(Artículo publicado el 23 de Agosto)
La coincidencia temporal de múltiples acontecimientos trágicos ha llevado a la opinión pública a la reconsideración del papel a jugar por los distintos actores ante determinadas situaciones complejas que requieren una actuación inmediata, una adecuada coordinación e implicación de todas las partes necesarias y el reclamo permanente de la sociedad a la intervención responsable de terceros, fundamentalmente a los gobiernos e instituciones, que, en principio, serían los primeros encargados de acometer una respuesta eficiente, eficaz, inmediata y conocida, asumiendo las labores de atención, protección, reconfiguración o reconstrucción de la situación dañada y, sobre todo, la mayor solidaridad y solución a las demandas inmediatas de las poblaciones que se ven desatendidas. Y, desgraciadamente, las demandas se dirigen, casi siempre, a terceros, obviando decisiones que, en algunos casos, también habrían podido compartirse, entre todos los afectados y, sobre todo, con la intervención de todos los agentes implicables. Recientes ejemplos de muy distinto signo, desde las extensas intervenciones o actuaciones negativas provocadas por los incendios a lo largo de todo el planeta, achacados fundamentalmente al cambio climático, diferentes terremotos con enormes vidas perdidas y proyectos destrozados, o movimientos migratorios por múltiples motivos y desgarradoras constancias del drama y tragedia que conllevan, por no mencionar las siempre presentes y no siempre suficientemente percibidas guerras y conflictos, parecerían compartir un común denominador, parcial, observando cómo las voces se levantan de inmediato optando entre dos elementos fundamentales: una clara descalificación y crítica a la organización de los Estados, a su organización administrativa o política, a su reparto competencial o no y la culpabilidad de unos y no de otros, atendiendo a ideologías y preferencias, o en mayor o menor medida unos y otros; y una segunda, casi siempre airosa, el voluntariado de las personas que sufren y ejercen la autodefensa ante la inevitable auto protección, o de las organizaciones que, supuestamente, sin ningún ánimo de lucro, intervienen de manera inmediata. Parecería imponerse “el momento del buenismo”, contra la autoridad, contra la institucionalización de las actuaciones y de las competencias, de las responsabilidades de terceros. Sin embargo, la realidad es mucho más trascendente: “es el momento de la llamada imprescindible a la estrategia colaborativa, compartida, debidamente articulada e instrumentada en y con todos los agentes implicables”, gobiernos, empresas, entidades sociales y sin ánimo de lucro, comunidades han de actuar de forma leal, comprometida, coadyuvante. Es el verdadero tiempo de las alianzas reales público-público, público-privada, gobiernos, ONG’s, empresas y comunidad.
Si bien la valoración generalizada de las entidades cooperativas y solidarias es digna de todo reconocimiento, no podemos, como sociedades comprometidas, asumir que todas (como el resto de los actores del sistema) responden a sus verdaderos principios, objetivos y prácticas.
Día a día asistimos a una intensa demanda, existente a lo largo del mundo, que cuestiona de una manera importante no sólo el papel de las fundaciones o de las organizaciones sin ánimo de lucro que intervienen en actuaciones solidarias, sino la medida en que responden a verdaderos objetivos y compromisos con la sociedad o si solamente responden a unos beneficios individuales esperables, fruto o bien de un tratamiento fiscal favorable, o una capacidad de encontrar un empleo financiable por las Administraciones Públicas para quienes supuestamente prestan esa labor (subsidiaria, complementaria o sustitutoria), o la generación de organizaciones que abanderan potenciales soluciones alejadas de las necesidades, deseos, narrativas locales, de limitado impacto comunitario o social real, y en muchas ocasiones, al margen de los marcos legales y democráticamente asumidos y decididos por la sociedad, necesitada de entender el verdadero resultado y capacidad de impacto positivo que generen, pretendiendo ir más allá del buenismo esperable y deseable en todo planteamiento solidario y humanitario.
En este contexto complejo que estamos viviendo, en estos días surge un interesantísimo informe que ha sido elaborado por la Fundación FSG (prestigiosa entidad pionera en el cambio social y el valor compartido empresa-sociedad) “The Funder’s Palette” (“Un espectro de aproximaciones para cambiar el sistema”) con la participación de un número relevante de expertos, sobre las diferentes fundaciones y las motivaciones de sus propios fundamentos cara a poder generar diferentes aproximaciones para el verdadero cambio social. La investigación aborda un sin número de preguntas, analiza la posición de cientos de organizaciones sociales y sus responsables y financiadores, preguntándose en qué medida estas organizaciones han evolucionado o no a lo largo del tiempo, si han o no fortalecido sus propias organizaciones atendiendo a las demandas reales, en qué medida han sido capaces de generar verdaderos liderazgos no solo individuales, sino colectivos que sean capaces de pensar en la transformación de las sociedades a las que atienden, en qué medida han sido capaces de generar y de potenciar el conocimiento necesario para poder actuar e intervenir en términos positivos, en qué medida han sido capaces de entender el mundo y sus propias transformaciones, qué implicación y convivencia real mantienen con las comunidades en que operan y a las que sirven, las narrativas existentes con los diferentes roles a jugar, en qué medida han conseguido amplificar con sus actuaciones el poder de las propias comunidades, o si han escalado o no su trabajo e iniciativas y han logrado el incremento de la corresponsabilidad de las poblaciones que han atendido. En qué medida han sido capaces de favorecer el cultivo de la colaboración, la cultura creativa que lleve a colaborar y sugerir las barreras que impiden el cambio… propiciando las necesarias intervenciones del resto de los actores implicables.
El informe no pretende una respuesta a todo, sino generar una paleta de reflexión y herramientas para cuestionarse, desde la responsabilidad cooperativa, el papel desempeñado y/o a desempeñar y en qué medida las organizaciones fundadoras responden a todos y cada uno de estos elementos y en qué medida son capaces también de romper, lo que podríamos llamar, los mercados limitantes de las actuaciones que obligan a la intervención en espacios incapaces de cubrir por las Administraciones Públicas de distinto signo, o por las empresas dentro de su responsabilidad con la comunidad, instrumentando posibilidades reales y potenciales de transformación para adecuarse a aquellos cambios que van a ser necesarios a futuro, a aquellas necesidades o impactos imprevistos que deben ser atendidos y aquellas demandas reales de sociedades variopintas que en cada momento requieren actuaciones dedicadas y verdaderamente comprometidas, siempre coordinadas, compartidas, con el capital institucional y social que democráticamente se ha dado. El apoyo social popular para hacerse cargo de la actuación a resolver debería llevar a una combinación de actuaciones respondiendo a una verdadera pregunta: ¿En qué medida las diferentes organizaciones y fundaciones de Transformación Social solidarias, de compromiso humanitario y comunitario, son el verdadero cambio? ¿Evaluar, calificar a cada una de ellas para saber qué metodologías, qué aportaciones de recursos debemos poner al servicio de todas y cada una de ellas y en qué medida hemos de modificar nuestros comportamientos, nuestras sensibilidades nuestros apoyos y nuestra determinación? Buenísimo mal entendido no ayuda sino por el contrario provoca distorsiones críticas en la forma de entender la sociedad, en la forma de entender las actuaciones a resolver y debemos ser, por encima de todo, verdaderamente conscientes de algo fundamental: las sociedades estamos expuestas a múltiples elementos distorsionadores, a múltiples y complejos problemas que no van a desaparecer desgraciadamente en el corto plazo. La desigualdad es creciente, las motivaciones y problemas que provocan un cambio y una actuación diferenciada son enormes. La necesidad de una actuación de todos los agentes implicados es fundamental, mantener principios de solidaridad, de compromiso, de subsidiariedad principios de coordinación resulta esencial. Pero, por encima de todo, se trata de plantearnos, ¿en qué medida contribuyo verdaderamente a generar la solución?, ¿soy verdaderamente un agente para ese cambio y generador de la solución?, ¿genero un verdadero impacto social?, ¿mi solidaridad es una solidaridad auténtica y comprometida en los puntos en los que de verdad contribuyo y aporto valor o es un buenismo bienvenido, pero no necesariamente transformador?