Armas de distracción masiva

(Artículo publicado el 1 de Marzo)

El uso de esta frase por Joseph McCormack como introducción a su último libro, “Noise” (Ruido), resulta todo un acierto para provocar la alineación y debate sobre el contexto en el que nos movemos, en su llamada nueva “sociedad infobesity”, caracterizada por un sobrepeso innecesario, enfermizo y de alto riesgo ante una desmesurada exposición a la información o desinformación a la que nos vemos sometidos en esta locura tecnológica que nos invade.

Ante cualquier acontecimiento, accedemos, por lo general, con mayor velocidad y antelación a la desinformación o “fake news” a través de las redes sociales (por lo general anónimas y carentes de contraste) o más informales y asumimos una actitud de incredulidad y desconfianza hacia mecanismos formales de comunicación, instituciones o canales acreditados. La tendencia mayoritaria pasa por otorgar la confianza al origen desconocido, no cualificado, que, asumimos “experto” ante todo. La enfermedad del tertuliano, las horas pagadas de exposición mediática, ocupan el espacio “objetivo” del que nos nutrimos y que guía nuestro comportamiento y decisiones, desde la inmediatez del “infinito ruido” que no sabemos o podemos gestionar.

Hoy mismo, el precandidato demócrata a la presidencia de los Estados Unidos, Bernie Sanders (liderando las encuestas), en su discurso ganador del último encuentro en el Estado de Nevada, aseguraba ser “el legítimo ganador que desean los estadounidenses y que solamente Rusia y sus servicios secretos podrían impedirle llegar a la Casa Blanca”. La aceptación “viral” de esta declaración da por buena la cita y, al parecer, nadie se pregunta si liderar las encuestas y ganar un puñado de delegados en Nevada es suficiente aval para ganar unas elecciones, ni si Rusia tiene algo que ver, de verdad, con el resultado electoral estadounidense, o si Rusia prefiere un presidente “capitalista” de confrontación (Trump) en la Casa Blanca o el auto calificado “socialista” Sanders. Esta “pequeña anécdota” sirve para ilustrar la complejidad añadida a un contexto de transformación como el que vivimos a lo largo del mundo, necesitado, más que nunca, de ideas y mensajes claros, honestos y veraces que lejos de desinformar o generar confusión e incertidumbre, deberían facilitar el liderazgo y comunicación acertados.

Estos días, coinciden un par de iniciativas, de distintas fuentes y con intereses diversos, pero convergentes en la preocupación por la comunicación y liderazgo en diferentes ámbitos. Por un lado, la promoción de un Seminario Ejecutivo en IESE (Instituto de Estudios Superiores de la empresa. Barcelona) sobre “Estrategia, presencia pública y activismo del Consejero Delegado de las empresas” y, por otro, el Seminario “The Economist: Meet the new boss” (“Encuentre el nuevo jefe”), abordando su espacio editorial. En ambos casos se destaca la necesidad de contar con líderes empresariales versados en los grandes problemas sociales y de largo plazo y no solamente en los productos y servicios que ofrecen sus empresas. Líderes máximos en sus organizaciones, a quienes ha de exigirse compromiso público con un propósito relevante y compartido, generador de impacto social. En ambos casos se avanza la necesidad de nuevos perfiles de liderazgo, más allá del conocimiento gestor y “especializado” en el seno empresarial y de negocio, reforzando su formación, valores y contribución esperables, para asumir la máxima responsabilidad en los Organismos. Se definen nuevos perfiles para la dirección del futuro más allá de las competencias adquiridas, ya sea en la experiencia práctica o en las escuelas de management y de negocios.

En una sociedad que reclama, cada vez más, nuevos roles y compromisos sociales para la “nueva empresa en transformación”, la exigencia general llega (o debería llegar) a todo tipo de organizaciones, a la propia sociedad civil y a todo liderazgo responsable. Así, en esta línea, pero en un contexto amplio y global, nos encontramos a diario todo tipo de señales en torno a un mundo cada vez más disruptivo que anuncia un nuevo orden mundial, cuestionando las organizaciones internacionales, los esquemas de cooperación (más occidentales que otra cosa), la irrupción futura de nuevos jugadores emergentes y la inevitabilidad de un creciente multilateralismo coopetitivo que habrá de alumbrar nuevos espacios de relación y de gobernanza y que, sin lugar a dudas, reclama nuevos liderazgos y consiguientes nuevos perfiles dirigentes, nuevos canales y mensajes de comunicación, nuevos mecanismos de control de la veracidad y objetividad y, a la vez, debería ser más exigente tanto con las líneas editoriales de los medios de comunicación y sus comunicadores, como de lo publicado en todo tipo de redes sociales, en principio autónomas y libres. “Shaping multiconceptual World” (Modelando un mundo multiconceptual) es un Informe de reciente publicación por el World Economic Forum que tiene el enorme interés y acierto de contar con la participación de prestigiosos think tanks y expertos internacionales, diversos en origen, cultura y presencia regionalizada, que se han enfrentado a una nueva concepción del contexto geopolítico, al “desacople” entre China y Estados Unidos, a la disrupción en el orden internacional dominante tras la segunda guerra mundial, al impacto ni entendido, ni resuelto entre identidad, cultura y evolución observables en el marco de las nuevas dinámicas de la digitalización, al futuro del empleo, al comercio internacional y a la “nueva economía” por reinventar.

En esta complejísima interdependencia, resulta imprescindible restaurar la confianza necesaria no solo entre los diferentes agentes políticos, institucionales, económicos y sociales, sino, en especial, entre los ciudadanos, sus representantes y dirigentes. Recomponer afección y confianza en los liderazgos dados y, sobre todo, aprender a desprendernos de la “obesidad informativa” para desproveerla del ruido pernicioso (y/o malintencionado) para concentrarnos en la realidad dinamizadora de las transformaciones necesarias. Solamente así se generarán las imprescindibles “coaliciones de intereses” para resolver problemas reales. Son momentos en los que necesitamos de la confianza y veracidad, sinceridad y honestidad necesarios para construir espacios de encuentro y no discursos falsos que ocultan objetivos particulares, generadores de confrontación.

Es precisamente en este marco como seríamos capaces de abordar con racionalidad y no con ventajismo impuesto asuntos de tanta trascendencia como el aparente conflicto comercial Estados Unidos-China en su posicionamiento por el mundo de la tecnología 5G, que para muchos se limita a una opción tecnológica o de mercado, para otros en el “inevitable dominio” de un gigante, para determinados gobiernos en una injerencia en su soberanía y para los más, anécdotas o locuras de un personaje. Las amenazas de Estados Unidos a la Unión Europea, Reino Unido y a “todos sus aliados” de no compartir información de seguridad, inteligencia de Estado, etc. si se “compra” tecnología asiática, y se construyen relatos amañados de inculpación sobre prácticas empresariales, confiando en que la fuerza del bombardeo mediático llevará a la gente a terminar creyendo que hay un defensor bueno contra un peligroso invasor de nuestra cultura, nuestro dominio histórico y nuestros espacios de libertad. De una u otra forma, nos instalamos en posiciones de incredulidad y cualquier relato repetido nos parece auténtico, en función de nuestra adelantada simpatía o ideología próxima a uno u otro bando, sin la necesaria reflexión y validación. Actitud que no supone otra cosa sino cavar una tumba de imprevisibles consecuencias. El corto plazo puede ofrecer resultados ganadores para alguna de las partes, pero el largo plazo, permanente, no hace sino provocar grandes brechas insoldables. Si contemplamos la manipulación de la información, o fomentamos su monopolio, o somos incapaces de gestionar más tecnologías y plataformas de la información en beneficio real de la sociedad, estaremos ahondando una batalla de consecuencias imprevisibles. Hoy serán la excusa para ganar unas elecciones, o para destruir una empresa, o ganar el tiempo perdido en el dominio de una tecnología concreta o generar una epidemia… Mañana, habremos creado verdaderas “armas de destrucción masiva”, incontrolables y en perjuicio de todos.

Hace ya muchos años aprendimos que una pequeña señal en un pequeño lugar apartado, con el paso del tiempo, termina generando una mega tendencia que sucederá, con o sin nuestra intervención, en todo caso. Lo relevante no es ni predecirlo con acierto, ni evitarlo. Lo inteligente es medir su impacto, mitigar sus efectos negativos y focalizarnos en las soluciones desde la óptica del beneficio compartido.

En nuestras manos está el limitar el ruido, controlar los mensajes y emisores implicados y concentrar nuestros esfuerzos en soluciones y liderazgos creíbles. Tenemos por delante un enorme desafío repleto de transformaciones sociales, económicas, políticas, culturales y tecnológicas. Un nuevo orden mundial está por construir. Nuevas gobernanzas (locales y mundiales) sustituirán las conocidas y viviremos un mundo abierto a la vez que expuesto. En 2030, 7,5 billones de personas estaremos utilizando internet, conectados por 500 billones de dispositivos por los que circularán 4,500 exabytes de forma simultánea, impulsados de una u otra forma por 20 millones de robots (BOFAML Global Research). Las bondades que esta maravillosa sociedad de la información y digital nos ofrece necesitarán de matices, control, gestión, evaluación, más allá de su recepción pasiva o deseada por nuestra parte. Y, entonces, como hoy (y más aún si cabe), han de estar al servicio de las personas y hemos de ser, precisamente nosotros, quienes interpretemos su uso y demos la correcta aplicación al servicio de las necesidades sociales y soporte de las grandes transformaciones que habremos de promover. Y este largo y complejo esfuerzo requiere credibilidad e interacción entre interlocutores en quienes hayamos delegado nuestra representación democrática.

Empecemos por restaurar la confianza y aprender a discernir la realidad. Asumamos nuestra responsabilidad y hagamos el esfuerzo por no caer en la distracción masiva.