CATÁSTROFES y EMERGENCIAS. AUTOGOBIERNO, BUENA GOBERNANZA Y ESTRATEGIAS Colaborativas para el BIEN COMÚN.

(Artículo publicado el 24 de agosto)

NEURE KABUZEn

Por JON AZUA

 

CATÁSTROFES y EMERGENCIAS.

AUTOGOBIERNO, BUENA GOBERNANZA Y ESTRATEGIAS Colaborativas para el BIEN COMÚN.

 

NEURE KABUZ

Por JON AZUA

 

CATÁSTROFES y EMERGENCIAS.

AUTOGOBIERNO, BUENA GOBERNANZA Y ESTRATEGIAS Colaborativas para el BIEN COMÚN.

 

En esta ocasión, el hasta ahora inusual (por su nefasta intensidad) maleficio de los tres 30´s de la emergencia climática (temperaturas superiores a 30 ºC, vientos retroalimentables superiores a 30 kms/hora, con humedades inferiores al 30%) ha dejado una Península Ibérica asolada con una decena de fallecidos, miles de personas y familias evacuadas, centenares de poblaciones semidestruidas, empresas arruinadas, y en torno a 500.000 hectáreas de masa forestal calcinadas.

Cuando aún arden fuegos fuera de control que han destrozado vidas, recuerdos e ilusiones, mucho más allá de desoladoras, complejas y penosas intervenciones para mitigar sus efectos devastadores y propiciar la mejor de las atenciones posibles a los miles de damnificados víctimas de la catástrofe, a la espera de las inmediatas (siempre lentas para quienes habrán de recibirlas) e imprescindibles medidas de reparación, recuperación y reconstrucción ya en proceso, surgen todo tipo de mensajes, voces, reclamaciones, potenciales soluciones, criticas o denuncias a “quienes se señalan como  responsables cuyas decisiones o ausencia de las mismas, se dice no  diseñaron e implementaron planes salvadores que previnieran los acontecimientos, facilitaran la coordinación de los diferentes actores intervinientes,(incluidos los propios ciudadanos afectados) , o no acudieron al lugar preciso de la tragedia ( cientos o miles puntos de la vastísima geografía),o “no supieron detener, en su día,  la migración masiva, centenaria, del medio rural a las grandes urbes”, lo que se supone, “les califica de distantes y ajenos a las necesidades y realidades  de las poblaciones hoy afectadas”.

Así, la carrera descalificadora “de los otros” (como parece generalizarse siempre que se produce algún problema que rompe con nuestras esperanzas y comportamiento cotidiano), arrastra “todos los errores del pasado”.

Se añade ahora, el nuevo reclamo por el que “la ciencia lleva años demostrando la emergencia climática y señalando el camino único e inequívoco que habría fijado la manera, ritmos, tiempos y decisiones políticas y sociales que habrían de transformar la ruta para salvar el planeta, (todo a la vez, en todas partes)”. Así parecería que esta y otras muchas catástrofes, era, son y serán evitables o bien, su impacto negativo, se verá claramente mitigado.

Ahora bien, lejos de pretender unirme a quienes analizarán y  aportarán medidas y políticas de posible solución a una catástrofe  de estas características y magnitud y a las propias consecuencias del impacto de la emergencia climática en sí misma, que desgraciadamente, nos acompañará a lo largo del tiempo, mucho más allá de incendios , y que llevará sustanciales cambios en nuestras vidas , me concentraré , aquí, en destacar algunas proclamas o mensajes que han surgido en estos días, y que en mi opinión, merecen una reflexión, tanto para una catástrofe como esta, como, sobre todo,  para abordar un futuro diferente, en el que la convivencia, el compromiso con /desde la Sociedad para el bien común, la calidad democrática en la toma de decisiones y los ámbitos de aplicación habrían de ser tenidos en cuenta.

Resulta evidente que lo sucedido este verano  provocará (o acelerará) múltiples actuaciones transformadoras, el inevitable rediseño de nuestros sistemas de producción y generación de riqueza, de nuestros modelos de bienestar, que incidirá  en nuestras políticas urbanas, y de movilidad , llevará el medio ambiente y la sostenibilidad a espacios de mayor interacción a la vez que confiemos le doten de racionalidad en su compatibilidad con las estrategias y políticas globales desde el propósito común y compartible deseable, conferirá un concepto renovado al desarrollo rural, a la seguridad alimentaria y provocará tantas otras soluciones y escenarios cuyo nuevo logro exigirá de transiciones, fases, reasignación de recursos, a lo largo del tiempo, posibilitando pasar del mundo de hoy a otro nuevo por reinventar, para el mañana, y que exigirán, por encima de todo, el principio ya acuñado y generalizado de “no dejar a nadie atrás”.

Toda catástrofe moviliza todo tipo de reacciones con ánimo transformador, la más de las veces, con demasiado ruido y proclamas y escasos cambios y compromiso reales. La tarea es compleja y el trabajo a realizar inmenso y en múltiples direcciones, desde muy diferentes actores y excede de cualquier acción “sectorial o fragmentada y exige tiempo (además de voluntad compartida).

Revisemos una serie de cuestiones ampliamente escuchadas (desde tertulias, opinadores expertos o circunstanciales, actores clave de la intervención en los puntos de dolor, expertos reales con recorrido y experiencia en la materia…), que han llenado horas de informativos, declaraciones y reclamaciones. Llamo  la atención sobre unos pocos, todos interrelacionados, que ayuden a ampliar el foco de la cuestión: insuficiencia de medios para afrontar una catástrofe ( siempre lo son , siempre con impacto desigual); descoordinación entre diferentes poderes públicos y niveles institucionales (desde la autodefensa de cada uno responsabilizando al tercero procurando centrar la crítica en la autoridad en exclusiva); el buenismo mediático (convirtiendo  cualquier micrófono en canal experto del problema, ,de la solución, de la geografía en que se desarrolla , y por supuesto de lo que habría de hacerse a futuro ); la gestión simplificada del dato , la estadística e indicadores que parecerían ser verdades absolutas(comparan peras con manzanas y se afanan en explicar por qué unos no han invertido en prevención o en extinción , o en condiciones laborales de los profesionales implicados, o el carácter público o privado del servicio prestado) ; o la experiencia y capacitación de quienes actúan; y, por supuesto, la responsabilidad y gestión competencial de los distintos gobiernos implicados (optando por trasladar la no decisión a aquellos más alejados de sus preferencias ideológicas o editoriales). Y, en un Estado autonómico, como no podría ser de otra manera, el reclamo de una centralización mágica (que se supone sería la receta única para prevenir, mitigar, solucionar, cualquier demanda exigible); con inmediata explosión de nuevas  normas legales y administrativas (que habrían de ser modificadas “porque han sido diseña en despachos alejados y distantes desde el desconocimiento del terreno o campo de juegos y nunca contando con la participación diferenciada de las comunidades  y pueblos dolientes); o llamando a la lealtad institucional (como mensaje de ataque a otros y  y auto justificación de un “nuevo rol que se pretende impulsar” para modificar los espacios competenciales existentes). Amplio abanico de señales que parecerán llevarnos a una serie de elementos que componen un mínimo común denominador necesario para compartir las soluciones y necesidades requeridas y que va más allá de la imprescindible inmediatez de acción superadora de los mega fuegos, de sus trágicas consecuencias de hoy, a la vez que contribuyan a las soluciones comunitarias sociales y de comportamiento público que afrontamos.

Los principales desafíos que enfrentamos no tienen una solución o respuesta única ni pueden resolverse con genialidades individuales. Son, por definición, la necesidad de una combinación de actuaciones que lleven a la convergencia de valores estratégicos compartibles, respondiendo al para qué de las diferentes políticas públicas en plena interacción participativa de la Sociedad, el qué y el cómo, siempre al servicio de un propósito aspiracional, comprometido, firme, conocido y motivador de un futurible deseable y alcanzable. De aquí la grandeza y valor de las estrategias colaborativas que distribuyen responsabilidades, roles, medios, resultados compartibles en torno a fines de valor general al servicio del bien común. Estrategias construidas desde la coherencia entre los objetivos finales y los pasos e instrumentos para alcanzarlo. (Llama la atención observar determinadas poblaciones que claman por una recentralización dando por bueno que lo solucionase un gobierno único, cuándo, precisamente, denuncian el “aislamiento y desconocimiento de lo local por los burócratas ya sea en Madrid, Bruselas o Lisboa, que ni cuentan con la experiencia e identidad propia y presencia real en los pueblos”). ¿Como es posible que se piense en una solución desde fuera? El autogobierno es, sobre todo, capacidad de decidir, de asumir riesgos, de comprometerte con tus soluciones, de establecer las necesidades y prioridades, la complicidad con tus vecinos y con la comunidad. Exige la confianza en las fortalezas que den sentido al bien común compartido, generando una mayor eficiencia con la participación de todos los implicados y que, en consecuencia, aporte mayor valor y niveles de riqueza y de bienestar. Es apostar por tu propia organización y garantizar la convivencia normal y practicar, el principio de subsidiariedad y solidaridad, eligiendo tu deseable interacción bilateral con aquellos otros que conviertas en un auténtico compañero de viaje para abordar soluciones y estrategias deseadas.

Articular el autogobierno con espacios de gobernanza global es un proceso complejo a la vez que imprescindible. No se pueden promover descentralizaciones administrativas, ni generar espacios autonómicos federalizados, ni conglomeraciones de especial nivel de autogobierno, o confederaciones tras máximos niveles de cosoberanía, ni espacios de integración colaborativa con sistemas incompletos, perpetuando cascarones conceptuales y contenido vacíos o en cuestionamiento e indefinición permanente. Ni los medios programables para el largo plazo, ni las estructuras vivas de gobernanza, ni la total calidad democrática, ni la afección institucional, serán lo suficientemente eficientes para la definición y logro de las estrategias determinadas (en el mejor de los casos en el que estas existan) .

Buena gobernanza, estrategias colaborativas completas, objetivos y complicidades solidarias compartibles a largo plazo, coherente reasignación de medios, coherencia del propósito y estrategia y sí, lealtad institucional (de todos para con todos) nos prepararía mejor ante previsibles catástrofes, emergencias climáticas y otros muchos desafíos globales a los que nos enfrentamos. Observemos y aprendamos de aquello que parece inevitable. Transformemos la actitud y manera en que abordemos el logro de un verdadero propósito, más allá de la desgracia, el sufrimiento y la imposibilidad de dar respuestas aisladas

No actuemos hoy por miedo sino por una esperanza de futuro. Construyamos un nuevo mundo. Reinventemos nuevos caminos desde las fortalezas de los elementos esenciales señalados, que habrán de servirnos para construir una nueva sociedad de bienestar a la  que aspiramos .