(Artículo publicado el 12 de Agosto)
Como tantos asuntos esenciales para la prosperidad, bienestar, seguridad y generación de riqueza y empleo, de imprescindible coparticipación de todos los actores implicados en sus resultados, la llamada Geopolítica (y la Geoeconomía), configuran una “nueva cartografía mundial”, altamente determinada por el capital institucional y capital social y gobernanza. El liderazgo (existente o ausente, dado o impuesto) es clave en todo proceso, incentivación, adhesión, de personas, entidades, comunidades y naciones.
En este sentido, recientes cambios presidenciales a lo largo de la semana, tanto en Colombia, como en Perú, suponen mucho más que una normalizada sucesión de gobierno, en contextos complejos, con cambios, en principio radicales, que el voto democrático ha configurado. Asistimos a nuevas orientaciones mucho más que ideológicas “moviendo el tablero geopolítico latino americano”, recomponiendo el instalado espacio de bloques. Se producen, a la vez, movimientos de signo muy distante: la imposición de un régimen autocrático en Nicaragua (¿para qué convocar elecciones si las perdería?, afirman quienes hace años lideraron una “revolución popular” y se han instalado en un gobierno autocrático), la supeditada “transición” impuesta desde el exterior a Venezuela, prescindiendo tanto de procesos electorales democráticos, como del conocimiento e información de quienes han de dar por buena la decisión unilateral de quienes parecen gobernar con quien sea, como sea, sin pestañear ante sus bailes, con unos o con otros, según la música que sus intereses y supervivencia personal aconsejen en cada momento.
Por no mencionar la expectante Cuba, cuyo futuro, de una u otra forma, dará lugar a un escenario cambiante y dará luz, voluntaria o no, a nuevas relaciones internacionales, la más que probable influencia “especial” de fuerzas externas en un más que profundo cambio de trascendente impacto en la zona.
Así, Colombia estrena un nuevo presidente de gobierno, ganador de las pasadas elecciones presidenciales del pasado junio, concitando una ola de esperanza, no ajena a la profunda incertidumbre que hipoteca el optimismo, con amplios deseos de superar un periodo triste, populista, desilusionante, dirigido desde un desmedido poder autocrático, sin rumbo, alejado del mínimo respeto democrático exigible, ajeno a las instituciones, ausente de contrapoder democrático.
El presidente saliente, imbuido de ideología mediática excluyente, decidió navegar desde la ausencia de partido u agrupación política que lo controlara, hacia un horizonte personal y ficticio sorprendentemente recibido y apoyado en el exterior por gobiernos que creían asistir a una nueva era de un autoproclamado progresismo liberador de todo mal o desigualdad (de una u otra forma intentando, a decenas de miles de kilómetros y modelos socio-políticos algo similar), prometiendo llevar a Colombia a la paz total, a la igualdad permanente, liderando un “bloque inexistente” que “redimiría los problemas de las poblaciones por ellos gobernadas”.
Creyó y proclamó la unicidad de un país líder y referente del mundo, sin transitar las inevitables tareas articulables que lo hicieron posible, despreció las instituciones de su país, abrazó la ausencia de gobernanza eficiente y democrática, y confundió la demagogia oradora con la dirección democrática del país. Hoy, deja el gobierno con el fracaso de sus promesas transformadoras, en un país mucho peor del que heredó.
Colombia ha de iniciar una nueva época y ha de hacerlo en tiempos complejos e inciertos. Ha de renovar un amplio contrato social, político, económico, democrático e ilusionante para hacer de sus múltiples fortalezas, de sus condiciones únicas, geoeconómicas, geoestratégicas, de su bono demográfico, de su extraordinaria capacidad y afán creativo, trabajador y de su necesidad y deseo, a la vez, de construir una verdadera paz total. Ha de encontrar su rol asociativo en el mundo (empezando por Latam). Ha de recomponer sus pilares del bienestar que lo había hecho destacar en el mundo y que se diluyeron en un pobre recorrido hacia ninguna parte. Un gobierno convencido de su rol directivo, de un verdadero servicio público garante de respeto, comunicación, libertades, democracia y bienestar, entiendo el rol esencial acompañante e insustituible de la sociedad civil, empresarial e iniciativa privada emprendedora. Tiempos colaborativos, mundos de alianzas incluyentes, acentuando el riesgo creativo y el trabajo orientado a fines conocidos y compartidos.
Colombia no puede permitirse otra época perdida. Ha de recuperar la senda del futuro, de su futuro. Tiene todos los mimbres para hacerlo, las capacidades para llevarlo a cabo, el estímulo, necesidad y ganas de afrontarlo.
Un nuevo gobierno alumbra una renovada esperanza, liderar la oportunidad del cambio y, de manera esencial, fomentar actitudes solidarias tras políticas de “Estado”, contando con la “Comunidad Internacional” que ha de superar sus paralizantes “políticas del pasado” que obstaculizan el desarrollo real de aquello que el pueblo de Colombia y los colombianos querían.
En diferentes y únicas circunstancias, Perú estrena, también, una presidencia. Lo hace con la “mochila del pasado” que obligará a diferenciarse, paso a paso, ante un pueblo castigado en exceso por una innumerable sucesión de presidentes sumiendo al país en un complejo vacío institucional, que provoca, también, un grave deterioro democrático y abundantes miedos para un futuro incierto.
Y, en un horizonte no lejano, expectantes ante la proximidad de nuevas elecciones en Brasil, así como el devenir del importante proceso norteamericano (USA, México, Canadá), que reconfigurarán un espacio relevante y, sin duda, diferente, en esta querida y destacada América, clave en el concierto mundial.
En este contexto, esta misma semana, la CEPAL (Comisión Económica para Países de América Latina y el Caribe), agencia de las Naciones Unidas (en plena contienda electoral eligiendo su Secretario General, a priori con elevados tintes latinoamericanos), ha hecho público un informe: “Ruptura y Oportunidades para que América Latina y el Carie prosperen en la nueva geopolítica”, elaborado por una amplia comisión de expertos comisionados y copresidida por los expresidentes (Michelle Bachelet de Chile e Iván Duque de Colombia) abordando un variado contenido y análisis de políticas públicas, tendencias cambiantes desde la tecnología, los retos demográficos y sociales, la afección democrática y los déficits institucionales y de gobernanza, así como el grado de integración, cooperación, asociación estratégica de la región y de ésta con el mundo. Si bien, sería relevante superar el diagnóstico e incidir en el espacio de las oportunidades, asumiendo compromisos concretos con verdadera capacidad transformadora y generadora de impacto, baste recordar que el “marco paraguas” de las reflexiones de CEPAL en estos últimos años, ha sido “Las décadas perdidas de América Latina” y las potenciales soluciones económicas, sociales y de gobernanza, imprescindibles para minimizar las desigualdades, favorecer el desarrollo incluyente y su integración endógena y regional, atacando los “rincones perdidos” a lo largo y ancho de la región, destacando la necesaria profundización en nuevas gobernanzas democráticas, de máxima eficiencia y compromiso resal con sus países y poblaciones.
Sin duda, un buen momento para afrontar con rigor los desafíos geopolíticos, geoeconómicos desde el objetivo de la prosperidad, bienestar y desarrollo erradicando la desigualdad, marginación y desgobierno, con recetas y comportamientos democráticos.
Hoy, cambios relevantes en América Latina, como, por supuesto, a lo largo del mundo.
Sucesiones presidenciales, nuevos planes y horizontes, enmarcados en una exigible interacción geopolítica internacional que, de una u otra forma, condicionará su desarrollo.
Geopolíticas sí, al servicio de grandes desafíos que, por activa o pasiva, habrán de afrontarse. Automatización y robótica, inteligencia artificial, economía verde, desafección y cansancio social, desorientación o recomposición geoeconómica y de la propia geopolítica preexistente, en plena recualificación laboral, impactan de manera contundente en el mundo del trabajo, el sentido del empleo y la cualificación de los profesionales a lo largo del mundo, además de profundas revoluciones pendientes en la industria de la política y sus administraciones públicas e instituciones, y, supuesto el esencial mundo del bienestar integral.
Esta vez, la coincidencia temporal pone el punto de mira en America Latina, pero no se limita a movimientos regionales exclusivos. El mundo en general experimenta similares y profundos desafíos y exigencias.
Geopolítica, geoeconomía, democracias atacadas, mini autarquías secuestrando gobiernos y una sensación desorientadora y creciente, impactando en una galopante incertidumbre.
A la espera de un septiembre post veraniego que nos encuentre repuestos de la desconexión y descanso deseados, alumbrando iniciativas y compromisos en un escenario de oportunidades.