¿Destrucción Creativa?

(Artículo publicado el 20 de Septiembre)

El triunfo electoral de la AfD (Alternativa por Alemania) en la Alta Sajonia alemana y la configuración de un nuevo gobierno apoyado por un partido “de izquierda radical”, con una abstención que posibilite gobernar al ganador de las elecciones, supone un relevante cambio, a la vez que alerta para la reflexión, en la política internacional (y, especialmente, europea). Reflexión que transciende de un lugar y hecho concreto, en el marco de un contexto y comportamiento, modelos, sistemas de valores, observables en diferentes espacios y sociedades a lo largo del mundo.

Si bien una primera consideración, nada desdeñable, es la comprobación del cambio de apoyo mayoritario de una sociedad que a lo largo de décadas ha apostado por partidos e ideas políticas superadoras de trágicas guerras y destrucción económica y social de sus países, cuestionando sus políticas actuales, sus modelos de gobernanza y el reclamo exigente de soluciones a todo tipo de “problemas” o eventos alejados de sus formas de vida de los últimos años. El voto electoral ha significado, además, una ruptura clara con conceptos, organizaciones y aparentes ideologías asociables a capas sociales determinadas. La “clase trabajadora” no parece monolítica en torno a etiquetas “antes presentadas y calificadas como de izquierda, progresista o social” y parece reclamar una mayor atención y prioridad en las políticas de solución a sus demandas y no encuentra soluciones en las ofertas de quienes hasta hoy les motivaban y representaban. Redefine un nuevo espacio de jugadores. Y, por supuesto, la estrategia nunca debidamente diseñada, articulada y menos compartida del llamado “cordón sanitario”, ejercido por quienes creyeron que la mejor manera de evitar estas ideas y discursos era prescindir de su confrontación y/o participación en el terreno democrático e institucional “fortalecido, consolidado” y alejado de aquellos que carecían de alternativas realistas y significativas. Da la impresión de haber jugado a favor de “los excluidos” de las responsabilidades y centros de decisión y de la política-institucional, desoyendo el resultado de las urnas, desatendiendo el orden democrático que no nos gustaba, a la vez que no parecían molestar otros movimientos extremos con los que parecía convivir bajo su presión, generalmente, minoritaria, excesivamente revalorizada por el efecto mediático, creando espacios artificiales que, finalmente, no han contado con el apoyo mayoritario en las respectivas sociedades.

¿Por qué surgen y proliferan estos liderazgos y resultados que parecerían inimaginables en “un orden establecido”, en tiempos de máxima libertad y derechos en postguerra, y de gobiernos y administraciones con éxito probado en su transición hacia el progreso y bienestar de las sociedades de las que forma parte?

Sin duda son muchas las razones que, unos y otros, podríamos señalar, explicando, a posteriori, “la racionalidad” de estas decisiones, hoy en Alemania, antes en Italia, Francia, etc. y cada vez más extendida a lo largo del mundo… ¿Por qué el acento constante en la “ultraderecha” y nunca en la “ultraizquierda”? ¿Por qué damos por cierto y positivo abanderar cualquier etiqueta de progresismo y descalificamos cualquiera que no se adhiera, sin criterios o posicionamiento contrario -legítimo- a sus políticas, decisiones o comentarios más bien mediáticos? ¿Por qué no nos preguntamos por las propuestas y soluciones que, ante grandes y complejos desafíos, no satisfacen a las distantes sociedades? ¿Por qué no nos ocupamos de la verdadera calidad democrática y de gobernanza? ¿Por qué aceptamos múltiples evidencias que no compartimos en el funcionamiento de nuestras instituciones, administraciones públicas, determinadas autoridades, familias y/o núcleos estables de convivencia, demandas y soluciones, compromisos intergeneracionales y permitimos, ausencia de controles democráticos en gobiernos que apoyamos de forma directa o indirecta?

La evidencia nos demuestra que “el tablero se ha movido” y las mismas piezas utilizadas hasta hoy cobran nueva autonomía, y responden a diferentes reglas del juego. Si esto es así, parecería más que razonable abordar el cambio inevitable.

Para no enredarnos en nuevos y exhaustivos análisis y diagnósticos (que, por otra parte, vienen proliferando a lo largo de los años y desde distintos escenarios y centros de pensamiento y opinión), recurro a un libro reciente de Jennifer Pahlka y Andrew Greenway, planteando lo que consideran esencial: “Las destrucciones creativas que necesitan nuestras democracias”. Su libro se pregunta: ¿Cómo hacer que los gobiernos trabajen otra vez? (¿How to Make Government work again?).

Si bien los autores (y el libro) se centran y refieren a los Estados Unidos de América, y focalizan su análisis en los gobiernos, como veremos más adelante, el llamamiento ha de dirigirse al compromiso de toda la sociedad sin exclusión alguna de todos los agentes institucionales, económicos, sociales, y, sobre todo, los propios ciudadanos en los diferentes roles que desempeñamos en nuestras vidas, nuestras actitudes ante los problemas y potenciales soluciones y al verdadero compromiso y responsabilidad que estamos dispuestos a asumir en la creación de ese futuro que queremos disfrutar.

Atendiendo al libro señalado, a partir de una encuesta (Pew 2025) en 23 países, con decenas de miles de respuestas, pone de manifiesto que el 60% de los encuestados se muestran decepcionados e insatisfechos con su democracia y sus modelos de gobernanza, sus administraciones y grado de solución a sus demandas y problemas. A la polarización, la desinformación, la desilusión por los liderazgos observables o atribuidos, a los intentos no deseados de regulación y normas que no consideran acordes con su voluntad y “modelos de vida”, se une un elemento común: la percepción y convicción de que las administraciones públicas y sus crecientes agencias “son crecientemente incapaces de conseguir los objetivos básicos para los que se supone fueron diseñados”. ¿Es esto realmente así?

Una primera constatación de esta afirmación la sitúan en “la escasa capacidad de respuesta y ejecución de las políticas, planes y anuncios o propuestas”. Realizan un amplio recorrido por todo tipo de Fondos asignados nunca ejecutados, de objetivos justificativos; de la creación de todo tipo de agencias y sociedades públicas que, con el paso del tiempo, no cumplen con su misión y, sin embargo, engordan sus plantillas y presupuestos; del mapa de organismos que perduran sin objetivos, resultados o necesidades temporales que les asignaron; de la ausencia de presupuestos públicos, liquidación de cuentas, auditorías de gestión y logros o carencia de verdaderos programas de generación de impacto real… Nuestras democracias parecerían no ser capaces de fortalecer instituciones creíbles, eficientes, resolutivas, acordes con los desafíos, tiempos y necesidades de las poblaciones, empresas, comunidades que han de atender.

Hacer todo aquello que demanden nuestras sociedades, que los diferentes gobiernos prometan, anuncien o comprometan, en el tiempo y plazos oportunos, en un mundo aceleradamente cambiante y demandante, resulta, cada vez más, inalcanzable. La reacción (que no respuesta) es silenciar lo no hecho, nuevos plazos o incrementos de recursos asignables, aumento de la “política de la administración” y sus burocracias descontroladas, mayor endeudamiento sin límites ni evidencia de recuperación o pago, insatisfacción social, pervivencia de los constituido, aunque no se sepa, al final, para qué se mantiene. La desafección y desilusión resultan consecuencia evidente.

Si todo esto (o en parte) es así, se sugiere abordar una inevitable “destrucción creativa”. Suponiendo sea una solución inteligente y adecuada, ¿es posible llevarla a cabo? No hay gobierno o administración en el mundo que no cree programas, planes, agencias para la “Reforma, modernización, transformación de la administración”. No hay programa opositor que no prometa, en caso de gobernar, eliminar-suprimir agencias públicas, planes, programas, funcionariado, así como asesores, cargos de designación, gabinetes de gobierno, ministerios o equivalentes, y, por supuesto, recurrir a la innovación y digitalización administrativa. Hasta que llega, si llega, al centro de mando. Las intenciones electorales desaparecen. La herencia recibida, la realidad, la dirección de la oposición al cambio, “el poco tiempo de duración del mandato, las nuevas prioridades o los imprevistos elementos anteriores… hacen imposible abordar la profundidad del cambio imprescindible”. Se convierte en “una tarea necesaria, de largo plazo, que acometerán terceros” (o en estos tiempos se recurre a la coartada silenciosa de la inteligencia artificial: “Ya se ocupará la IA de suprimir aquello no productivo…”).

¿Cómo transformar las organizaciones existentes? No hay ni recetas mágicas, ni únicas, ni garantes del éxito multi propuesta demandado.

Existen infinidad de ejemplos de éxito (y otros muchos de fracaso) a lo largo del mundo. Proyectos piloto difícilmente escalables o ejecutables, propuestas e iniciativas “políticamente” imposibles de aplicar, planes y programas innovadores “exnovo y a partir de cero” que, por lo general, son torpeadas desde dentro de los propios gobiernos, sus aparatos funcionariales y agentes sociales, o en confrontación con amplia variedad de grupos de interés; marcos normativos y tiempos que hacen inviable el cambio deseado; la aversión individual al cambio y sus riesgos; el temor del liderazgo exigible… Estos y otros muchos elementos son auténticos condicionantes de esa anhelada “capacidad de respuesta”.

En todo caso, sea o no esa llamada “incapacidad de respuesta” lo que deteriora la democracia, la verdadera alerta roja está en ella misma. Si quienes tienen (tenemos) la responsabilidad de promover y acompañar otro tipo de respuestas a los problemas reales, si no generamos liderazgos y gobernanzas reales, eficientes, compartibles, si no generamos impactos positivos en nuestras comunidades y si no somos verdaderos cocreadores de valor para el bienestar inclusivo de nuestras sociedades, terminaremos degradando la democracia y sus principios, entregando su custodia (o destrucción) a terceros cuyos modelos no compartimos.

¿Encontraremos las claves motivadoras de sociedades transformadoras que hagan posibles futuros diferentes, de verdadero progreso y desarrollo? Efectivamente, necesitamos una auténtica “destrucción creativa”. ¡Desafío para todos!

¡Islandia dijo NO!

(Artículo publicado el 6 de Septiembre)

Este pasado domingo, 30 de agosto, el 80,6% de la población de Islandia con derecho a voto, acudió a un referéndum para decidir dejar en suspenso cualquier proceso negociador para su integración en la Unión Europea. El 52,8% de los votantes superó a un 47,2% que sí apoyaban la propuesta gubernamental para continuar en un proceso de más de 15 años de conversaciones, con suspensiones, idas y venidas que ni terminan con un acuerdo satisfactorio, ni ofrecen un escenario ilusionante y diferenciador de futuro, ni parecen adecuarse a las demandas y necesidades de los islandeses, a tenor de su elección.

¿Por qué un “pequeño país” de poco más de 100.000 km2 y 395.000 habitantes, que ya pertenecen al Espacio Económico Europeo (EEE), al EFTA (Asociación Europea del Libre Comercio), al tratado de Schengen para facilitar o garantizar libertad de movimientos con/en la Unión Europea, a la OTAN, no se ve motivado a “avanzar” hacia una adhesión plena aspirando a ser un Estado Miembro y no un “socio o compañero especial y preferente”?

Desde la distancia, una inmensa mayoría de observadores consideran un “error islandés” no buscar el cobijo de un relativamente más poderoso escudo protector de la Unión Europea, ante múltiples riesgos que se supone hipotecarán el futuro de este “pequeño y aislado país”, “alejado de los centros continentales de decisión”, expuesto a los grandes peligros del cambio climático, sin “ejército propio” que le defienda de una creciente geopolítica invasora en tiempos en que el reclamo a creer en ejércitos y/o seguridad se extiende como mantra dominante, a merced de los “bloques y tablero mundial” con enorme apetito, ya sea por Groenlandia, o por el Ártico, o por impedir que sus contrarios sumen compañeros de viaje. ¿Por qué han elegido seguir fuera de este club europeo que colmaría todas sus necesidades? ¿Es tan irracional la decisión democrática por la que optan los islandeses? No lo parece.

Quizás la mejor explicación no sea solamente interna (más adelante revisaremos sus fortalezas) de un país que parece mirarse más en el espejo de sus vecinos y compañeros como Noruega o Suiza, o ellos mismos observando a otros jugadores clave en sus redes internacionales a las que ya hoy se han incorporado (una gran mayoría ya dentro de la propia UE, en plenitud o con acuerdos especiales). Sin duda, la Unión Europea necesita mirar hacia dentro de sí misma y reflexionar sobre su estructura, su gobernanza, sus estrategias y políticas, su continuo y creciente desaliento interno, y la relevante desafección de los fundadores y defensores preeuropeos que creemos en los principios de libertad, democracia, solidaridad, humanismo y bienestar que, desde la subsidiaridad y peso constituyente de sus pueblos, no se encuentran satisfechos con este conglomerado de Estados más centralistas o centralizados que nunca, especialmente burocratizado, ineficientemente gobernado, escasamente participativo y con pobre control democrático real de “sus gobernantes”, de sus “fondos compartidos”, y con más que aparente desorientación respecto de un futuro deseado y cada vez más incierto y lejano.

Quizás no es cuestión de poner el acento culpable en los que se van o en quienes no quieren “mayor protección igualitaria” perdiendo su espacio de cosoberanía, coprotagonismo y cocreación de su propio futuro. Resulta imprescindible reflexionar y atender a las reclamaciones de quienes nos quedamos. O, quizás, simplemente, deberían buscan ser coherentes con sus propias políticas guías que su Comisión Europea (y supuestamente, aprobada e impulsada por su Euro Parlamento) explica y ofrece como pilares del futuro estratégico de “su Europa del futuro”. Ni el Plan Draghi para garantizar la ruta de una Europa de la Competitividad y el Bienestar se articula con la eficiencia, certeza, velocidad e intensidad sugerida, ni la “imprescindible” simplificación administrativa, burocrática del Plan Letta parecerían moverse en la dirección deseada. Entre tanto, cuota tras cuota hacen del “Gatopardo-Lampedusiano” (aparentar movimiento para no cambiar nada), la fortaleza de su discurso y práctica evitando nuevos horizontes, complejos, pero absolutamente necesarios. Con estos mensajes observables no parece disparatado que un país con una amplia interacción con la Unión Europea entienda que su futuro deseable puede o debe lograrse desde muchas de sus fortalezas y apetencias propias, sin renunciar a construir “su propio futuro”.

Islandia entiende su posición geoeconómica, geopolítica y geoestratégica muy bien. Es plenamente consciente de sus riesgos, peligros y dificultades, a la vez que de sus fortalezas. Sabe que es uno de los países más ricos del mundo, de mayor nivel de bienestar y sabe muy bien que eso no es garantía permanente de éxito futuro. Es consciente de los obstáculos (propios y ajenos) que ha de superar para competir con su visión de cocreación de valor para una sociedad y comunidad inclusiva. No solamente ha de trabajar (que lo hace) para cumplir con su visión 2035, sus planes deseados de imprescindible logro para seguir creyendo en ella y avanzando, construyendo sobre sus fortalezas. Ha sabido, sabe y, seguramente, sabrá, hacer de la geotermia, los geo-datos y las tecnologías asociadas, de las energías renovables, los pilares de desarrollo sostenible. Lleva años construyendo y coparticipando en redes en sus espacios compartibles: el espacio nórdico, el espacio báltico, el espacio ártico, en coopetencia, diversificando su política industrial, apoyada en su creciente innovación y desarrollo tecnológico, potenciando los pilares clave para hacer posible su futuro. Y lo viene haciendo generando espacios e iniciativas compartidas: con North 2.0 faro de su digitalización innovadora que posibilita (también a su tamaño “pequeño y gestionable”) ofrecer los servicios públicos esenciales que en colaboración con el mundo privado propicia un potente desarrollo de su política industrial con alimentación, tecnologías interiores de energía, una “renovada salud avanzada” integradora de tecnología ad hoc facilitadora, IT servicios, digitalización y servicios sociales, comunitarios y de una educación STEAM (que invierte de forma intensa en tecnología a la vez que apuesta por el pilar de “Experiencia”/Educación creativa, turismo responsable) una apuesta base en infraestructuras, logística altamente especializada.

Hoy, Islandia, es miembro coprotagonista de espacios de interés común: en un espacio Báltico clusterizado “asociado” con las repúblicas independientes del Báltico (UE), Dinamarca, Noruega, Países Nórdicos. Sabe que, dentro o fuera de la Unión Europea, está y estará relacionado con Escocia (independiente, dentro o fuera del Reino Unido y/o de la Unión Europea), estará vinculada al Reino Unido (con o sin Brexit), será parte del futuro de Groenlandia (y, por supuesto, de la OTAN, con o sin ejercito convencional), seguirá comerciando con otros países (UE o no). Aspira a dirigir su destino (en la medida que pueda hacerlo) y es plenamente consciente que puede realizar su largo, siempre complejo, recorrido sin un eurodiputado o un comisario de una disciplina menor, tras un esfuerzo titánico de burocratización, regulación y renuncia a sus propios planes y proyectos.

¿Tiene Islandia garantizado su futuro? Por supuesto que NO. Nadie lo tiene, tampoco la Unión Europea. Lo que sí tiene, es la capacidad y fortalezas necesarias para transitar y construir su futuro aspiracional. Sabe que ha de colaborar, construir redes colaborativas, participar en y con terceros (muy especialmente con Europa), pero ni debe renunciar a su propio protagonismo, compromiso y esfuerzo, ni puede renunciar a convivir con terceros. No ha decidido aislarse de Europa. Ha decidido no despistarse en un ineficiente proceso “negociador” hacia un escenario desconocido y escasamente atractivo en el que siente perder su propia personalidad y capacidad de decidir.

Todo un desafío para Islandia. Por supuesto. Pero, a la vez, un enorme aviso para la Unión Europea. ¿Por qué no hemos resultado suficientemente atractivos para un país como Islandia? ¿Qué se aporta más allá de lo mucho que se comparte ya hoy sin la atadura de una adhesión plena?

Uno de los mayores riesgos de la “nueva geopolítica” reside, precisamente, en no comprender que la falsa globalización centralizadora y unificadora con gobernanza única, con reglas similares para todos, y ausencia de “localización” y territorialización “microeconómica”, autogobierno, subsidiaridad y verdadero control democrático, conforma una “nueva savia” de desafección y rompe principios y pilares esenciales para la imprescindible colaboración multi actores.

Si aprendemos, quizás una próxima oportunidad abra, de manera entusiasta, nuevos espacios de conversaciones, negociación e incorporación. Y, sin duda, con o sin ampliaciones, construiremos una mejor y deseada Europa, protagonista clave del desarrollo humano sostenible. Un verdadero espacio de competitividad, bienestar, sostenibilidad y desarrollo compartido.