencia única” que la mencionada Ley calificaba de intromisión, trabas comerciales, freno a la inversión con la fragmentación del mercado único en “17 islas autonómicas” al servicio de ideologías nacionalistas, creación de monopolios y clientelismo político…

Es decir, reconoce algo obvio. El mundo entero, su economía, se mueve en espacios interdependientes complejos, organizados bajo poderes soberanos o autónomos diferenciados, bajo controles democráticos (en su mayoría) que han de adecuar sus áreas competenciales y políticas públicas a sus necesidades concretas.

¿No sería razonable aprovechar la oportunidad que todos estos elementos de cambio provocan en la necesaria dotación de nuevas plazas de empleo público para repensar el propio hecho de la función pública (su forma de acceso, promoción interna, formación, evaluación… continuidad o no en una plaza, duración de su contratación versus puestos de por vida, etc.), la redefinición del servicio y función en sí mismo y la necesidad y eficiencia de su existencia (los servicios públicos de empleo son un buen ejemplo histórico de su insignificante valor añadido a las políticas activas de empleo), la dotación de profesorado y gestores docentes en un sistema educativo de bajos resultados comparados, la lógica de un repliegue de determinados cuerpos de seguridad del Estado y su adecuación competencial y a nuevas realidades delictivas y de seguridad, o a la racionalidad de la economía o de las relaciones internacionales, por ejemplo?. ¿No ha de considerarse en el debate el dualismo del empleo vigente, entre fijos y temporales, de por vida o indefinidos de mercado, públicos o privados, por decir algo?

En definitiva. Bueno es que se creen puestos de trabajo y que se refuercen los roles públicos imprescindibles para el desarrollo y progreso social. Ahora bien, ¿no merece la pena hacer los deberes previos y repensar la gobernanza, el rol de las diferentes Administraciones Públicas y las competencias, capacidades, perfiles y condiciones de las personas que han de desempeñar las nuevas funciones del futuro?

Progreso social: aspiración, realidad… y superación de eslóganes de moda

(Artículo publicado el 25 de junio)

Desgraciadamente, las consecuencias de la crisis económica, de la brecha y desigualdad real existente y de la mala fama (en muchísimos casos muy bien ganada, a pulso) de determinadas industrias (bancaria, financiera, etc., como ejemplo generalizado), así como de múltiples políticas dominantes en muchos gobiernos (el español y la mal llamada austeridad europea sin ir más lejos) y negativas iniciativas empresariales, políticas y sociales alejadas de las soluciones sociales esperables, constituyen una negra realidad.

Este hecho incuestionable parecería dar carta de naturaleza, por el contrario, a la permisiva demonización y uso indiscriminado del calificativo “neoliberalismo” en boca de todos aquellos que con mencionarla, parecerían situarse al margen de cualquier responsabilidad o crítica respecto de su acción o inacción ante los problemas y demandas sociales, a la vez que homogenizan y simplifican, sin diferenciación alguna ni matices, cualquier política pública o de gobierno, generalizan el malestar y el descrédito público de todo éxito o estrategia empresarial significativa, pretendiendo (con gran apoyo mediático) arrogarse la pureza ideológica y aparente compromiso responsable en favor de las causas sociales, sin crítica alguna y sin reclamo de explicaciones. Usar este apelativo parecería situarlos al margen de las causas y auto-validarse como víctimas pasivas al margen de su acrítica actuación (o parálisis), instalados en el NO a todo. Afortunadamente, hay mucha gente que, al margen de calificativos de moda, SÍ trabaja, de manera compartida y colaborativa, en favor del PROGRESO SOCIAL.

Sin duda, hemos de ocuparnos en conocer y profundizar en la realidad, lamentamos preocupados la insuficiencia o dirección, errónea, de políticas y actuaciones (públicas y privadas), pero no demos por buenos eslóganes mitineros y vacíos, instalados en la moda de programas sin rigor. Y nada mejor para distinguir entre rigor y compromiso versus palabrería oportunista que acudir, por ejemplo, a la SOCIAL PROGRESS IMPERATIVE, iniciativa y plataforma creada al servicio de empresas, Gobiernos y Comunidades (además del mundo académico y del pensamiento), para trabajar en favor del PROGRESO SOCIAL definido como “la capacidad de una Sociedad para atender las necesidades básicas de sus ciudadanos, establecer las bases que posibiliten la mejora sostenible de su calidad de vida y propicie la creación de las condiciones que hagan posible el desarrollo potencial pleno de las personas y las Comunidades en que viven”. Plataforma y objetivos que se integran con vehículos de valor compartido Empresa-Sociedad y con el paraguas global de la apuesta por un crecimiento y competitividad inclusivos desde la generación/acceso/distribución de valor y riqueza para las personas.

Así, esta semana, el director de la Social Progress Imperative, Michael Green, presentaba la publicación del Índice de Progreso Social 2017. Índice que se ha analizado (y comparado) en y entre 128 países, con 50 indicadores (exclusivamente sociales y medio ambientales) más allá del PIB y valores económicos, en tres dimensiones interrelacionadas: Necesidades Humanas Básicas, Fundamentos del Bienestar y Oportunidades (bases reales para el desarrollo futuro). En cada una de estas dimensiones, se analizan cuatro componentes o bloques esenciales que agrupan contenidos temáticos específicos.

El Índice, como herramienta analítica que ya cumple cinco años desde su primera utilización y que ha ido aplicándose, por extensión, a regiones, entes sub estatales y ciudades-región o metrópoli (Euskadi fue pionera y piloto para su aplicación sub estatal-ciudad región y promotor-colaborador en su extensión a lo largo de la Unión Europea de la mano de Orkestra-Instituto Vasco de Competitividad) y se ha convertido no solo en referente mundial, sino en instrumento clave para la toma de decisiones en el diseño de políticas públicas y orientación de necesidades y fuentes de los “nuevos modelos de negocio” de las empresas comprometidas “con la transformación del mundo” de una manera inclusiva.

La edición 2017 pone de manifiesto profundas diferencias entre distintos países (y entre sus regiones o espacios internos), así como relevantes descompensaciones entre los bloques o dimensiones que definen el Progreso Social. Basta recurrir a uno de sus mensajes clave: “Si el mundo fuera un país, su calificación sería de 64,85 (base 100) y se situaría en términos comparados entre los niveles de Indonesia y Botsuana. Desagregado por dimensiones, existe una enorme diferencia entre países. El resultado global es de 73,8 en Necesidades Básicas, 68,69 en Fundamentos del Bienestar y un limitado 51,85 en Oportunidades de Desarrollo. Este último resalta el máximo objetivo lejano en su logro: Derechos Humanos e Individuales, Libertad personal y capacidad de decisión, Tolerancia, Inclusión, Acceso a Educación avanzada)”. Resulta preocupante constatar que el más bajo de todos (en torno a 43 puntos) es precisamente la Inclusión.

El Índice se clasifica en grupos:

  1. Muy Alto Progreso Social (Canadá, Países Nórdicos, Alemania, UK, Australia y Nueva Zelanda)
  2. Muy Bajo Progreso Social (con excesiva concentración en la África Media o Central pese al elevado crecimiento del PIB emergente en los últimos años, lo que valida una vez más, la ya evidente constatación de la necesidad de recurrir a medirnos con otros indicadores más allá del generalizado PIB)

Si bien un aspecto positivo es el comprobar que se ha producido un avance a nivel global (periodo 2014-2017) pese a la situación de crisis (especialmente en Europa y Occidente), la velocidad de despegue y avance, resulta insuficiente además de desigual, no solamente por “geografías”, sino en las áreas de actuación entre las que destacan como elementos tractores el acceso a la información y a la educación superior. Por el contrario, se han debilitado los resultados en el Bloque/Dimensión que indica las Oportunidades de Potencial Desarrollo. La brecha y desigualdad se agudiza y la insatisfacción de logro (evidentemente, más percibida en los “países poderosos y avanzados”) provoca consecuencias graves mucho más allá de su objetividad intrínseca, generando un ambiente de desafección, falta de confianza, credibilidad y equívocas respuestas individualizadas.

En este panorama observable, encaja un gráfico publicado por el servicio de Investigación del Deutsche Bank (junio 2017) sobre la distribución de la renta e ingresos en los Estados Unidos, reflejando cómo el bloque del 10% en renta supone el 47% de la renta total del país. Una pequeña fotografía de las diferencias cuya generalización, no lineal, pudiera extenderse a múltiples economías. Desigualdad y concentración de riqueza.

La buena noticia que destaca el mencionado índice, es la de comprobar que determinados países se mantienen en cabeza y que hacen de sus objetivos esenciales -el progreso social de las personas en un desarrollo inclusivo- el principal reclamo de sus políticas, a la vez que, si bien guardan una relativa correlación con su PIB, su Indicador de Progreso Social se sitúa por encima. Con Dinamarca a la cabeza (no parece que la apuesta del Presidente Artur Mas por hacer de Catalunya un “Estado Independiente Europeo, como la Dinamarca del Mediterráneo” fuera una orientación desencaminada. Se trata de compararse con los mejores y no conformarse con superar la mediocridad del vecindario), líder mundial de progreso social, junto con Canadá, Nueva Zelanda, Finlandia, Noruega, Países Bajos… se consolidan espacios de avance y aprendizaje. Si bien el logro es destacable, llama la atención el deterioro experimentado en estos años de crisis “sinérgica y de contagio europeo” que ha obligado a desatender ciertos espacios. En el caso danés, por ejemplo, con un descenso en indicadores en materia del acceso a la educación avanzada y salud-bienestar relativamente alejados de sus excelencias en el resto de indicadores. Una vez más, “el éxito acumulado no es garantía del éxito permanente o futuro”.

Por tanto, una nueva herramienta a disposición de los “policy makers”. El rigor y conocimiento real y comparado es una base imprescindible para definir aspiraciones de futuro y poner, a su disposición, los instrumentos adecuados debidamente alineados con lo que se desea. No cabe divorcio entre la estrategia y la asignación de medios en lo que no suponen las capacidades reales para liderar la transformación deseada.

Múltiples herramientas e iniciativas en marcha nos ayudan a transitar el compromiso de construir un futuro diferente. En esta misma línea, tuvimos oportunidad de comprobar, de la mano de sus protagonistas, en la reciente Conferencia Anual “ What Works” (“Lo que funciona”), que reunió en Islandia a 200 empresarios, gobernantes, y líderes innovadores de la Sociedad Civil, de 25 países diferentes, iniciativas y proyectos reales en su compromiso por acelerar el Progreso Social, intentando transformar sus Instituciones y políticas públicas, sus modelos de negocio empresariales, sus modos de interacción con terceros, su capacidad de respuesta colaborativa desde nuevos espacios de trabajo no gubernamental fortaleciendo su rol social.

En definitiva, con la relatividad inherente a todo tipo de rankings y su deseable perfeccionamiento en el tiempo, bienvenido el Índice de Progreso Social. Con él, hoy sabemos un poco más que ayer de nuestra posición y estamos en mejores condiciones de trabajar en aquellos espacios de carencia y en aquellos determinantes del progreso y desarrollo que queremos. Lejos de etiquetas propagandísticas, midiendo las consecuencias reales de las decisiones y políticas seguidas o por implantar.

Mejor pero insuficiente… ¿Y si lo hacemos de otra manera?

(Artículo publicado el 11 de Junio)

En una semana plagada de noticias con fuerte contenido económico, merece la pena tratar de integrar una serie de mensajes de modo que facilitemos la comprensión de la posición en la que nos encontramos y, sobre todo, los desafíos que enfrentamos, así como nuevas rutas a explorar para superarlos.

Tomemos como punto de partida el informe presentado el pasado día 7 por la OECD (“Better but no enough” – “Mejor pero no lo suficiente”), de la mano de su Economista Jefe, Catherine L. Mann. Su mensaje puede resumirse de la siguiente manera: “Pese a que las apariencias sugieren un cierto repunte de las inversiones y el crecimiento global (en torno a un 3% general, un 2,0 en los países OECD y 1,8% de Europa), a que existen signos de aumento de la demanda de bienes de tecnología media-alta e inversiones de capital (si bien ralentizada por políticas “nacionales” temerosas), la PRODUCTIVIDAD permanece sin respuesta en su ya largo deterioro. La pérdida de empleo se concentra en sectores y países concretos y de forma mayoritaria en cualificaciones bajas, y la desigualdad en rentas y salarios se eleva de forma considerable”.

Este análisis concluye con la recomendación de “un llamamiento a aplicar políticas integrales que hagan que la globalización trabaje para todos, sobre la base de dos pilares clave: políticas internacionales y reformas domésticas que relancen la inversión y la I+D, fomenten la innovación, aceleren la competencia desbloqueando estructuras de privilegio y monopolio, generen empleo y doten de una cualificación adecuada a la potencial empleabilidad ofertable en los diferentes espacios laborales locales”.

Una vez más, un organismo internacional defensor y promotor de la globalización, no se resiste a destacar las insuficiencias de la apuesta sin matices (mercado y globalización) y la importancia del llamado “efecto local”, así como de una crítica (en lenguaje diplomático velado) a la paralización inversora y presupuestaria desde, sobre todo, los gobiernos, a lo largo del mundo.

No obstante, a una decena de miles de kilómetros, en Estados Unidos, el Presidente Donald Trump, a saltos entre incendio e incendio, presentaba su primer proyecto de presupuestos (previamente modificado ante la oposición del Congreso y, en especial, de muchos de sus correligionarios). El presupuesto venía subtitulado: “A new Foundation for American Greatness” (“Nuevos cimientos para la grandeza de América”). Desgraciadamente, lejos de suponer confrontar cambios estructurales necesarios, contenía expectativas irreales que en palabras de Mohamed A. EL-Erian (prestigioso economista ex CEO de PIMCO), no es sino “un persistente y prolongado fracaso en facilitar un mayor crecimiento inclusivo de la misma manera que lo han venido haciendo las economías avanzadas en la última década, con preocupantes consecuencias económicas, financieras, sociales, políticas e institucionales”.

Vivimos períodos de “lento crecimiento global” o, al menos, insuficiente para generar el empleo requerido, para mantener o mejorar la productividad y, en consecuencia, garantizar salarios elevados. Además, los beneficios de ese limitado crecimiento son dispares, pesimamente distribuidos, concentrándose en muy pocas manos y acrecentando desigualdades (personas, regiones, países).

Si la OECD, al igual que prácticamente todo Organismo que se precie, reclama cambios críticos en la orientación de las políticas a seguir, la realidad parece empeñada en anclarse en el modelo en curso, ante las dificultades que un “cambio radical” exigiría, bloqueando nuevas líneas de actuación. Nadie duda que los cambios estructurales que se precisan requieren tiempo (entre otras cosas) y, desgraciadamente, sus “dividendos a futuro” tardarán en llegar mientras que el “coste de las decisiones” se produce de inmediato, generando más parálisis o confortabilidad con el “dejar hacer”. Sabemos que cambiar el rumbo, o cambiar la mentalidad (académica, policy makers, sociedad) es tarea compleja y exige mucho tiempo. Adicionalmente, hoy debemos aceptar que no se ha terminado de entender bien del todo “qué es lo que determina el inesperado comportamiento triangular de la productividad, la inversión y los salarios”.

Pero siendo esto así, debemos reconocer las graves consecuencias negativas (¿e inesperadas?) de un bajo e insuficiente crecimiento inclusivo, que va más allá de los resultados económicos insatisfactorios hoy y que hipotecan la prosperidad futura.

Impacto negativo que erosiona a las instituciones, fomenta la desconfianza y mina la credibilidad de gobiernos, autoridades y “opiniones expertas” e incrementa la presión (negativa) sobre determinadas entidades (banca, sobre todo) o industrias y favorece reacciones generalizadas anti estatus quo o establishment, favoreciendo acciones e intereses individuales. El Manifiesto electoral de Jeremy Corbyn en el Reino Unido, en las elecciones de este jueves pasado, no es patrimonio laborista, sino reclamo universal “para todos y no para unos pocos”. No cambiar el rumbo supone, en definitiva, continuar profundizando en la crisis y sus consecuencias negativas, “malgastando recursos en fosos perdidos, perdedores, no competitivos, minando la capacidad inversora e innovadora en la construcción de un futuro distinto”, como afirmaba la propia Catherine L. Mann en una conferencia el pasado diciembre en la Universidad de Harvard.

Situación que afecta a todo el Orden Internacional y que, por razones desconocidas, favorece, en exclusiva, a quienes intentan mantenerse en el pasado con discursos de futuro, otorgando demasiados privilegios no asociales a los resultados observables en los responsables de gestión (Banca, Crisis, Bruselas, Gobernantes-Corrupción…).

Lo sorprendente es que quienes más cómodos están son los Mercados Financieros y de Capitales (gran liquidez global disponible, crecimiento bajo y lento que hace todo más predecible, baja remuneración al dinero, demanda del mercado que carece de alternativas atractivas).

En definitiva, se pierde la confianza en los “Centros Gestores Globales” y se reclaman nuevos espacios, más próximos y democráticamente controlables, con oferta de iniciativas y políticas alternativas.

Así las cosas, parecería que para nadie debe ser un secreto que la disparidad de estadios de desarrollo a lo largo del mundo es infinita (pese al pensamiento globalizador) y que pensar en un mando único que se mueve a igual velocidad, con similares valores, necesidades y cultura, no es sino un gravísimo error.

En esta línea, en los “Seminarios de Primavera” del Fondo Monetario Internacional, con “el futuro del trabajo” en discusión, el economista Jefe de Google, Profesor de Berkeley, Hal Varian, describía “La Paradoja de la Productividad” y, con ella, pretendía reconducir el debate en curso sobre el dilema “avance tecnológico = menos empleo” para llamar la atención sobre la baja productividad global fruto de factores demográficos (“lo que falta es gente para producir todo lo que el sistema global demanda”) al concluir el efecto de los “baby boomers” y el progresivo envejecimiento y retiro de la vida laboral, junto con estancamientos del crecimiento (al menos en determinadas regiones) y su efecto “no previsto y perturbador” de los salarios, increíblemente bajos, cuestionando las leyes de oferta-demanda. Hal Varian, insistía, también, en el lento proceso de llevar la tecnología al uso real del mercado en un gran gap entre tecnología y expectativas con su aplicación real y generalizada. Invitaba a “repensar la productividad, sus determinantes y los efectos interrelacionados con el mercado de trabajo (empleo, salarios y sistemas de protección), la inversión (en tecnología, capital humano, cohesión social) y la geo-localización distribuida (¿qué parte de las cadenas de valor hemos de acometer desde cada empresa, en qué lugar del mundo y en qué marco general de alianzas?), comprendiendo los “tiempos reales” para el largo trayecto idea-tecnología-uso y mercado”. De forma complementaria, Ruchir Sharma (“Fuerzas de Cambio en un mundo post Crisis”) insiste en que el boom innovador que hemos creído descubrir como mensaje en permanente crecimiento y promotor del bienestar inacabable, no era, “sino un chispazo”. Si no somos capaces, en el contexto actual, de entender y gestionar lo que él define como las 3 D’s responsables del parón de nuestro crecimiento: Despoblación laboral productiva, Desaceleración inversora productiva y en sistemas y tecnologías de la información y Desglobalización, trasladando la vitalidad a “nuevos espacios regionales y locales” a lo largo del mundo desde los que interconectar con políticas internacionales alineadas y sinérgicas, seremos incapaces de recuperar la confianza y proximidad necesarias para afrontar los problemas reales, demandas específicas y gestión de las políticas necesarias para dar respuesta a las demandas de sociedades desconectadas del mensaje globalizador y la cada vez menos entusiasta dirección centralizada de nuestros destinos.

Grandes debates, apasionantes reflexiones y líneas sugerentes para afrontar la “insuficiencia” que acompaña a los “mejores resultados y signos observables” transmitidos al inicio de este artículo. En todo caso, hay una cosa clara: sería recomendable acercarnos al futuro colocando el foco en las personas y su rol en sociedad, a la manera en que organizamos los recursos y el acceso a los mismos, más allá de una tecnología concreta que nos asuste o a la confortabilidad de mantener las políticas y mensajes que no han cumplido con las expectativas y desafíos de nuestra sociedad. Crecer, invertir, buscar el camino de la prosperidad no deja de ser cuestión de principios y valores, voluntad y decisión democrática, gobernanza y opciones solidarias inclusivas. El mundo, pese a todo, se mueve y una corriente imparable aspira a construir otros escenarios diferentes.

Todo un futuro de oportunidades (y empleos productivos) nos espera. Pero si insistimos en atrincherarnos malgastando recursos (tiempos, gestión, capital, mensajes) debajo de la farola encendida porque da luz y no del lugar en el que perdimos aquello que buscamos, encontraremos cualquier cosa menos el futuro que queremos.

Debate y Recetas europeas: ¿estabilidad financiera, bienestar y/o competitividad?

(Artículo publicado el 28 de mayo)

Si la crisis económica, el resultado del Brexit tras la antesala del referéndum escocés, el aún pendiente desenlace del caso Grecia y su progresivo rescate o las crecientes crisis sociales (migración, refugiados, desempleo, desigualdad…) y las diferentes voluntades, modalidades de desarrollo y desequilibrios internos, forzaron al Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, a proponer un Informe Base sobre los hipotéticos escenarios (oportunidades, resultados previsibles y consecuencias) para elegir el camino a seguir por los Estados Miembro de la Unión, juntos, unos pocos asociados o en solitario, el documento aprobado por los líderes de la Unión el pasado 25 de mayo, celebrando el 60 Aniversario del Tratado de Roma, en torno al futuro de Europa (White Paper on the Future of Europe), venía a añadir complejidad (inevitable y real) a un proceso que se ha venido en llamar “Debates sobre el futuro de Europa”.

La propia Comisión Europea promueve diferentes debates temáticos pidiendo a los Estados Miembro, regiones, ciudades y partidos políticos, posicionarse sobre la base de un área de paquetes e informes “temáticos” con la pretensión de que todo un cúmulo de variables y objetivos sean tratados de forma convergente. De esta forma, se requiere determinar la dimensión social de la Europa del futuro, el rol fortalecedor de una economía y sociedad globalizadas, la profundización de una economía y política monetaria única, un nuevo compromiso protagonista en materia de defensa y seguridad y el futuro de las finanzas de la Unión. A esto, falta por añadir un buen número de Informes “parciales” sobre gobernanza, desarrollo inclusivo, pertenencia-relación de la Unión Europea con cada uno de sus Estados Miembro, entre ellos y, dentro de cada uno de ellos, el de los diferentes entes infra estados, naciones sin Estado o Ciudades (en sus diferentes modalidades de Ciudad, Mega Ciudad, Ejes o Polos y aglomeraciones, etc.).

Todo este enriquecedor, complejo e imprescindible debate, bajo principios de la máxima subsidiaridad-colaboración-convergencia posible, bajo criterios de cohesión social y territorial y al servicio de nuevos espacios de competitividad y bienestar. Un reto estratégico y funcional de enorme magnitud que, sin violentar las vigentes reglas de juego y reparto de derecho y poder político, permiten el derecho a veto o exigen, en la mayoría de los casos, mayorías reforzadas o unanimidad, en un marco burocratizado, con escasa capacidad de liderazgo y decisión, desde la profundidad de la cada vez más alejada complicidad con la sociedad europea.

En este interesantísimo momento y proceso en curso, hemos asistido a una semana con diferentes inputs a considerar. Nuestro Lehendakari ha visitado Bruselas para transmitir a Jean-Claude Juncker el posicionamiento inicial de Euskadi en el marco, al parecer, de la participación y colaboración en el ambicioso, sobre el papel, Plan de Inversiones de la Unión Europea de modo que Euskadi no solo sea parte del mismo, sino que asuma el protagonismo directo en la gestión de los temas relacionados con nuestras competencias. Posición más que relevante cuando a unos pocos kilómetros de distancia, España-Catalunya abordan sus diferencias alejándose de una opción dialogada que permita contabilizar la voluntad de la sociedad catalana para elegir su camino que, hasta hoy, no pretende dar la espalda a Europa, sino todo lo contrario. Mientras en Europa se abre un debate general para repensar el futuro, Rajoy-PP, en el el Estado español, se instalan en un peligroso estadio de espera pasiva amparados en las ventajas diferenciales de un veto ante el no cambio, acudiendo a todo tipo de instrumentos de presión como el último, puesto en marcha con la connivencia de la Justicia, medios de comunicación determinados y grupos de interés concretos, amenazando a empresas privadas (las públicas ya tienen instrucciones por definición) en caso de que presten sus servicios profesionales en cualquier tipo de asesoramiento, consulta, informe, contraste que pudiera ser objeto de análisis por la Generalitat. El insólito caso de prohibir a un gobierno democrático estudiar vías de mejora. ¿Debe todo gobierno esperar a que un gabinete concreto decida que es el momento de revisar el sistema de protección social, el obsoleto y anacrónico sistema de oficinas públicas de empleo, los mecanismos de financiación a disposición del desarrollo territorial, por ejemplo?

Adicionalmente, del otro lado del Canal y ante las próximas elecciones de Reino Unido, el inicio de negociaciones para gestionar el Brexit, parece enconarse con condiciones previas y, ¡ojo!, con exigencias comunitarias por incorporar a la factura de salida, no ya compromisos y pasivos reales, sino los documentos “programáticos, no realizables, indefinidos y consensuables” de lo que con excesiva frecuencia nos inunda la maquinaria de Bruselas en forma de planes, horizontes, políticas y manifiestos, ni finalistas, ni cumplidos en su gran mayoría, transformándose, mandato tras mandato, en un nuevo Plan con distinto nombre y sistema de gestión reconvertido, complicando su ejecución a la vez que igualando un determinado café para todos.

Bajo este marco, la semana también ha dado pie a un peligroso movimiento sobre el que deberíamos estar muy atentos: “Defendiendo a Europa: el caso de una mayor colaboración de la Unión en seguridad y defensa”.

Nadie puede cuestionar que el terrorismo y la proliferación de conflictos hace una Europa y un mundo cada vez menos hospitalario, más peligroso, más inseguro y que no podemos iniciar un mundo desde una postura “naif” como si no iría con nosotros. Pero el peligro de supeditar todo objetivo y estrategia vital a las decisiones de los halcones, al mando militarizado y a la justificación de la eliminación de libertades y decisiones y control democráticos al amparo de una “prometida” seguridad al 100%, no puede hurtarse de las decisiones democráticas, controlables. Venimos asistiendo a un discurso concertado desde diferentes áreas de responsabilidad (Ministerios, Estados Miembro…) preparando el terreno para las dotaciones extraordinarias de Fondos Presupuestarios prioritarios e inamovibles, para la defensa, explicando que Europa ha vendido la defensa a terceros (Estados Unidos), lo que no solo es una indefensión, sino que nuestra capacidad innovadora, minimiza el empleo, castiga a la I+D, debilita el desarrollo económico europeo y, por supuesto, nos hace más inseguros. En esta línea, no ya los Ministros de Defensa, sino la Vicepresidenta Mogherini, nos recuerda que “esta es la prioridad europea porque es la prioridad de los ciudadanos europeos”, o el Vicepresidente de Empleo, Crecimiento, Inversión y Competitividad, Jurki Katainen, pida más competencias presupuestarias centralizadas de modo que los recursos de los Estados Miembro, pasen al control y decisión “eficientes” de la Unión.

Esta colaboración ha saltado, temporalmente, por lo aires, tras la barbarie de Manchester por el mal uso de la información entre las policías y servicios norteamericanos filtrando “asuntos noticiables” a su conveniencia mediática. En paralelo, la visita de Trump a la OTAN, como si del viejo “Cobrador del Frak” se tratara, no ha hecho sino demostrar que las apuestas colaborativas en Defensa tienen límites y contrapartidas “soberanas” que han de contemplarse evitando entregas incondicionales o el aplauso a intervenciones unilaterales.

Y en este contexto, en Euskadi, el Forum Deusto y Orkestra han concluido su ciclo de conferencias y debates sobre “Bienestar y Competitividad” con una última mesa redonda con los Portavoces Parlamentarios Vascos. Como viene siendo natural en nuestro País, ambos reclamos (Competitividad en Solidaridad, Desarrollo Inclusivo) son compartidos y prioritarios y forman parte de la esencia de nuestras políticas públicas y estrategias de País. Ahora bien, la dificultad está en su alcance y contenido, en sus ritmos, en los compromisos y ejecución finales y al parecer, siempre en el marco de Europa. Un marco que ha de cambiar, necesariamente. Es, por tanto, una buena ocasión para aprovechar la ponencia parlamentaria debatiendo sobre autogobierno y un nuevo estatus político para incorporar la variable europea, preguntándonos cuál de la diferentes opciones y escenarios sugeridos por la Comisión, deberíamos defender.

Grandes retos y demasiadas preguntas pertinentes que si bien son de largo plazo, exigen hitos clave en el corto plazo que nos permitan avanzar hacia esa Europa de futuro, puestos en contraste con la publicación (menuda semana informativa) del ya tradicional “Paquete de Primavera” de la Unión Europea, que recoge el diagnóstico y control del estado del arte por los diferentes Estados Miembro, el grado de cumplimento de sus compromisos con la estabilidad económico-financiera y sus “recomendaciones”, parecería que los grandes debates, los enormes retos estratégicos, duermen supeditados al corto plazo, en revisiones trimestrales al servicio de variables macroeconómicas, a la espera de tiempos mejores. Recordemos que son muchos los Estados Miembro (como España) que, rescatados, siguen obligados a la aprobación de sus cuentas públicas por la mano oculta de la troika, que le sugiere reducir su déficit, profundizar en reformas en el mercado laboral, garantizar “la unidad de mercado”, romper monopolios de Colegios Profesionales, modificar su legislación y sistemas de contratación pública y flexibilizar y hacer eficientes sus sistemas de empleo. Por supuesto, por decoro, recuerda que el Gobierno español y su sistema judicial no hacen todo lo posible por eliminar o mitigar la corrupción. Ambos son también asuntos de sumo interés para los europeos, íntimamente relacionados con el autogobierno y controles democráticos, con el bienestar y la competitividad.

Recomendación macro e igualitaria, simpleza administrativa y prioridades financieras. Los retos del mañana, una vez más, parecen aplazados para el debate general de largo plazo.

Pero si algo ha vuelto a poner de manifiesto el debate político, ha sido, una vez más, la necesidad de no separar las políticas económicas, sociales, presupuestarias, etc. del debate sobre autogobierno, estatus País y política con mayúsculas. Bienestar y Competitividad implican instituciones, competencias, modelos, voluntades propias y diferenciadas. Algunos pretenden que todo se pueda hacer sin herramientas adecuadas, propias, bajo el mantra de las soluciones “globalizadas y centralizadas”. Este posicionamiento no puede ocultarse bajo el demagógico reclamo a no pensar, en verdad, en “las necesidades de los europeos” (y de los vascos), sino en discursos válidos para el corta y pega, generalizado y dominante, que consolida la confortabilidad de quienes hoy ya cuentan con su modelo.

“Millennials y Centennials”: ¿Opciones para la revolución digital?

(Artículo publicado el 14 de Mayo)

En un pequeño corro de amigos coincidentes en un encuentro empresarial celebrado esta semana, departíamos de manera distendida sobre el momento que vivimos, bajo un eje y diagnóstico compartido: El mundo parece estar “descacharrado”, a la vez que su complejidad lo hace interesante y apasionante.

Si el Papa Francisco y, con él, otros muchos analistas advierten que estamos instalados en una Tercera Guerra Mundial deslocalizada, por lo que parecería que no la percibimos y actuamos como si no fuera con nosotros, salvo que padezcamos uno de los miles espacios de conflicto real existentes, o si algunos pretenden asociar sinónimos simplistas y falsos en torno a una supuesta asincronía: Populistas o Demócratas, entendiendo que se es demócrata si asumes la globalización de algunos, sin matices, o al contestarla y cuestionarla pasas a formar parte de los antisistema y xenófobos del populismo. Si apoyas el europeísmo francés de Macron, otorgas un voto en blanco a lo que decidan hacer unos pocos en Bruselas y su traslado de obligado cumplimiento a todo ciudadano de la Unión. Si te comprometes con la revolución digital y el movimiento 4.0, atentas contra el empleo y si exiges disciplina, rigor, compromiso, responsabilidad, resultados, perteneces al colectivo retrógrado y conservador del pasado. Si eres un joven emprendedor que promueve un proyecto individual subvencionado con capital de autoempleo más que de empresa, eres alabado por la sociedad, jaleado por los medios de comunicación, pero si sacas el proyecto adelante, lo haces crecer y generas riqueza y beneficios y lo conviertes en una verdadera empresa, eres un “neoliberal” y empresario “explotador e insolidario” por definición. Y así, sucesivamente.

Tras este enriquecedor aperitivo, ya entrados en el coloquio del citado encuentro, uno de los temas destacados giró en torno a la economía e industria digital.

En palabras de la Consejera de Desarrollo Económico e Infraestructuras del Gobierno Vasco, Arantxa Tapia, “la revolución 4.0 no es una opción” con lo que animaba al empresariado y público asistente a redoblar esfuerzos en torno a una inevitable transformación. A escasos metros, en la mesa institucional que compartían, otras voces advertían que “el empleo que podemos ofrecer no encuentra la formación adecuada en la población desempleada y se verá agravada en los próximos años debido al impacto tecnológico” y trasladaba el compromiso y rol formativo del trabajador del futuro a la empresa.

Expuestos así, estos diferentes puntos de vista están en el centro de un debate constante a lo largo del mundo, haciendo que lo que sí sea una opción, es la manera en que todos y cada uno de nosotros afrontamos dicha revolución digital en el marco de un  complejo escenario, en aparente confrontación entre las oportunidades que ofrece y las amenazas que pudiera suponer lo que lleva, por ejemplo, a algunos países y gobiernos a crear un “impuesto al desempleo tecnológico”, a cargar a aquellas empresas que inviertan en tecnología (digitalización, automatización, robótica, inteligencia artificial…) sustitutiva de “mano de obra” en contraste con la cada vez más extensa e imparable apuesta por nuevas políticas públicas de sensibilización, impulso, inversión y avance hacia el nuevo universo de la llamada Revolución 4.0, más allá de la imprescindible Industria 4.0, Nueva Manufactura o Smartización de la Economía. Todavía ayer, en Madrid, una asociación española de empresas multinacionales urgía al Presidente del Gobierno español a abanderar todo un pacto por la innovación digital, a comprometer presupuestos permanentes en su financiación y a “unificar” fondos evitando despilfarro y duplicidades (se supone que cuando algunas de ellas se mueven en el mismo espacio que otras lo que hacen es competencia sana y nunca despilfarro, copia o seguimiento duplicado…y en sus países origen se nutren de un fondo único y centralizado para sus inversiones) proclamando la importancia de la marca España tras sus proyectos innovadores.

Por el contrario, la opción vasca que explicara la Consejera, detallaba su reciente apuesta regionalizada en Alemania y sus alianzas con Baviera o la propia Unión Europea a través de su Comité de las regiones. Efectivamente, la revolución digital no es una opción, pero el cómo abordarla y qué hacer con ella sí que lo es.

De una u otra forma, vivimos ya, una Cuarta Revolución Industrial en la que, por encima de todo, el factor capital y trabajo han dado paso al conocimiento y talento como referentes esenciales. La tecnología cobra fuerza (hoy más que nunca) como elemento facilitador y acelerador de un cambio, siendo su uso o aplicación perverso o beneficioso para la humanidad. De allí la importancia en la opción a tomar. Por encima de todo, simplificando, podemos insistir en que “la tecnología se compra en el supermercado”, por lo que la verdadera ventaja diferencial pasa por poner el acento en el qué, cómo y cuándo hacer las cosas (personas, empresas, gobiernos, países y la totalidad de agentes implicados) más que en la propia tecnología en sí misma. ¿Qué modelos de negocio, de empresa, de país y qué políticas y estructuras de gobierno hemos de redefinir atendiendo al grado de uso de las nuevas tecnologías y oportunidades disponibles? Y una vez más, hemos de volver a la complejidad integradora de todos los ámbitos de actuación en el diseño de una estrategia con un propósito determinado evitando actuaciones aisladas. Así, si destacamos la “Innovación” como el gran motor-apuesta de país, el “Emprendimiento” como la solución y panacea de generación de riqueza, crecimiento y empleo, la “Internacionalización” como la fuente aceleradora (e indispensable o inevitable) para sobrevivir en una economía mundializada, no podemos olvidar que todas (y alguna más) estas áreas de actuación son piezas integrables en una Estrategia y propósito a perseguir e implementar y que, o son CREATIVAS, o no serán capaces de promover el cambio necesario. Si confiamos en la CREATIVIDAD, a cuyo servicio están las nuevas herramientas de la revolución del conocimiento en curso, podemos transitar hacia escenarios disruptivos y no a temerosas proyecciones del estatus quo. Es la propia innovación, el uso de la tecnología y la esencia de esta nueva revolución del conocimiento lo que nos debe animar hacia un optimismo activo con el que transitar los desafíos. En esta línea, la reconfortante lectura del último Informe de INDEX (Organización danesa sin ánimo de lucro con la misión de “inspirar, educar y comprometer en el diseño de soluciones sostenibles a los desafíos globales para mejorar la vida”) destaca, como no podía ser de otra manera, el peso de la tecnología como uso de los factores relevantes en las potenciales soluciones propuestas, si bien se pone el acento en su uso facilitador de plataformas innovadoras que inciden en nuevos espacios, como la realidad virtual, la inteligencia artificial, la innovación social y la gestión multi-variable, al servicio de la salud, de la educación, del cuidado y bienestar de las personas, de la transformación de las ciudades, del ocio y el trabajo, y, en definitiva, del desarrollo humano, anticipando todo un “universo de nuevos empleos y fuente de riqueza y bienestar para las próximas generaciones”. Todo un mundo por crear. Un mundo aún inexistente y ausente de las estadísticas anquilosadas del paro registrado, tan fríamente distorsionado por los servicios públicos de empleo, y, desgraciadamente, de gran parte de nuestro sistema educativo, empresarial y de gobierno.

En este mundo en transformación, resulta interesante acercarnos a la información con ópticas diferentes a las habituales. Es el caso, por ejemplo, de un trabajo de investigación de Bank of America/Merrill Lynch (“New kids on the Block: Millennials and Centennials”). El proyecto forma parte de un intenso esfuerzo de investigación sobre personas y colectivos, innovación, gobernanza, mercados y el mundo “global y regional” en el marco de lo que concibe como el “atlas para cambiar el mundo”. Si bien su propósito es el de aportar tan amplio conocimiento a la identificación de áreas y oportunidades de actividad futura, empresas ganadoras en las que invertir en los diferentes mercados de capital, la información observable y su rigurosa clasificación, permite ver un mundo en cambio extraordinariamente relevante. El citado Informe focalizado en los Millennials o Generación Y (población entre 19 y 35 años) los relaciona con la Generación Z o Centennials (de 0 a 18 años), ya que ambos estratos suponen el 60% de la población mundial sabiendo, además, que estos segundos, 2,4 billones de personas vivirán, previsiblemente, cien años en determinadas regiones y economías. Y son precisamente estos colectivos quienes conviven, de forma innata y normal, con la diversidad, la sostenibilidad, la “globalización”, las tecnologías disruptivas, nuevos conceptos y modelos de empresa, de propiedad, de “negocios”, de empleo, de educación, de emprendimiento, de política y gobernanza. Son “digitales nativos” y la llamada “disrupción tecnológica” es y será para ellos algo normal que forme parte del paisaje cotidiano (antes de cumplir 10 años poseerán un Smartphone de última generación que consultarán una media de 50 veces por día, usarán los mensajes instantáneos y los emoticonos en lugar de la escritura para comunicarse…) pero, a la vez, por primera vez en la historia, esas generaciones Y y  Z, convivirán con otra (mayores de 65 años) que les superará (en el 2020) en número, con tasas de fertilidad y reposición en claro y profundo declive excepto en África. ¿Qué opciones tomaremos para estos colectivos con culturas, sueños, habilidades y demandas dispares? ¿Dejaremos que la “nueva revolución sea de ellos” (entendiendo como tal el mundo tecnológico digital) en exclusiva o, por lo contrario, tomaremos opciones de cambio en nuestros modelos empresariales y de desarrollo económico, en vivienda, transporte, pensiones, educación, salud, ciudades, mercados laborales, finanzas, inversión y gobiernos? ¿Qué productos, bienes y servicios quieren, querrán o necesitaremos los diferentes grupos y colectivos?

Efectivamente, como bien decía la Consejera, “no es una opción”. No es una opción para el colectivo empresarial (industrial y de servicios) al que se dirigía y a cuyo servicio de “acompañamiento e impulso” está enfocada la estrategia Industria 4.0 del Gobierno. Pero tampoco debe ser una opción para el conjunto de las Administraciones Públicas que parecerían suficientemente confortables por el hecho de una “natural” oleada de sustitución, por edad y jubilación, de sus plantillas funcionariales, anunciando “Concursos Oposición”, masivos, para “cubrir y reponer” las mismas plazas que han de quedar libres. ¿No merecería la pena optar por el complejo y arriesgado camino de repensar las Administraciones del futuro, los nuevos roles que hubieran de corresponder, los perfiles de esa economía digital y del conocimiento natural/disruptivo bajo modelos de empleabilidad adecuados a la “nueva normalidad” que está por venir y romper, por ejemplo, con el dualismo entre empleo fijo de por vida para unos y desempleo, precarización o “empleo de mercado” para otros (la mayoría de la población)?, ¿no es momento de repensar y redefinir las empresas, su propiedad, sus modelos de negocio?, ¿no es momento de repensar nuestros sistemas educativos (por ejemplo, “simplemente” preguntándonos si el “problema” con los becarios no tiene mucho que ver con la propia reforma de los planes de estudio de Bolonia y la obligatoriedad de incluir meses de prácticas, ni retribuidas, ni debidamente programadas o coordinadas con las empresas, ni tuteladas, ni monitorizadas desde las propias Universidades que las incorporan, obligatoriamente, a su Curriculum)?, ¿no es el momento de “filtrar” los proyectos de nuevos sistemas tributarios con estos nuevos requisitos de la “nueva revolución” e incorporar cargas y beneficios, estímulos, recaudación y direccionamiento del flujo de la actividad económica y generación y distribución de riqueza?

No es opción. La Revolución 4.0 está aquí. Si es una opción elegir la posición a tomar.

Tenemos por delante todo un desafío, pero, sobre todo, un prometedor escenario optimista. Todo un mundo de oportunidades desde una enorme disponibilidad de herramientas y plataformas para hacer un buen uso de la tecnología, desde la innovación, la creatividad, el talento y la estrategia. Como siempre, depende de nosotros. Nunca como hoy (y mañana) tendremos a nuestro alcance tantas fuentes, conocimiento y medios para generar novedosos empleos de valor añadido al servicio de verdaderos (novedosos también) sistemas de bienestar. Generaciones X, Y y Z tenemos un papel que jugar y múltiples opciones para elegir.

El enigma del desarrollo. ¿Y ahora qué hacemos?

(Artículo publicado el 25 de Abril)

En mi último artículo en esta columna de opinión (¿Crecer para todos?) insistía en torno al “enigma del crecimiento” y la creciente corriente a debate en torno al nuevo concepto que desde las propias entidades multilaterales pro-globalización y libre mercado, se presenta como una “globalización inclusiva” que pretende reconducir las políticas desde el foco esencial del crecimiento en sí mismo hacia la manera de afrontar nuevos modelos de desarrollo económico desde la equidad y el reparto de beneficios, más allá de la generación concentrada de riqueza y recursos de forma desigual y excluyente.

Hoy, insisto sobre esta realidad de primer orden que pasa a ocupar el debate central en la agenda económica, social y política a lo largo del mundo. Preocupación y prioridad no en exclusiva para un mundo intelectual, académico o de retórica de salón, sino esencial para orientar objetivos, soluciones y compromisos al servicio de las demandas reales de la Sociedad, sus agentes y, por supuesto, de los niveles de vida y bienestar de las soluciones.

En este debate, podemos acudir a una en apariencia anécdota que permite acercarnos a las “paradojas” de la mundialización. Tras el resultado electoral en Francia del pasado domingo, su “primera vuelta” trajo como consecuencia el enfrentamiento de dos candidatos que, de inmediato, han dado lugar a la concentración de etiquetas confrontadas que, en teoría, facilitan u obligan la elección del futuro Presidente de Francia el próximo día 7 de mayo. El ganador inicial y previsible receptor del 62% de los votos, Macron, parecería recibir el apoyo de sus excompañeros de partido y gobierno (Socialista) y de un elevado número de centro-derecha republicanos, de los no votantes (Instituciones europeas, medios de comunicación y gobiernos extranjeros, Bolsas de Valores y Mercados de Capital…), así como la duda de la Izquierda populista de Mélenchon. Le Pen, por el contrario, recibiría el castigo en un “todos contra ella” como mal menor para no superar el 32% de los votos. Así, la simplificación del Europeísta y liberal (o “naranjito francés”) ganaría a la xenófoba y ultra derechista nacionalista. Francia, la Unión Europea, el mundo en general respiraría tranquilo y el modelo vigente avanzaría por encima de incertidumbres y alteraciones no deseadas.

Sin embargo, bastaron escasas 24 horas para que ambos candidatos “coincidieran” en la población francesa de Amiens (Departamento de Somme) ante los trabajadores en huelga a las puertas de la fábrica de una multinacional expuesta a un cierre o reconversión fruto de la “deslocalización” en curso. Mientras Le Pen era recibida con aplausos, selfis y declaraciones de voto “por defender nuestros puestos de trabajo”, Macron era abucheado (en su propio pueblo) acusado de “banquero neo-liberal y defensor de los accionistas extranjeros”. Macron escribía en su cuenta de twitter (@Emmanuel Macron): “MLP=10 minutos con sus seguidores en un parking delante de las cámaras; yo: 1 hora y 15 minutos trabajando con los sindicatos, sin prensa. El 07/05, cada uno elegirá”.

¿Realidad y Percepción; etiquetas y contenidos; preocupación e intereses personales o principios y beneficios generales?

La respuesta reviste enorme complejidad. Tras años de un intenso y en apariencia sostenible crecimiento, junto a los logros “globales” observados, la desigualdad, el estancamiento en los niveles de vida provoca una clara convulsión política. Un pensamiento común parece alumbrar el gran peligro: “El final del Orden Económico de post-guerra” anunciado de mil formas a lo largo de múltiples foros, que, según un amplio número de analistas, vendría explicado por la crisis de 2008, la pérdida de expectativas de mejor nivel de vida para la próxima generación, la impronta de los populismos, el protagonismo de los nacionalismos y la confortabilidad de unos pocos, suficientemente supervinientes al cataclismo, protegidos por situaciones relativas de privilegio ya sea por su empleo público asegurado de por vida, por su patrimonio y ahorros o por situaciones diversas que les sitúe en mejores posiciones comparadas. Pero surgen unas cuántas dudas al respecto: ¿y si la crisis mencionada no hizo sino destacar el parón y rumbo equivocado que ya venía experimentando el crecimiento?, ¿y si la globalización ni era tan perfecta y deseable para todos, ni era la mejor fórmula para facilitar el comercio, la mundialización, la competitividad y el bienestar?, ¿y si la débil gobernanza pública no ha sido capaz de ordenar y gestionar el proceso?, ¿y si la toma de decisiones empresariales no ha sido la adecuada para entender los cambios y llevar a buen puerto los objetivos indicados?, ¿y si factores externos como el envejecimiento, los cambios demográficos, tecnologías y educativos son más relevantes y condicionantes de lo que pasa?, ¿y si no sabemos lo que debemos medir y seguimos hablando de PIB, de paro registrado, etc.?, ¿y si cuando hablamos de crisis y no crecimiento hablamos del Occidente europeo y norte americano y nos olvidamos de lo que pasa en el mundo emergente y en desarrollo que supone “tan solo” las 2/3 partes de la población mundial, viviendo y creciendo a otro ritmo? Quizás sea momento de pensar en hacer algo diferente.

Es posible que una buena aproximación empiece por ordenar causas y consecuencias y no tratar todo como un conglomerado sin orden, ni concierto y, lo que es peor, sin preocuparnos por entender su verdadero significado y generando confusión, uso equivocado de términos y descalificaciones de “otros” atendiendo a nuestros intereses particulares. ¿Debemos empeñarnos en un continuismo que no parece ofrecer los resultados objetivo? Atendiendo al ejemplo francés anteriormente mencionado, ¿diríamos que Macron no es un nacionalista francés, no dirigió un Ministerio de Economía con políticas “proteccionistas” en defensa de empresas tractoras insignia del motor económico francés, o no ha criticado las políticas europeas de “austeridad y estancamiento”, de migración, etc. que, entre otras cosas, le llevaron a dejar su espacio socialista y el Gobierno de Hollande para transitar, en apariencia, sin partido?, o por el contrario, ¿es Marie Le Pen menos nacionalista (francesa) que Rajoy (nacionalista español)?, ¿es el apoyo de Le Pen el aumento del gasto en defensa y la intervención unilateral de Trump en Siria menor o diferente al de Rajoy al conjunto de ministros y exministros de Defensa europeos? o ¿será Macron un neoliberal al servicio del capital como dirían algunos sindicalistas y populistas de nuestro entorno a la vez que destacan, por contraste, en el exterior, nuestras políticas económicas y sociales?, ¿tiene sentido que el líder de la izquierda francesa Mélenchon dude en pedir el voto a Le Pen y no a Macron o que el sindicato CFDT en Francia destruya sus oficinas ante la filtración de su posible apoyo al exministro socialista?

Demasiados preguntas y posiciones contrapuestas. No parece que las definiciones y clasificaciones simples de unos y otros sirvan para explicar o definir ni la ideología de cada uno de ellos, ni el perfil de quien les vota.

A falta de respuestas bajo el prisma mencionado, nos encontramos “bloqueados y atrapados en el pasado equivocado” tal y como publicaba hace unas semanas el subdirector gerente del FMI, Tao Zhang, defendiendo una reorientación hacia el crecimiento inclusivo. En su caso, insiste no solamente en la necesidad de implicarse en superar secuelas de la crisis financiera, sino avanzar hacia la reactivación de la productividad (aspiración, inspiración, esfuerzo, incentivos, no penalizar el éxito ético…), como atributos esenciales de nuevas políticas completas e integradas  que repiensen educación y empleo, compensación, salud, inclusión financiera, redes de protección y políticas redistributivas, orientadas a criterios  y objetivos encaminados a mitigar la desigualdad.

En este contexto, hace unos días se presentaba en Bruselas un documento del laboratorio europeo para la competitividad y el crecimiento inclusivo con una serie de ideas prácticas “más allá de la balanza entre equidad y eficiencia”. Fruto del trabajo conjunto del World Economic Forum, del Banco Europeo de Inversiones y del Think Tank Bruegel, pretendemos facilitar un debate entre la totalidad de agentes económicos, sociales e institucionales para futuras estrategias y políticas europeas, que devuelvan al corazón del modelo europeo, la inclusión, el bienestar como esencia de su política económica, y una nueva de gobernanza, capaz de poner en valor no ya la profunda contribución europea a la paz, la libertad, el desarrollo económico y social en el tiempo de post-guerra, sino, sobre todo, reforzar sus fortalezas para devolver a Europa el poder y compromiso de transformación y avance, referente de un espacio protagonista y líder de su futuro. Los desafíos observables no pueden traducirse ni en parálisis, ni desesperanza, ni frustración o desafección. Por el contrario, son acicates y revulsivos para convertirlos en líneas de solución. Obviamente, el trabajo realizado no es una panacea, ni la esperada y ansiada caja de pandora. Es una iniciativa constructiva, con más preguntas que respuestas, que se une a todo un movimiento generalizado a lo largo del mundo, en marcha, en favor de una nueva manera de afrontar modelos económicos, políticos y sociales al servicio de un desarrollo (y crecimiento, si fuera preciso y necesario, en según qué condiciones) inclusivo, invirtiendo la ecuación y respondiendo a las adecuadas relaciones trabajador-consumidor, contribuyente-beneficiarios, economía-sociedad, en planteamiento, respuesta y reparto simultáneos.

La capacidad social, el capital humano, la institucionalización democrática de recursos y agentes, predeterminarán una nueva manera de provocar un mundo futuro diferente, más allá de proyecciones y predicciones sobre las bases y estadísticas del pasado.

Hoy que Europa, bien por decisión propia, bien por obligada respuesta a factores relevantes como el Brexit, por ejemplo, se ve obligada a replantear su futuro, convendría evitar la tentación del gatopardismo para fingir que cambiamos para seguir haciendo lo mismo. No dejemos que un pasado repleto de logros, sin duda, impida abrazar nuevas líneas de pensamiento acordes con demandas insatisfechas.

Así, seremos capaces de “desbloquear las fuentes reales de una nueva manera de entender el mundo en el que habremos de movernos”. Y, por supuesto, parafraseando el tweet de Macron, “cada uno elegiremos; o continuar atrapados en las no soluciones del pasado, o asumir el riesgo de repensar un futuro distinto”. Hoy en Francia, mañana, una a una, en todas partes.

¿CRECER para TODOS?

(Artículo publicado el 16 de Abril)

El tradicional encuentro anual del Gobierno alemán con el triunvirato Internacional (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y Organización Mundial del Comercio), celebrado esta semana en Berlín, ha servido para presentar el Informe conjunto de los tres Organismos Internacionales en defensa y valoración positiva del comercio y el crecimiento, si bien alertando de los resultados y enfoque negativo que la práctica ha provocado al marginar a diferentes países, comunidades y personas.

De esta forma, “Making Trade an Engine of Growth for All” (“Haciendo del Comercio un vector del crecimiento para todos”) se convierte en el nuevo reclamo hacia una renovada concepción de las políticas mundiales al servicio de la llamada “Globalización Inclusiva”.

Si bien no sería justo desconocer que la dimensión social y el carácter inclusivo asociable al libre comercio han estado presentes en los debates, documentos y preocupaciones-sugerencias en múltiples trabajos de las tres entidades mencionadas, sí podemos destacar su limitada contundencia matizadora de la Globalización, el libre comercio y las recomendaciones de la política general y global más dirigidas al club del G-20 y un recetario uniforme que hacía la observación de las economías domésticas, las políticas facilitadoras del ajuste-austeridad penalizador del desarrollo y empleo de los últimos años de crisis y de los efectos negativos directos que, de forma intensiva, han supuesto para mitigar desigualdad, pobreza y exclusión. Actitud, recomendaciones e intervenciones qué, a lo largo del tiempo, han jugado un papel más que controvertido.

Si bien es verdad que cada una de estas Instituciones, ampliamente interrelacionadas, tienen objetivos y mandatos diferenciados (“abrir el comercio y velar por su ajuste a reglas previamente acordadas”, “combatir la pobreza en el mundo no desarrollado favoreciendo el crecimiento”, o “garantizar la estabilidad monetaria y financiera”), y que, en principio, sus recomendaciones o Informes no tienen valor imperativo, su propia configuración y membresías, sus fondos y recursos provenientes de las cuotas de los países miembro y el rendimiento de sus operaciones financieras y asistencias técnicas, y el origen y asignación de sus funcionarios y dirigentes cuyo acceso proviene básicamente, de la cuota País y, en definitiva, de las decisiones de los gobiernos según el peso relativo de su  PIB, se han convertido, en la práctica, en el guion de obligado cumplimiento más allá de sus cometidos iniciales. Debates aparte, la realidad es que sus programas y recursos han vivido excesivamente concentrados en la Macroeconomía, obviando la necesaria implementación diferenciada de políticas a lo largo del mundo, escasamente preocupados por los Agentes Transformadores reales en cada país, sobre el que actúan y confiando en la obtención de resultados espontáneos fruto del “bonismo” de declaraciones generales, de una excesiva confianza en la fuerza de arrastre de beneficios globales “para todos” tras un concepto de globalización, escasamente matizado, explicado y evaluado. Así, tras sus informes y mensajes, sus llamados “equipos y hombres de negro” han provocado la implantación generalizada de medidas comunes (o iguales) para economías, gobiernos, situaciones, Instituciones, necesidades y tiempos diferentes, lo que, desgraciadamente, ha terminado llevando al ánimo de gobiernos, parlamentos y agentes económicos y sociales la idea errónea del “pensamiento único”, de la separación entre economía y política, del final de las ideologías y de la receta replicable a todos y en todo momento, determinando la fijación de políticas y presupuestos públicos. Entidades que, pese a que pudiera parecer que llevan toda la vida entre nosotros, nacieron en 1944 como consecuencia de los acuerdos de Bretton Woods, focalizadas en la inflación, el peligro de las devaluaciones sucesivas y la inestabilidad monetaria y financiera de postguerra, como apuesta de solución para un necesario y deseado proceso de reconstrucción. Entidades que han contribuido, sin duda, a significados logros apegados a sus objetivos fundacionales pero que, a la vez, han condicionado en exceso un mundo “plano” irreal.

Hoy con este nuevo Informe (de gran interés y rico contenido), se pone de manifiesto una realidad que venimos padeciendo, día a día, País a País y, desgraciadamente, persona a persona: un desigual impacto del mantra globalizador. Así ya en la pasada reunión semestral del FMI en Washington, el octubre pasado, su directora, Christine Lagarde, llamaba a la acción para impulsar el crecimiento (“Por favor, hagamos de la globalización algo diferente, que funcione para todos y prestemos mayor atención a aquellos que están ante el riesgo de perder todo, ya sea a causa del comercio internacional, de la tecnología, de la economía digital, de la carencia educativa… o aislamiento de las políticas de ajuste…”).

Como la gran mayoría de los movimientos en favor de un desarrollo o crecimiento inclusivo, que se propagan (afortunadamente) a lo largo del mundo, entre los relevantes saltos cualitativos se da el que no es un discurso voluntarista de movimientos y/o entidades sin ánimo de lucro, con limitados recursos que garanticen su acción sostenible o fruto de “causas nobles” anti sistema, sino que surgen y se organizan desde aquellos con la mejor capacidad de movilización de activos facilitadores del cambio. Desde quienes aspiran a construir nuevos modelos de desarrollo económico y social, quienes observan un mundo diferente, quienes aspiran a una nueva ideología económica y social, o quienes persiguen nuevos modelos de negocio o inclusivo, o reorientar un capitalismo dotándole de alma (esa alma que debe mover los mercados para no convertirlos en un zoco sin ley). El Informe en cuestión pretende salvar el comercio superando la creciente propagación de numerosos obstáculos, evitar llevar al estado de ánimo de la Sociedad, gobiernos, empresas y agentes económicos y sociales la idea de que la culpa de todos los males está en  la estabilidad monetaria y financiera, en el intercambio de bienes, servicios, capital y trabajo, en la movilidad, en la búsqueda del equilibrio financiero y la internacionalización, o que los cambios tecnológicos, la innovación y otros muchos factores asociados sean irrelevantes para el empleo, la riqueza y el bienestar. Es, en todo caso, un Informe que pretende reivindicar las bondades del libre comercio si bien reconocer los efectos perversos y negativos que, también, ha generado, invitando a la redefinición de una nueva Globalización Inclusiva. Convencidos de las bondades para el crecimiento como objetivo destacan los resultados positivos que ha aportado, pero pone el acento en el desigual reparto de beneficios y pérdidas que ha generado. De allí su apuesta por una Globalización Inclusiva y de nuevas “políticas facilitadoras del ajuste”, en un momento que califica de crítico, no ya solo por el claro descenso de las reformas hacia el deseable libre comercio, el rebrote proteccionista generalizado y “descontrolado” o el descenso temido de la productividad y generación global de rentas, unidos a una cada vez mayor concentración de poder, fuerza y riqueza en pocos países. Sostiene que no se pueden seguir aireando los beneficios en términos de bienestar, productividad, competencia, innovación, etc., si, a la vez, se excluye y margina, país a país, región a región, barrio a barrio y persona a persona. Este es el nuevo reclamo fundamental: hacer del crecimiento, del libre comercio y de una internacionalización bien entendida, un motor de bienestar, inclusivo y para todos.

Todo un compromiso que, como ya indicaba, se dirige a la acción y, sobre todo, a la política doméstica. Una vez más se necesita cambiar el foco y volver a una microeconomía que sufre su pobreza y desigualdad en casa, que observa la desaparición de empleos en el día a día, que necesita agendas, políticas y soluciones inmediatas y próximas a los grandes desafíos (oportunidades y amenazas) de las nuevas tecnologías, de la digitalización, de la velocidad transformadora, de la mundialización, de la cada vez más relevante (y razonable) demanda de los “países compradores y su propio interés de desarrollo endógeno”, de la inevitable transformación de sus sistemas educativos (en casa y para casa y no solamente para formar ejecutivos globales para la City o Shanghái), que demanda sistemas de salud, vivienda y protección social “portables” en y desde casa para atender sus necesidades reales y directas. Una llamada a políticas domésticas con visión mundializada compartible y no un ajuste de “bloques”, genérico y único, sin saber muy bien quien es el destinatario y beneficiario del mensaje.

Es, en definitiva, un Informe, potente y de cambio. Dirigido al Comercio y a la Globalización, pero, sobre todo, a nuevos Foros. A los países y no tanto a los bloques, a los gobiernos próximos a las necesidades de sus ciudadanos, a nuevos interlocutores y a nuevas formas de organizar sus Administraciones y Servicios Públicos, sus relaciones de valor compartido con las empresas, sus prioridades y estrategias. Un nuevo llamado a repensar sus “n” mercados de trabajo, plenamente integrados con sus sistemas educativos y de bienestar. Es, ante todo, no un tiempo para intercambios o elecciones entre apertura comercial e inclusión. Es irremediablemente, tiempo para conseguir ambos objetivos a la vez. Y, obviamente, no caerán ni del cielo, ni desde la escucha y no implementación activa de los discursos del G-20. Sin acciones concretas de promoción y soporte, “a pie de calle” no tendrán efecto alguno. Tiempo de aproximar la lupa al empleo, a las políticas activas necesarias e inmediatas, a evaluar los costes y gestión de las medidas pasivas, la protección y seguridad social y la educación asociada en un amplio sistema de bienestar (educación, salud, servicios sociales, vivienda). Y, por supuesto, a la igualdad de oportunidades para el empleo sostenible (público y privado, y no solo público). El Informe mencionado tiene la virtud de identificar un buen catálogo de áreas de actuación recomendables. No para asumir, una vez más, recetas de “corta y pega”, sino para su análisis y, en su caso, apropiación e implementación local.

Nuevos enfoques, transformación de políticas públicas y, por supuesto, “nuevos modelos de negocio” de las empresas, para un mundo diferente al que las etiquetas globalizadoras del pasado se empeñaron en uniformizar. No hay duda de los beneficios del comercio y su apertura, pero son evidentes, también, sus consecuencias perversas y negativas. No podemos dejar una y otras al azar.

Sin duda, una nueva “Globalización Inclusiva” nos espera. ¿Seremos capaces de construirla?